Hace un año o poco más, los médicos le dijeron a Cristina que tenía un cáncer muy avanzado en el estómago, grado cuatro, y que sólo le quedaban tres meses de vida, a menos que se sometiera a una quimioterapia masiva, lo que tampoco garantizaba nada. Cristina tenía entonces veintiocho años y una hija de dos, Carolina.
Con una fortaleza insospechada en ella –una mujer de contextura muy delgada y maneras refinadas–, vivió sin quejarse la pesadilla de múltiples quimioterapias, tres operaciones y numerosos internamientos en clínicas de Buenos Aires, acompañada de María, su madre, que no la dejó dormir sola ni una noche. En diciembre pasado, tras una cuarta operación para examinar los avances de esa cruel seguidilla de inyecciones venenosas que hundían inexorablemente a Cristina en severas crisis de náuseas y abatimiento, los médicos le dijeron que por el momento estaba a salvo, que habían conseguido extirpar los más minúsculos rastros de esa enfermedad. Estaba curada, o al menos eso le dijeron, aunque el cáncer podía regresar en cualquier momento. Con ganas de celebrar esa buena noticia (que era, a la vez, un alivio y una amenaza latente), Martín, su hermano, dos años menor que ella (y mi amigo más íntimo y querido), la invitó a Río para tratar de olvidar el calvario por el que ella había pasado tan digna y estoicamente.
Viajaron a mediados de diciembre, un mal momento para viajar, y tuvieron que soportar los previsibles maltratos, incomodidades y retrasos de una aerolínea brasilera de bajo costo. A pesar de ello, pasaron una semana razonablemente feliz.
Se bañaron en el mar de Buzios, se hicieron fotos en la playa (Cristina sólo podía usar trajes de baño de una pieza, por las cicatrices de tantas operaciones), recorrieron los centros comerciales, no les robaron nada y (esto fue lo mejor del viaje, según me contó Martín) pudieron hablar de sus vidas, de su familia, de cuando eran chicos y se adoraban, no sin que Cristina se emocionase, llorase y lamentase que ciertas cosas no hubiesen salido todo lo bien que ella esperaba cuando era niña y no sabía lo que ahora ya conocía de sobra, que la vida era una sucesión de emboscadas, trampas y caídas de las que nadie se recuperaba del todo. Los primeros días de enero, Cristina volvió a su trabajo como administradora de una boutique de ropa en San Isidro. Le costaba estar en pie, atender a las clientas, sonreír en cualquier caso, pero quería sentir que, de nuevo, podía llevar una vida normal.
Martín viajó a Miami. La directora de una revista de modas le había ofrecido un puesto en esa publicación. Después de pasar por varias pruebas y entrevistas, y tras una larga espera que supo sobrellevar con paciencia, Martín recibió la noticia de que le habían dado el trabajo con el que había soñado tanto tiempo: editor de aquella lujosa revista que, desde muy joven, él leía con devoción, y cuyas ediciones en distintos idiomas guardaba en la sala de su departamento en Buenos Aires, como si fueran un tesoro de incalculable valor. Eran días felices. Cristina se sentía mejor, podía jugar con su hija, llevarla a la piscina del club, atender los asuntos de la boutique.
Martín salía de casa muy temprano, impecablemente vestido, de buen ánimo, y gozaba ejerciendo su nuevo trabajo como pequeño dictador de esa revista de papel satinado, la biblia de la moda y el buen vivir (aunque a veces discutíamos, porque todo lo que pregonaba aquella revista no me parecía un buen modo de vivir). Una tarde, sin que nada hiciera presagiar que aquella precaria alegría de verano sería tan corta, Cristina sufrió unos dolores tremendos, se desmayó y fue llevada de urgencia al hospital. La operaron sin demora y descubrieron que el cáncer había regresado, se había multiplicado y comprometía gravemente su vida. María, su madre, llamó a Martín a Miami y le dijo, llorando, que los médicos le daban cuarenta y ocho horas de vida a Cristina. Martín quiso viajar esa misma noche, pero no encontró cupo, el vuelo de Lan estaba lleno y los de American también. Cuando pidió permiso en la revista, le dijeron que eran días de cierre, que sólo lo autorizaban a viajar tres días, no más. Sorprendido y decepcionado, Martín dijo que se iría a Buenos Aires indefinidamente para acompañar a su hermana todo lo que hiciera falta. La directora le dijo: “La única diva de esta revista soy yo, y no puedo tolerar otras divas”. Martín renunció y estuvo a punto de arrojar a la directora por la ventana. Como tenía que esperar un día para viajar y lo devoraban la rabia y la impotencia, Martín fue a un centro comercial y compró ropa para Carolina, la hija de Cristina, de quien era padrino. Llenó una maleta de vestidos, camisetas, zapatillas, zapatos, calzones, trajes de baño y toda clase de combinaciones de verano y de invierno para su rolliza ahijada. Lo hizo por amor a ella, claro está, pero también porque presentía que, si llegaba a tiempo y la encontraba viva, Cristina se pondría muy contenta al ver toda esa ropa tan linda para su hija. Al llegar a Buenos Aires, aturdido por los somníferos que le abreviaron el vuelo, Martín corrió a la clínica en Belgrano y encontró a su hermana todavía respirando, consciente, luchando por sobrevivir. Los médicos se negaban a operarla una vez más, resignados a que la batalla se había perdido ya. Entonces Martín abrió la maleta y fue enseñándole cada prenda, cada conjunto, cada delicado vestido que había comprado para Carolina, su ahijada. Cristina se llenó de vida imaginando a su hija luciendo ropa tan espléndida. Luego Martín le contó que se quedaría en Buenos Aires con ella, que nunca más se iría, que volverían a ser íntimos, inseparables, como cuando eran chicos. Al día siguiente, inexplicablemente, las heridas internas que estaban envenenándola empezaron a sanar. Ante la perplejidad de los médicos, Cristina salvó la vida, se recuperó lentamente, volvió a comer y pudo dejar la clínica una semana después. Algunos creen que se trata de un discreto milagro que obró el padre sanador que, llevado por María en un momento de desesperación, visitó a Cristina en el hospital, en vísperas de que llegase Martín. Otros, más descreídos sobre los poderes benéficos de los curas sanadores (y entre ellos debe contárseme), sospechan que el milagro se produjo cuando Cristina, desde su cama, entubada y agonizante, vio a su bella hija haciéndole un desfile de modas en el cuarto, exhibiendo, una y otra vez, felizmente indiferente a la muerte y sus sombras, la ropa suave, luminosa, prometedora, que le llevó su padrino Martín.
Un peruano que sale de su patria odiado por amigos y familiares, pero que es admirado en cada rincón por el que pasa la tropa de ciudadanos del mundo. Aquí recogemos algunas de sus columnas que ya se han publicado en los diferentes países del mundo y que no busca m´s que juntarlas para que no se pierdan en los archivos mundanos.
14.3.07
7.3.07
:: Morir maquillado (26/02)
Al llegar al estudio, el guardia de seguridad, un colombiano de baja estatura, con voz de locutor de radio, me cuenta un chiste malo, como todas las noches, y yo me río falsamente, sin ganas, como todas las noches, y le digo que se abrigue porque un frente frío se ha abatido insidiosamente sobre esta ciudad.
Me gustaría entrevistar al guardia colombiano, que ha sido guardia o portero casi toda su vida en Nueva York, donde conoció celebridades y se retrató con ellas (y por eso ciertas noches, además de contarme el chiste malo de rigor, me enseña aquellas fotos con Sinatra, con Eastwood, con Aznavour, con la Streisand, en las que él aparece idéntico, tieso, muy serio, escondiendo su vocación de comediante frustrado), y así se lo he dicho en varias ocasiones, pero sus jefes le han prohibido que me dé la entrevista, alegando que pondría en riesgo la seguridad del estudio.
