24.9.08

Estoy enojado con Jaimito

Estoy enojado con Jaimito....

11.9.07

:: Celos (27/08)

Un tal Gonzalo Briones me escribe un correo electrónico que dice: “Sólo necesito me expliques hasta dónde llegó tu relación con mi mujer. Espero honestidad de tu parte por respeto a mis hijos”.
No sé quién es Gonzalo Briones. No lo conozco. Si lo conocí, no lo recuerdo. No sé quién es su mujer. Si la conocí, tampoco la recuerdo. Si no los conozco o no los recuerdo, mi relación con la mujer de Gonzalo Briones no existió, salvo en la imaginación afiebrada de Gonzalo Briones, o si existió no llegó a ninguna parte, o a ninguna de las partes que, envenenado por los celos y el rencor, imagina el pobre Gonzalo Briones.
Por la dirección de su correo electrónico, puedo suponer que Gonzalo Briones es chileno, aunque podría no serlo o podría incluso no llamarse así. Como no sé quién es Gonzalo Briones ni a qué mujer alude, y como parece penoso que invoque a sus hijos para investigar indebidamente la conducta íntima de su mujer, y como además parece abusivo que me escriba sin conocerme pidiéndome una confesión sobre mi vida sexual o mis supuestos amores furtivos, decido prudentemente no escribirle.
Pero Gonzalo Briones está poseído por la fiebre de los celos, esa enfermedad miserable y humana, que suele ensañarse con los más débiles, y no quiere o no puede tolerar mi silencio. Por eso vuelve a escribirme en ese tono seco y agresivo que es el suyo: “Explícame esto. Esto me sorprende dado (sic) tu condición de homosexual o bisexual. ¿Tuviste sexo con mi mujer? Espero tu respuesta”.
Luego reproduce dos correos: uno que me escribió Francisca Correa, su mujer, y otro que yo le escribí a Francisca. Al leerlos, descubro por fin quién es la mujer de Gonzalo Briones, la mujer que él sospecha que se acostó conmigo. La conocí hace seis o siete años en Santiago de Chile. Trabajaba en televisión. Era simpática, ocurrente, un poco loca. Quería escribir un libro de cuentos. Me había leído. Le di mi correo electrónico.
Me escribió. Gonzalo Briones copia uno de esos correos que me escribió Francisca, su mujer: “Mi entrañable y más querido guapo: El embarazo me tiene invernando. No voy a lugares de moda y cada día me da más pereza aparecer en la tele. El matrimonio como siempre en altos y bajos. A veces pienso que mi marido es un ángel por su paciencia. Créeme que a veces no le hablo, le ladro. No porque no lo quiera, sino porque soy mañosa y lo reconozco. Pero lo extraño de esta relación es que cuando me siento enamorada, con ganas de tirar rico, es él quien se aleja, se abstrae. Pero cuando yo me alejo, no quiero estar con él y me cae realmente mal, anda baboso detrás de mí. El mundo anda al revés y al parecer, estoy condenada a una relación inestable.
Ahora te toca a ti. Dónde estás, cuándo vienes, qué escribes y cuánto me quieres. Te extraño mucho, muchos besos, Fran”. Enseguida Gonzalo Briones copia un correo que le escribí a su mujer: “Mi niña linda: Te amé mucho leyendo tu mail. Estoy en Lima. Llegué esta madrugada con las niñas y regreso esta noche a Miami porque quiero seguir con la novela. Hace un mes que no escribo y eso me inquieta mucho. Ando medio aturdido por el viaje, pero sólo quiero decirte que te quiero y que tu bebé tiene mucha suerte de tenerte como mamá. Besos”.
Gonzalo Briones cree o quiere creer que su mujer y yo fuimos amantes y esos dos correos le sirven como prueba. Su mujer me dice “mi más querido guapo” y “dime cuánto me quieres”. Yo le digo “mi niña linda” y “te amé mucho” y “te quiero”. Estoy condenado. Gonzalo Briones ha espiado los correos de su mujer (quién podría reprocharle esa humana debilidad) y parece convencido de que su mujer lo engañó conmigo. Aunque sé que sería mejor no escribirle y mantenerme al margen de esa triste querella doméstica, le escribo: “Estimado Gonzalo: Lamento el tono y la urgencia de tus correos porque supongo que estás pasándola mal.
Sólo una persona que ama con desesperación (como a veces inevitablemente es el amor) haría lo que has hecho tú, que es escribirme con una aspereza innecesaria, pidiéndome unas explicaciones que no tendría por qué darte, pero que elijo darte porque no quiero que sufras más de lo que en apariencia ya estás sufriendo. No, nunca tuve ninguna aventura sexual con Francisca.
Fuimos brevemente amigos de escribirnos mails cariñosos, nada más que eso. Creo que no debiste escribirme en ese tono tan violento, pero no pasa nada, el amor es así y uno hace locuras a veces. Te deseo lo mejor. Espero que encuentres serenidad y sabiduría para comprender y perdonar los defectos de los otros, que a veces son más pequeños que los nuestros. Que pase el mal momento. Abrazos”. Pensé que Gonzalo Briones me agradecería por escribirle unas líneas amables que bien podría haberme ahorrado. Me equivoqué.
No tardó en escribirme: “Creo que actuaste de forma justa al responderme. De todas formas obras mal al aprovecharte de tu fama haciéndote dueño de la debilidad de algunos. Sacas lucro de esto sin medir los daños para familias e hijos que no tienen por qué vivir la inmundicia de mundo en el cual te manejas. Quizá para ti son actos furtivos sin mayor importancia pero para el resto es la vida. Mídelos porque tarde o temprano alguien te pasará una cuenta muy cara que no podrás pagar.
Espero nunca más ni yo ni Francisca sepamos de ti”. Ofuscado porque su respuesta mezquina y amenazante me confirmó que no debí escribirle una sola palabra, le escribí: “Me dices que mi vida es ”una inmundicia“. En efecto, lo es. Nunca limpio las casas en las que vivo. Están llenas de polvo y arañas. Me gusta vivir así. Me he acostumbrado a la inmundicia.
Soy felizmente inmundo. Si algún día quieres ayudarme a limpiar la inmundicia que me rodea, prometo comprar dos escobas, una para ti y otra para mí. Te espero con todo mi cariño y mi inmundicia”. Por fortuna, Gonzalo Briones no volvió a escribirme. Pero Francisca, su mujer, que no me había escrito en años, me sorprendió: “Disculpa el malentendido.
Me avergüenza, sobre todo al tener la certeza de que nuestros mails fueron sólo de cariño, e incluso más mío que tuyo. Además, hace tantos años que no sé de ti. Como te podrás imaginar las cosas por mi lado no andan tan bien como me gustaría y tú no tienes nada que ver en este baile. En fin, te pido disculpas nuevamente”. No pude evitar la odiosa tentación de amonestar cordialmente a Francisca. Por eso le escribí: “No te preocupes, no es culpa tuya. Pero una persona inteligente, o cuando menos bondadosa, no escribiría las cosas que este pobre hombre me escribió. Puedo entender los celos, pero no la estupidez. Lo siento por ti. Besos, todo lo mejor”. Francisca me escribió de vuelta: “Nuevamente me avergüenza todo esto. La verdad es que él perdió la perspectiva de las cosas. Nadie tiene derecho a referirse de esa manera a tu persona. Te pido disculpas”.
Gonzalo Briones no ha vuelto a escribirme. Es una lástima. Mi vida, que, como él advirtió con perspicacia, ya era una inmundicia sin sus correos, es todavía más sucia y hedionda cuando no me escribe. Ahora que Gonzalo Briones lea su nombre impreso en esta página que otros leerán y me odie un poco más, quizá vuelva a escribirme. Me encantaría. Después de todo, ¿para qué escribimos las personas inmundas, si no para fastidiar a los espíritus limpios, inmaculados, impolutos como el de Gonzalo Briones?

:: Las leyes del fútbol (20/08)

En el fútbol no hay individuos, hay “individualidades”. Es de presumir que una individualidad es un individuo de notables cualidades. En una cancha de fútbol están las individualidades y están los demás, que son la mayoría. Curiosamente, si bien hay individualidades, no hay colectividades. La suma de individualidades no hace una colectividad. Nunca un equipo de fútbol es una colectividad. Hay, sí, colectivos, en los que se desplazan las individualidades y los demás. Por fortuna existen jugadores que “desequilibran”, pero no existen los que equilibran o si existen nadie los menciona porque son eclipsados por los que desequilibran. Los futbolistas que desequilibran son “cerebrales”. Sólo las individualidades pueden ser cerebrales. Es de suponer que son llamadas así porque usan el cerebro durante el juego (y quizá también antes y después, aunque eso ya no está claro). Los demás, los que no desequilibran, al parecer juegan sin usar el cerebro o usándolo mal. Un gol muy vistoso no será nunca una novela o un cuento, pero sí “un poema”. Del mismo modo, un gol muy bello podría ser “una pintura” o “una pinturita”, pero nunca una escultura. A un gol que es “un poema” habría que “ponerle un marco”, pero a un gol que ya tiene marco nunca habría que escribirle un poema. Un “cirujano” es alguien que hace daño físico a las personas, nunca alguien que las deja mejor de lo que estaban. Los espectadores violentos son “desadaptados”, pero se ignora a qué se han adaptado los pacíficos (o si esa adaptación será duradera o es sólo provisional). No parece fácil que un desadaptado se adapte, pero sí que un adaptado se desadapte (para lo cual sólo hace falta que el árbitro sancione un penal inexistente a los ojos del espectador adaptado). Cuando un jugador se arroja al césped “se tira a la piscina”, pero cuando lo arrojan no “cae a la piscina”. Si bien suele decirse que un equipo que se defiende “juega al contragolpe”, nunca se dice que uno que ataca “juega al golpe”.
Hay equipos, sin embargo, que juegan, al mismo tiempo, al golpe y al contragolpe, lo que parecería una contradicción pero no lo es. Si un equipo “matemáticamente” tiene opción de seguir en la competencia, podemos considerar que sus opciones son ínfimas o nulas. Las matemáticas tienen muy mala fama en el fútbol.
Cuando alguien pierde un gol que prometía ser muy hermoso, ciertos locutores suelen decir “si lo hacía, cerrábamos el estadio”. Sin embargo, cuando se marca un gol vistoso, esos locutores, ofuscados por la emoción, se olvidan de pedir que se cierre de inmediato el estadio. Es frecuente que los jugadores que han perdido digan que el árbitro les robó el partido. No lo es que los que han ganado digan que el árbitro les regaló el partido. Cuando un jugador no suelta la pelota, “se engolosina” con ella. Pero si la suelta, no puede decirse que ha compartido la golosina.
Si un jugador “va al choque” y golpea al rival, se dice que “no entró con malas intenciones”. Sin embargo, no entrar con malas intenciones no equivale a entrar con buenas intenciones. Equivale a entrar sin intenciones, de modo que el golpe resulta un accidente, no un cálculo deliberado. Las intenciones sólo son evidentes en el fútbol, no en las demás actividades humanas. Una “pelota dividida” no es una pelota partida o fragmentada, a ser repartida entre varios, sino una cuya disputa propicia un forcejeo o cierta aspereza física. A veces, una “pelota dividida” deja dividido, o casi, el cuerpo del atleta.
Un penal indudable es aquel que favorece al equipo de nuestras simpatías; uno dudoso es aquel que favorece a los demás. Si un futbolista “hace una chilena”, no quiere decir que ha procreado a una mujer de esa nacionalidad, sino que ha ejecutado una complicada pirueta de espaldas al arco rival. La chilena goza de excelente reputación en el fútbol. Es la nacionalidad más admirada.
Todos los días, muchas personas hacen chilenas (a veces ejecutando piruetas complicadas), pero la mayor parte de ellas no podrían “hacer una chilena” en un campo de fútbol (y no por razones de pudor). El fútbol no parece un juego homofóbico. Si un varón “le hace un túnel” a otro, esa circunstancia será muy elogiada y aplaudida.
Lo mismo ocurrirá si “le hace un caño”, que probablemente se trata de una perforación menos ancha. El diámetro del orificio suele ser estudiado, precisado y celebrado por los locutores. Pero el hecho mismo de que un varón busque y ensanche el orificio del adversario es considerado un acto admirable, por lo arduo y peligroso de su ejecución. Se presume que el árbitro es un ladrón hasta que no demuestre lo contrario.
Sólo puede demostrarlo favoreciendo solapada o descaradamente al equipo de nuestras simpatías. El fervor religioso se multiplica en las tribunas cuando se cobra un penal.
En los instantes previos a su ejecución, los ateos y agnósticos virtualmente desaparecen y no son pocos los que reanudan un diálogo encendido con Dios, hecho de súplicas, ruegos y promesas.
Unos elevan sus plegarias para que el penal se convierta en gol; otros rezan desesperados para evitarlo. Un jugador “pecho frío” es repudiado por su serenidad. Se espera que los futbolistas tengan el pecho caliente o, mejor todavía, ardiendo. El aplomo no está bien visto en el fútbol. Se lo considera un defecto. Es un gran mérito que alguien haga “una palomita”. Los futbolistas que hacen palomitas son muy admirados. No lo son, en cambio, quienes las hacen en las puertas de los cines. La “lotería de los penales” es la única en el mundo en la que los participantes tienen un cincuenta por ciento de probabilidades de ganar. Sin embargo, nadie quiere jugar esa lotería.
Si un futbolista “está concentrado”, no significa que está pensando, meditando o reflexionando, sino que se encuentra durmiendo fuera de su casa, en un hotel. Los aficionados suelen exigir que los jugadores “suden la camiseta”. Por lo general se considera que un jugador malo suda poco o no suda nada. La excesiva transpiración, que en otras actividades humanas sería indeseable, una señal de mala salud, es vista en el fútbol como una muestra de ética profesional.
Pero esa copiosa sudoración debe confinarse a la parte superior del atleta, si quiere ser admirado. Pues si hubiera alguno que, en lugar de sudar la camiseta, sudase el pantalón, no merecería ya los mismos elogios y quizá sería víctima de reproches y suspicacias. No se recuerda a nadie pidiéndole a un jugador que sude más el pantalón. Se dice que los futbolistas juegan “por amor a la camiseta”, pero acabado el juego, cambian de camiseta con los rivales. Es un amor efímero e intercambiable. Un partido dura noventa minutos. Nunca dura una hora y media. Dura noventa minutos, que no es lo mismo. Un futbolista virtuoso es “un poeta”, nunca un narrador.
A un jugador alto se le pide que “vaya bien por arriba”, pero a uno bajo no se le pide que “vaya bien por abajo”. Cuando alguien simula estar golpeado y exagera cierto dolor para ganar tiempo, se dice que “está haciendo teatro”, nunca que está haciendo cine o televisión, a pesar de que muchas veces está actuando en televisión.
En el fútbol, las cosas no ocurren, no suceden, no se ejecutan, no se cumplen: las cosas “se dan”. Cuando un equipo gana, “se dieron” las cosas. Cuando pierde, “no se dieron”. Se ignora quién da las cosas y por qué las da o deja de dar. A eso se le llama “la magia del fútbol”.

