25.6.07

:: Mediocridad (11/06)

Me considero un hombre de éxito porque nunca pasé una noche en la cárcel. Mi mayor ambición es que no me arreste la policía. El éxito para mí consiste en permanecer en libertad. Soy escritor porque no se me ocurre otra manera de ganar dinero quedándome en casa. Salgo en televisión no por cariño al público sino para ganar suficiente dinero que me permita alejarme de él. Todos los escritores que he leído me parecen mejores que yo, especialmente aquellos que dicen no haberme leído o aquellos que dicen que soy un mal escritor.
No creo en Dios, pero rezo por las dudas.
Lo hago sin convicción, como cuando compro un boleto de la lotería. Sólo me persigno sin dudarlo cuando estoy en un avión a punto de despegar. Me siento un buen hijo si veo a mi madre tres veces al año: en navidad, en su cumpleaños y en el día de la madre. Mi obligación como padre se limita a darles de comer a mis hijas, pero no a obligarlas a comer. No me siento obligado a vestirlas ni educarlas. Si no aprenden nada en el colegio ni aprenden a vestirse, se parecerán más a mí y tal vez nos llevaremos mejor.
No aspiro a tener amigos. Prefiero tener empleados. Me tratan con más cariño y no vienen a verme a la casa. Mis enemigos no son muy distintos de mí. Me reconozco en ellos. Son mediocres como yo. Saben que no pueden ser mis amigos y se resignan a odiarme. Es mejor tener amigos que animales. No tengo que darles de comer ni recoger sus cacas. Pero mejor todavía es tener enemigos. No tengo que verlos nunca y escriben de mí en el periódico. No me gusta hablar en inglés.
Siento que estoy traduciéndome a mí mismo y nadie me paga por ese trabajo. Me perdono olvidar los cumpleaños de mis familiares y mis amigos, pero no les perdono que se olviden del mío. Me perdono no darles regalos, pero no que dejen de dármelos a mí. De niño quería ser futbolista, pero, como era malo jugando al fútbol, decidí ser árbitro para conocer a los futbolistas famosos. Después desistí porque me di cuenta de que a los árbitros a menudo les pegan.
Si un libro mío se vende cien años después de mi muerte, habré triunfado. Si la edición es pirata, el triunfo será indiscutible. Mi oficio es hablar. Me pagan por hablar. Me pagan incluso cuando estoy en silencio, escuchando. Es el mejor oficio del mundo. Te sientas, sonríes y hablas una hora o dos. Ni siquiera tienes que saber lo que estás diciendo. Sólo tienes que hablar como si tuvieras la razón.
No me gusta hablar por teléfono porque ya me acostumbré a que me paguen por hablar. Cuando hablo por teléfono, siento que alguien me estafa o que me queda debiendo dinero. Si no me pagan, prefiero estar en silencio. No es que haga preguntas en televisión porque tenga curiosidad sino porque debo llenar los silencios. Si alguien me pagase por estar una hora sentado en silencio, dejaría de hacer preguntas. Mi idea de la felicidad se reduce a cagar siempre en el baño de mi casa. Eso me obliga a pasar la mayor parte del tiempo en mi casa. Por eso me hice escritor, para cagar en casa. No es cierto que se aprende mucho viajando. Se aprende más estando quieto en un lugar. Pero lo mejor es no aprender nada estando quieto en un lugar.
En mi caso el colegio y la universidad no sirvieron para nada. No recuerdo siquiera vagamente las cosas que me enseñaron. Las olvidé porque eran inútiles o porque soy un inútil. No me interesa que mis hijas vayan a la universidad y obtengan un grado académico.
Me sentiría más orgulloso de ellas si no van a la universidad.
Así no pierden su tiempo y me ahorran el dinero. Mi única ilusión como padre es que mis hijas sean sexualmente felices, que es la única forma concreta de felicidad que conozco. Me alegro cuando alguien pierde dinero en la bolsa de valores, especialmente si es de mi familia y tiene más dinero que yo. Cuando muera, sólo aspiro a no dejar deudas y a que ningún cura venga a mis funerales. No sé por qué tendría que querer especialmente a las personas que nacieron en el país en que nací, si ellas, que yo sepa, tampoco me quieren especialmente por esa razón ni por ninguna. He ahorrado algún dinero porque comprar cosas o hacer negocios requiere un esfuerzo del que me siento incapaz. Todo lo que espero de la ropa es que sea suave, que no ajuste, que abrigue y que no sea roja o amarilla. Si cumple esos requisitos, puedo ponerme cualquier cosa, incluso si tiene huecos, mejor aún si tiene huecos.
Mis planes para el futuro son dormir todo lo que pueda, viajar lo menos posible y escribir sólo lo que sea inevitable. Cuando escribo una novela, sigo una técnica simple: llenar trescientas páginas con lo primero que se me ocurra, sin pensar mucho ni investigar nada. La trama termina cuando me doy cuenta de que ya pasé las trescientas páginas. La nobleza no sirve para escribir. El rencor me resulta más útil. Nunca seré un buen escritor. Prefiero ver un buen partido de fútbol que leer una buena novela.
Prefiero ver un buen clásico que leer un clásico. Todos los escritores que ganan más dinero que yo son mis enemigos. Por esa misma razón, todos los que ganan menos dinero que yo tienen derecho a considerarse mis enemigos. Por consiguiente, todos los escritores son mis enemigos. Compro el periódico para leer las defunciones con la esperanza de encontrar en ellas los nombres de mis enemigos.