En el cuarto de maquillaje me espera La Mora, una mujer cubana, negra, de pelo rizado, que no sé cómo se llama, porque todos le dicen La Mora, y que está feliz porque acaba de conseguir el permiso oficial para abrir una escuela de maquillaje y porque se ha salvado de la última ola de despidos en el canal, que le costó el puesto a Ethian, el joven cubano que me maquillaba como si estuviera acariciándome o seduciéndome, mientras contaba arrobado cómo maquilló cierta vez a David Beckham en Alemania, donde él vivía (aunque, a diferencia del guardia colombiano, Ethian no puede exhibir fotos que confirmen la veracidad de esa historia). De pronto entra al cuarto de maquillaje un hombre mayor, delgado, canoso, de anteojos, vestido con traje oscuro y corbata. Tras saludarnos secamente, se sienta a mi lado, frente al espejo excesivamente iluminado por decenas de bombillos amarillentos que dan un aire a camerino de diva marchita, y espera su turno para ser maquillado por La Mora.
El hombre ha sido invitado a un programa político que está por comenzar en quince o veinte minutos y que será emitido en directo, antes de mi programa. Al reconocerme, me dice que debería cortarme el pelo, que llevarlo tan largo me resta credibilidad como periodista. Le agradezco la sugerencia y le digo que no aspiro a ser periodista ni a tener credibilidad, pero él me mira muy serio y me dice en tono grave que esa noche va a soltar una bomba, y luego se aferra a un sobre amarillo, extrae con manos temblorosas unas fotos en blanco y negro, mal impresas, y me dice que esas son las pruebas de que Fidel está muerto.
Miro las fotos (si a esas manchas podemos llamarlas fotos), sin que el caballero me permita tomar con mis manos aquellos papeles que, en su opinión, constituyen prueba irrebatible de la primicia que se dispone a lanzar al mundo, que el longevo dictador ha muerto, y veo desilusionado lo que ya me habían pasado por internet, unas fotos mortuorias de Fidel con los ojos cerrados dentro de un ataúd, y le pregunto cuándo, si acaso, murió el dictador, y él responde, sin ápice de duda, que el 8 de diciembre, y que desde entonces se ha contratado a un “doble” para que cada tanto aparezca haciendo precarios ejercicios en un buzo Adidas o arengando a Chávez con el propósito de simular que Fidel vive aún. Le digo en tono risueño que su teoría me parece inverosímil, que esas fotos no prueban nada, que yo creo que Fidel sigue vivo, por desgracia. El hombre se enfurece, se exalta, agita sus papeles, me llama ignorante, levanta la voz, dice a gritos que el dictador está muerto.
-¡Fidel murió el 8 de diciembre, coño! -grita. -Si usted tiene razón, que Dios lo bendiga o, como dicen en La Habana, que le dé un hijo macho -le digo, sólo por decir una travesura tonta, sin reparar en la idiotez que acabo de decir, porque el hombre debe tener setenta y tantos años y no parece estar en condiciones de seguir teniendo hijos, si alguna vez los tuvo.
-¡Fidel está muerto, coño, y yo lo voy a demostrar! -grita el hombre, furioso porque no le creo y porque La Mora, a juzgar por su mirada maliciosa (que es su mirada de siempre), tampoco. Entonces el hombre deja sus papeles, mira el reloj y pide un café, pero La Mora le dice que en el canal no hay cafetería, que tendrá que contentarse con agua.
Como el hombre está impaciente y lleva apuro, le sugiero a La Mora que deje de maquillarme y lo atienda enseguida. Ella se desplaza con rapidez, mueve sus utensilios y empieza a pasar una esponja impregnada de base por el rostro ajado del panelista.
De pronto, el hombre hace unos ruidos muy raros, guturales, cavernosos, como si fuera a toser o a escupir, y cierra los ojos y se desmaya hacia un costado, de un modo tan violento que cae de la silla y se da de bruces contra el suelo de baldosas blancas por el que tantas veces hemos visto pasar roedores sigilosos. La Mora lanza un alarido sin soltar su esponja y yo me quedo sentado sin atinar a hacer nada. El hombre yace en el suelo, inmóvil, la boca abierta, los ojos cerrados, la cara a medio maquillar, las fotos de Fidel muerto desperdigadas a su alrededor. En ese momento entra el microfonista y pregunta quién es el invitado para ponerle el micrófono y La Mora señala el cuerpo del panelista colapsado y dice: -¡Llama al Rescue! -¡Mejor llámalo tú, porque no tengo crédito en el celular! -responde el microfonista. -¡Ve a llamar a Ligia Elena! -le ordena La Mora. El microfonista sale corriendo, aterrado. La Mora se hinca de rodillas y, agitando las fotos de Fidel, le echa aire al panelista, tratando de reanimarlo, pero, como no da señales de vida, deja los papeles, saca su esponja y sigue maquillándolo.
-¿Pero qué haces, Morita? -le pregunto, perplejo. -Mejor lo termino de maquillar -dice ella, toda una profesional-. Si revive, ya está ready para el show de Ligia Elena. Y si sigue muerto, ya lo dejo preparadito para el velorio.
En medio de un barullo de voces, y rodeada de un séquito de productores y aspirantes a productores, aparece en el cuarto de maquillaje, agitada pero impecable, la famosa periodista Ligia Elena, cuyo programa está por comenzar. Al ver a su invitado tendido en el piso, ordena:
-¡Que venga el Rescue! ¡Y traigan una cámara y filmen todo esto! Luego dice, como hablando consigo misma: -Qué pena que esto no pasó en el programa. Tremendo rating hubiéramos hecho.
-¡Tres minutos para salir al aire, Ligia Elena! -grita alguien. La periodista se marcha presurosa, rumbo al estudio.
Mientras comienza su programa, en el que no se hace alusión alguna al incidente del panelista colapsado, llegan los paramédicos e intentan reanimar al pobre hombre, pero todos los esfuerzos son en vano. Ha muerto.
Ha muerto minutos antes de anunciar la muerte del hombre al que más ha odiado en su vida, al que ha odiado medio siglo. Y ahora La Mora se inclina reverente, le pone colorete en los labios y un poco de polvo en las mejillas y cubre el rostro del finado con los papeles de Fidel muerto.
Me gustaría entrevistar al guardia colombiano, que ha sido guardia o portero casi toda su vida en Nueva York, donde conoció celebridades y se retrató con ellas (y por eso ciertas noches, además de contarme el chiste malo de rigor, me enseña aquellas fotos con Sinatra, con Eastwood, con Aznavour, con la Streisand, en las que él aparece idéntico, tieso, muy serio, escondiendo su vocación de comediante frustrado), y así se lo he dicho en varias ocasiones, pero sus jefes le han prohibido que me dé la entrevista, alegando que pondría en riesgo la seguridad del estudio.
En el cuarto de maquillaje me espera La Mora, una mujer cubana, negra, de pelo rizado, que no sé cómo se llama, porque todos le dicen La Mora, y que está feliz porque acaba de conseguir el permiso oficial para abrir una escuela de maquillaje y porque se ha salvado de la última ola de despidos en el canal, que le costó el puesto a Ethian, el joven cubano que me maquillaba como si estuviera acariciándome o seduciéndome, mientras contaba arrobado cómo maquilló cierta vez a David Beckham en Alemania, donde él vivía (aunque, a diferencia del guardia colombiano, Ethian no puede exhibir fotos que confirmen la veracidad de esa historia). De pronto entra al cuarto de maquillaje un hombre mayor, delgado, canoso, de anteojos, vestido con traje oscuro y corbata. Tras saludarnos secamente, se sienta a mi lado, frente al espejo excesivamente iluminado por decenas de bombillos amarillentos que dan un aire a camerino de diva marchita, y espera su turno para ser maquillado por La Mora.