:: Dinero (13/08)

Cuando era niño, robaba dinero de la billetera de mi padre, mientras él se duchaba. No lo hacía porque necesitase el dinero (aunque tampoco venía mal para comprarme dulces, bebidas y helados en el quiosco del colegio).
Robaba por puro placer. Nunca me pilló, nunca me dijo que le faltaba dinero, nunca sospechó de mí (o, si lo hizo, no me lo dijo). Cuando llegábamos al colegio, después de un viaje largo y enredado por carretera, que duraba una hora o poco más, sacaba su billetera si estaba de buen humor y me daba dinero por si me pasaba algo malo.
“Es un fondo de emergencia”, decía. Yo me sentía mal porque ya tenía escondido en las medias el billete que le había robado.
Mi padre no era un hombre rico pero vivía como si lo fuera porque así lo habían acostumbrado desde niño sus padres, que tenían mucho dinero gracias a su habilidad para los negocios y una disciplina de hierro.
Vivíamos en una mansión de película en las afueras de la ciudad, una casa de jardines interminables sobre diez mil metros cuadrados, que mi padre no había comprado, pues le fue regalada por su padre. Antes habíamos vivido en un departamento frente al club de golf, que mi abuelo también le regaló. Cuando me preguntaban en el colegio a qué se dedicaba mi padre, yo decía: “Es gerente”.
Lo decía porque esa palabra sonaba bien y porque era verdad. Fue gerente de una compañía de autos norteamericana, la General Motors, hasta que la compañía decidió irse del Perú y él, ya con muchos hijos, decidió quedarse. Fue gerente de un banco; de una compañía sueca de autos, la Volvo; de una fábrica de explosivos; y de un club hípico, el Jockey.
Ya enfermo de cáncer, trabajó en una compañía minera gracias a la generosidad de su cuñado, un hombre de inmensa fortuna que tuvo la nobleza de ayudarlo en aquellos momentos difíciles, a pesar de que en otros tiempos habían tenido ciertos desencuentros. No siendo mi padre un hombre de espíritu empresarial, pues tal vez carecía de confianza en sí mismo para correr riesgos y fundar un negocio propio, era honrado, disciplinado y laborioso, virtudes que sus jefes no tardaban en reconocer, y contaba con un apellido de prestigio en el mundo de los negocios, que le había sido legado por su padre, que se llamaba como él y era muy respetado por los banqueros y empresarios de la ciudad.
Al morir su padre, no pudo recibir, como hubiera querido, la parte de la herencia que le correspondía. Tuvo que esperar a que su madre, una mujer bondadosa, que lo quería mucho, muriese también. Recién entonces pudo heredar el dinero que necesitaba para sentirse más tranquilo y no tener que ir a trabajar todas las mañanas como gerente de alguien. Nadie esperó que hiciera lo que hizo: dividió la mitad de su herencia en diez partes iguales, la repartió entre sus diez hijos y anunció que seguiría trabajando como gerente porque no quería quedarse todo el día en la casa, aburrido de no hacer nada.
Sus hijos, sorprendidos, recibimos ese dinero como “adelanto de herencia”, así lo llamó mi padre.
En aquel momento yo vivía en Washington, estaba escribiendo mi primera novela y no quería saber nada de mi padre, no contestaba sus llamadas, estaba furioso con él. Sin embargo, depositó en mi cuenta bancaria la parte de la herencia anticipada que había decidido regalarme. No le agradecí. Algún tiempo después, mi novela salió publicada.
Gracias al dinero que me regaló mi padre, pude terminar de escribirla. Irónicamente, él fue uno de los principales damnificados de la novela, pues uno de los personajes se le parecía mucho. Sin leerla, me había pedido que no la publicase. Sabía que sería un escándalo que él quería ahorrarle a la familia. Quería salvar el prestigio del apellido que yo estaba a punto de mancillar.
Cuando, para mi sorpresa, la novela se convirtió en un éxito de ventas en España y empecé a recibir las regalías, decidí devolverle el dinero que me había dado como herencia. De paso por Lima, lo envié a su casa, con una nota que decía: “Creo que no merezco quedarme con esta plata. Es tuya”.
No me agradeció. Nunca me dijo una palabra sobre eso. Años más tarde, mi padre fue acusado, como gerente del Jockey Club, de firmar unas facturas sobrevaluadas. Lo enjuiciaron. Negó que hubiera hecho algo indebido. Dijo que se limitó a firmar los papeles que le pidieron que firmase y que nunca obtuvo un beneficio ilícito a cambio de eso. Enterado de sus dificultades, lo llamé y le ofrecí la ayuda de mi abogado, un amigo muy querido. Nos reunimos con varios abogados, ante los cuales mi padre tuvo que pasar por el trance bochornoso de explicar, sentado a mi lado, los enredos de las facturas sospechosas, y finalmente decidió contratar los servicios de mi amigo.
Le dije que yo pagaría los honorarios de su abogado, durase lo que durase su defensa legal. Me agradeció, conmovido. No nos abrazamos. Nunca nos abrazamos. Pero quizá en ese momento estuvimos cerca de abrazarnos. El juicio fue largo y lleno de ramificaciones complicadas.
Al final, gracias a la astucia de su abogado, mi padre fue absuelto de todos los cargos. Fue un gran triunfo para él. Me sentí en parte responsable de esa victoria.
Ya no recuerdo cuál fue la naturaleza del escándalo que volvió a distanciarnos, pero probablemente tuvo que ver con mi renuencia a esconder o disimular mi bisexualidad, un tema que le incomodaba y del que prefería no hablar (quizá porque sentía que yo no era tal cosa y hacía alarde de ella para humillarlo). Lo cierto es que, tras largo tiempo sin hablarnos, me escribió un correo electrónico contándome que había vendido la mansión campestre de mi infancia y preguntándome si quería que me devolviese el dinero que le había pagado a su abogado por prestarle esos valiosos servicios.
Debí decirle que ese dinero había sido una contribución desinteresada y que no tenía que devolverme nada. Pero, como estaba ofuscado con él, le escribí diciéndole que me parecía justo que me devolviese la mitad de lo que le había pagado a su abogado y que debía entregarle esa suma a la madre de mis hijas.
A los pocos días, me escribió diciéndome que mi madre no estaba de acuerdo con lo que yo había pedido, pues ella pensaba que los honorarios del abogado no habían sido un préstamo sino una contribución generosa de mi parte y por lo tanto no cabía que me devolvieran nada. Aunque no me lo dijo (y eché de menos que lo dijera), pareció que él estaba de acuerdo con ella. Desde entonces, y hasta los días previos a su muerte, dejamos de hablarnos.
Ahora creo que fue una mezquindad pedirle que le diese a mi ex esposa la mitad de lo que yo le había pagado a su abogado. No necesitaba ese dinero, como no lo necesitaba cuando lo sacaba de su billetera. Sólo quería que, en ese largo forcejeo de orgullos y vanidades que fue nuestra historia, él, por una vez, cediera ante mí.
Tres días antes de morir, en la cama de una clínica, mi padre pidió un helado. Bajé a comprárselo y lo llevé a su cama. Mientras lo saboreaba lentamente, me miró con cariño y me preguntó: “¿Te debo algo?”. No me debía nada, por supuesto. Era yo quien le debía el abrazo que nunca pude darle.

:: Extrañas formas de sabiduría (06/08)