Me he vuelto sexualmente pasivo no porque lo disfrute más sino porque ser activo es una responsabilidad histriónica que me abruma. He bajado algo de peso porque me agobia salir a comprar la comida al mercado. La pereza es, aunque no lo parezca, una buena dieta. Me da igual verme más gordo o menos gordo porque no aspiro a que nadie me toque.
Prefiero tocarme yo mismo.
Como lo hago a oscuras, no veo si estoy más gordo o menos gordo. No necesito que alguien me ame. Me basta con que me desee. No sé si me apenaría ser impotente. No cambiaría mucho mi vida. Tendría un problema menos. Tratar de ser bueno es un esfuerzo. Ser egoísta me resulta más cómodo. Admiro a la gente que se casa. Si pudiera, me divorciaría de mí mismo.
Me alegra hacer una promesa sabiendo que voy a incumplirla. No deja de sorprenderme que tanta gente incauta todavía crea en mí. Me gusta que me pidan plata para negarla con mentiras educadas y recordar el placer de sentirme mezquino. Mi odio a los gatos se origina en la sospecha de que son más inteligentes que yo.
No quisiera morirme sin envenenar a uno de los gatos del vecino que vienen a cagar en la puerta de mi casa. No sueño con un mundo mejor. Sueño con dormir mejor. Cuando duermo mejor, el mundo me parece mejor.

18.6.07

:: El actor y el escritor

El actor y el escritor se conocen cuando son muy jóvenes y, sin embargo, ya famosos.
El actor es famoso porque sale en telenovelas. El escritor es famoso porque hace entrevistas en televisión. Sólo son famosos en su país de origen, pero ellos se sienten famosos y caminan como famosos. El escritor entrevista al actor en televisión. Se hacen amigos. Se hacen amantes.
Son amantes a escondidas porque tienen miedo de que la gente que los ve en televisión deje de verlos si lo sabe. Nadie sabe que son amantes, ni siquiera sus amigos, sus familias ni, por supuesto, sus novias. El actor ha sido amante de otros hombres. Es más joven que el escritor, pero tiene más experiencia en el amor a los hombres.
También tiene más experiencia en ocultar ese amor. Por eso suele viajar a ciertos países donde puede permitirse amar a otros hombres sin que se enteren en la ciudad en la que vive, donde tiene fama de mujeriego. El escritor no tiene fama de mujeriego, pero ciertas mujeres lo persiguen porque les inspira ternura.
Ha tratado de enamorarse de una mujer, pero todavía no lo ha conseguido porque sus primeras experiencias con mujeres fueron traumáticas y porque cree que sólo podrá enamorarse de un hombre. El actor es su primer hombre. Se entrega a él. Se enamora de él. Siente que ninguna mujer podría gustarle como él. El actor y el escritor son amantes furtivos.
No viven juntos. Viven cerca. Se ven muy tarde en la noche, después de trabajar, después de estar con sus novias.
Tienen miedo de que alguien los descubra. Pero no pueden dejar de verse. Tal vez están enamorados y no lo saben. Tal vez no están enamorados y lo que los atrae es la complicidad que surge del secreto que los une. El escritor le promete que algún día escribirá una película en la que el actor será la estrella. El actor se ríe, no le cree. El actor le confiesa que su sueño es ser un cantante famoso. El escritor le cree. El escritor le dice que quiere irse a otro país y vivir con él sin tener que ocultar el secreto. El actor le dice que eso es imposible, que nunca podrán vivir juntos y amarse sin esconderlo. El escritor se cansa de vivir mintiendo y se va a vivir a otro país.
Se siente libre, pero extraña al actor. Le pide que vaya a vivir con él.
El actor va a visitarlo, pero vuelve a su país. Le da miedo romper el secreto. Cree que si la gente se entera de que le gustan los hombres, se quedará sin trabajo, dejarán de ofrecerle papeles en la televisión. El escritor le dice que está equivocado, que le ofrecerán papeles más interesantes, pero el actor no le cree.
El escritor se muda a una ciudad más fría. No quiere volver a la televisión. Tiene unos ahorros. Puede escribir. Escribe. Escribe de las cosas que más le duelen. Escribe del amor a los hombres.
Escribe del hombre al que amó, el actor. Cambia los nombres, lo presenta como una novela, pero, cuando el libro es publicado, mucha gente en su país reconoce al actor y al escritor que están tan obviamente agazapados tras los personajes ficticios que los encubren mal. El escritor ha roto el secreto.
El actor se siente traicionado. Todos saben o sospechan que fueron amantes. El escritor aclara que el libro es ficción, pero nadie le cree, la gente no es tonta. El actor se esconde, no da entrevistas, niega todo, odia al escritor, al que considera malvado y traidor. El escritor se casa y tiene hijos. El actor se casa y tiene hijos. El escritor se divorcia y reconoce que le gustan los hombres. El actor se divorcia y no reconoce que le gustan los hombres. El escritor tiene cierto éxito, a pesar de que reconoce que le gustan los hombres o debido a eso. El actor tiene cierto éxito, a pesar de que no reconoce que le gustan los hombres o debido a eso. El escritor publica varios libros en los que aparece la sombra del actor. El actor le dice a la prensa que no ha leído esos libros. El escritor sabe que es mentira. No pocos años pasan sin que se vean o se escriban o se hablen. En realidad se han visto alguna vez en un aeropuerto, pero se han ignorado.