El hombre ha sido invitado a un programa político que está por comenzar en quince o veinte minutos y que será emitido en directo, antes de mi programa. Al reconocerme, me dice que debería cortarme el pelo, que llevarlo tan largo me resta credibilidad como periodista. Le agradezco la sugerencia y le digo que no aspiro a ser periodista ni a tener credibilidad, pero él me mira muy serio y me dice en tono grave que esa noche va a soltar una bomba, y luego se aferra a un sobre amarillo, extrae con manos temblorosas unas fotos en blanco y negro, mal impresas, y me dice que esas son las pruebas de que Fidel está muerto.
Miro las fotos (si a esas manchas podemos llamarlas fotos), sin que el caballero me permita tomar con mis manos aquellos papeles que, en su opinión, constituyen prueba irrebatible de la primicia que se dispone a lanzar al mundo, que el longevo dictador ha muerto, y veo desilusionado lo que ya me habían pasado por internet, unas fotos mortuorias de Fidel con los ojos cerrados dentro de un ataúd, y le pregunto cuándo, si acaso, murió el dictador, y él responde, sin ápice de duda, que el 8 de diciembre, y que desde entonces se ha contratado a un “doble” para que cada tanto aparezca haciendo precarios ejercicios en un buzo Adidas o arengando a Chávez con el propósito de simular que Fidel vive aún. Le digo en tono risueño que su teoría me parece inverosímil, que esas fotos no prueban nada, que yo creo que Fidel sigue vivo, por desgracia. El hombre se enfurece, se exalta, agita sus papeles, me llama ignorante, levanta la voz, dice a gritos que el dictador está muerto.
-¡Fidel murió el 8 de diciembre, coño! -grita. -Si usted tiene razón, que Dios lo bendiga o, como dicen en La Habana, que le dé un hijo macho -le digo, sólo por decir una travesura tonta, sin reparar en la idiotez que acabo de decir, porque el hombre debe tener setenta y tantos años y no parece estar en condiciones de seguir teniendo hijos, si alguna vez los tuvo.
-¡Fidel está muerto, coño, y yo lo voy a demostrar! -grita el hombre, furioso porque no le creo y porque La Mora, a juzgar por su mirada maliciosa (que es su mirada de siempre), tampoco. Entonces el hombre deja sus papeles, mira el reloj y pide un café, pero La Mora le dice que en el canal no hay cafetería, que tendrá que contentarse con agua.
Como el hombre está impaciente y lleva apuro, le sugiero a La Mora que deje de maquillarme y lo atienda enseguida. Ella se desplaza con rapidez, mueve sus utensilios y empieza a pasar una esponja impregnada de base por el rostro ajado del panelista.
De pronto, el hombre hace unos ruidos muy raros, guturales, cavernosos, como si fuera a toser o a escupir, y cierra los ojos y se desmaya hacia un costado, de un modo tan violento que cae de la silla y se da de bruces contra el suelo de baldosas blancas por el que tantas veces hemos visto pasar roedores sigilosos. La Mora lanza un alarido sin soltar su esponja y yo me quedo sentado sin atinar a hacer nada. El hombre yace en el suelo, inmóvil, la boca abierta, los ojos cerrados, la cara a medio maquillar, las fotos de Fidel muerto desperdigadas a su alrededor. En ese momento entra el microfonista y pregunta quién es el invitado para ponerle el micrófono y La Mora señala el cuerpo del panelista colapsado y dice: -¡Llama al Rescue! -¡Mejor llámalo tú, porque no tengo crédito en el celular! -responde el microfonista. -¡Ve a llamar a Ligia Elena! -le ordena La Mora. El microfonista sale corriendo, aterrado. La Mora se hinca de rodillas y, agitando las fotos de Fidel, le echa aire al panelista, tratando de reanimarlo, pero, como no da señales de vida, deja los papeles, saca su esponja y sigue maquillándolo.
-¿Pero qué haces, Morita? -le pregunto, perplejo. -Mejor lo termino de maquillar -dice ella, toda una profesional-. Si revive, ya está ready para el show de Ligia Elena. Y si sigue muerto, ya lo dejo preparadito para el velorio.
En medio de un barullo de voces, y rodeada de un séquito de productores y aspirantes a productores, aparece en el cuarto de maquillaje, agitada pero impecable, la famosa periodista Ligia Elena, cuyo programa está por comenzar. Al ver a su invitado tendido en el piso, ordena:
-¡Que venga el Rescue! ¡Y traigan una cámara y filmen todo esto! Luego dice, como hablando consigo misma: -Qué pena que esto no pasó en el programa. Tremendo rating hubiéramos hecho.
-¡Tres minutos para salir al aire, Ligia Elena! -grita alguien. La periodista se marcha presurosa, rumbo al estudio.
Mientras comienza su programa, en el que no se hace alusión alguna al incidente del panelista colapsado, llegan los paramédicos e intentan reanimar al pobre hombre, pero todos los esfuerzos son en vano. Ha muerto.
Ha muerto minutos antes de anunciar la muerte del hombre al que más ha odiado en su vida, al que ha odiado medio siglo. Y ahora La Mora se inclina reverente, le pone colorete en los labios y un poco de polvo en las mejillas y cubre el rostro del finado con los papeles de Fidel muerto.
:: La vecina española (19/02)
No debí dar mi correo electrónico en el programa. Lo hice porque quería que el público pudiese ir al estudio a verlo en directo. La española leyó el correo, me escribió y me dijo que vivíamos en la misma calle, que había leído mis libros, que me veía caminar en las tardes rumbo al gimnasio y quería conocerme. Me dijo el número de la casa en que vivía, 728, y me invitó a tomar el té.
No respondí. Pero esa tarde, caminando al gimnasio, pasé frente a su casa, apenas a media cuadra de la mía, y eché una mirada. Era de dos pisos, de aire decadente, y combinaba con cierta temeridad los rojos y azules opacos. Las ventanas estaban abiertas y la brisa invernal mecía las cortinas transparentes. Me sorprendió que hubiese tantos autos en la cochera, cinco, todos deportivos, convertibles y de colores llamativos. Había algo raro en ese lugar.
A primera vista algo chirriaba entre la descuidada vejez de la casa y la modernidad de los autos. Cada noche, al llegar a casa, ya tarde, me sentaba a leer los correos y encontraba sin falta uno de la española, diciéndome qué cosas le habían gustado o disgustado del programa, qué invitados le habían parecido encantadores, aburridos o repugnantes. Eran textos cortos, bien escritos, salpicados de ironía, en el tono virulento y despiadado que uno puede permitirse cuando es crítico anónimo. Por lo general, estaba de acuerdo con ella. Los personajes que la española encontraba odiosos, embusteros o cobardes también me lo parecían a mí, aunque, claro, yo no podía decirlo en la televisión. Todas las mujeres que venían al programa le caían mal.
Me exigía que fuese implacable con ellas. Era tremenda. “Tengo mucha mala leche”, me dijo en uno de sus correos. “Por eso me caes bien, porque estás lleno de mala leche como yo”, añadió. Yo solía contestar esos correos breve y afectuosamente, en dos o tres líneas, por ejemplo “gracias, me hiciste reír, eres un amor”, o “estás loca, eres genial, no dejes de escribirme”, o “no podría estar más de acuerdo contigo, adoro tu mala leche”, cosas así, que escribía sólo para halagarla.