Vuelvo a Buenos Aires después de cinco semanas. Los diarios anuncian días helados. No me preocupa demasiado. Al pie de la cama tengo una estufa portátil que sopla aire caliente (robada de un hotel chileno y a la que llamo “soplapollas”), que es como mi mascota y me previene de resfriarme. Le digo al chofer que me lleve a San Isidro, pero no por la general Paz, que a esa hora, las ocho de la mañana, suele ser un enredo intransitable, sino por una ruta alternativa, Gaona y Camino del Buen Ayre. El chofer me dice que me costará veinte pesos más. Le digo que no importa y que acelere. Me dice que nos pueden tomar una foto y multarnos. Le digo que en ese caso pagaré la multa. Salvo el cansancio, nada me exige llegar pronto a casa. Pero llevo la prisa del viajero frecuente, que, sin pensarlo, impulsado por una antigua costumbre, quiere ser el primero en salir del avión, pasar los controles, subir al taxi y llegar a casa, como si fuese una competencia con los demás pasajeros o con uno mismo, como si quisiera batir una marca personal. Después, al llegar a casa, desaparece esa inexplicable premura, esa urgencia ciega, y puedo pasar una hora frente a la computadora, leyendo diarios y correos que tal vez no debería leer. Duermo pocas horas. Sueño con celebridades. Es una extraña y alarmante costumbre la de soñar con celebridades. Al despertar, llamo al restaurante alemán, digo que estaré allí en quince minutos y pido la comida. De todos los restaurantes que he visitado, es el que más feliz me ha hecho. Se llama “Charlie’s Fondue”. Está en Libertador y Alem. Cuando estoy en San Isidro, almuerzo allí todos los días, y a veces también voy a cenar. Después de almorzar, voy a cortarme el pelo con Walter. Atiende en “Walter Pariz”, con zeta, en la calle Martín y Omar, casi esquina con Rivadavia. Me hice su cliente en otra peluquería, pero tuvo el valor de abrir su propio negocio y no dudé en acompañarlo. Es un joven amable y emprendedor. Me habla de su hija, me muestra fotos de ella. Me habla de San Lorenzo, su otra pasión. Me corta el pelo mejor que ningún peluquero de Miami o Nueva York. Me cobra doce pesos, veinte incluyendo la propina. Le digo que nos veremos en tres semanas, cuando regrese al barrio. Paso por la clínica San Lucas. Me acompaña Martín, mi amigo más querido. Su hermana Candy sigue enferma, batallando contra un cáncer que no cede. Entramos a la habitación. Sus padres me saludan con cariño. Candy está muy delgada. Tiene un calefactor encendido a su lado, en la cama. Me impresiona su lucidez. Hablamos de viajes, del que hizo a Río con Martín, a Sudáfrica con su hermana, del que su padre hizo a Londres. La televisión está prendida en un programa de chismes. De pronto, se queja de estar así, postrada y entubada en un sanatorio, con sondas y sueros y toda clase de dolores y molestias inenarrables por los que una mujer de su edad, apenas treinta años, no debería pasar. Sin quebrarse ni compadecerse de su propia suerte, con una firmeza y un coraje admirables, dice: “Quiero que me saquen todo esto y me dejen volver a casa. Si me voy a morir, prefiero morirme antes. No tiene sentido vivir así, para que puedan venir a visitarme”. Se hace un silencio. Nadie sabe qué decir. Yo la admiro sin reservas. Al despedirme, le doy un beso y le digo que la quiero mucho. Es muy difícil creer en Dios cuando el destino embosca a una mujer tan joven y se ensaña con ella. Los días siguientes grabo mis entrevistas de televisión. No deja de ser una ironía que aparezcan en un programa de modas y glamour, dos asuntos que desconozco por completo. Voy con la misma ropa todos los días, el mismo traje, la misma corbata, los mismos zapatos viejos de liquidación. Llevo tres pares de medias, por el frío, que no da tregua. Lo que más me gusta de ir a la televisión es conversar con las señoras de maquillaje. Son tres y poseen extrañas formas de sabiduría, además de un número no menor de chismes. Me cuentan el más reciente: una diva, harta de esperar a una actriz joven, que demoró una hora en llegar a las grabaciones, entró al cuarto de maquillaje, le gritó a la actriz: “¡Sos una negra culosucio!” y la abofeteó. Ellas, que presenciaron la escena, le dan la razón a la diva. Lo que menos me gusta de ir a la televisión es que me maquillen con esas esponjas sucias, trajinadas, olorosas, impregnadas de cientos de rostros célebres y ajados, bellos y estirados, falsos y admirados. Me digo en silencio que en mi próximo viaje llevaré mis propias esponjas, pues parece riesgoso que a uno le pasen por la cara tantas horas de televisión, tantas partículas diminutas de tantos egos colosales que terminan confundidas en mi cara de tonto, junto con la base, el polvo y la sonrisa más o menos impostada. Pero los mejores momentos no son los que ocurren en la televisión sino en mi barrio de San Isidro, por el que, a pesar del frío y una llovizna persistente, me gusta caminar sin saber adónde ir, dejando que me sorprenda el azar. Voy al almacén de la esquina a comprar cosas que no necesito, sólo para conversar con las chicas empeñosas que allí atienden. Paso por la tienda de discos a comprar discos que no voy a escuchar, sólo para hablar con los chicos suaves que me saludan con cariño. Entro a la tienda de medias polares y me quejo del frío y me llevo varios pares más, deben de pensar que voy a esquiar. Compro champús franceses, sólo para darme el placer de preguntarle a la señora francesa muy mayor, que no para de fumar, qué champú le vendría mejor a mi tipo de pelo, y ella da una bocanada, echa humo, tose, pierde felizmente un poco de vida, me toca el pelo grasoso y recomienda el Kérastase gris, que es el que peor me va, pero el que me llevo obediente, porque me encanta que me toque el pelo con sus viejas, viejísimas manos. Me detengo en el negocio de computadoras y me siento a imprimir unos cuentos innecesarios, prescindibles, sólo porque quiero mirar a, y conversar con, el chico tan lindo, tan abusiva e inquietantemente lindo, que despacha tras el mostrador. Estos son los momentos caprichosos y felices que, cuando me voy de Buenos Aires, echo de menos, sin contar, por supuesto, los otros, los que paso con Martín, que espero que no lea esta crónica y se entere de la verdadera razón por la que cada tarde tengo algo urgente que imprimir en el negocio de las computadoras de la calle Martín y Omar. De madrugada, todavía a oscuras, subo al taxi, rumbo al aeropuerto. El chofer me cuenta que tiene diez hijos pequeños y hace poco nació uno más, todos con la misma mujer. Le digo que debe de ser muy lindo tener una familia tan numerosa.
Me dice: “No. No es lindo. Pasa que llego a casa tan cansado, a las siete de la mañana, que siempre me olvido de ponerme forro”. Nos reímos. Hay en su risa enloquecida una extraña forma de sabiduría. Sólo en Buenos Aires uno encuentra gente así. P
or eso quiero irme a vivir a esa ciudad.

:: La feliz quietud del verano (30/07)

Tres semanas con mis hijas en el verano de Miami, sin viajes ni programas de televisión en la agenda, sin empleadas que las sirvan ni familiares que las amonesten, sin horarios ni obligaciones de ningún tipo, son una promesa segura de ocio feliz para mí, no sé si para ellas también.
Debo dar gracias a quien corresponda por el hecho afortunado de que las niñas heredasen de mis genes, y no de los de su madre, que es una mujer hacendosa y emprendedora, una cierta disposición natural a la vagancia, a asociar el placer con el ocio, la felicidad con la vida sedentaria y la pereza con la virtud.
No por eso dejamos de hacer un número de planes antes de llegar a la casa en Miami, pero, como no tardaría en manifestarse nuestro espíritu haragán y una severa fatiga crónica que al parecer viene desde muy lejos, presumo que desde mis bisabuelos irlandeses que llegaron embriagados o extraviados a las costas peruanas, esos planes no pudieron hacerse realidad, porque para ello hacían falta una energía y una laboriosidad de las que carecíamos por completo.
Dijimos que iríamos a Washington a visitar los museos, los parques, el hospital donde nació mi hija mayor, las casas donde vivimos, pero les dije que no debíamos correr tan alto riesgo porque en las noticias de la televisión habían advertido que los terroristas estaban tramando un nuevo atentado y parecía imprudente, casi suicida, subirnos a un avión o acercarnos a un aeropuerto. Dijimos que iríamos un fin de semana a los parques de diversiones de Orlando, pero les dije que en julio hace tanto calor que la gente se desmaya, y las filas de gente esperando los juegos son tan largas que los que no se desmayan por el calor lo hacen por esperar horas de pie, y los que sobreviven al calor y a las filas y consiguen entrar a los juegos a menudo se desmayan o incluso mueren de asfixia, vértigo, taquicardia o ataques de pánico, según pude leer en los periódicos, que contaban que alguien murió en la montaña rusa y alguien más en la casa del terror, con lo cual mis hijas entendieron que era casi una certeza estadística que, si cometíamos la terrible imprudencia de visitar los juegos de Disney, uno de los tres no regresaría vivo. Dijimos que iríamos a un parque acuático al norte de la ciudad, pero les dije que ese parque había sido clausurado porque muchos niños, incontables niños murieron ahogados allí. Nunca supe de qué parque hablaban mis hijas ni dónde quedaba, pero les conté tantas historias truculentas que perdieron todo interés en deslizarse por los toboganes gigantes y jugar con las olas artificiales.
Dijimos que iríamos al gimnasio todas las tardes, un gimnasio en el que estoy inscrito y por cuyo uso he pagado un año entero, pero no fuimos una sola tarde porque podía llover y no teníamos paraguas y además había demasiados mosquitos que podían picarnos en el camino. Dijimos que saldríamos a montar bicicleta, pero las cuatro bicicletas tenían las llantas desinfladas y les dije que era demasiado esfuerzo llevarlas al grifo, pues no cabían todas en la camioneta y había que llevarlas en varios viajes, una idea que me resultaba extenuante, de modo que las bicicletas quedaron tiradas, con las llantas bajas y las cadenas oxidadas. Dijeron que verían a sus amigas que también estaban de vacaciones en la ciudad, pero yo dejaba el teléfono desconectado sin que ellas se enterasen y así nunca sonaba el teléfono y nadie las invitaba a ninguna parte y ellas no entendían por qué se habían vuelto tan impopulares y yo les decía que la vida es así, un desengaño tras otro, y que ninguna amistad dura para siempre. Dijimos que iríamos a la playa, pero yo les decía que era más seguro quedarnos en la piscina de la casa, porque no hacía mucho una raya clavó su aguijón venenoso en los pies de un amigo que estaba metiéndose en el mar de la isla donde vivimos, y ellas recordaban que el último verano en el que fuimos a la playa nos encontramos nadando a pocos metros de un manatí y salimos corriendo aterrados, así que nos convencimos de que era mejor refrescarnos en la piscina de la casa y enterarnos de la fascinante vida marina viendo los documentales de la televisión. Dijimos que saldríamos a pasear en un yate alquilado, pero les dije que, debido al vertiginoso aumento del precio de los combustibles, nos costaría una fortuna, así que ellas salieron a pasear en el yate de sus tíos, quienes, por suerte, muy generosos, pagaron la travesía, lo que multiplicó mi cariño por ellos, del que aquí quiero dejar constancia.
Puede decirse entonces, sin exagerar, que no hicimos ninguna de las actividades o excursiones que habíamos planeado, que la prudencia y la pereza conspiraron contra todos los eventos familiares que imaginamos antes de viajar.
Pero reconocer que aquellos planes quedaron en palabras y no se ejecutaron, ni siquiera uno solo, no nos entristeció: al contrario, nos confirmó que fueron unas vacaciones completamente inútiles y, al mismo tiempo, o por eso mismo, completamente felices. Sería atropellado e inexacto saltar a la conclusión de que mis hijas y yo no hicimos nada memorable en las tres semanas que pasamos juntos. Es verdad que todos nuestros planes fueron desechados, pero no es menos cierto que, dadas las circunstancias, supimos improvisar, apegándonos siempre a dos leyes básicas del haragán sin culpa: no te agites y respeta la rutina. Lo que ahora mismo, al final del verano familiar, recuerdo con más orgullo, porque me confirma que no se puede conseguir nada sin una cierta disciplina, es el ahínco o tesón adolescente que depositaron mis hijas en la empresa común de dormir todos los días hasta las dos de la tarde como mínimo, lo que nos permitía levantarnos tan embriagados o dopados de sueño que, luego de un breve desayuno, volvíamos a la cama a descansar del cansancio de haber dormido tanto. T
ambién me emociona recordar lo mucho que disfrutamos viendo todas las noches, desde las once y media hasta la una y media, los programas de David Letterman y Craig Ferguson, y el modo descarado en que mis hijas se rieron comparando esos programas estupendos con los esperpentos que hago en televisión. No puedo olvidar la alegría que sentíamos mientras nos burlábamos, criticábamos o imitábamos a nuestros parientes, la euforia que me provocaba arrojarle piedras o agua con cloro al gato del vecino y la gratificante sensación del deber cumplido que nos invadía al ver los libros del colegio que debían leer y no habían leído ni pensaban leer porque ya me encargaría de leerlos por ellas. Como buen padre, me ocupé de cocinar para ellas, procurándoles una dieta balanceada, consistente en leche con cereales de desayuno, pan con jamón y queso de almuerzo, y pan con queso y jamón de cena, acompañados de coca cola, todo en platos y vasos de plástico desechables para no tener que lavar la vajilla.
Eso nos permitió mantener un sano equilibrio entre proteínas, carbohidratos y lácteos. Si me preguntasen qué podrían haber aprendido mis hijas en estas semanas de vacaciones, no dudaría en decir un puñado de cosas: que si duermen hasta tarde los días suelen ser más placenteros, que mis programas de televisión son una desgracia, que Craig Ferguson es más divertido que Letterman, que el pan con jamón y queso no facilita la digestión y que la felicidad a veces consiste en inventarse un buen pretexto para no salir de casa, ni siquiera a la piscina. No es poco.