El actor está más gordo, se deja barba, tiene fama de alcohólico y depresivo, deja amantes despechados en varios países.
El escritor está más gordo, escribe peor, tiene fama de drogadicto y ermitaño, se pelea con las pocas personas que todavía lo quieren. Cuando publica una nueva novela, el escritor va a un programa de televisión. Le preguntan por el actor. Dice que fueron amantes, que lo recuerda con cariño, que lo extraña, que le gustaría volver a verlo. Es un escándalo, uno más en su carrera. Tiempo después, el actor le escribe un correo electrónico. Le dice que quiere verlo. Le da su teléfono. El escritor lo llama. Hablan por fin. Se hablan con cariño.
Han pasado casi veinte años y están hablando con la complicidad de cuando eran amantes. Quieren verse.
Necesitan verse. Acuerdan verse al día siguiente, viernes, en el departamento del escritor. El escritor le dice que lo llamará para darle la dirección. El actor le dice que estará esperando la llamada.
Al día siguiente, viernes, el escritor decide no llamarlo. No tiene una razón para no llamarlo. Quiere verlo. Pero decide no llamarlo. Quizá lo hace porque ama a otro hombre y no quiere engañarlo, no quiere hacer nada que pueda lastimarlo o poner en peligro ese amor. Quizá lo hace porque es cruel.
El actor se queda esperando la llamada. A medianoche, le escribe un correo electrónico lleno de insultos. El escritor se sorprende del odio que recorre esas palabras. Le contesta que tuvo un día complicado, que por eso no lo llamó, pero que nada justifica los insultos y que es mejor que no se vean si todavía hay tanto odio. Pasan no pocos años sin que se vean o se escriban o se hablen.
Un reportero le pregunta al actor si algún día irá al programa de televisión del escritor. El actor se enfurece, trata mal al reportero, se niega a contestar.
El reportero y sus colegas van con el cuento donde el escritor. Le dicen que el actor se molesta cuando mencionan su nombre. El escritor les dice que siempre recordará con cariño al actor, que alguna vez fueron amigos muy íntimos y que le encantaría volver a verlo.
El reportero y sus colegas van con el cuento donde el actor. (Veinte años atrás, el actor y el escritor hablaban desnudos en una cama, fumando marihuana. Ahora se mandan mensajes con reporteros de espectáculos).
El actor responde que no quiere ver más al escritor, que no lo considera su amigo, que nunca fue su amigo muy íntimo ni íntimo ni nada.
El escritor enciende la televisión y ve al actor cantando en una publicidad de detergentes. Luego viaja y se reúne con su novio, el hombre al que ama. Su novio, que es muy cínico, le dice: -Qué raro. No tiene huevos para salir del closet, pero sí para hacer un comercial de detergentes. El escritor se ríe y piensa que algún día escribirá una película en la que el actor será la estrella. O que ambos harán un comercial de detergentes.

:: Los amantes contrariados

Joaquín llega a Buenos Aires a pasar una semana con Martín. No se han visto en un mes. Al llegar al departamento, Joaquín trata de no hacer ruidos, pero Martín se despierta de todos modos. Se abrazan. Martín quiere hacer el amor. Joaquín sólo quiere dormir.
Ha sido un vuelo largo, está extenuado. Martín se queda triste, siente que ya no es como antes, cuando se conocieron. Joaquín duerme todo el día. A la noche, de mejor humor, dice que quiere ir al cine. Martín dice que hace frío, que mejor se quedan viendo el programa de bailes en la televisión. Joaquín dice que prefiere ir al cine, que en ese caso irá solo. Martín se alista y lo acompaña. Van en taxi. Todavía no les han entregado el auto nuevo que han pagado hace dos meses. Martín odia ir en taxi, odia que Joaquín hable con los conductores. Joaquín lo sabe y por eso va callado. Ven en función de medianoche una película policial, la historia de un asesino en serie.
Martín odia la película, dice que le da miedo, que le recuerda a su hermana enferma, a la muerte. Quiere irse del cine, pero Joaquín le pide que se quede hasta el final. Al salir, suben a un taxi. El chofer estornuda, tose, carraspea. Martín se cubre el rostro con el suéter. Es un asco, me está tosiendo en la cara, dice. No exageres, no es para tanto, le dice Joaquín. Llegando a la casa, Joaquín le dice que hubiera preferido ir al cine solo. Martín cierra bruscamente la puerta de su cuarto y se va a dormir sin despedirse. Al día siguiente hace más frío. Joaquín despierta cansado, de mal humor. Va al oculista, necesita anteojos nuevos. Martín lo acompaña, le dice: “No sé para qué venís a verme, si estás todo el día de mal humor”. Joaquín se queda en silencio, no le habla. Martín se va sin despedirse. A la tarde, después de la siesta, caminan al cine. Joaquín quiere ver una película sobre un hombre rico y malvado que le dispara a su mujer. Martín no parece muy animado. Mientras caminan, le pregunta si algún día van a vivir juntos. Joaquín le dice que no sabe, que ya se verá más adelante. Martín se molesta y, llegando al cine, dice que prefiere irse. Se va sin despedirse. Joaquín ve la película a solas y la disfruta.
Saliendo del cine, encuentra a Martín, que lo espera. Se abrazan. La noche siguiente, Martín ya tiene el auto nuevo.