Una noche me mandó una foto y me pidió que le dijera si la encontraba atractiva. “Sé que tienes novio”, me decía. “Pero también sé que te han gustado algunas mujeres y quiero saber si yo podría llegar a gustarte”. Abrí la foto. Era muy bella, joven, sorprendentemente joven, de unos treinta años y cierta belleza gitana, el pelo negro y largo, los ojos melancólicos, almendrados, el rostro traspasado por una melancolía extraña, que no se adivinaba en sus correos, tan rotundos.
Le escribí enseguida: “Eres muy guapa. Pensé que eras mucho mayor. No se te nota la mala leche. Sabes posar”. Ella escribió: “Estoy casada y amo a mi esposo, y sé que tienes un novio, te he visto con él, pero algún día me gustaría saltarme las reglas y jugar contigo”.
Escribí sin demora: “Siempre me ha gustado saltarme las reglas”. Extrañamente, ella dejó de escribirme varios días. Pensé que se había asustado, que sólo quería flirtear y que, ante la inminencia de un encuentro, se había replegado, temerosa: después de todo, era una mujer casada y tenía que ser prudente. De pronto, la española regresó bruscamente a mi vida. Encontré de madrugada un correo suyo:
“Debo confesarte que hice trampa. La foto que te mandé me la tomaron hace veinte años.
¿Me perdonas? ¿Todavía quieres conocerme?”. No le contesté. No me gustó que me hubiese mentido. Pensé que no debía escribirle más, que era una loca peligrosa. Enojada porque no le escribía, ella siguió enviándome todas las noches sus correos llenos de mala leche. Ya no me hacían tanta gracia. Era evidente que estaba despechada y que odiaba a cualquier mujer que fuese más joven o guapa que ella. La española era una señora rica, loca, casada e infeliz, llena de tiempo libre y frustraciones, como muchas de mis vecinas. Debí cambiar de ruta al gimnasio.
Fui un tonto, me dejé emboscar. Una tarde pasé frente a su casa y ella salió corriendo, cruzó la calle, se plantó frente a mí y me dijo que estaba pasando unos días terribles por mi culpa. Le pregunté por qué me culpaba de su infelicidad. Me dijo: “Porque no me has escrito desde que te dije que esa foto tenía veinte años”. Mientras decía eso, yo pensaba que la foto podía tener no veinte sino treinta años de antigüedad, porque la española lucía el rostro estropeado por tantas cirugías inútiles, que lo habían convertido en una mueca tensa, en el remedo triste de lo que fue, en la caricatura desfigurada de aquella foto en la que todavía tenía una cara verdadera y no esta máscara de ahora. “Lo siento, no he tenido tiempo de escribirte”, dije.
“Me estás haciendo sufrir mucho”, me reprochó. “Eres un mal tío”, dijo. “Esto no se la hace a una dama”.
Pensé: Es que no eres una dama. Pero no se lo dije. Me puse serio y dije con voz cortante: “No tengo tiempo para estas cosas. Estoy apurado”. Y seguí caminando hacia el gimnasio. Al final de la tarde, me eché a dormir la siesta. Desperté asustado, poco después. Alguien golpeaba la puerta de calle. Me puse de pie y acerqué a la escalera. No podía verla, pero escuché su voz llamando mi nombre. Era la vecina española. Volví a la cama y pensé que se cansaría de tocar la puerta.
Me equivoqué. De pronto, la puerta se abrió y sentí su voz dentro de la casa, llamándome. No entendí cómo podía haber entrado, por lo visto había dejado la puerta abierta. La española estaba gritando en mi casa y yo me escondía entre las sombras del segundo piso. “No te escondas, sé que estás arriba, no me obligues a subir”, gritó. Un ramalazo de miedo me recorrió de la cabeza a los pies. Pensé que había venido a matarme o, peor aún, a violarme. Entonces la mala leche se apoderó de mí y me hizo encender la luz de la escalera y gritarle: “¿Qué haces en mi casa, vieja de mierda? Vete ahora mismo, que ya llamé a la policía”. Ella se asomó a la escalera y, para mi sorpresa, mostró unos libros que traía en las manos y me dijo, llorosa: “Sólo quería que me firmaras tus libros”. No me inspiró lástima. “No me da la gana de firmarte nada porque no tienes derecho de meterte así en mi casa”. Ella se quedó allí, mirándome con cara de víctima. “¿No te gusto?”, me preguntó, con la voz quebrada, aguantando el llanto.
“No, nada”, le dije. De pronto ella recuperó el aire regio, me miró con mala cara y sentenció: “¿Sabes por qué no te gusto? Porque no te gustan las mujeres. Tú eres mariquita. Yo no te creo ese cuento de que eres bisexual. Tú eres mariquita y te gusta que te den por el culo”. Ahora la española estaba gritando y me miraba con una mala leche de siglos. Luego tiró mis libros al suelo y gritó: “Y estos libros son una mierda”. Y se marchó haciendo sonar los tacos, dejando la puerta abierta, sabiendo que la policía no llegaría nunca ni yo iría a denunciarla.
No respondí. Pero esa tarde, caminando al gimnasio, pasé frente a su casa, apenas a media cuadra de la mía, y eché una mirada. Era de dos pisos, de aire decadente, y combinaba con cierta temeridad los rojos y azules opacos. Las ventanas estaban abiertas y la brisa invernal mecía las cortinas transparentes. Me sorprendió que hubiese tantos autos en la cochera, cinco, todos deportivos, convertibles y de colores llamativos. Había algo raro en ese lugar.
A primera vista algo chirriaba entre la descuidada vejez de la casa y la modernidad de los autos. Cada noche, al llegar a casa, ya tarde, me sentaba a leer los correos y encontraba sin falta uno de la española, diciéndome qué cosas le habían gustado o disgustado del programa, qué invitados le habían parecido encantadores, aburridos o repugnantes. Eran textos cortos, bien escritos, salpicados de ironía, en el tono virulento y despiadado que uno puede permitirse cuando es crítico anónimo. Por lo general, estaba de acuerdo con ella. Los personajes que la española encontraba odiosos, embusteros o cobardes también me lo parecían a mí, aunque, claro, yo no podía decirlo en la televisión. Todas las mujeres que venían al programa le caían mal.
Me exigía que fuese implacable con ellas. Era tremenda. “Tengo mucha mala leche”, me dijo en uno de sus correos. “Por eso me caes bien, porque estás lleno de mala leche como yo”, añadió. Yo solía contestar esos correos breve y afectuosamente, en dos o tres líneas, por ejemplo “gracias, me hiciste reír, eres un amor”, o “estás loca, eres genial, no dejes de escribirme”, o “no podría estar más de acuerdo contigo, adoro tu mala leche”, cosas así, que escribía sólo para halagarla.
Una noche me mandó una foto y me pidió que le dijera si la encontraba atractiva. “Sé que tienes novio”, me decía. “Pero también sé que te han gustado algunas mujeres y quiero saber si yo podría llegar a gustarte”. Abrí la foto. Era muy bella, joven, sorprendentemente joven, de unos treinta años y cierta belleza gitana, el pelo negro y largo, los ojos melancólicos, almendrados, el rostro traspasado por una melancolía extraña, que no se adivinaba en sus correos, tan rotundos.
Le escribí enseguida: “Eres muy guapa. Pensé que eras mucho mayor. No se te nota la mala leche. Sabes posar”. Ella escribió: “Estoy casada y amo a mi esposo, y sé que tienes un novio, te he visto con él, pero algún día me gustaría saltarme las reglas y jugar contigo”.
