Un peruano que sale de su patria odiado por amigos y familiares, pero que es admirado en cada rincón por el que pasa la tropa de ciudadanos del mundo. Aquí recogemos algunas de sus columnas que ya se han publicado en los diferentes países del mundo y que no busca m´s que juntarlas para que no se pierdan en los archivos mundanos.
26.4.07
La suerte del caminante (26/03)
Martín cumpliría pronto treinta años y quería un auto. Estaba harto de moverse en colectivo y en taxi. No quería seguir subiéndose a colectivos hacinados de gente y a taxis cuyos conductores le hablaban cuando él quería estar callado (Martín casi siempre quería estar callado: era un argentino raro). Hace años, Martín tuvo un auto, pero no era suyo del todo: sus padres compraron un Ford Ka nuevo, blanco, dos puertas, y se lo regalaron a él y a sus dos hermanas, Carolina y Candelaria. El día del estreno del auto, Candelaria quiso salir a pasear a Unicenter con Martín. Ella insistió en manejar. Saliendo en retroceso de la cochera del edificio chocó con una columna de concreto y dejó la parte trasera del Ka abollada. Martín lloró de rabia. Ya nada sería igual. El auto nuevo había perdido su esplendor, que tan poco le duró. Fue un presagio de lo que vendría: una seguidilla de problemas. Peleaban por los turnos para usarlo, le robaron el equipo de música y los faros, nadie se ocupaba de ponerle gasolina. Ahora era un auto desvencijado, lleno de heridas de guerra, que se movía a duras penas, y por eso nadie quería usarlo. Hace poco, Martín bajó de un taxi, harto de que el conductor le hablase a gritos de fútbol y mujeres (dos temas que a él no le interesaban), llamó a Joaquín y le dijo: “Ya no aguanto más, voy a comprarme un auto”. Joaquín le dijo: “Por favor no te lo compres. Yo te lo regalo. Espera a que llegue a Buenos Aires”. Martín aceptó la oferta. Por fin se daría el gusto de moverse en un auto nuevo, escuchando a las divas pop que tanto amaba. Cuando Joaquín llegó a Buenos Aires, encantado de volver a esa ciudad en la que se sentía extrañamente bien (y en la que soñaba con retirarse a escribir en una casa grande, sucia y desordenada), le dijo a su amigo que estaba dispuesto a comprar el auto (y por eso había llevado el dinero en efectivo, burlando ciertos controles aduaneros), pero con algunas condiciones: el auto debía ser japonés (en ningún caso argentino, pues desconfiaba de la industria local); automático (pues estaba desacostumbrado a los autos de transmisión manual); y de cuatro puertas, relativamente espacioso (pues quería que sus hijas pudiesen sentirse cómodas en él, cuando visitasen Buenos Aires). Martín aceptó las condiciones, aunque dijo que hubiese preferido un Ford Ka, un Fox o un Citroen, que eran sus favoritos (pero todos eran de dos puertas y caja manual). Luego vino la pesadilla previsible: visitar los concesionarios, negociar con los vendedores y tratar de entender el enrevesado sistema local. Fueron a varias casas de autos y les dijeron que tenían que pagar la totalidad del vehículo (haciendo un depósito en una cuenta bancaria) y esperar como mínimo un mes a que el auto saliese de la aduana y llegase al local. Joaquín se resignó a pagar y esperar, pero a Martín le pareció peligroso depositar el dinero y recibir un papel firmado y una promesa vaga. Como Martín insistió en que podían estafarlos, Joaquín se abstuvo de hacer el depósito y aceptó a regañadientes visitar otras casas de autos, aquellas en las que podían vender el coche que más le gustaba a su amigo, el Ford Ka. Resultó, sin embargo, que allí también debían pagar (claro que menos: el Ka costaba la mitad que un Honda) y esperar un mes, porque ese modelo estaba muy pedido. Esa noche, exhausto, con dolor de cabeza, Martín maldijo su país y se echó a llorar, porque, a pesar de todo, él quería quedarse a vivir en Buenos Aires, cerca de su hermana enferma y de su madre, a las que tanto amaba y con las que todas la tardes cumplía la ceremonia del té en una confitería de San Isidro. En vísperas de su partida (pues sus visitas a Buenos Aires eran siempre breves), Joaquín, para contentar a su amigo, fue a la casa Honda más cercana (en taxi, lo que le encantaba, pues le permitía conversar con los conductores, tan pintorescos y enfáticos), negoció el precio con un vendedor amable, le entregó el dinero en efectivo (el vendedor lo llevaría al banco), firmó los papeles, contrató el seguro (no sin antes decirle al vendedor que las compañías de seguros eran un fraude organizado, la manera más segura y legal de robarle a la gente) y fue informado de que el Honda, gris plata, cinco puertas, automático, le sería entregado, con suerte (el vendedor puso énfasis en la palabra suerte), en dos semanas. Luego fue a una cochera cercana a su casa y contrató un espacio en el tercer piso, que le costó doscientos pesos mensuales (porque el edificio donde vivía eran tan viejo que no tenía cochera). Un mes después (no las dos semanas prometidas: no hubo suerte), Martín salió manejando el Honda del concesionario. El auto estaba a su nombre y a nombre de su amigo. Por fin podía darse el lujo de prescindir del transporte público, tan odioso para él. Puso un disco de Gwen Stefani, encendió el aire acondicionado (era marzo, hacía calor) y pasó a buscar a su madre y a su hermana, para llevarlas a pasear. Estaba encantado. Era feliz (cosa rara en él, que con frecuencia decía que la vida no tenía sentido y que pensaba en matarse). Cumpliría treinta años con un auto nuevo, propio, que olía a ese olor delicioso que despiden los autos nuevos. Esa noche, tras recorrer la ciudad, Martín dejó el auto en la cochera, que le pareció horrible y deprimente, como todas las cocheras públicas de varios pisos. A la mañana siguiente, perfumado y con linda ropa de verano, fue a la cochera a sacar al auto para manejar hasta Highland, donde jugaría fútbol con sus amigos. Cuando vio el espacio vacío allí donde había dejado el Honda, pensó que se había equivocado de piso. Con el corazón que se le agolpaba en la garganta, corrió de un piso a otro, pero el auto no estaba. Habló con el vigilante, que estaba viendo Gran Hermano en un televisor en blanco y negro, con la antena rota. El custodio le respondió que ellos no respondían por robos, que eso era responsabilidad del cliente. Desesperado, llamó a Joaquín, le contó la desgracia y le preguntó si el seguro cubriría el robo. Joaquín le dijo que sí, que por supuesto, que no pasaba nada. Pero apenas llamaron a la compañía de seguros, les dijeron que habían contratado la póliza más económica, que no cubría casos de pérdida total. Cuando Martín se enteró de que el seguro no pagaría nada, se metió a la cama, tomó diez Alplax y esperó el final. Luego se durmió. Era un sábado por la tarde. Despertó el lunes por la mañana. Se moría, pero de hambre. Se dio una ducha y salió a caminar. El barrio le pareció más lindo. Un sol espléndido le daba brillo a las cosas. Martín sonrió, sorprendido de estar vivo, y pensó que, después de todo, no estaba tan mal volver a ser un caminante leve y distraído.
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