Joaquín propone ir al cine a una función de medianoche. Quiere ver una película francesa, la vida de una cantante famosa. Martín dice que hace frío, seis grados, cuatro de sensación térmica.
Joaquín dice que nunca ha podido saber la diferencia entre la temperatura oficial y la sensación térmica y que, aunque haga frío, irá al cine de todos modos. Como tiene el auto nuevo, Martín decide acompañarlo. Cuando llegan a la cochera, suena una alarma escandalosa. No saben desactivarla. No pueden sacar el auto. Lo intentan varias veces, pero la alarma los espanta. Se marchan derrotados. Van caminando a un restaurante oriental. La comida es cara y les cae mal. Joaquín se queda triste, pensando que la noche se frustró porque ahora, con el auto nuevo, todo es más complicado. La vida era más simple cuando nos movíamos en taxi, piensa. Ahora hay que pagar cocheras, seguros, patentes, alarmas. Pero no dice nada porque no quiere otra pelea con Martín. El jueves Joaquín quiere ver un partido de fútbol en televisión pero no puede porque tiene que ir a un casamiento con Martín. Es la boda de una amiga, que se casa en el hotel más elegante de la ciudad. Joaquín se niega a ir a la iglesia.
Es agnóstico y no está dispuesto a hacer ese teatro religioso. Van a la fiesta.
Tienen suerte: llegan tarde, pero justo en el momento en que están sirviendo el primer plato. La cena es espléndida. Joaquín conversa con sus vecinos de mesa, a quienes acaba de conocer. Martín está encantado. Le dice a Joaquín que algún día le gustaría casarse allí con él. Joaquín le dice que él no se va a casar de nuevo (porque hace años estuvo casado con una mujer). Martín se queda triste, toma vino blanco, no habla con nadie. Joaquín habla con unos diseñadores de modas. Cuando ponen música disco, Martín dice para ir a bailar. Joaquín dice que bailar es una vulgaridad. Martín piensa que Joaquín es un idiota. Va a bailar solo. Joaquín lo mira y piensa que Martín baila lindo. El viernes almuerzan con una amiga que ha llegado de Madrid. Joaquín le regala una de sus novelas porque ella cumplirá años en pocos días. No sabe qué firmarle. Ella les ha contado que le divierte una expresión española: “total-sensacional”. Joaquín le escribe: “Eres total-sensacional. Con todo mi amor, J”. Martín lee la dedicatoria y piensa que Joaquín no ha debido escribir la palabra “amor”.
Le molesta que Joaquín esté siempre tratando de seducir a las mujeres guapas, no importa si son sus amigas. Cuando ella se va, se lo dice, le dice que no era apropiado escribirle “con todo mi amor” a una amiga. Joaquín le dice que no exagere, que es un amor de amigo, no un amor sexual. A la noche, después de la siesta, Joaquín dice que quiere ir a ver la película francesa que no pudieron ver la otra noche. También dice que están invitados a un musical. Martín dice que prefiere ir al musical. Joaquín no tiene ganas de ir a un musical, pero cede. Van en el auto, oyendo el nuevo disco de Bosé. Se ríen con la canción de Bosé y Ricky Martin, cuando ambos cantan “yo me la como”, dando lugar a interpretaciones risueñas. Llegando a la calle Corrientes, sufren para encontrar un estacionamiento que no sea demasiado horrendo. Entran al teatro. Joaquín dice que, si el musical es aburrido, se irán en media hora. Martín acepta. Pero, al comenzar, una de las actrices saluda a Joaquín, a quien ha reconocido desde el escenario. Joaquín le manda un beso volado. Luego susurra al oído de su amigo: “Nos jodimos, tenemos que quedarnos hasta el final”. El musical dura dos horas. Se aburren. Joaquín piensa que debió ir a ver la película francesa, que hizo una concesión a su amigo y ahora se arrepiente. Saliendo del teatro, comen algo deprisa.
Joaquín insiste en ir a ver la película francesa a la una de la mañana. Martín tiene frío y está cansado, pero cede. Ya en la sala, se queja, se mueve mucho, bosteza, dice que está quedándose dormido. A mitad de la película, Joaquín dice que mejor se van.
Su amigo acepta encantado. Pero Joaquín se queda triste porque no pudo terminar de ver la película. Suben al auto. Joaquín prefiere manejar porque Martín se cae de sueño.
Maneja rápido, demasiado rápido para su amigo, que se queja. Joaquín no le hace caso, va a toda prisa. Martín está en silencio, ofuscado. Llegando a la casa, Martín se va a dormir. Se despiden fríamente.
Joaquín hace maletas, llama a un taxi, duerme apenas una hora y sale al aeropuerto. Antes de salir, escribe una nota que dice: “Gracias por todo. Nos vemos en un mes. Besos”. Camino al aeropuerto, le dice al chofer que lo lleve a un hotel en el centro. Va a quedarse unos días secretamente en la ciudad. Quiere estar solo. Quiere ver muchas películas. No quiere hablar con nadie.

:: La fotógrafa y la loca

Hace años, Joaquín llega a Santiago de Chile a presentar una novela. Son los años en que todavía tiene cierto prestigio como escritor.
Después ese prestigio va a decaer (no necesariamente porque escriba libros peores sino por un número de accidentes que podemos atribuir al azar), pero él no lo sabe ni puede predecirlo en aquel momento.