Escribí sin demora: “Siempre me ha gustado saltarme las reglas”. Extrañamente, ella dejó de escribirme varios días. Pensé que se había asustado, que sólo quería flirtear y que, ante la inminencia de un encuentro, se había replegado, temerosa: después de todo, era una mujer casada y tenía que ser prudente. De pronto, la española regresó bruscamente a mi vida. Encontré de madrugada un correo suyo:
“Debo confesarte que hice trampa. La foto que te mandé me la tomaron hace veinte años.
¿Me perdonas? ¿Todavía quieres conocerme?”. No le contesté. No me gustó que me hubiese mentido. Pensé que no debía escribirle más, que era una loca peligrosa. Enojada porque no le escribía, ella siguió enviándome todas las noches sus correos llenos de mala leche. Ya no me hacían tanta gracia. Era evidente que estaba despechada y que odiaba a cualquier mujer que fuese más joven o guapa que ella. La española era una señora rica, loca, casada e infeliz, llena de tiempo libre y frustraciones, como muchas de mis vecinas. Debí cambiar de ruta al gimnasio.
Fui un tonto, me dejé emboscar. Una tarde pasé frente a su casa y ella salió corriendo, cruzó la calle, se plantó frente a mí y me dijo que estaba pasando unos días terribles por mi culpa. Le pregunté por qué me culpaba de su infelicidad. Me dijo: “Porque no me has escrito desde que te dije que esa foto tenía veinte años”. Mientras decía eso, yo pensaba que la foto podía tener no veinte sino treinta años de antigüedad, porque la española lucía el rostro estropeado por tantas cirugías inútiles, que lo habían convertido en una mueca tensa, en el remedo triste de lo que fue, en la caricatura desfigurada de aquella foto en la que todavía tenía una cara verdadera y no esta máscara de ahora. “Lo siento, no he tenido tiempo de escribirte”, dije.
“Me estás haciendo sufrir mucho”, me reprochó. “Eres un mal tío”, dijo. “Esto no se la hace a una dama”.
Pensé: Es que no eres una dama. Pero no se lo dije. Me puse serio y dije con voz cortante: “No tengo tiempo para estas cosas. Estoy apurado”. Y seguí caminando hacia el gimnasio. Al final de la tarde, me eché a dormir la siesta. Desperté asustado, poco después. Alguien golpeaba la puerta de calle. Me puse de pie y acerqué a la escalera. No podía verla, pero escuché su voz llamando mi nombre. Era la vecina española. Volví a la cama y pensé que se cansaría de tocar la puerta.
Me equivoqué. De pronto, la puerta se abrió y sentí su voz dentro de la casa, llamándome. No entendí cómo podía haber entrado, por lo visto había dejado la puerta abierta. La española estaba gritando en mi casa y yo me escondía entre las sombras del segundo piso. “No te escondas, sé que estás arriba, no me obligues a subir”, gritó. Un ramalazo de miedo me recorrió de la cabeza a los pies. Pensé que había venido a matarme o, peor aún, a violarme. Entonces la mala leche se apoderó de mí y me hizo encender la luz de la escalera y gritarle: “¿Qué haces en mi casa, vieja de mierda? Vete ahora mismo, que ya llamé a la policía”. Ella se asomó a la escalera y, para mi sorpresa, mostró unos libros que traía en las manos y me dijo, llorosa: “Sólo quería que me firmaras tus libros”. No me inspiró lástima. “No me da la gana de firmarte nada porque no tienes derecho de meterte así en mi casa”. Ella se quedó allí, mirándome con cara de víctima. “¿No te gusto?”, me preguntó, con la voz quebrada, aguantando el llanto.
“No, nada”, le dije. De pronto ella recuperó el aire regio, me miró con mala cara y sentenció: “¿Sabes por qué no te gusto? Porque no te gustan las mujeres. Tú eres mariquita. Yo no te creo ese cuento de que eres bisexual. Tú eres mariquita y te gusta que te den por el culo”. Ahora la española estaba gritando y me miraba con una mala leche de siglos. Luego tiró mis libros al suelo y gritó: “Y estos libros son una mierda”. Y se marchó haciendo sonar los tacos, dejando la puerta abierta, sabiendo que la policía no llegaría nunca ni yo iría a denunciarla.
:: Contemplación de las niñas (12/02)
Antes de salir de compras, Camila lo organiza todo con una minuciosidad admirable, que no sé de quién ha heredado, seguro que no de mí. Se sienta en la computadora, entra en Internet, imprime el mapa interior del centro comercial al que iremos (una hoja por cada piso, por las dudas), selecciona las tiendas que más le interesan, traza el recorrido exacto que haremos bajo su suave mando y elige el restaurante en el que comeremos.
A veces, si tiene tiempo (y ella siempre encuentra tiempo para planear cada pequeño evento familiar), imprime también unas hojas con las fotos o los dibujos de los artículos que desea comprar y calcula cuánto habrá (habremos) de gastar. En alguna ocasión, al llegar al centro comercial, Camila se ha dado cuenta, fastidiada, de que olvidó sus papeles, sus mapas, su detallado plan de compras y actividades, pero, recuperada del mal rato (porque nada le irrita más que perder algo), ha retomado el control y nos ha guiado confiando sólo en su memoria, lo que no deja de asombrarme. Paola, su hermana menor, dos años menor que ella, revela poco o ningún interés en comprar ropa, todo lo contrario de Camila, que sigue con fascinación el mundo de la moda y está siempre buscando combinaciones atrevidas y originales que resalten su belleza adolescente. Paola entra en las tiendas de ropa, echa una mirada displicente, aburrida, curiosea sólo para cumplir conmigo (que le pido que busque bien, a ver si por fin encuentra algo que le guste) y sentencia sin ninguna tristeza, se diría que aliviada, que nada le gusta y que además nada le queda, que no hay ropa de su talla en esa tienda ni en ninguna tienda de toda la ciudad.
En realidad, a Paola, como a mí, la ropa le aburre, y le da igual ponerse cualquier cosa, aunque no le da igual que su hermana se ponga cualquier cosa suya, eso la enfurece y la hace llorar, porque Camila a veces se pone ropa suya sin pedirle permiso y Paola dice que no es justo porque ella tiene mucha menos ropa que su hermana y, a pesar de eso, le quitan la poca ropa que tiene.
Yo naturalmente la defiendo y le sugiero que se compre más ropa, pero ella no quiere comprarse ropa, se aburre, prefiere sentarse en un café conmigo a comer un croissant, mientras su hermana sigue probándose cosas lindas frente al espejo. Paola lo que de verdad quiere es comprar ropa para sus animales en una tienda que se llama Petco y que la hace más feliz que cualquier otra tienda de esta ciudad. Allí sí, ella se entusiasma, despierta, revive, salta y baila de alegría, mientras elige, empujando el carro metálico, ropas, camitas, cochecitos, juegos, comidas, vitaminas y toda clase de sorprendentes chucherías para sus gatos, sus perros, su hurón, sus conejos, su tortuga y sus cotorras amaestradas, a las que está tratando de enseñar que digan nuevas obscenidades. En la casa, Camila disfruta enormemente ordenando y probándose la ropa, ordenando toda la ropa, la suya y la nuestra, lavándola, secándola y desplegándola con sumo cuidado y delicadeza en los cajones de los vestidores. También parece gozar tendiendo las camas, limpiando la cocina, poniendo cada cosa en el lugar exacto en el que, según ella, debe ir.