:: Vergüenza (23/07)

Estoy sentado en el inodoro. Mi suegra abre la puerta del baño. No sé qué clase de sonrisa resulta apropiada para esa circunstancia. He cumplido treinta y cinco años. He dado una gran fiesta. Amanece. Mi ex esposa y yo terminamos en su cama. Hemos bebido mucho. Queremos hacer el amor. No puedo. No se me pone dura. Releo mi segunda novela, Fue ayer y no me acuerdo. Releo ciertas páginas de La mujer de mi hermano. Releo algunos poemas de Aquí no hay poesía. Vuelvo a Washington. Paso por la clínica donde quise que ella abortase. Recuerdo las cosas terribles que le dije. Recuerdo que le prometí llevarla de viaje si se deshacía del bebé. Recuerdo todo lo que la hice llorar. Veo a mi hija sonriendo. No olvido que existe a pesar de mí. Estoy entrevistando a algún famoso en televisión. Estoy resfriado. He tomado un jarabe expectorante. Hablo con dificultad. Me arde la garganta. Toso. No puedo evitarlo. Una flema sale disparada y cae sobre la mesa. Todos la hemos visto. El famoso también la ha visto. No me dice nada al respecto, pero sé que no volverá al programa. Mi amiga le miente a su esposo y viene a verme a escondidas. Me trae chocolates rellenos de dulce de guayaba. Subimos a mi cuarto. Es bella. Es deliciosa. Es adorable. Pero no puedo. No se me pone dura. No hay disculpas que valgan. Estoy en el banco, sacando dinero del cajero automático. Siento la urgencia de soltar una discreta ventosidad. Calculo que no producirá ruido alguno. Calculo mal. Lanzo una flatulencia escandalosa. Todo el mundo me mira, me reconoce, se sorprende de mi vulgaridad. No sé qué clase de sonrisa resulta apropiada para esa circunstancia. Tengo dieciocho años. Salgo todas las noches en televisión. Entrevisto a un escritor famoso. Trato de decir la palabra “recóndito”. Supongo que quiero impresionarlo. Me enredo. Me trabo. La digo mal tres veces. Tartamudeo. Nunca más la digo en televisión ni fuera de ella. La empleada de mis hijas me pregunta si soy del otro equipo, si de verdad me gusta besar hombres. No sé qué responderle. Una amiga me muestra su espalda. Tiene un tatuaje con mi nombre. Te vas a arrepentir, le digo. Estoy entrevistando a un músico famoso. El músico se acomoda y dispara una sucesión de pedos bulliciosos. Apesta. No le digo nada. Me distraigo. No sé qué preguntarle. Llego al aeropuerto. Le pido al maletero que me ayude. Me dice que no es maletero, que es capitán de un avión, fumando un cigarro. Salgo a cenar con una amiga muy linda. Bebemos vino. Le digo que esa tarde tuve un sueño erótico con ella. Es verdad. He soñado que hacíamos el amor. Ella se incomoda. Me dice que no le gusto, que sólo podemos ser amigos. Me invitan a un programa de televisión. La anfitriona me pregunta cuántos pares de medias llevo puestos. No espera mi respuesta. Me levanta bruscamente el pantalón y las cuenta. Son tres pares de medias. Se me ven las piernas velludas. El público en el estudio se ríe. Estoy con mis hijas en el supermercado. Al llegar a la caja, ven un tabloide que ha publicado mi foto en portada y un titular que dice: ¡Soy una hembra! Estoy con mis hijas en el auto. Se acerca un vendedor de periódicos. Nos muestra uno que ha publicado mi foto en portada y un titular que dice: ¡Cabrazo! Un televidente me manda un correo electrónico con la copia de la multa que pagué en la corte por robar corbatas en una tienda de lujo cuando tenía veinte años. Veo mis viejos programas de televisión. Veo Qué hay de nuevo. Veo La noche es virgen. Me repele ese sujeto que soy yo y que ahora me resulta un extraño. No entiendo por qué habla tan atropelladamente, por qué trata de ser gracioso de ese modo tan obviamente falso. Estoy en una fiesta. Tengo veinte años. Me ha invitado la hermana de un amigo. Es su fiesta de promoción. He tomado mucha cocaína. Estoy muy duro. Traen la comida. No puedo comer. Ella me lleva a bailar. Tampoco puedo bailar. Me quedo parado, sin poder moverme. Estoy besando a una chica en mi auto. Estamos en la puerta de su casa. Llega su padre. Nos ve. Mi amante trata de poseerme. No se le pone dura. No puede hacerme el amor. Pero me ama. O al menos dice que me ama. Acaba de salir mi primera novela. Es un escándalo. Escapo de la ciudad. Subo a un avión. Reparten gratuitamente cierta revista. En la portada aparece mi foto en traje de baño con un titular que dice: Bisexualidad. Me veo con el torso desnudo, multiplicado en decenas de revistas abiertas. Quiero bajar del avión. Ya es tarde. Una amiga me invita en su avión privado. Le pregunto si puedo llevar champú o si me lo van a quitar en el aeropuerto. Ella se ríe. Mi hija escribe el nombre de su padre en google. Ya no hay más secretos. Mi padre me mira sonriendo desde el retrato que me regalaron cuando murió. Doy vuelta al retrato. No puedo mirarlo a los ojos. Me despiden de un canal de televisión. Me dicen que me pagarán lo que falta para terminar el contrato a condición de que no haga más televisión con ellos. Prefieren pagarme para que no trabaje. Mi amante lee mis correos electrónicos. Descubre mis mentiras. Mi esposa encuentra un calzoncillo de mi amante. Me pregunta de quién es. Leo las viejas columnas que escribía cuando tenía dieciocho años en el periódico que quebró. Releo la advertencia en mi primera novela, No se lo digas a nadie: Las historias que aquí se narran sólo ocurrieron en la imaginación del autor. Releo la dedicatoria de Los amigos que perdí: A mi padre, el amigo que no perdí. Releo el final de El huracán lleva tu nombre: mi amante me promete que me enseñará a patinar, algún día me gustaría patinar con mi hija. Mi amante y yo estamos desnudos en la piscina. Llegan el jardinero y su asistente, que entran por la puerta lateral, sin avisar. Nos ven. Se ríen. La empleada de mis hijas y yo estamos viendo televisión en la cocina. Pasan las imágenes en cámara lenta del beso que le di a un amigo en la televisión española. Ella se tapa la boca, horrorizada. Usted se pasa, joven, me dice. Le dan un premio a una de mis novelas. La noche de la premiación, un miembro del jurado dice que no merezco el premio, que la novela es muy mala. Después leo sus novelas. Me parecen muy buenas. Estoy cenando con mis padres y mis hermanos, celebrando mis treinta y cinco años. Me piden que diga unas palabras. Les pido perdón a mis padres por ser quien soy, por no haber podido ser quien ellos quisieron que fuese. Envío el manuscrito de mi primera novela a tres editoriales españolas. Una de ellas me manda una carta diciéndome que la novela no merece ser publicada, que no tengo madera de escritor. Mi hija me baja el pantalón en una tienda de alquiler de películas. No llevo calzoncillos. Entrevisto a un político muy famoso. Antes me reúno a solas con él. Le adelanto algunas de las preguntas. Veo las películas basadas en mis novelas. Releo cualquier página que he publicado. Veo los programas de antes. No entiendo el origen de esas muecas raras, el constante jugueteo con la lengua, esa voz tan aguda y falsa. Miro mis fotos viejas. Me miro desnudo en el espejo.

:: El chico de sus sueños (16/07)

En julio y agosto, todo el que puede se va de Miami. Para Joaquín y sus hijas, que están de vacaciones en esa ciudad, es una buena razón para quedarse. Martín, el amante de Joaquín, ha llegado de visita. Es un viaje breve, porque su hermana está muy enferma. Volverá en una semana a Buenos Aires para acompañarla en su cumpleaños. Joaquín, sus hijas y Martín van a una tienda de ropa. Una de las niñas dice, al llegar: -La última vez que vinimos acá fue con Manuel. No se da cuenta de que ha dicho algo que tendrá unas consecuencias devastadoras sobre el ánimo de Martín. Tendría que haber recordado lo que su padre le ha contado: que Martín y Manuel se detestan, que Martín odia que Joaquín vea a Manuel. Joaquín le había prometido a Martín que no vería más a Manuel, pero ahora Martín se ha enterado de que no hace mucho salieron de compras con Manuel, y se siente traicionado, siente que Joaquín es un mentiroso, que no puede confiar en él. Martín le pregunta si es verdad lo que ha dicho la niña, que hace poco fueron a esa tienda con Manuel, y Joaquín, mientras sus hijas miran ropa con aire distraído, se resigna a decir la verdad: -Sí, vinimos con Manuel cuando estabas en Buenos Aires. -¿Y por qué no me lo contaste? -pregunta Martín. -Porque tú odias a Manuel y no quería tener una pelea contigo -se defiende Joaquín. -Me mentiste -dice Martín-. Me dijiste que no verías más a Manuel. -No puedes prohibirme que vea a un amigo al que aprecio -dice Joaquín-. No tiene sentido que odies a Manuel. No te ha hecho nada malo. -Manuel me odia. Te habló mal de mi libro. Me tiene celos. Le gustaría ser tu chico, por eso me odia. -No puedes estar seguro de eso. -Estoy seguro. Es obvio que ese tipo está obsesionado con vos. Es tu stalker. ¿No te das cuenta de que quiere que nos peleemos para que él pueda ocupar mi lugar? -Eso es imposible, y él lo sabe. Yo lo conocí mucho antes de conocerte y nunca pasó nada entre nosotros y le dije que sólo podíamos ser amigos, que no me gustaba. -Ya no sé si creerte, Joaquín. Mentís tanto que ya no sé si creerte. -No te mentí. No te conté que salimos con Manuel para no lastimarte. Pero no decir algo no equivale a mentir. -Pero me dijiste que no verías más a Manuel. Sabés que ese pibe me odia y no te importa verlo. Si de verdad me quisieras, no saldrías con un tipo que habla mal de mí. -A mí nunca me habla mal de ti. -Pero vos sabés que cuando publiqué mi libro mandó un montón de mails a la editorial hablando mal de mí. -No puedes estar seguro de eso. -Era un colombiano. ¿Quién más va a ser? ¡Era Manuel! -Eres un perseguido. -Da igual. Ya me cansé de tus mentiras. No sé para qué vine. Quedate con tu Manuel. Yo me vuelvo a Buenos Aires mañana. Esa noche, Martín llama a la línea aérea y adelanta la fecha de su viaje de regreso. Joaquín le pide que no se vaya, que no haga esa locura. Le explica que no hizo nada contra él, que sólo vio a Manuel y no se lo contó, pero Martín está dolido, siente que Joaquín es un mentiroso, que es desleal, que es capaz de ser amigo de personas que lo detestan, como Manuel, como Andrea, la chica que se hizo un tatuaje en la espalda con el nombre de Joaquín. -Yo jamás podría ser amigo de alguien que te odia -le dice-. Y vos sabés que Manuel y Andrea me odian. Y te chupa un huevo. Y seguís viéndolos igual. Y te escriben tres mails diarios. Y les escribís otros tres mails diarios. Y te dicen que te quieren, que te aman. Y les decís que los querés, que los amás. Y los ves a escondidas. Y me decís que sólo son tus amigos, pero contigo nunca se sabe, Joaquín. -Te prometo que no veré más a Manuel ni a Andrea -dice Joaquín-. Pero por favor no te vayas mañana. No tiene sentido pelearnos por algo tan ridículo. No me has encontrado en la cama con Manuel. Joaquín y Manuel se conocieron en una farmacia de Miami Beach, hace diez años. Joaquín no conocía a Martín, no se había enamorado de él. Joaquín y Manuel nunca fueron amantes, sólo amigos de verse ocasionalmente. Joaquín hizo que Martín y Manuel se conocieran en un restaurante de Miami, hace cinco años. Se reunieron pocas veces más. Fue evidente desde el principio que Manuel y Martín no se entendían, no se veían con simpatía, se rechazaban naturalmente. Siempre que hablaban de él, Martín le decía a Joaquín: -Ese pibe es un nabo atómico. No sé qué hace viviendo solo en Miami. Debería volver a Bogotá y conseguirse un novio. Pero ahora Manuel se ha convertido en una causa de guerra para Martín, en la razón para irse bruscamente de regreso a Buenos Aires, en el fantasma que agita sus propias dudas y temores sobre la conveniencia de seguir con Joaquín, ese hombre mayor, gordo, cansado, predecible, aburrido, ensimismado, que se pasa los días tirado en la cama, durmiendo, tratando de dormir, hablando de lo mal que ha dormido, de lo bien que dormía antes de conocerlo. -Todo esto me pasa por ser demasiado bueno -le dice Joaquín, exhausto, con dolor de cabeza, a las tres de la mañana, mientras sus hijas duermen y él piensa si debe tomar el Alplax de 0.25 para asegurarse siete horas de sueño sin interrupciones-. Debería pasar mis vacaciones sólo con mis hijas. -Por eso me voy mañana -dice Martín-. Para no ser un estorbo en tu vida familiar. A la mañana siguiente, todos han dormido bien. Es un milagro. Joaquín lo atribuye a su laboriosidad: bloqueó las salidas del aire acondicionado en su cuarto y su baño, pegando una servilleta de tela y una lámina de papel platino con cinta adhesiva, de modo que los cuartos de las niñas y Martín se mantuviesen fríos, como a ellos les gusta, pero el suyo, calentito, como él necesita para no dormir tan mal. Joaquín abraza a Martín, lo besa en la mejilla, le pide perdón, le dice que lo ama, que es el chico de sus sueños, que por favor no se vaya. Martín tiene las maletas hechas, dice que tiene que irse a la noche. Pero Joaquín lo convence de ir a almorzar al restaurante mexicano que tanto les gusta. Comen fajitas, quesadillas. Toman cerveza Corona. Se emborrachan levemente. Se miran sonriendo. Se perdonan en silencio. Van luego a comer helados. Martín se ríe, borracho y feliz, con sus bermudas holgadas y sus sandalias de jebe y su camiseta sin mangas que muestra los brazos bien trabajados en el gimnasio, y Joaquín siente que nunca ha amado ni amará a nadie como ama a ese chico alto, flaco, frívolo, depresivo, callado y caprichoso, ese chico que algunas señoras confunden con su hijo y al que de ninguna manera dejará ir esa noche al aeropuerto, aunque tenga que pedirle perdón y prometer que nunca más verá a Manuel ni a Andrea ni a nadie que él, Martincito lindo, el chico de sus sueños, odie con razón o sin ella