Joaquín presenta su novela en un hotel. Habla con cierta gracia, cuenta historias divertidas que está seguro de haber contado antes en otras presentaciones igualmente inútiles, se deja retratar por fotógrafos de eventos sociales y despliega todos sus encantos para seducir a los invitados que lo acompañan esa noche de invierno.
En medio de tantas sonrisas y halagos excesivos, Joaquín conoce a una mujer. Es muy guapa, el pelo negro, la mirada chispeante, el perfil aguileño, pero no es tanto su belleza como su insolencia lo que llama la atención del escritor.
Ella le da la mano, dice su nombre, María, y le pregunta: -Si te gustan los hombres, ¿por qué te casaste con una mujer? La pregunta no está hecha en tono brusco o agresivo.
Hay en ella una cierta complicidad que suaviza la aparente aspereza de las palabras. Joaquín se queda sorprendido.
La mira a los ojos, fascinado por el modo en que ella se ha presentado, y le dice:
-Te lo cuento más tarde, si me dejas que te invite a comer. Esa noche, cuando todos se marchan, Joaquín y María van al restaurante del hotel y se cuentan sus secretos, no todos, sólo algunos. Ella le cuenta que está casada, que ama a Ricardo, su marido, pero que ha tenido y tiene algunos amantes escondidos y que su pasión es la fotografía. El le cuenta que estuvo casado porque amó y todavía ama a esa mujer, pero que también le gustan los hombres, aunque no se ha enamorado nunca, no todavía, de uno. Ella le cuenta que también es bisexual, que le gustan más los hombres pero que ocasionalmente puede gustarle una mujer, aunque nunca se ha enamorado de una.
Cuando terminan de cenar, ella le propone subir a la habitación a fumar un porro, porque tiene marihuana en el bolso. Fuman mirando la noche de Santiago.
Luego suena el celular. Es Ricardo. Ella le miente, dice que está con una amiga, y se va corriendo.
Al día siguiente, María vuelve al hotel y le pide hacerle fotos. Están en la habitación. Joaquín acepta. Ella le pide que no sonría, que mire a la cámara con la seriedad o tristeza con que suele mirar honestamente. Luego le pide que se quite la ropa, que se quede en calzoncillos, aunque le promete que sólo tomará fotos hasta el ombligo, no más abajo. Joaquín obedece, se deja guiar, encuentra un extraño placer sometiéndose a la voluntad de esa mujer que le hace fotos. Ese juego o intercambio de vanidades le produce una cierta crispación erótica que no intenta disimular. Ella lo advierte, deja la cámara y, siempre al mando, le hace el amor. Desde aquella tarde, se hacen amantes y gozan y ríen y hacen maldades divertidas y se cuentan cosas impúdicas. Ella lee los libros que él ha publicado. El contempla maravillado las fotos que ella ha exhibido, los retratos que ha hecho de sí misma. Como María está casada, diseña un plan audaz: decirle a Ricardo que Joaquín es su amigo, su íntimo amigo, pero que no tiene por qué preocuparse, pues es gay y tiene novio. María le cuenta el plan a su amante. Aunque con ciertos temores, él acepta. María le recuerda:
-Cuando estés con Ricardo, tienes que ser muy loca. Así no va a sospechar nunca.
María organiza una cena en su casa en honor al escritor visitante. Joaquín conoce a Ricardo. Lo saluda de un modo muy suave y afectado, tratando de acentuar su lado femenino. Le cuenta que tiene un novio en Miami (un cubano joven y pujante) y otro a escondidas en Lima (un actor con fama de mujeriego).
Todo es mentira, pero Ricardo parece convencido de que Joaquín es un homosexual descarado y feliz. Al final de la noche, María le pide permiso a su esposo para llevar a Joaquín al hotel. Ricardo acepta sin problemas. María lleva a Joaquín al hotel, sube al cuarto con él y le hace el amor con una maestría que él no olvidará. En los meses siguientes, Joaquín vuelve a Santiago a ver a su amante. No puede vivir lejos de ella. Necesita sus besos, sus caricias, sus bromas insolentes, la educación sentimental y musical a la que ella lo somete. Para ser más libres, la invita a viajar. Ricardo aprueba los viajes de su mujer. Joaquín y María van a Buenos Aires, a Lima y Cuzco, a Miami y Nueva York.
Ella parece feliz engañando a su marido con ese amante que es a ratos también su amiga. El se siente culpable de abusar de la confianza de Ricardo, pero eso no le impide disfrutar del amor que ha encontrado en esa mujer. Joaquín piensa que ese amor durará lo que le quede de vida. Pero una mañana en Miami suena el teléfono. Es ella, María. Está llorando. Está embarazada. No sabe si el bebé es de Ricardo, de Joaquín o de un actor chileno. Joaquín le pregunta si va a tenerlo. María dice que sí, que no puede abortar.
Ya tiene dos hijos con Ricardo, ama ser madre, no puede interrumpir una vida por cobardía. Joaquín la apoya, le dice palabras dulces, le promete que estará con ella, pase lo que pase.
Pero María lo sorprende: le dice que va a tener al bebé, pero que va a decirle a Ricardo que es suyo. Joaquín piensa que es un error, que no debe mentirle a Ricardo ni al bebé, que debe tenerlo y hacer discretamente unas pruebas genéticas y, si resulta siendo de Ricardo, se queda callada, pero si es hijo suyo o del actor, entonces tiene que decir la verdad, no puede imponerle a su hijo un padre que no es el suyo de verdad.