Yo admiro su amor por el orden y la limpieza, su esmero por hacerlo todo con tanta prolijidad, y me digo en silencio que de mí no ha heredado esas formidables habilidades domésticas (porque no limpio la casa nunca) y que es una maravilla tenerla en la casa, en mi vida. Paola, mientras tanto, se dedica a una de sus más persistentes y curiosas inquietudes: medir la temperatura. Sintoniza el canal del tiempo (mi padre solía hacer eso, le gustaba saber el clima de las principales ciudades del mundo), saca los termómetros que ha comprado, los coloca en lugares estratégicos y, tras unos minutos de impaciente estudio, determina qué temperatura hace en la casa, en la terraza, en el jardín, al sol, a la sombra y en la piscina.
Luego concluye (porque siempre llega a esta conclusión, sin importar si hace más frío o más calor) que debemos meternos a la piscina cuanto antes. Pero la piscina, cuando deslizo los pies en ella, está helada, y entonces Paola multiplica sus esfuerzos para convencerme de que nos metamos juntos, porque sola no le hace ninguna ilusión, y al final consigue empujarme y meterme al agua. Y es allí, en el agua, donde ella parece más feliz. Camila, entretanto, mira películas o lee un libro en inglés o planea el día siguiente. A Paola no le interesa nada de eso, ni el futuro ni los estudios ni el servicio comunitario que, con admirable generosidad, su hermana desea cumplir, para ayudar a que nuestro barrio esté más limpio y ordenado. Paola lo que quiere es zambullirse, bucear, nadar, saltar al agua, sacar de las profundidades de la piscina cosas que me obliga a tirar. Paola encuentra en el agua (de la piscina, del mar, de las duchas a las que se mete varias veces al día) unas formas de felicidad, de euforia, que me dejan maravillado, y que sin duda tampoco ha aprendido de mí. Muy rara vez se pelean (y, cuando eso ocurre, el origen del conflicto suele estar en que una ha usado sin permiso algo que pertenece a la otra, generalmente ropa).
Cuando las encuentro discutiendo, pellizcándose o tirándose cosas, trato de separarlas y distraerlas con una película, cada una en su cuarto, y no preguntar quién tiene la razón ni tomar partido por ninguna, aunque, cuando es inevitable, suelo defender a Paola, no importa que al parecer no tenga la razón, sólo porque es la menor y porque es y será más baja que Camila y porque se saca notas no tan buenas como su hermana y porque es más vulnerable y cuando la humillan se encoge y llora en silencio de un modo que me conmueve, como lloró anoche en el restaurante mexicano, quejándose porque no encuentra en la ciudad una tienda que tenga ropa que le guste y que sea de su talla. No sé si mis hijas son amigas o si lo serán en el futuro, cuando sean adultas, cuando yo no esté. A veces me parece que se quieren y se necesitan, a pesar de que son tan distintas.
En las noches, Camila se pasa siempre a la cama de su hermana y duermen casi abrazadas, Paola hablando dormida cosas que intento descifrar, haciendo rechinar los dientes, quejándose de algo, poniendo cara de sufrimiento, y Camila despertándose una y otra vez, prendiendo luces, viendo arañas en las sombras, viniendo a mi cuarto para preguntarme si no he escuchado unos ruidos extraños, si no será que se acerca una gran tormenta que arrancará el techo de la casa y nos llevará volando. En la mañana, al despertar, las beso largamente, todo lo que me dejan, aspiro el olor de su cuello, de sus mejillas, de su pelo tantas veces lavado, y luego me dicen, siempre preocupadas por mi salud, que vaya a dormir un poco más, porque nos espera un largo día de compras. Y vuelvo a la cama pensando que un día sin ellas no puede ser ya un día feliz.
A veces, si tiene tiempo (y ella siempre encuentra tiempo para planear cada pequeño evento familiar), imprime también unas hojas con las fotos o los dibujos de los artículos que desea comprar y calcula cuánto habrá (habremos) de gastar. En alguna ocasión, al llegar al centro comercial, Camila se ha dado cuenta, fastidiada, de que olvidó sus papeles, sus mapas, su detallado plan de compras y actividades, pero, recuperada del mal rato (porque nada le irrita más que perder algo), ha retomado el control y nos ha guiado confiando sólo en su memoria, lo que no deja de asombrarme. Paola, su hermana menor, dos años menor que ella, revela poco o ningún interés en comprar ropa, todo lo contrario de Camila, que sigue con fascinación el mundo de la moda y está siempre buscando combinaciones atrevidas y originales que resalten su belleza adolescente. Paola entra en las tiendas de ropa, echa una mirada displicente, aburrida, curiosea sólo para cumplir conmigo (que le pido que busque bien, a ver si por fin encuentra algo que le guste) y sentencia sin ninguna tristeza, se diría que aliviada, que nada le gusta y que además nada le queda, que no hay ropa de su talla en esa tienda ni en ninguna tienda de toda la ciudad.
En realidad, a Paola, como a mí, la ropa le aburre, y le da igual ponerse cualquier cosa, aunque no le da igual que su hermana se ponga cualquier cosa suya, eso la enfurece y la hace llorar, porque Camila a veces se pone ropa suya sin pedirle permiso y Paola dice que no es justo porque ella tiene mucha menos ropa que su hermana y, a pesar de eso, le quitan la poca ropa que tiene.
Yo naturalmente la defiendo y le sugiero que se compre más ropa, pero ella no quiere comprarse ropa, se aburre, prefiere sentarse en un café conmigo a comer un croissant, mientras su hermana sigue probándose cosas lindas frente al espejo. Paola lo que de verdad quiere es comprar ropa para sus animales en una tienda que se llama Petco y que la hace más feliz que cualquier otra tienda de esta ciudad. Allí sí, ella se entusiasma, despierta, revive, salta y baila de alegría, mientras elige, empujando el carro metálico, ropas, camitas, cochecitos, juegos, comidas, vitaminas y toda clase de sorprendentes chucherías para sus gatos, sus perros, su hurón, sus conejos, su tortuga y sus cotorras amaestradas, a las que está tratando de enseñar que digan nuevas obscenidades. En la casa, Camila disfruta enormemente ordenando y probándose la ropa, ordenando toda la ropa, la suya y la nuestra, lavándola, secándola y desplegándola con sumo cuidado y delicadeza en los cajones de los vestidores. También parece gozar tendiendo las camas, limpiando la cocina, poniendo cada cosa en el lugar exacto en el que, según ella, debe ir.
Yo admiro su amor por el orden y la limpieza, su esmero por hacerlo todo con tanta prolijidad, y me digo en silencio que de mí no ha heredado esas formidables habilidades domésticas (porque no limpio la casa nunca) y que es una maravilla tenerla en la casa, en mi vida. Paola, mientras tanto, se dedica a una de sus más persistentes y curiosas inquietudes: medir la temperatura. Sintoniza el canal del tiempo (mi padre solía hacer eso, le gustaba saber el clima de las principales ciudades del mundo), saca los termómetros que ha comprado, los coloca en lugares estratégicos y, tras unos minutos de impaciente estudio, determina qué temperatura hace en la casa, en la terraza, en el jardín, al sol, a la sombra y en la piscina.
Luego concluye (porque siempre llega a esta conclusión, sin importar si hace más frío o más calor) que debemos meternos a la piscina cuanto antes. Pero la piscina, cuando deslizo los pies en ella, está helada, y entonces Paola multiplica sus esfuerzos para convencerme de que nos metamos juntos, porque sola no le hace ninguna ilusión, y al final consigue empujarme y meterme al agua. Y es allí, en el agua, donde ella parece más feliz. Camila, entretanto, mira películas o lee un libro en inglés o planea el día siguiente. A Paola no le interesa nada de eso, ni el futuro ni los estudios ni el servicio comunitario que, con admirable generosidad, su hermana desea cumplir, para ayudar a que nuestro barrio esté más limpio y ordenado. Paola lo que quiere es zambullirse, bucear, nadar, saltar al agua, sacar de las profundidades de la piscina cosas que me obliga a tirar. Paola encuentra en el agua (de la piscina, del mar, de las duchas a las que se mete varias veces al día) unas formas de felicidad, de euforia, que me dejan maravillado, y que sin duda tampoco ha aprendido de mí. Muy rara vez se pelean (y, cuando eso ocurre, el origen del conflicto suele estar en que una ha usado sin permiso algo que pertenece a la otra, generalmente ropa).