10.7.07

:: Bello y torturado (25/06)

Hace seis años, una tarde de agosto en Buenos Aires, Martín va a casa de Juan a hacerle una entrevista. Martín es editor de una revista de modas. Juan es un famoso periodista argentino de radio y televisión. Martín es muy joven, tiene apenas veintitrés años, y admira a Juan, aunque no se lo dice por pudor. Juan es guapo, inteligente y exitoso, y tiene sólo treinta años.
Martín le pregunta si no le molesta que otro famoso periodista de radio, Fernando, diga en su programa, una y otra vez, con su habitual espíritu impúdico y provocador, que Juan es homosexual. Juan le confiesa que sí le molesta y que es verdad que es homosexual:
-No soy puto -le dice-. Soy re puto.
Por primera vez, Juan reconoce en una entrevista que le gustan los hombres. Es una liberación, un acto de afirmación personal. Nunca más tendrá que fingir o simular que es lo que en verdad no es. Durante más de dos horas, le cuenta a Martín, ya emancipado del temor de decir la verdad, cómo descubrió, siendo adolescente, que le gustaban los hombres, cómo intentó en vano desear a ciertas mujeres con las que salió como novio atormentado, cómo se impuso sobre su destino la oscura certeza de que era homosexual. Martín escucha conmovido y, a ratos, levemente turbado por una bien disimulada crispación erótica.
Cuando la revista aparece en los quioscos, estalla el escándalo. La prensa del espectáculo no se ahorra detalles. Todos se enteran de que Juan es homosexual y ya estaba harto de vivir en la penumbra del armario, mintiendo, escondiéndose, ocultando esa verdad que tanto lo define frente al mundo. Curiosamente (y esto quizá sorprende a Juan como a los mojigatos que lo critican), luego de salir del armario su carrera periodística no entra en crisis ni decae su audiencia, sino que, por el contrario, el público que lo sigue se multiplica y su prestigio profesional se consolida.
Un año después, una tarde de agosto en Buenos Aires, Martín va a un hotel en el centro a entrevistar a Joaquín, un escritor peruano de dudosa reputación. Joaquín no oculta que le gustan los hombres. Martín todavía no ha salido del armario. Joaquín lo seduce. Se enamoran. Martín pierde el miedo y se asume como homosexual. Se lo cuenta a sus padres, a sus hermanos, a sus amigos. Todos reciben la noticia con buen humor.
En abril del siguiente año, Joaquín se instala un par de meses en Buenos Aires para presentar un monólogo de humor en un teatro de la calle Corrientes. La obra, si podemos llamarla así, es una visión ácida y atormentada sobre el tardío descubrimiento de su homosexualidad, su salida del armario (con novela bajo el brazo) y las repercusiones escandalosas que ella provocó en su muy religiosa familia y en la ciudad donde nació, Lima. Es primavera en Buenos Aires. Florecen los bosques de Palermo. Joaquín alquila un departamento en la calle Gutiérrez, esquina República de la India, frente al zoológico.
Con el propósito de llevar gente al teatro, Joaquín se resigna a conceder algunas entrevistas. En una de ellas, la presentadora de un programa de televisión le pregunta cuál es su tipo de hombre. Joaquín menciona a Juan, el famoso periodista. Minutos después, Juan, que al parecer estaba grabando en un estudio contiguo, aparece sorpresivamente en el programa, se abraza con Joaquín, le despeina el flequillo y le dice piropos traviesos. El encuentro provoca cierto escándalo en la prensa del espectáculo, que reproduce en cámara lenta las escenas afectuosas entre ambos (Juan despeinándole el flequillo, Joaquín abrazándolo y besándolo en la mejilla) y sugiere que ha nacido un romance entre ambos.
Esa noche, Joaquín recuerda que años atrás entrevistó a Juan para un programa piloto que se grabó en Buenos Aires y nunca salió al aire. En aquella entrevista, deslumbrado por la belleza de Juan, por sus ojos hechiceros, Joaquín rozó el tema del amor entre hombres y Juan, valiente como siempre, no lo esquivó. Después, al salir de la grabación, Joaquín le dio su teléfono, esperanzado en volver a verlo, pero Juan no lo llamó.
En vísperas del estreno de su monólogo, y todavía divertido por las conjeturas e insinuaciones que se hacen en la televisión tras el encuentro sorpresivo con Juan, Joaquín recibe una llamada. Es Juan. Quiere entrevistarlo para su programa de televisión. Joaquín acepta encantado.
Juan y Joaquín se encuentran en un restaurante de Palermo, una tarde de abril. Juan viste una camiseta ajustada que pone énfasis en sus músculos. Está acompañado de su novio. Joaquín llega con Martín. Toman unos tragos. Hace calor. Se sientan en la terraza. Los técnicos acomodan las luces, los cables, los micrófonos. Juan y Joaquín se sientan uno frente al otro. Sus novios observan en silencio. Juan luce bello y atormentado, bello y nervioso, bello y angustiado. Joaquín se pregunta en silencio por qué Juan está tan inquieto. Intuye la razón. Ha escuchado rumores. Ha tomado esos polvos cuando era joven. Sabe reconocer sus efectos.
Durante una hora o poco más, Juan lo somete a un cuestionario inteligente y atrevido, que por supuesto aborda el tema de la homosexualidad. Joaquín, liberado años atrás de los miedos y las vergüenzas que impone la vida en el armario (tan común y celebrada en Lima, donde a decir la verdad es una bajeza y esconderla, un acto noble, virtuoso y elegante), cuenta con franqueza y sin falsos pudores cómo se casó, cómo tuvo dos hijas, cómo se divorció, cómo se enamoró de Martín. Al terminar la entrevista, invita a Juan y su novio al teatro. Juan promete ir a verlo.
Por razones que Joaquín nunca conoció ni probablemente conocerá, la entrevista que le hizo Juan no llegó a ser emitida en televisión. Quizá Juan, al verla, se vio demasiado turbado o estimulado. Quizá le pareció que Joaquín era un idiota. Quizá pensó que esas confesiones íntimas eran todo menos novedosas. Lo cierto es que la entrevista nunca salió al aire.
El día del estreno, Joaquín, que nunca había sentido tanto miedo como aquella noche en que debía hablar durante dos horas sin olvidarse de nada y haciendo reír al público, se alegró de ver entrar en la sala, ya comenzada la función, a Juan y su novio. Poco le duró la alegría. Diez minutos después, se pusieron de pie y se retiraron bruscamente, al parecer decepcionados de la calidad del espectáculo, y ante la mirada incrédula de Martín, que no podía creer tamaño desaire.
Joaquín quedó dolido por la brevísima visita de Juan (y ya estaba apenado porque la entrevista que le hizo nunca se emitió), pero prefirió atribuir ambos percances o malentendidos a los sobresaltos derivados del vicio privado que su amigo practicaba, la inhalación de ciertos polvos estimulantes que, bien lo sabía él (porque los había aspirado cuando era joven), secuestraban toda forma de paz, imponían una vida vertiginosa y alteraban la percepción de la realidad.
Aquella noche fue la última vez que lo vio: Juan poniéndose de pie y retirándose deprisa del teatro, Joaquín preguntándose en silencio qué había hecho tan mal para que su bello y atormentado amigo se marchase a los diez minutos de haber llegado.
Meses después, en febrero, Joaquín despierta en la habitación de un hotel en Amsterdam. Hace frío. Enciende la computadora y entra a la página de La Nación. No puede creerlo: Juan ha caído del balcón de su departamento en Palermo y está en coma. Muere a los pocos días, con sólo treinta y tres años. Joaquín abre la ventana, enciende un porro y llora en silencio, recordando al hombre bello y torturado que salió del armario para caer del balcón

5.7.07

El ladrón de la intimidad (18/06)

Una semana de finales de junio en Lima puede parecer un año. Las noches son heladas y culposas; en las mañanas una niebla espesa lo difumina todo, incluso la certeza o la esperanza de que te irás pronto; las horas y los días pasan con una lentitud sañuda, exasperante, como si uno estuviese privado de su libertad, confinado en una cárcel de techo gris en la que nació, de la que siempre quiso escapar y a la que acaba volviendo resignadamente, porque no queda más remedio.
Debo pasar una semana en Lima porque mi hija menor cumple doce años un miércoles (y nada, ni siquiera mi condición de reo o presidiario en esta gran mazmorra polvorienta a orillas del Pacífico, justifica ausentarme de su fiesta el día en que ella celebra su existencia) y porque tengo que grabar unos programas para irme con mis hijas un mes de vacaciones al país donde ellas nacieron, donde escribí casi todas mis novelas (con excepción de La mujer de mi hermano, la peor de todas, que sospechosamente fue perpetrada en el cuarto de un hotel con vista a un cerro árido de los suburbios de Lima, y la última, Y de repente, un ángel, que fue escrita en un departamento de Buenos Aires con vista a la cancha de rugby de San Isidro) y donde somos vulgarmente felices cuando nos bañamos en la piscina, bajo las sombras que nos conceden las palmeras.
Las celebraciones de mi hija menor se dividen sabiamente, porque así lo ha dispuesto ella, en una fiesta adolescente con sus amigas y amigos del colegio, en un inevitable lonche familiar (que ella espera con cierta aburrida resignación, aunque con la curiosidad de ver cómo me tratarán algunas personas de la familia que me detestan cordialmente) y en un desayuno con su hermana y sus padres, a una hora cruel para mí, las siete de la mañana, en que abre bostezando sus regalos (todos los cuales ella ha comprado por internet, enviado a mi casa en Miami y visto a escondidas conmigo, apenas llegué a Lima) fingiendo sorpresa y alegría. Su fiesta es un éxito ruidoso y eso me provoca alarma y pavor.
Un número inesperadamente alto de muchachos inesperadamente altos desborda la pista de baile: muchos de ellos no han sido invitados y se han metido a la casa haciendo trampa, mintiendo, burlando al hombre de seguridad, diciendo nombres que no son los suyos pero que están en la lista de invitados, lo que confunde al pobre guardia, que nunca sabe quién es el invitado y quién el impostor, y por eso, aturdido y humillado por los modales prepotentes de esos jovencitos de otros colegios que ni siquiera conocen a mi hija, deja entrar a todos. Mi hija quiere echar a los intrusos, pero yo le aconsejo que no lo haga, que se olvide de ellos y disfrute de la fiesta.
Uno de los intrusos se burla de la fealdad de una chica (le grita “Betty, Betty”, por Betty la fea) y ella se harta y le da una bofetada. Todas las canciones, si podemos llamarlas así, pertenecen a ese género esperpéntico y atroz llamado reggaetón, que mi hija adora y baila con frenesí, pero que a mí me parece una agresión acústica insoportable, lo que provoca las justificadas quejas de los vecinos, hartos de esas letras pendencieras, chatas, obscenas, calenturientas, que los parlantes del jardín expulsan a un volumen despiadado y no los dejan descansar.
Le pido al hombre que hemos contratado para que se ocupe de la música que por favor ponga algo decente (Shakira, Juan Luis Guerra, algo que se pueda bailar pero que tenga buen gusto, un mínimo de refinamiento), pero él responde a los gritos, con cara de trastornado, que sólo tiene reggaetón, que mi hija sólo quiere reggaetón, que si no pone reggaetón lo van a pifiar y echar a patadas.
Me siento en una esquina, los pies al lado de la estufa, y veo a lo lejos a mi bellísima hija bailando esos ritmos grotescos con una gracia y una aparente felicidad que le da sentido a todo, incluso a la creciente sospecha de que las señoras que comen sanguchitos me odian en silencio y muy educadamente porque digo en televisión que me gustan los hombres y porque me permito decir incluso los hombres que me gustan o me han gustado, lo que para ellas, que comen tan atropellada y felizmente esos sanguchitos que yo he pagado para que sigan engordando sus lindas pancitas, es una cosa de un mal gusto atroz, aunque no tanto como moverse al ritmo del perreo. El lonche familiar resulta inesperadamente divertido. Mi ex suegra me saluda con sorprendente cariño.
Luce bella, delgada y encantadora. Atribuye su eterna juventud a ciertas raíces, aceites, brebajes, semillas y hojas de la Amazonía que ella se aplica religiosamente y que no duda en recomendar, a riesgo de aumentar la potencia sexual de los consumidores de dichas maravillas curativas.
Mi ex mujer luce bella, delgada y encantadora. Se ha liberado de un conjuro malvado que alguien tramó contra ella.
Sospecha de una mujer que la envidia. Ha visitado a un chamán o curandero, un hombre de corta estatura, aliento alcohólico y mirada extraviada, y le ha pedido que rompa el conjuro, que neutralice la emboscada insidiosa de su enemiga, que la proteja y purifique del hechizo torvo.
El curandero le ha pedido que se desnude. Mi ex mujer ha preguntado, con comprensible alarma: ¿Del todo? El chamán ha respondido, con comprensible rigor: Del todo, mamita. Si no te calateas, no puedo pasarte el cuy. Mi ex mujer se ha tendido desnuda en una camilla maloliente.
El curandero ha frotado por su espalda y sus nalgas un cuy vivo de pelambre marrón.
De pronto, ha gritado: ¡Carajo, se ha muerto el cuy! Luego ha explicado que el pobre roedor ha expirado por absorber toda la energía negativa depositada dentro del cuerpo de mi ex mujer, como consecuencia del conjuro urdido maléficamente contra ella.
Mi ex mujer ha sospechado (y yo la he acompañado en esa sospecha) que el curandero ha estrangulado al cuy, sólo para impresionarla y probar de un modo histriónico su discutible eficacia. Luego, el hombre, tras deshacerse del animal, ha echado agua con pétalos de rosas sobre el cuerpo de mi ex mujer. Ella ha creído ver que algo, no precisamente un cuy, se abultaba y movía entre las piernas del chamán.
Después le ha pagado y se ha sentido radiante, liberada del hechizo maléfico, purificada y optimista, como debió de sentirse cuando se divorció de mí con un buen gusto irreprochable. Al día siguiente, muy temprano, mis hijas y mi ex mujer han salido al aeropuerto, rumbo a Miami. Nos veremos allá en pocos días.
Me he quedado en Lima con el espíritu avinagrado, soportando de mala gana la niebla, la garúa, la conmovedora idiotez de los patriotas y los moralistas, los ladridos de los perros de mis hijas, que esperan que les tire más salchichas.
Desolado, he abierto la agenda de mi ex mujer, he llamado al curandero y le he pedido que me pase el cuy.

