26.4.07

Un mosquito en la nariz (16/04)

Joaquín llega a Buenos Aires para celebrar el cumpleaños de su amigo más querido, Martín, que cumple veintinueve, trece años menos que él.
Se conocen hace cinco años. Cuando está en confianza, Martín dice que Joaquín es su marido. Joaquín prefiere decir que es su mejor amigo. No viven juntos, pero se ven con frecuencia y ocasionalmente permiten que la amistad se desborde al territorio más peligroso de la intimidad. Martín no quiere celebrar su cumpleaños. Está triste porque su hermana se encuentra muy enferma.
Le parece que no debe alegrarse por el mero hecho de estar vivo y ser testigo de cómo se acrecienta su edad (lo que, por otra parte, alega, no constituye mérito alguno). Sin embargo, tras mucho insistir, Joaquín lo convence de organizar un almuerzo con sus mejores amigos en un hotel elegante de la ciudad. Martín acepta porque ama ese hotel en el que ambos se conocieron y en el que durmieron juntos por primera vez. El día de su cumpleaños, Joaquín no le regala nada porque, entre tantos apuros, ha olvidado comprarle algo a su amigo. Martín le dice que no importa, que da igual, pero se queda dolido y, aunque trata de disimularlo, piensa que es un descuido inaceptable, que debió recibir un regalo del hombre al que llama su marido y con el que desearía casarse si pudiera. Quizá en venganza por el desaire del que se siente víctima, Martín le dice a Joaquín, cuando van en el auto rumbo al hotel, que debió recortarse los pelos de la nariz, que le resulta muy desagradable ver esos pelos que asoman, impertinentes, odiosos, por los orificios nasales (unos orificios que, años atrás, cuando era joven, Joaquín usó para aspirar un polvo que lo hacía olvidar lo que ahora acepta con cierta serenidad: que estaba condenado a conocer el amor en la forma de un hombre). Joaquín detesta que su mejor amigo le haga ese tipo de comentarios: “qué asco, se te ven los pelos de la nariz”; “qué vergüenza, te has puesto la misma ropa de ayer”; “deberías cortarte el pelo, parecés futbolista con esa melena de villero”. Se siente agredido. Piensa que su amigo exagera, que no es tan grave tener dos o tres pelos que salen levemente de la nariz.
Piensa decirle: “Yo odio que te maquilles para ir a comer con los amigos, pero no te digo nada. Si te molesta que no me corte los pelos de la nariz, podrías tener la delicadeza de quedarte callado”.
No dice nada, sin embargo, porque no quiere pelear. Es el cumpleaños de su amigo. Quiere hacerlo feliz. En algún momento, Joaquín detiene el auto frente a una farmacia, baja sin la menor brusquedad, compra una tijera para pelos de orejas y nariz, regresa al auto, bromea con su amigo (fingiendo que no le ha molestado la crítica a su descuidada apariencia) y reanuda la marcha hacia el hotel.
Llegando al Alvear, pasan por la puerta giratoria (un momento que Martín adora porque le recuerda a las tardes en que su abuela lo llevaba a tomar el té en ese hotel) y Joaquín va al baño enseguida.
Ahora está a solas frente al espejo. Es un hombre fatigado, ojeroso, algo gordo. Saca la tijera de treinta pesos, hurga delicadamente con ella en las cavidades estragadas de su nariz y procura eliminar aquellos pelos que su amigo encuentra tan repugnantes. La operación no es sencilla y por eso la ejecuta con extremo cuidado. De pronto, introduce demasiado la tijera y se lastima la nariz. Le duele. Grita: “¡mierda!”. Está sangrando. Se moja la nariz, la seca a duras penas, pero no deja de sangrar.
Usa un pañuelo que le regaló su padre antes de morir. Piensa que su padre estaría avergonzado de verlo usar aquel pañuelo en esas circunstancias. Se entristece. Sin pelos visibles en la nariz, pero sangrando levemente, regresa a la mesa donde su amigo lo espera. Procura disimular el percance, pero Martín no es tonto, advierte la herida en la nariz, se siente culpable, pide disculpas.
Joaquín se jacta de ser un hombre calmado, incluso frío, y por eso finge que todo está bien, pero en realidad está pensando que no le conviene tener una relación tan íntima con un hombre que se maquilla para salir y que le hace un escándalo cuando no se recorta los pelos de la nariz. Los amigos van llegando con regalos (libros, discos, ropa), los camareros descorchan botellas de champagne y la reunión se anima.
Todos parecen felices. Joaquín despliega sus encantos de buen anfitrión, simula estar disfrutando de esa tarde lluviosa. Algo, sin embargo, lo irrita en secreto: la nariz le sigue sangrando y un mosquito, uno de los tantos que han invadido la ciudad esos días de lluvia incesante, se posa sobre ella, al parecer atraído por ese hilillo de sangre que cae del orificio derecho, y, aunque él lo espanta, vuelve una y otra vez a chuparle aquella sangre tontamente derramada en nombre del amor.
Desesperado, Joaquín aplasta al maldito mosquito, pero, al hacerlo, se lastima de nuevo la nariz, que vuelve a sangrar profusamente, al punto que lo obliga a regresar al baño, odiando en secreto a quien hace pocas horas era su mejor amigo y ahora es su más querido enemigo. Cuando vuelve a la mesa, espanta a otros mosquitos, pide una copa de champagne y trata de contar historias divertidas. (Joaquín piensa que la más clara señal de inteligencia no consiste en demostrar que uno posee la razón, lo cual es siempre fuente de conflictos y discusiones, sino en hacer reír a la gente, incluso a la gente que razona de un modo distinto al de uno).
De pronto, una mujer de mediana edad se acerca a la mesa y saluda a Joaquín con una familiaridad que él encuentra excesiva, pero que se ve obligado a disculpar, dado que se gana la vida en la televisión de varios países. La mujer, que ha bebido y quizá por eso habla casi gritando, le dice que es su fan, que lo ama, que es un ídolo, cosas que él encuentra de un mal gusto atroz.
Luego mira a Martín, que sufre en silencio porque detesta a la gente que saluda ruidosamente a su amigo, y le pregunta a Joaquín: -¿Es tu hijo? Joaquín no sabe qué contestar.
Tras una duda fugaz, responde: -Sí, es mi hijo Martín.
La mujer comenta: -Se parece a vos. ¿Qué edad tiene?
Joaquín responde: -Veinte. Martín tiene veintinueve, pero podría parecer de veinte gracias a su cara (maquillada) de bebé. Encantado con esa conversación inverosímil, le dice a Joaquín con voz afectada de niño: -Papi, ¿puedo pedir un helado de chocolate? -Sí, hijo -dice Joaquín.
Luego, para vengarse de la mujer, Martín le dice: -Me parece que tenés un mosquito en la cara. -¿Dónde? -pregunta ella, alarmada.
-Allí, debajo de la boca -dice él.
Ella se toca y dice, muy seria: -No es un mosquito, es un lunar. Martín dice: -Mil disculpas, cada día estoy más ciego.
Luego no puede más y suelta una risotada cruel. La mujer se marcha, ofuscada. Joaquín mira a su amigo, se ríe con él y entonces olvida el incidente de la nariz, los pelos, la sangre y el mosquito y recuerda la razón por la que está allí, por la que siempre vuelve a esa ciudad: porque es feliz cuando ve sonreír a ese hombre con cara de niño.��

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