Cuando las encuentro discutiendo, pellizcándose o tirándose cosas, trato de separarlas y distraerlas con una película, cada una en su cuarto, y no preguntar quién tiene la razón ni tomar partido por ninguna, aunque, cuando es inevitable, suelo defender a Paola, no importa que al parecer no tenga la razón, sólo porque es la menor y porque es y será más baja que Camila y porque se saca notas no tan buenas como su hermana y porque es más vulnerable y cuando la humillan se encoge y llora en silencio de un modo que me conmueve, como lloró anoche en el restaurante mexicano, quejándose porque no encuentra en la ciudad una tienda que tenga ropa que le guste y que sea de su talla. No sé si mis hijas son amigas o si lo serán en el futuro, cuando sean adultas, cuando yo no esté. A veces me parece que se quieren y se necesitan, a pesar de que son tan distintas.
En las noches, Camila se pasa siempre a la cama de su hermana y duermen casi abrazadas, Paola hablando dormida cosas que intento descifrar, haciendo rechinar los dientes, quejándose de algo, poniendo cara de sufrimiento, y Camila despertándose una y otra vez, prendiendo luces, viendo arañas en las sombras, viniendo a mi cuarto para preguntarme si no he escuchado unos ruidos extraños, si no será que se acerca una gran tormenta que arrancará el techo de la casa y nos llevará volando. En la mañana, al despertar, las beso largamente, todo lo que me dejan, aspiro el olor de su cuello, de sus mejillas, de su pelo tantas veces lavado, y luego me dicen, siempre preocupadas por mi salud, que vaya a dormir un poco más, porque nos espera un largo día de compras. Y vuelvo a la cama pensando que un día sin ellas no puede ser ya un día feliz.
:: Mi madre en el mar (05/02)
Camino a la casa de su hermano, que la espera para salir a navegar, mi madre se detiene un momento a visitarnos en la playa. Cuando regreso de correr la encuentro, sentada en la terraza, conversando con Sandra y mis hijas. Se ve estupenda, guapa, delgada. Ya no viste de negro por la muerte de mi padre. No quiere tomar nada porque se siente un poco mareada por los cien kilómetros que ha recorrido en compañía de un chofer y un custodio que la esperan en la sombra con las flores que llevan para su hermano, el tío legendario.
Está serena y feliz, sorprendentemente serena y feliz. Dice que mi padre está ahora en un lugar mejor y que algún día ella se reunirá con él en ese lugar mejor y podrán abrazarse como nunca pudieron abrazarse cuando estuvieron de paso por acá.
“Ojalá”, le digo. “Ojalá, no: así será”, me corrige ella, con su sonrisa infinitamente bondadosa. Luego me cuenta que el año pasado hizo muy provechosas inversiones en la Bolsa de Valores, en ciertas compañías mineras cuyas acciones multiplicaron su valor. Quedo asombrado con la solvencia y naturalidad con que mamá habla de sus astutas movidas bursátiles. Ha ganado dinero, aunque pudo ganar mucho más de no haber vendido a destiempo en un par de ocasiones, mal asesorada por ciertos financistas asustadizos (menciona a uno de apellido Solano), que pensaron que Humala ganaría las elecciones. La escucho en silencio, admirado. Es una mujer distinguida, de modales suaves y apariencia delicada, incluso frágil, pero hay en ella una voluntad de hierro, una fuerza escondida, cierta inquebrantable perseverancia que nace, supongo, del ejercicio diario de la fe.
Mi madre me anima a invertir en la Bolsa con ella. Ya no me anima a ir a misa con ella. Es una manera ingeniosa y conmovedora de buscar alguna forma de complicidad conmigo. Le prometo que seguiré sus consejos financieros, que compraré y venderé lo que ella me diga, que nos haremos muy ricos y me retiraré, por fin, de la televisión. Me dice riéndose que ella no tiene tanta suerte en la Bolsa porque en realidad, bien miradas las cosas, no es suerte, es que cuenta con la asistencia y el auxilio de Dios Todopoderoso, que la ilumina en la lenta, pero segura, expansión de su portafolio.
Luego nos deja varios regalos (manás, chocolates, sobres con billetes para las niñas, un saco que era de mi padre para mí) y prosigue su viaje por la autopista al sur, donde, doscientos kilómetros más allá, en la bahía de Paracas, la espera su hermano, el navegante solitario, legendario por el poder de su inteligencia y la fineza de su humor, que la ha invitado a pasar el fin de semana en su espléndida casa que yo todavía no conozco. Quince minutos después, mientras estoy probándome con algún temor el saco marrón que fue de mi padre, escucho sorprendido que mamá ha regresado.
Nos cuenta, riéndose, que ha ocurrido un percance curioso que no vamos a creer: el chofer y el custodio han cerrado la maletera del auto, dejando las llaves adentro, y ahora no pueden abrir la maletera ni encender el auto. Le pregunto cómo pueden haber dejado las llaves en la maletera y luego cerrarla. Me dice que al acomodar de vuelta en la maletera las flores que ella le lleva a su hermano y que habían sacado de allí para que no se estropeasen con el calor, uno de ellos, el chofer, dejó las llaves en la maletera sin darse cuenta, y luego cerró la puerta, dejando las llaves adentro. No tienen copia de la llave, han forzado la cerradura pero no encuentran manera de abrirla, así que caminarán al pueblo con la esperanza de encontrar a algún cerrajero que les permita recuperar la llave extraviada y seguir viaje hasta la bahía de Paracas.
Mamá está encantada: Dios ha querido que se pierda la llave para que pueda pasar más tiempo con nosotros. Es una señal o un mensaje que ella acata con admirable resignación y alegría. Llama a su hermano por el celular, le comunica las malas noticias (que para ella más parecen buenas) y le dice con envidiable serenidad que si no encuentran un cerrajero en el pueblo, es probable que tenga que quedarse a dormir con nosotros. Apenas corta la llamada, la llevo a un cuarto de huéspedes y le pregunto si le provoca descansar. Me dice que ya se siente bien, que ya le pasó el mareo, que lo que de verdad le provoca es darse un baño de mar. Poco después, sale en un traje de baño negro de una pieza, muy conservador como corresponde, con sombrero de paja y bañada en protector. Mis hijas, encantadas, le echan protector en la espalda.
Antes de bajar a la playa, mamá ve en el jardín las pequeñas tablas de goma o espuma de las niñas (que ellas llaman “morey” o “piti-tablas”) y me pregunta si puede usar una “para correr olitas”. Sorprendido, me río y le cargo la tabla a mamá hasta llegar al mar. “No te olvides que yo, de joven, corría olas a colchoneta en La Herradura”, me dice ella, sonriendo, acomodándose el sombrero. “Y me metía más adentro que todos los hombres y corría las olas más grandes que ellos no se atrevían a correr”. Yo había escuchado esos cuentos de mi madre desde que era chico y pensaba que eran fantasías o exageraciones, pero cierta vez, hace ya veinte años o poco más, conocí a un periodista sabio, bueno y encantador, que fue mi maestro, el gran Manuel D’Ornellas, y él me contó una tarde, almorzando en un restaurante japonés de la calle Miguel Dasso, que, cuando era joven, corría olas en colchoneta con mi madre en La Herradura y que ella bajaba esas olas con una destreza, un arrojo y una inexplicable habilidad que dejaba pasmados a todos los otros muchachos que corrían con ellos y que no se aventuraban a bajar ciertas olas portentosas que mamá conquistaba sonriendo en una colchoneta azul.