María no está de acuerdo. Le dice que no puede hacerle eso a Ricardo, que si tiene al bebé diciéndole que es suyo, no puede luego decirle un buen día que no es suyo si la prueba genética lo confirma, que eso traería mucha infelicidad y dolor. Joaquín le dice que la entiende, pero piensa que está equivocada, que debe ser más valiente.
Unos días después, María lo llama y le dice que no pueden verse más, que va a tratar de ser feliz con Ricardo, que va a tener el hijo como si fuera de él y que no puede seguir siéndole infiel. Joaquín entiende, acepta, le desea suerte, le promete que siempre estará con ella, esperándola, pero se queda desolado. Pasan los meses y Joaquín no sabe nada de María.
No vuelve a Santiago. No quiere estar en esa ciudad sin ver a su chica secreta, a la mujer a la que todavía ama. María tiene el bebé y convence a Ricardo de llamarlo Joaquín, en honor al amigo de la pareja.
María y Ricardo le piden a Joaquín, el escritor, que sea el padrino de bautizo de Joaquín, el niño chileno que podría ser su hijo. Joaquín acepta, conmovido. El día del bautizo, mira al niño, lo besa en la frente y se pregunta si alguna vez sabrá si ese niño es su hijo.

:: El hombre haragán (07/05)

El hombre haragán organiza su vida, sus trabajos, sus asuntos familiares, sus precarios compromisos de toda índole, alrededor de una idea no negociable, que es el pilar de su supervivencia o bienestar: debe dormir por lo menos ocho horas y mejor si son diez.
Temeroso de que interrumpan esas horas sagradas, duerme con los teléfonos desconectados. Su ex esposa le ha dicho que es un acto innoble apagar los teléfonos por tantas horas, que alguien cercano a la familia podría morir y ella no tendría cómo darle la infausta noticia. Pero él piensa, y así se lo ha dicho, que si alguien muere es mejor enterarse unas horas después, ya reposado.
El hombre haragán ha perdido todo interés en el amor y el sexo.
No tiene pareja ni desea tenerla. Le resulta una fatiga seducir a alguien –un proceso laborioso en el que no puede evitar mentir, simular ser alguien mejor de quien en verdad es, encubrir el rasgo más conspicuo de su carácter, la pereza– y más todavía vivir con esa persona y aceptar sus caprichos. Ya lo intentó una vez, cuando estuvo casado, y sabe que el amor es un esfuerzo trabajoso y del todo innecesario. Prefiere, cuando está urgido –lo que a sus cuarenta y tantos años es algo infrecuente–, aliviarse a solas, pensando en un cuerpo que se entrega y se somete a sus caprichos y luego se marcha sin decir palabra ni exigir nada. El hombre haragán trabaja pero detesta hacerlo y sólo lo hace animado por una secreta ilusión, la de reunir suficiente dinero como para no tener que trabajar más. No trabaja entonces con ganas, disfrutándolo, encontrando en ello alguna forma de dignidad o nobleza que lo redima de su abrumadora mediocridad.
Trabaja resignadamente, porque no hay más remedio, porque otea en el horizonte un premio todavía borroso: vivir sin trabajar, vivir de sus rentas, pasarse el día entero en una casa a solas, haciendo nada. El hombre haragán está inscrito en un gimnasio. Tiene una credencial con su fotografía. Cuando despierta de la siesta (porque aun cuando ha dormido diez horas, intenta también dormir la siesta, por si le hubiera faltado un tramo final en el único empeño al que se entrega trabajosamente: dormir), sale al gimnasio y camina dos cuadras, la distancia que separa su casa de ese gimnasio moderno, lleno de gente optimista (que lo irrita) y estremecido por aquellos ritmos vocingleros que escupen los parlantes (que lo irritan más aún). Por lo general, llega a la puerta del gimnasio, echa una mirada pusilánime y decide no entrar, no contaminarse de esa vitalidad sudorosa, volver a casa arrastrando su pereza, que es, a sus ojos, una manera de preservar su dignidad. El hombre haragán quiere a su madre y a sus hermanos, pero no los ve con frecuencia porque le resulta arduo desplazarse por la ciudad, reunirse con ellos, fingir que es feliz, esquivar los temas conflictivos (que son los únicos de los que le interesa hablar, pero de los que no se habla con ellos) y recordar todos los cumpleaños, aniversarios y eventos de la tribu. El hombre haragán viaja todas las semanas de un país a otro.
Podría parecer, por el ritmo vertiginoso en que se desplaza, que es todo menos haragán. Pero sería una percepción engañosa. Lo hace porque, si bien es un esfuerzo no menor, lo anima el deseo escondido de ahorrar suficiente dinero para no tener que trabajar ni viajar más, y sólo viajando ahora cree que podrá llegar pronto a ese oasis de ocio absoluto que es, en su mente adormecida, la idea más pura de la felicidad. Además, sabe que en el avión, arrullado por el rumor de las turbinas y cubierto por tres mantas, dormirá con una profundidad que le resulta esquiva en tierra firme, en alguna de sus camas de paso. De modo que, cuando se dirige a un aeropuerto, piensa esperanzado en las horas de sueño que encontrará en el avión, lo que en cierto modo mitiga el esfuerzo de salir de casa.