25.6.07

:: Mediocridad (11/06)

Me considero un hombre de éxito porque nunca pasé una noche en la cárcel. Mi mayor ambición es que no me arreste la policía. El éxito para mí consiste en permanecer en libertad. Soy escritor porque no se me ocurre otra manera de ganar dinero quedándome en casa. Salgo en televisión no por cariño al público sino para ganar suficiente dinero que me permita alejarme de él. Todos los escritores que he leído me parecen mejores que yo, especialmente aquellos que dicen no haberme leído o aquellos que dicen que soy un mal escritor.
No creo en Dios, pero rezo por las dudas.
Lo hago sin convicción, como cuando compro un boleto de la lotería. Sólo me persigno sin dudarlo cuando estoy en un avión a punto de despegar. Me siento un buen hijo si veo a mi madre tres veces al año: en navidad, en su cumpleaños y en el día de la madre. Mi obligación como padre se limita a darles de comer a mis hijas, pero no a obligarlas a comer. No me siento obligado a vestirlas ni educarlas. Si no aprenden nada en el colegio ni aprenden a vestirse, se parecerán más a mí y tal vez nos llevaremos mejor.
No aspiro a tener amigos. Prefiero tener empleados. Me tratan con más cariño y no vienen a verme a la casa. Mis enemigos no son muy distintos de mí. Me reconozco en ellos. Son mediocres como yo. Saben que no pueden ser mis amigos y se resignan a odiarme. Es mejor tener amigos que animales. No tengo que darles de comer ni recoger sus cacas. Pero mejor todavía es tener enemigos. No tengo que verlos nunca y escriben de mí en el periódico. No me gusta hablar en inglés.
Siento que estoy traduciéndome a mí mismo y nadie me paga por ese trabajo. Me perdono olvidar los cumpleaños de mis familiares y mis amigos, pero no les perdono que se olviden del mío. Me perdono no darles regalos, pero no que dejen de dármelos a mí. De niño quería ser futbolista, pero, como era malo jugando al fútbol, decidí ser árbitro para conocer a los futbolistas famosos. Después desistí porque me di cuenta de que a los árbitros a menudo les pegan.
Si un libro mío se vende cien años después de mi muerte, habré triunfado. Si la edición es pirata, el triunfo será indiscutible. Mi oficio es hablar. Me pagan por hablar. Me pagan incluso cuando estoy en silencio, escuchando. Es el mejor oficio del mundo. Te sientas, sonríes y hablas una hora o dos. Ni siquiera tienes que saber lo que estás diciendo. Sólo tienes que hablar como si tuvieras la razón.
No me gusta hablar por teléfono porque ya me acostumbré a que me paguen por hablar. Cuando hablo por teléfono, siento que alguien me estafa o que me queda debiendo dinero. Si no me pagan, prefiero estar en silencio. No es que haga preguntas en televisión porque tenga curiosidad sino porque debo llenar los silencios. Si alguien me pagase por estar una hora sentado en silencio, dejaría de hacer preguntas. Mi idea de la felicidad se reduce a cagar siempre en el baño de mi casa. Eso me obliga a pasar la mayor parte del tiempo en mi casa. Por eso me hice escritor, para cagar en casa. No es cierto que se aprende mucho viajando. Se aprende más estando quieto en un lugar. Pero lo mejor es no aprender nada estando quieto en un lugar.
En mi caso el colegio y la universidad no sirvieron para nada. No recuerdo siquiera vagamente las cosas que me enseñaron. Las olvidé porque eran inútiles o porque soy un inútil. No me interesa que mis hijas vayan a la universidad y obtengan un grado académico.
Me sentiría más orgulloso de ellas si no van a la universidad.
Así no pierden su tiempo y me ahorran el dinero. Mi única ilusión como padre es que mis hijas sean sexualmente felices, que es la única forma concreta de felicidad que conozco. Me alegro cuando alguien pierde dinero en la bolsa de valores, especialmente si es de mi familia y tiene más dinero que yo. Cuando muera, sólo aspiro a no dejar deudas y a que ningún cura venga a mis funerales. No sé por qué tendría que querer especialmente a las personas que nacieron en el país en que nací, si ellas, que yo sepa, tampoco me quieren especialmente por esa razón ni por ninguna. He ahorrado algún dinero porque comprar cosas o hacer negocios requiere un esfuerzo del que me siento incapaz. Todo lo que espero de la ropa es que sea suave, que no ajuste, que abrigue y que no sea roja o amarilla. Si cumple esos requisitos, puedo ponerme cualquier cosa, incluso si tiene huecos, mejor aún si tiene huecos.
Mis planes para el futuro son dormir todo lo que pueda, viajar lo menos posible y escribir sólo lo que sea inevitable. Cuando escribo una novela, sigo una técnica simple: llenar trescientas páginas con lo primero que se me ocurra, sin pensar mucho ni investigar nada. La trama termina cuando me doy cuenta de que ya pasé las trescientas páginas. La nobleza no sirve para escribir. El rencor me resulta más útil. Nunca seré un buen escritor. Prefiero ver un buen partido de fútbol que leer una buena novela.
Prefiero ver un buen clásico que leer un clásico. Todos los escritores que ganan más dinero que yo son mis enemigos. Por esa misma razón, todos los que ganan menos dinero que yo tienen derecho a considerarse mis enemigos. Por consiguiente, todos los escritores son mis enemigos. Compro el periódico para leer las defunciones con la esperanza de encontrar en ellas los nombres de mis enemigos.
Me he vuelto sexualmente pasivo no porque lo disfrute más sino porque ser activo es una responsabilidad histriónica que me abruma. He bajado algo de peso porque me agobia salir a comprar la comida al mercado. La pereza es, aunque no lo parezca, una buena dieta. Me da igual verme más gordo o menos gordo porque no aspiro a que nadie me toque.
Prefiero tocarme yo mismo.
Como lo hago a oscuras, no veo si estoy más gordo o menos gordo. No necesito que alguien me ame. Me basta con que me desee. No sé si me apenaría ser impotente. No cambiaría mucho mi vida. Tendría un problema menos. Tratar de ser bueno es un esfuerzo. Ser egoísta me resulta más cómodo. Admiro a la gente que se casa. Si pudiera, me divorciaría de mí mismo.
Me alegra hacer una promesa sabiendo que voy a incumplirla. No deja de sorprenderme que tanta gente incauta todavía crea en mí. Me gusta que me pidan plata para negarla con mentiras educadas y recordar el placer de sentirme mezquino. Mi odio a los gatos se origina en la sospecha de que son más inteligentes que yo.
No quisiera morirme sin envenenar a uno de los gatos del vecino que vienen a cagar en la puerta de mi casa. No sueño con un mundo mejor. Sueño con dormir mejor. Cuando duermo mejor, el mundo me parece mejor.

