Apenas termino el programa en Miami, enciendo el celular y recibo una llamada. Es Ximena, mi mejor amiga y productora de mi programa peruano, llamándome desde Lima.
Me dice que acaba de presentarse en un programa de alta audiencia, en directo, a las nueve de la noche, un muchacho que dice ser mi hijo. Se llama Felipe, dice tener veinte años o poco más y asegura que nunca me ha visto personalmente, pero que su madre, que trabajó como empleada doméstica en casa de mis padres hace muchos años, cuando yo era joven, y que ahora vive en alguna ciudad española, le dijo recientemente que yo soy su padre, que la dejé embarazada cuando ella trabajaba como empleada doméstica.
Al parecer, según lo que ha contado Felipe, su madre, de visita en Lima, estaba viendo mi programa un domingo y de pronto le dijo a Felipe, señalándome: -Ese señor de la televisión es tu papá. Ximena me cuenta todo esto con cierta preocupación y espera que yo le diga algo que alivie la gravedad del asunto. Le pregunto si el muchacho que dice ser mi hijo se parece a mí.
-Más o menos -dice ella-.
Tiene un aire. Pero me han llamado varias amigas diciéndome que es igualito a ti, que como nada es tu hijo. Le digo que es altamente improbable que el muchacho sea mi hijo porque, aunque mi memoria no es de fiar y mi honestidad tampoco, no recuerdo haber tenido intimidad amorosa ni comercio sexual alguno con ninguna empleada doméstica en casa de mis padres.
Ella me dice que la historia no tiene pies ni cabeza, que si yo hubiese dejado embarazada a una empleada hace veinte años, ¿por qué ella habría esperado tanto tiempo para tratar de comunicarse conmigo o hacerlo público? Yo le digo que no se preocupe, que es una broma pesada de algún oportunista con ansias de protagonismo, que le sacaremos provecho en nuestro programa del domingo. Lo que no le cuento a Ximena es que alguna vez, siendo muy joven, con apenas trece años, tuve un amor delirante y contrariado por una empleada de mis padres, una joven de tez morena y nalgas poderosas que me tenía afiebrado, en estado baboso y suplicante, pero que nunca accedió a mis requerimientos, ignorándome con gran simpatía, como si estuviese bailando un alcatraz, mientras yo la perseguía por la cocina, derritiéndome a sus espaldas, que eran todavía mejores que las de las chicas que jugaban en la selección de voley y cuyos partidos olímpicos no me perdía por televisión, aun cuando fuesen de madrugada, por razones claramente extradeportivas.
Lo cierto es que aquella morena, de nombre Flor, que hacía honor a su nombre, pudo, de haber sido más indulgente o descuidada, haber quedado embarazada de mí, pero, por suerte para ella, no ocurrió tal cosa, y nunca más sucumbí a los encantos de otra empleada de mis padres, no sólo porque ninguna volvió a gustarme como Flor sino porque a los catorce años me fui a vivir con los abuelos. Le pido a Ximena que invite a Felipe, el joven que cree ser mi hijo o que desea serlo, a mi programa del domingo, y que tenga todo listo por si tuviera que hacerme una prueba genética para demostrar que no es mi hijo (o que mi memoria está en ruinas).
Luego llamo a mis hijas.
Hablo con la menor, que está en casa. Ya está enterada del escándalo. Me dice que vio el programa con las empleadas, que el chico que dice ser mi hijo no se parece nada a mí, que se han reído mucho.
Le digo que no se preocupe, que no es mi hijo. -Ya te fregaste, tienes que hacerte la prueba de ADN porque nadie te va a creer -me dice ella. Luego llamo a mi hija mayor. Está en una fiesta. Contesta el celular. Se oye una de esas canciones atroces que están de moda.
Mi hija adora esas canciones y las baila con pasión. Le cuento el escándalo de mi supuesto hijo con una empleada de mis padres que no recuerdo. Ella no sabía nada. Le digo que no se preocupe, que no es mi hijo. -¿Estás seguro?- me pregunta, muy seria. Le digo que sí, que nunca tuve relaciones sexuales con una empleada de mis padres. -¿Estás seguro? -vuelve a preguntarme, levemente desconfiada. Le digo que sí, que estoy seguro, y ella me dice que me cree, pero me parece que, si bien quiere creerme, algo en ella le dice que quizá, sólo quizá, el muchacho es mi hijo y ella, de pronto, con sólo trece años, ha descubierto en una fiesta, entre un baile y otro, que tiene un medio hermano de veintitantos.
Desde el aeropuerto de Miami, llamo a la madre de mis hijas, que también está en una fiesta. Por suerte está tranquila, se ríe del asunto, ya le habían contado el chisme. Me pregunta:
-¿No será hijo de alguno de tus hermanos?
-Ni idea - le digo.
-Quizá no sea tu hijo, pero sí tu sobrino -me dice, riéndose. Llegando a Lima, duermo unas horas. Apenas despierto, llamo a Ximena. Está reunida con Felipe, el joven que dice ser mi hijo.
Me dice, bajando la voz, que me llamará en un momento. Espero con impaciencia. Por fin llama Ximena.
Me dice que está en la oficina con Felipe y su padre. -¿Pero su padre no soy yo? -pregunto, asombrado.
-No -dice ella-. El padre vio a Felipe por televisión y se molestó porque él lo negó y dijo que es tu hijo.
-¿Y por qué Felipe hizo eso? -le pregunto.
-Porque dice que todo el mundo en la calle le dice que es igualito a ti y pensó que podíamos contratarlo como tu imitador.
-Increíble. -Y por eso le aconsejaron que fuera a la tele y dijera que es tu hijo y se inventara el cuento de que su mamá era empleada doméstica y tú la dejaste embarazada.
-Notable.
-O sea que mintió porque quiere ser tu imitador en televisión, sólo que ahora su papá está molesto con él. -¿Están dispuestos a venir al programa?
-Sí. -¿Ambos? ¿También el padre? -Sí.
-Genial. Enseguida llamo a mi madre. Por supuesto, está enterada del escándalo. Le digo que no se preocupe, que el muchacho no es mi hijo.
-Yo sabía que no podía ser tu hijo, amor -me dice ella, muy tranquila. Me quedo en silencio, recordando a Flor, la morena irresistible, y pensando que mi madre no me conoce del todo.
-Pero te confieso que estoy triste -me dice mamá-.
Porque todo esto me ha dejado pensando que sería lindo que tuvieras un hijo, Jaime.
-Sí, sería lindo -le digo, porque no sé qué otra cosa decir.
-Bueno, tú ya sabes lo que debes hacer y con quién debes tenerlo -me dice ella, que suele decir cosas así, memorables e inesperadas.
Esa noche, a solas, desvelado, recuerdo a una mujer a la que amé, que ahora vive en Madrid y que, con toda razón, no quiere verme más, y me pregunto cómo habría cambiado mi vida, nuestras vidas, si ella y yo hubiésemos tenido el coraje del que carecimos entonces, veinte años atrás, cuando decidimos, acobardados, que ese bebé no merecía tener dos padres tan confundidos como nosotros, que no era justo imponerle un destino tan sombrío e incierto. No es entonces del todo inexacto decir que siempre pesará sobre mi espíritu el recuerdo de un hijo negado.
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