El hombre haragán no quiere aprender o educarse o hablar otros idiomas o saber la historia de la humanidad.
Prefiere divertirse. Antes leía ensayos, libros de historia, biografías políticas para saber quién gobernó de tal año a tal año, qué ideas políticas prevalecieron, quién ganó y quién perdió en la lucha perpetua por la gloria y el poder. Ahora nada de eso le interesa. No lee para aprender sino para obtener alguna forma de placer o goce. Por eso suele leer novelas que cuenten las vidas de gente ordinaria como él, pero a menudo las deja, vencido por el cansancio. Nunca intenta seguir leyendo cuando se le entrecierran los ojos. No hay placer superior que el de evadirse de la realidad, no ya leyendo sino durmiendo y esperando con curiosidad las historias que vivirá en sus sueños, en las que suele ser un hombre seductor, aventurero, valiente, todo lo contrario de lo que es en la vida misma. El hombre haragán tiene dos hijas –que, por supuesto, le fueron dadas por una mujer que quiso hacer de él un hombre emprendedor y fracasó–, pero no intenta educarlas o enseñarles nada o darles nociones de disciplina o rectitud moral, asuntos sobre los que no tiene la más vaga idea. Cuando está con ellas, intenta hacerlas reír haciendo bromas tontas –lo que no le cuesta ningún esfuerzo–, hablando en acentos pintorescos –especialmente como cubano–, simulando ser un idiota redomado –algo que le sale natural– y dejando que hagan los que les dé la gana –aun si eso implica mentir o hacer trampa o fastidiar a alguien.
El hombre haragán ve con cierta perplejidad que una afición de su primera juventud, la de ver partidos de fútbol por televisión, ha regresado a su vida y se ha instalado en su rutina con nuevos bríos. Salvo dormir, nada le interesa más que sentarse en un sillón reclinable a ver cualquier partido de fútbol, preferentemente de la liga argentina o española, pero también de las copas europeas o sudamericanas, del torneo inglés, italiano o chileno, o incluso, en sus momentos más abyectos –que le producen una sensación de repugnancia de ser quien es, ese hombre fofo que mira una pelota–, partidos del dantesco campeonato peruano. El hombre haragán quiso ser político en su juventud, pero ahora ve con horror la idea de servir a los demás cuando es tanto más razonable y gratificante servirse a uno mismo, dado que los demás siempre terminan enojados, insatisfechos y culpando de sus males a quienes han intentado servirles, y en cambio uno mismo, si aprende a servirse debidamente, suele quedar satisfecho, en paz, y sin deseos de que quien lo ha servido, o sea uno mismo, vaya a la cárcel.
Luego quiso ser escritor –y quizá todavía está poseído por esa forma elegante de ejercitar la vanidad–, pero ahora piensa que sólo está dispuesto a seguir publicando ficciones de dudoso valor si nadie le obliga a defenderlas o explicarlas, a dar incontables entrevistas inútiles, a dejarse retratar, participar en congresos, foros o seminarios de los que sólo recuerda la pueril vanidad de quienes allí se lisonjean o enemistan, a viajar en giras de promoción y ser esclavo mediático de la editorial. Prefiere quedarse en casa, encender una de las tantas estufas –que él, sin razón alguna, llama soplapollas–, tumbarse en la cama con los teléfonos apagados y esperar el momento redentor del sueño, viendo cansinamente un partido de fútbol –y maravillándose cuando una pierna se le mueve sola, como queriendo patear la pelota.

El hijo que no pudo ser (30/04)

Apenas termino el programa en Miami, enciendo el celular y recibo una llamada. Es Ximena, mi mejor amiga y productora de mi programa peruano, llamándome desde Lima.
Me dice que acaba de presentarse en un programa de alta audiencia, en directo, a las nueve de la noche, un muchacho que dice ser mi hijo. Se llama Felipe, dice tener veinte años o poco más y asegura que nunca me ha visto personalmente, pero que su madre, que trabajó como empleada doméstica en casa de mis padres hace muchos años, cuando yo era joven, y que ahora vive en alguna ciudad española, le dijo recientemente que yo soy su padre, que la dejé embarazada cuando ella trabajaba como empleada doméstica.
Al parecer, según lo que ha contado Felipe, su madre, de visita en Lima, estaba viendo mi programa un domingo y de pronto le dijo a Felipe, señalándome: -Ese señor de la televisión es tu papá. Ximena me cuenta todo esto con cierta preocupación y espera que yo le diga algo que alivie la gravedad del asunto. Le pregunto si el muchacho que dice ser mi hijo se parece a mí.
-Más o menos -dice ella-.
Tiene un aire. Pero me han llamado varias amigas diciéndome que es igualito a ti, que como nada es tu hijo. Le digo que es altamente improbable que el muchacho sea mi hijo porque, aunque mi memoria no es de fiar y mi honestidad tampoco, no recuerdo haber tenido intimidad amorosa ni comercio sexual alguno con ninguna empleada doméstica en casa de mis padres.