18.6.07

:: El actor y el escritor

El actor y el escritor se conocen cuando son muy jóvenes y, sin embargo, ya famosos.
El actor es famoso porque sale en telenovelas. El escritor es famoso porque hace entrevistas en televisión. Sólo son famosos en su país de origen, pero ellos se sienten famosos y caminan como famosos. El escritor entrevista al actor en televisión. Se hacen amigos. Se hacen amantes.
Son amantes a escondidas porque tienen miedo de que la gente que los ve en televisión deje de verlos si lo sabe. Nadie sabe que son amantes, ni siquiera sus amigos, sus familias ni, por supuesto, sus novias. El actor ha sido amante de otros hombres. Es más joven que el escritor, pero tiene más experiencia en el amor a los hombres.
También tiene más experiencia en ocultar ese amor. Por eso suele viajar a ciertos países donde puede permitirse amar a otros hombres sin que se enteren en la ciudad en la que vive, donde tiene fama de mujeriego. El escritor no tiene fama de mujeriego, pero ciertas mujeres lo persiguen porque les inspira ternura.
Ha tratado de enamorarse de una mujer, pero todavía no lo ha conseguido porque sus primeras experiencias con mujeres fueron traumáticas y porque cree que sólo podrá enamorarse de un hombre. El actor es su primer hombre. Se entrega a él. Se enamora de él. Siente que ninguna mujer podría gustarle como él. El actor y el escritor son amantes furtivos.
No viven juntos. Viven cerca. Se ven muy tarde en la noche, después de trabajar, después de estar con sus novias.
Tienen miedo de que alguien los descubra. Pero no pueden dejar de verse. Tal vez están enamorados y no lo saben. Tal vez no están enamorados y lo que los atrae es la complicidad que surge del secreto que los une. El escritor le promete que algún día escribirá una película en la que el actor será la estrella. El actor se ríe, no le cree. El actor le confiesa que su sueño es ser un cantante famoso. El escritor le cree. El escritor le dice que quiere irse a otro país y vivir con él sin tener que ocultar el secreto. El actor le dice que eso es imposible, que nunca podrán vivir juntos y amarse sin esconderlo. El escritor se cansa de vivir mintiendo y se va a vivir a otro país.
Se siente libre, pero extraña al actor. Le pide que vaya a vivir con él.
El actor va a visitarlo, pero vuelve a su país. Le da miedo romper el secreto. Cree que si la gente se entera de que le gustan los hombres, se quedará sin trabajo, dejarán de ofrecerle papeles en la televisión. El escritor le dice que está equivocado, que le ofrecerán papeles más interesantes, pero el actor no le cree.
El escritor se muda a una ciudad más fría. No quiere volver a la televisión. Tiene unos ahorros. Puede escribir. Escribe. Escribe de las cosas que más le duelen. Escribe del amor a los hombres.
Escribe del hombre al que amó, el actor. Cambia los nombres, lo presenta como una novela, pero, cuando el libro es publicado, mucha gente en su país reconoce al actor y al escritor que están tan obviamente agazapados tras los personajes ficticios que los encubren mal. El escritor ha roto el secreto.
El actor se siente traicionado. Todos saben o sospechan que fueron amantes. El escritor aclara que el libro es ficción, pero nadie le cree, la gente no es tonta. El actor se esconde, no da entrevistas, niega todo, odia al escritor, al que considera malvado y traidor. El escritor se casa y tiene hijos. El actor se casa y tiene hijos. El escritor se divorcia y reconoce que le gustan los hombres. El actor se divorcia y no reconoce que le gustan los hombres. El escritor tiene cierto éxito, a pesar de que reconoce que le gustan los hombres o debido a eso. El actor tiene cierto éxito, a pesar de que no reconoce que le gustan los hombres o debido a eso. El escritor publica varios libros en los que aparece la sombra del actor. El actor le dice a la prensa que no ha leído esos libros. El escritor sabe que es mentira. No pocos años pasan sin que se vean o se escriban o se hablen. En realidad se han visto alguna vez en un aeropuerto, pero se han ignorado.
El actor está más gordo, se deja barba, tiene fama de alcohólico y depresivo, deja amantes despechados en varios países.
El escritor está más gordo, escribe peor, tiene fama de drogadicto y ermitaño, se pelea con las pocas personas que todavía lo quieren. Cuando publica una nueva novela, el escritor va a un programa de televisión. Le preguntan por el actor. Dice que fueron amantes, que lo recuerda con cariño, que lo extraña, que le gustaría volver a verlo. Es un escándalo, uno más en su carrera. Tiempo después, el actor le escribe un correo electrónico. Le dice que quiere verlo. Le da su teléfono. El escritor lo llama. Hablan por fin. Se hablan con cariño.
Han pasado casi veinte años y están hablando con la complicidad de cuando eran amantes. Quieren verse.
Necesitan verse. Acuerdan verse al día siguiente, viernes, en el departamento del escritor. El escritor le dice que lo llamará para darle la dirección. El actor le dice que estará esperando la llamada.
Al día siguiente, viernes, el escritor decide no llamarlo. No tiene una razón para no llamarlo. Quiere verlo. Pero decide no llamarlo. Quizá lo hace porque ama a otro hombre y no quiere engañarlo, no quiere hacer nada que pueda lastimarlo o poner en peligro ese amor. Quizá lo hace porque es cruel.
El actor se queda esperando la llamada. A medianoche, le escribe un correo electrónico lleno de insultos. El escritor se sorprende del odio que recorre esas palabras. Le contesta que tuvo un día complicado, que por eso no lo llamó, pero que nada justifica los insultos y que es mejor que no se vean si todavía hay tanto odio. Pasan no pocos años sin que se vean o se escriban o se hablen.
Un reportero le pregunta al actor si algún día irá al programa de televisión del escritor. El actor se enfurece, trata mal al reportero, se niega a contestar.
El reportero y sus colegas van con el cuento donde el escritor. Le dicen que el actor se molesta cuando mencionan su nombre. El escritor les dice que siempre recordará con cariño al actor, que alguna vez fueron amigos muy íntimos y que le encantaría volver a verlo.
El reportero y sus colegas van con el cuento donde el actor. (Veinte años atrás, el actor y el escritor hablaban desnudos en una cama, fumando marihuana. Ahora se mandan mensajes con reporteros de espectáculos).
El actor responde que no quiere ver más al escritor, que no lo considera su amigo, que nunca fue su amigo muy íntimo ni íntimo ni nada.
El escritor enciende la televisión y ve al actor cantando en una publicidad de detergentes. Luego viaja y se reúne con su novio, el hombre al que ama. Su novio, que es muy cínico, le dice: -Qué raro. No tiene huevos para salir del closet, pero sí para hacer un comercial de detergentes. El escritor se ríe y piensa que algún día escribirá una película en la que el actor será la estrella. O que ambos harán un comercial de detergentes.

:: Los amantes contrariados

Joaquín llega a Buenos Aires a pasar una semana con Martín. No se han visto en un mes. Al llegar al departamento, Joaquín trata de no hacer ruidos, pero Martín se despierta de todos modos. Se abrazan. Martín quiere hacer el amor. Joaquín sólo quiere dormir.
Ha sido un vuelo largo, está extenuado. Martín se queda triste, siente que ya no es como antes, cuando se conocieron. Joaquín duerme todo el día. A la noche, de mejor humor, dice que quiere ir al cine. Martín dice que hace frío, que mejor se quedan viendo el programa de bailes en la televisión. Joaquín dice que prefiere ir al cine, que en ese caso irá solo. Martín se alista y lo acompaña. Van en taxi. Todavía no les han entregado el auto nuevo que han pagado hace dos meses. Martín odia ir en taxi, odia que Joaquín hable con los conductores. Joaquín lo sabe y por eso va callado. Ven en función de medianoche una película policial, la historia de un asesino en serie.
Martín odia la película, dice que le da miedo, que le recuerda a su hermana enferma, a la muerte. Quiere irse del cine, pero Joaquín le pide que se quede hasta el final. Al salir, suben a un taxi. El chofer estornuda, tose, carraspea. Martín se cubre el rostro con el suéter. Es un asco, me está tosiendo en la cara, dice. No exageres, no es para tanto, le dice Joaquín. Llegando a la casa, Joaquín le dice que hubiera preferido ir al cine solo. Martín cierra bruscamente la puerta de su cuarto y se va a dormir sin despedirse. Al día siguiente hace más frío. Joaquín despierta cansado, de mal humor. Va al oculista, necesita anteojos nuevos. Martín lo acompaña, le dice: “No sé para qué venís a verme, si estás todo el día de mal humor”. Joaquín se queda en silencio, no le habla. Martín se va sin despedirse. A la tarde, después de la siesta, caminan al cine. Joaquín quiere ver una película sobre un hombre rico y malvado que le dispara a su mujer. Martín no parece muy animado. Mientras caminan, le pregunta si algún día van a vivir juntos. Joaquín le dice que no sabe, que ya se verá más adelante. Martín se molesta y, llegando al cine, dice que prefiere irse. Se va sin despedirse. Joaquín ve la película a solas y la disfruta.
Saliendo del cine, encuentra a Martín, que lo espera. Se abrazan. La noche siguiente, Martín ya tiene el auto nuevo.
Joaquín propone ir al cine a una función de medianoche. Quiere ver una película francesa, la vida de una cantante famosa. Martín dice que hace frío, seis grados, cuatro de sensación térmica.
Joaquín dice que nunca ha podido saber la diferencia entre la temperatura oficial y la sensación térmica y que, aunque haga frío, irá al cine de todos modos. Como tiene el auto nuevo, Martín decide acompañarlo. Cuando llegan a la cochera, suena una alarma escandalosa. No saben desactivarla. No pueden sacar el auto. Lo intentan varias veces, pero la alarma los espanta. Se marchan derrotados. Van caminando a un restaurante oriental. La comida es cara y les cae mal. Joaquín se queda triste, pensando que la noche se frustró porque ahora, con el auto nuevo, todo es más complicado. La vida era más simple cuando nos movíamos en taxi, piensa. Ahora hay que pagar cocheras, seguros, patentes, alarmas. Pero no dice nada porque no quiere otra pelea con Martín. El jueves Joaquín quiere ver un partido de fútbol en televisión pero no puede porque tiene que ir a un casamiento con Martín. Es la boda de una amiga, que se casa en el hotel más elegante de la ciudad. Joaquín se niega a ir a la iglesia.
Es agnóstico y no está dispuesto a hacer ese teatro religioso. Van a la fiesta.
Tienen suerte: llegan tarde, pero justo en el momento en que están sirviendo el primer plato. La cena es espléndida. Joaquín conversa con sus vecinos de mesa, a quienes acaba de conocer. Martín está encantado. Le dice a Joaquín que algún día le gustaría casarse allí con él. Joaquín le dice que él no se va a casar de nuevo (porque hace años estuvo casado con una mujer). Martín se queda triste, toma vino blanco, no habla con nadie. Joaquín habla con unos diseñadores de modas. Cuando ponen música disco, Martín dice para ir a bailar. Joaquín dice que bailar es una vulgaridad. Martín piensa que Joaquín es un idiota. Va a bailar solo. Joaquín lo mira y piensa que Martín baila lindo. El viernes almuerzan con una amiga que ha llegado de Madrid. Joaquín le regala una de sus novelas porque ella cumplirá años en pocos días. No sabe qué firmarle. Ella les ha contado que le divierte una expresión española: “total-sensacional”. Joaquín le escribe: “Eres total-sensacional. Con todo mi amor, J”. Martín lee la dedicatoria y piensa que Joaquín no ha debido escribir la palabra “amor”.
Le molesta que Joaquín esté siempre tratando de seducir a las mujeres guapas, no importa si son sus amigas. Cuando ella se va, se lo dice, le dice que no era apropiado escribirle “con todo mi amor” a una amiga. Joaquín le dice que no exagere, que es un amor de amigo, no un amor sexual. A la noche, después de la siesta, Joaquín dice que quiere ir a ver la película francesa que no pudieron ver la otra noche. También dice que están invitados a un musical. Martín dice que prefiere ir al musical. Joaquín no tiene ganas de ir a un musical, pero cede. Van en el auto, oyendo el nuevo disco de Bosé. Se ríen con la canción de Bosé y Ricky Martin, cuando ambos cantan “yo me la como”, dando lugar a interpretaciones risueñas. Llegando a la calle Corrientes, sufren para encontrar un estacionamiento que no sea demasiado horrendo. Entran al teatro. Joaquín dice que, si el musical es aburrido, se irán en media hora. Martín acepta. Pero, al comenzar, una de las actrices saluda a Joaquín, a quien ha reconocido desde el escenario. Joaquín le manda un beso volado. Luego susurra al oído de su amigo: “Nos jodimos, tenemos que quedarnos hasta el final”. El musical dura dos horas. Se aburren. Joaquín piensa que debió ir a ver la película francesa, que hizo una concesión a su amigo y ahora se arrepiente. Saliendo del teatro, comen algo deprisa.
Joaquín insiste en ir a ver la película francesa a la una de la mañana. Martín tiene frío y está cansado, pero cede. Ya en la sala, se queja, se mueve mucho, bosteza, dice que está quedándose dormido. A mitad de la película, Joaquín dice que mejor se van.
Su amigo acepta encantado. Pero Joaquín se queda triste porque no pudo terminar de ver la película. Suben al auto. Joaquín prefiere manejar porque Martín se cae de sueño.
Maneja rápido, demasiado rápido para su amigo, que se queja. Joaquín no le hace caso, va a toda prisa. Martín está en silencio, ofuscado. Llegando a la casa, Martín se va a dormir. Se despiden fríamente.
Joaquín hace maletas, llama a un taxi, duerme apenas una hora y sale al aeropuerto. Antes de salir, escribe una nota que dice: “Gracias por todo. Nos vemos en un mes. Besos”. Camino al aeropuerto, le dice al chofer que lo lleve a un hotel en el centro. Va a quedarse unos días secretamente en la ciudad. Quiere estar solo. Quiere ver muchas películas. No quiere hablar con nadie.