Ella me dice que la historia no tiene pies ni cabeza, que si yo hubiese dejado embarazada a una empleada hace veinte años, ¿por qué ella habría esperado tanto tiempo para tratar de comunicarse conmigo o hacerlo público? Yo le digo que no se preocupe, que es una broma pesada de algún oportunista con ansias de protagonismo, que le sacaremos provecho en nuestro programa del domingo. Lo que no le cuento a Ximena es que alguna vez, siendo muy joven, con apenas trece años, tuve un amor delirante y contrariado por una empleada de mis padres, una joven de tez morena y nalgas poderosas que me tenía afiebrado, en estado baboso y suplicante, pero que nunca accedió a mis requerimientos, ignorándome con gran simpatía, como si estuviese bailando un alcatraz, mientras yo la perseguía por la cocina, derritiéndome a sus espaldas, que eran todavía mejores que las de las chicas que jugaban en la selección de voley y cuyos partidos olímpicos no me perdía por televisión, aun cuando fuesen de madrugada, por razones claramente extradeportivas.
Lo cierto es que aquella morena, de nombre Flor, que hacía honor a su nombre, pudo, de haber sido más indulgente o descuidada, haber quedado embarazada de mí, pero, por suerte para ella, no ocurrió tal cosa, y nunca más sucumbí a los encantos de otra empleada de mis padres, no sólo porque ninguna volvió a gustarme como Flor sino porque a los catorce años me fui a vivir con los abuelos. Le pido a Ximena que invite a Felipe, el joven que cree ser mi hijo o que desea serlo, a mi programa del domingo, y que tenga todo listo por si tuviera que hacerme una prueba genética para demostrar que no es mi hijo (o que mi memoria está en ruinas).
Luego llamo a mis hijas.
Hablo con la menor, que está en casa. Ya está enterada del escándalo. Me dice que vio el programa con las empleadas, que el chico que dice ser mi hijo no se parece nada a mí, que se han reído mucho.
Le digo que no se preocupe, que no es mi hijo. -Ya te fregaste, tienes que hacerte la prueba de ADN porque nadie te va a creer -me dice ella. Luego llamo a mi hija mayor. Está en una fiesta. Contesta el celular. Se oye una de esas canciones atroces que están de moda.
Mi hija adora esas canciones y las baila con pasión. Le cuento el escándalo de mi supuesto hijo con una empleada de mis padres que no recuerdo. Ella no sabía nada. Le digo que no se preocupe, que no es mi hijo. -¿Estás seguro?- me pregunta, muy seria. Le digo que sí, que nunca tuve relaciones sexuales con una empleada de mis padres. -¿Estás seguro? -vuelve a preguntarme, levemente desconfiada. Le digo que sí, que estoy seguro, y ella me dice que me cree, pero me parece que, si bien quiere creerme, algo en ella le dice que quizá, sólo quizá, el muchacho es mi hijo y ella, de pronto, con sólo trece años, ha descubierto en una fiesta, entre un baile y otro, que tiene un medio hermano de veintitantos.
Desde el aeropuerto de Miami, llamo a la madre de mis hijas, que también está en una fiesta. Por suerte está tranquila, se ríe del asunto, ya le habían contado el chisme. Me pregunta:
-¿No será hijo de alguno de tus hermanos?
-Ni idea - le digo.
-Quizá no sea tu hijo, pero sí tu sobrino -me dice, riéndose. Llegando a Lima, duermo unas horas. Apenas despierto, llamo a Ximena. Está reunida con Felipe, el joven que dice ser mi hijo.
Me dice, bajando la voz, que me llamará en un momento. Espero con impaciencia. Por fin llama Ximena.
Me dice que está en la oficina con Felipe y su padre. -¿Pero su padre no soy yo? -pregunto, asombrado.
-No -dice ella-. El padre vio a Felipe por televisión y se molestó porque él lo negó y dijo que es tu hijo.
-¿Y por qué Felipe hizo eso? -le pregunto.
-Porque dice que todo el mundo en la calle le dice que es igualito a ti y pensó que podíamos contratarlo como tu imitador.
-Increíble. -Y por eso le aconsejaron que fuera a la tele y dijera que es tu hijo y se inventara el cuento de que su mamá era empleada doméstica y tú la dejaste embarazada.
-Notable.
-O sea que mintió porque quiere ser tu imitador en televisión, sólo que ahora su papá está molesto con él. -¿Están dispuestos a venir al programa?
-Sí. -¿Ambos? ¿También el padre? -Sí.
-Genial. Enseguida llamo a mi madre. Por supuesto, está enterada del escándalo. Le digo que no se preocupe, que el muchacho no es mi hijo.
-Yo sabía que no podía ser tu hijo, amor -me dice ella, muy tranquila. Me quedo en silencio, recordando a Flor, la morena irresistible, y pensando que mi madre no me conoce del todo.
-Pero te confieso que estoy triste -me dice mamá-.
Porque todo esto me ha dejado pensando que sería lindo que tuvieras un hijo, Jaime.
-Sí, sería lindo -le digo, porque no sé qué otra cosa decir.
-Bueno, tú ya sabes lo que debes hacer y con quién debes tenerlo -me dice ella, que suele decir cosas así, memorables e inesperadas.
Esa noche, a solas, desvelado, recuerdo a una mujer a la que amé, que ahora vive en Madrid y que, con toda razón, no quiere verme más, y me pregunto cómo habría cambiado mi vida, nuestras vidas, si ella y yo hubiésemos tenido el coraje del que carecimos entonces, veinte años atrás, cuando decidimos, acobardados, que ese bebé no merecía tener dos padres tan confundidos como nosotros, que no era justo imponerle un destino tan sombrío e incierto. No es entonces del todo inexacto decir que siempre pesará sobre mi espíritu el recuerdo de un hijo negado.