:: La fotógrafa y la loca

Hace años, Joaquín llega a Santiago de Chile a presentar una novela. Son los años en que todavía tiene cierto prestigio como escritor.
Después ese prestigio va a decaer (no necesariamente porque escriba libros peores sino por un número de accidentes que podemos atribuir al azar), pero él no lo sabe ni puede predecirlo en aquel momento.
Joaquín presenta su novela en un hotel. Habla con cierta gracia, cuenta historias divertidas que está seguro de haber contado antes en otras presentaciones igualmente inútiles, se deja retratar por fotógrafos de eventos sociales y despliega todos sus encantos para seducir a los invitados que lo acompañan esa noche de invierno.
En medio de tantas sonrisas y halagos excesivos, Joaquín conoce a una mujer. Es muy guapa, el pelo negro, la mirada chispeante, el perfil aguileño, pero no es tanto su belleza como su insolencia lo que llama la atención del escritor.
Ella le da la mano, dice su nombre, María, y le pregunta: -Si te gustan los hombres, ¿por qué te casaste con una mujer? La pregunta no está hecha en tono brusco o agresivo.
Hay en ella una cierta complicidad que suaviza la aparente aspereza de las palabras. Joaquín se queda sorprendido.
La mira a los ojos, fascinado por el modo en que ella se ha presentado, y le dice:
-Te lo cuento más tarde, si me dejas que te invite a comer. Esa noche, cuando todos se marchan, Joaquín y María van al restaurante del hotel y se cuentan sus secretos, no todos, sólo algunos. Ella le cuenta que está casada, que ama a Ricardo, su marido, pero que ha tenido y tiene algunos amantes escondidos y que su pasión es la fotografía. El le cuenta que estuvo casado porque amó y todavía ama a esa mujer, pero que también le gustan los hombres, aunque no se ha enamorado nunca, no todavía, de uno. Ella le cuenta que también es bisexual, que le gustan más los hombres pero que ocasionalmente puede gustarle una mujer, aunque nunca se ha enamorado de una.
Cuando terminan de cenar, ella le propone subir a la habitación a fumar un porro, porque tiene marihuana en el bolso. Fuman mirando la noche de Santiago.
Luego suena el celular. Es Ricardo. Ella le miente, dice que está con una amiga, y se va corriendo.
Al día siguiente, María vuelve al hotel y le pide hacerle fotos. Están en la habitación. Joaquín acepta. Ella le pide que no sonría, que mire a la cámara con la seriedad o tristeza con que suele mirar honestamente. Luego le pide que se quite la ropa, que se quede en calzoncillos, aunque le promete que sólo tomará fotos hasta el ombligo, no más abajo. Joaquín obedece, se deja guiar, encuentra un extraño placer sometiéndose a la voluntad de esa mujer que le hace fotos. Ese juego o intercambio de vanidades le produce una cierta crispación erótica que no intenta disimular. Ella lo advierte, deja la cámara y, siempre al mando, le hace el amor. Desde aquella tarde, se hacen amantes y gozan y ríen y hacen maldades divertidas y se cuentan cosas impúdicas. Ella lee los libros que él ha publicado. El contempla maravillado las fotos que ella ha exhibido, los retratos que ha hecho de sí misma. Como María está casada, diseña un plan audaz: decirle a Ricardo que Joaquín es su amigo, su íntimo amigo, pero que no tiene por qué preocuparse, pues es gay y tiene novio. María le cuenta el plan a su amante. Aunque con ciertos temores, él acepta. María le recuerda:
-Cuando estés con Ricardo, tienes que ser muy loca. Así no va a sospechar nunca.
María organiza una cena en su casa en honor al escritor visitante. Joaquín conoce a Ricardo. Lo saluda de un modo muy suave y afectado, tratando de acentuar su lado femenino. Le cuenta que tiene un novio en Miami (un cubano joven y pujante) y otro a escondidas en Lima (un actor con fama de mujeriego).
Todo es mentira, pero Ricardo parece convencido de que Joaquín es un homosexual descarado y feliz. Al final de la noche, María le pide permiso a su esposo para llevar a Joaquín al hotel. Ricardo acepta sin problemas. María lleva a Joaquín al hotel, sube al cuarto con él y le hace el amor con una maestría que él no olvidará. En los meses siguientes, Joaquín vuelve a Santiago a ver a su amante. No puede vivir lejos de ella. Necesita sus besos, sus caricias, sus bromas insolentes, la educación sentimental y musical a la que ella lo somete. Para ser más libres, la invita a viajar. Ricardo aprueba los viajes de su mujer. Joaquín y María van a Buenos Aires, a Lima y Cuzco, a Miami y Nueva York.
Ella parece feliz engañando a su marido con ese amante que es a ratos también su amiga. El se siente culpable de abusar de la confianza de Ricardo, pero eso no le impide disfrutar del amor que ha encontrado en esa mujer. Joaquín piensa que ese amor durará lo que le quede de vida. Pero una mañana en Miami suena el teléfono. Es ella, María. Está llorando. Está embarazada. No sabe si el bebé es de Ricardo, de Joaquín o de un actor chileno. Joaquín le pregunta si va a tenerlo. María dice que sí, que no puede abortar.
Ya tiene dos hijos con Ricardo, ama ser madre, no puede interrumpir una vida por cobardía. Joaquín la apoya, le dice palabras dulces, le promete que estará con ella, pase lo que pase.
Pero María lo sorprende: le dice que va a tener al bebé, pero que va a decirle a Ricardo que es suyo. Joaquín piensa que es un error, que no debe mentirle a Ricardo ni al bebé, que debe tenerlo y hacer discretamente unas pruebas genéticas y, si resulta siendo de Ricardo, se queda callada, pero si es hijo suyo o del actor, entonces tiene que decir la verdad, no puede imponerle a su hijo un padre que no es el suyo de verdad.
María no está de acuerdo. Le dice que no puede hacerle eso a Ricardo, que si tiene al bebé diciéndole que es suyo, no puede luego decirle un buen día que no es suyo si la prueba genética lo confirma, que eso traería mucha infelicidad y dolor. Joaquín le dice que la entiende, pero piensa que está equivocada, que debe ser más valiente.
Unos días después, María lo llama y le dice que no pueden verse más, que va a tratar de ser feliz con Ricardo, que va a tener el hijo como si fuera de él y que no puede seguir siéndole infiel. Joaquín entiende, acepta, le desea suerte, le promete que siempre estará con ella, esperándola, pero se queda desolado. Pasan los meses y Joaquín no sabe nada de María.
No vuelve a Santiago. No quiere estar en esa ciudad sin ver a su chica secreta, a la mujer a la que todavía ama. María tiene el bebé y convence a Ricardo de llamarlo Joaquín, en honor al amigo de la pareja.
María y Ricardo le piden a Joaquín, el escritor, que sea el padrino de bautizo de Joaquín, el niño chileno que podría ser su hijo. Joaquín acepta, conmovido. El día del bautizo, mira al niño, lo besa en la frente y se pregunta si alguna vez sabrá si ese niño es su hijo.

:: El hombre haragán (07/05)

El hombre haragán organiza su vida, sus trabajos, sus asuntos familiares, sus precarios compromisos de toda índole, alrededor de una idea no negociable, que es el pilar de su supervivencia o bienestar: debe dormir por lo menos ocho horas y mejor si son diez.
Temeroso de que interrumpan esas horas sagradas, duerme con los teléfonos desconectados. Su ex esposa le ha dicho que es un acto innoble apagar los teléfonos por tantas horas, que alguien cercano a la familia podría morir y ella no tendría cómo darle la infausta noticia. Pero él piensa, y así se lo ha dicho, que si alguien muere es mejor enterarse unas horas después, ya reposado.
El hombre haragán ha perdido todo interés en el amor y el sexo.
No tiene pareja ni desea tenerla. Le resulta una fatiga seducir a alguien –un proceso laborioso en el que no puede evitar mentir, simular ser alguien mejor de quien en verdad es, encubrir el rasgo más conspicuo de su carácter, la pereza– y más todavía vivir con esa persona y aceptar sus caprichos. Ya lo intentó una vez, cuando estuvo casado, y sabe que el amor es un esfuerzo trabajoso y del todo innecesario. Prefiere, cuando está urgido –lo que a sus cuarenta y tantos años es algo infrecuente–, aliviarse a solas, pensando en un cuerpo que se entrega y se somete a sus caprichos y luego se marcha sin decir palabra ni exigir nada. El hombre haragán trabaja pero detesta hacerlo y sólo lo hace animado por una secreta ilusión, la de reunir suficiente dinero como para no tener que trabajar más. No trabaja entonces con ganas, disfrutándolo, encontrando en ello alguna forma de dignidad o nobleza que lo redima de su abrumadora mediocridad.
Trabaja resignadamente, porque no hay más remedio, porque otea en el horizonte un premio todavía borroso: vivir sin trabajar, vivir de sus rentas, pasarse el día entero en una casa a solas, haciendo nada. El hombre haragán está inscrito en un gimnasio. Tiene una credencial con su fotografía. Cuando despierta de la siesta (porque aun cuando ha dormido diez horas, intenta también dormir la siesta, por si le hubiera faltado un tramo final en el único empeño al que se entrega trabajosamente: dormir), sale al gimnasio y camina dos cuadras, la distancia que separa su casa de ese gimnasio moderno, lleno de gente optimista (que lo irrita) y estremecido por aquellos ritmos vocingleros que escupen los parlantes (que lo irritan más aún). Por lo general, llega a la puerta del gimnasio, echa una mirada pusilánime y decide no entrar, no contaminarse de esa vitalidad sudorosa, volver a casa arrastrando su pereza, que es, a sus ojos, una manera de preservar su dignidad. El hombre haragán quiere a su madre y a sus hermanos, pero no los ve con frecuencia porque le resulta arduo desplazarse por la ciudad, reunirse con ellos, fingir que es feliz, esquivar los temas conflictivos (que son los únicos de los que le interesa hablar, pero de los que no se habla con ellos) y recordar todos los cumpleaños, aniversarios y eventos de la tribu. El hombre haragán viaja todas las semanas de un país a otro.
Podría parecer, por el ritmo vertiginoso en que se desplaza, que es todo menos haragán. Pero sería una percepción engañosa. Lo hace porque, si bien es un esfuerzo no menor, lo anima el deseo escondido de ahorrar suficiente dinero para no tener que trabajar ni viajar más, y sólo viajando ahora cree que podrá llegar pronto a ese oasis de ocio absoluto que es, en su mente adormecida, la idea más pura de la felicidad. Además, sabe que en el avión, arrullado por el rumor de las turbinas y cubierto por tres mantas, dormirá con una profundidad que le resulta esquiva en tierra firme, en alguna de sus camas de paso. De modo que, cuando se dirige a un aeropuerto, piensa esperanzado en las horas de sueño que encontrará en el avión, lo que en cierto modo mitiga el esfuerzo de salir de casa.
El hombre haragán no quiere aprender o educarse o hablar otros idiomas o saber la historia de la humanidad.
Prefiere divertirse. Antes leía ensayos, libros de historia, biografías políticas para saber quién gobernó de tal año a tal año, qué ideas políticas prevalecieron, quién ganó y quién perdió en la lucha perpetua por la gloria y el poder. Ahora nada de eso le interesa. No lee para aprender sino para obtener alguna forma de placer o goce. Por eso suele leer novelas que cuenten las vidas de gente ordinaria como él, pero a menudo las deja, vencido por el cansancio. Nunca intenta seguir leyendo cuando se le entrecierran los ojos. No hay placer superior que el de evadirse de la realidad, no ya leyendo sino durmiendo y esperando con curiosidad las historias que vivirá en sus sueños, en las que suele ser un hombre seductor, aventurero, valiente, todo lo contrario de lo que es en la vida misma. El hombre haragán tiene dos hijas –que, por supuesto, le fueron dadas por una mujer que quiso hacer de él un hombre emprendedor y fracasó–, pero no intenta educarlas o enseñarles nada o darles nociones de disciplina o rectitud moral, asuntos sobre los que no tiene la más vaga idea. Cuando está con ellas, intenta hacerlas reír haciendo bromas tontas –lo que no le cuesta ningún esfuerzo–, hablando en acentos pintorescos –especialmente como cubano–, simulando ser un idiota redomado –algo que le sale natural– y dejando que hagan los que les dé la gana –aun si eso implica mentir o hacer trampa o fastidiar a alguien.
El hombre haragán ve con cierta perplejidad que una afición de su primera juventud, la de ver partidos de fútbol por televisión, ha regresado a su vida y se ha instalado en su rutina con nuevos bríos. Salvo dormir, nada le interesa más que sentarse en un sillón reclinable a ver cualquier partido de fútbol, preferentemente de la liga argentina o española, pero también de las copas europeas o sudamericanas, del torneo inglés, italiano o chileno, o incluso, en sus momentos más abyectos –que le producen una sensación de repugnancia de ser quien es, ese hombre fofo que mira una pelota–, partidos del dantesco campeonato peruano. El hombre haragán quiso ser político en su juventud, pero ahora ve con horror la idea de servir a los demás cuando es tanto más razonable y gratificante servirse a uno mismo, dado que los demás siempre terminan enojados, insatisfechos y culpando de sus males a quienes han intentado servirles, y en cambio uno mismo, si aprende a servirse debidamente, suele quedar satisfecho, en paz, y sin deseos de que quien lo ha servido, o sea uno mismo, vaya a la cárcel.
Luego quiso ser escritor –y quizá todavía está poseído por esa forma elegante de ejercitar la vanidad–, pero ahora piensa que sólo está dispuesto a seguir publicando ficciones de dudoso valor si nadie le obliga a defenderlas o explicarlas, a dar incontables entrevistas inútiles, a dejarse retratar, participar en congresos, foros o seminarios de los que sólo recuerda la pueril vanidad de quienes allí se lisonjean o enemistan, a viajar en giras de promoción y ser esclavo mediático de la editorial. Prefiere quedarse en casa, encender una de las tantas estufas –que él, sin razón alguna, llama soplapollas–, tumbarse en la cama con los teléfonos apagados y esperar el momento redentor del sueño, viendo cansinamente un partido de fútbol –y maravillándose cuando una pierna se le mueve sola, como queriendo patear la pelota.