Ahora mi madre se echa sobre la tabla amarilla y se aleja de mí, haciéndome adiós, siempre sonriendo, y sobrepasa con suave y antigua pericia unas olas medianas y luego espera y espera y espera, mientras mis hijas y yo la observamos remojándonos las piernas desde la orilla, y de pronto mi hija menor grita “¡olón!“, y algo revive y se agita en la mirada de mi madre, y entonces ella bracea, patalea, se acomoda y, ante nuestros ojos asombrados, se instala en la cumbre de la ola, la posee sin mediar duda alguna y, una vez que la ha conquistado y hecho suya, la baja, recorre, zigzaguea y disfruta como si fuera una de las viejas olas de La Herradura que corría cincuenta años atrás en su colchoneta azul.
Mis hijas la aplauden, maravilladas de tener una abuela que todavía corre olas y que las corre mejor que ellas y sus amiguitas, y yo le pregunto a mi madre si está bien, si no tiene miedo de meterse tan adentro, y ella me mira con sus ojitos santísimos, llenos de bondad, y me dice “no tengo miedo porque Dios es mi tabla, amor, y yo bajo todas las olas con El”. Y yo beso a mi madre en sus mejillas saladas y la quiero más que nunca.
Está serena y feliz, sorprendentemente serena y feliz. Dice que mi padre está ahora en un lugar mejor y que algún día ella se reunirá con él en ese lugar mejor y podrán abrazarse como nunca pudieron abrazarse cuando estuvieron de paso por acá.
“Ojalá”, le digo. “Ojalá, no: así será”, me corrige ella, con su sonrisa infinitamente bondadosa. Luego me cuenta que el año pasado hizo muy provechosas inversiones en la Bolsa de Valores, en ciertas compañías mineras cuyas acciones multiplicaron su valor. Quedo asombrado con la solvencia y naturalidad con que mamá habla de sus astutas movidas bursátiles. Ha ganado dinero, aunque pudo ganar mucho más de no haber vendido a destiempo en un par de ocasiones, mal asesorada por ciertos financistas asustadizos (menciona a uno de apellido Solano), que pensaron que Humala ganaría las elecciones. La escucho en silencio, admirado. Es una mujer distinguida, de modales suaves y apariencia delicada, incluso frágil, pero hay en ella una voluntad de hierro, una fuerza escondida, cierta inquebrantable perseverancia que nace, supongo, del ejercicio diario de la fe.
Mi madre me anima a invertir en la Bolsa con ella. Ya no me anima a ir a misa con ella. Es una manera ingeniosa y conmovedora de buscar alguna forma de complicidad conmigo. Le prometo que seguiré sus consejos financieros, que compraré y venderé lo que ella me diga, que nos haremos muy ricos y me retiraré, por fin, de la televisión. Me dice riéndose que ella no tiene tanta suerte en la Bolsa porque en realidad, bien miradas las cosas, no es suerte, es que cuenta con la asistencia y el auxilio de Dios Todopoderoso, que la ilumina en la lenta, pero segura, expansión de su portafolio.
Luego nos deja varios regalos (manás, chocolates, sobres con billetes para las niñas, un saco que era de mi padre para mí) y prosigue su viaje por la autopista al sur, donde, doscientos kilómetros más allá, en la bahía de Paracas, la espera su hermano, el navegante solitario, legendario por el poder de su inteligencia y la fineza de su humor, que la ha invitado a pasar el fin de semana en su espléndida casa que yo todavía no conozco. Quince minutos después, mientras estoy probándome con algún temor el saco marrón que fue de mi padre, escucho sorprendido que mamá ha regresado.
Nos cuenta, riéndose, que ha ocurrido un percance curioso que no vamos a creer: el chofer y el custodio han cerrado la maletera del auto, dejando las llaves adentro, y ahora no pueden abrir la maletera ni encender el auto. Le pregunto cómo pueden haber dejado las llaves en la maletera y luego cerrarla. Me dice que al acomodar de vuelta en la maletera las flores que ella le lleva a su hermano y que habían sacado de allí para que no se estropeasen con el calor, uno de ellos, el chofer, dejó las llaves en la maletera sin darse cuenta, y luego cerró la puerta, dejando las llaves adentro. No tienen copia de la llave, han forzado la cerradura pero no encuentran manera de abrirla, así que caminarán al pueblo con la esperanza de encontrar a algún cerrajero que les permita recuperar la llave extraviada y seguir viaje hasta la bahía de Paracas.
Mamá está encantada: Dios ha querido que se pierda la llave para que pueda pasar más tiempo con nosotros. Es una señal o un mensaje que ella acata con admirable resignación y alegría. Llama a su hermano por el celular, le comunica las malas noticias (que para ella más parecen buenas) y le dice con envidiable serenidad que si no encuentran un cerrajero en el pueblo, es probable que tenga que quedarse a dormir con nosotros. Apenas corta la llamada, la llevo a un cuarto de huéspedes y le pregunto si le provoca descansar. Me dice que ya se siente bien, que ya le pasó el mareo, que lo que de verdad le provoca es darse un baño de mar. Poco después, sale en un traje de baño negro de una pieza, muy conservador como corresponde, con sombrero de paja y bañada en protector. Mis hijas, encantadas, le echan protector en la espalda.
Antes de bajar a la playa, mamá ve en el jardín las pequeñas tablas de goma o espuma de las niñas (que ellas llaman “morey” o “piti-tablas”) y me pregunta si puede usar una “para correr olitas”. Sorprendido, me río y le cargo la tabla a mamá hasta llegar al mar. “No te olvides que yo, de joven, corría olas a colchoneta en La Herradura”, me dice ella, sonriendo, acomodándose el sombrero. “Y me metía más adentro que todos los hombres y corría las olas más grandes que ellos no se atrevían a correr”. Yo había escuchado esos cuentos de mi madre desde que era chico y pensaba que eran fantasías o exageraciones, pero cierta vez, hace ya veinte años o poco más, conocí a un periodista sabio, bueno y encantador, que fue mi maestro, el gran Manuel D’Ornellas, y él me contó una tarde, almorzando en un restaurante japonés de la calle Miguel Dasso, que, cuando era joven, corría olas en colchoneta con mi madre en La Herradura y que ella bajaba esas olas con una destreza, un arrojo y una inexplicable habilidad que dejaba pasmados a todos los otros muchachos que corrían con ellos y que no se aventuraban a bajar ciertas olas portentosas que mamá conquistaba sonriendo en una colchoneta azul.
Ahora mi madre se echa sobre la tabla amarilla y se aleja de mí, haciéndome adiós, siempre sonriendo, y sobrepasa con suave y antigua pericia unas olas medianas y luego espera y espera y espera, mientras mis hijas y yo la observamos remojándonos las piernas desde la orilla, y de pronto mi hija menor grita “¡olón!“, y algo revive y se agita en la mirada de mi madre, y entonces ella bracea, patalea, se acomoda y, ante nuestros ojos asombrados, se instala en la cumbre de la ola, la posee sin mediar duda alguna y, una vez que la ha conquistado y hecho suya, la baja, recorre, zigzaguea y disfruta como si fuera una de las viejas olas de La Herradura que corría cincuenta años atrás en su colchoneta azul.
Mis hijas la aplauden, maravilladas de tener una abuela que todavía corre olas y que las corre mejor que ellas y sus amiguitas, y yo le pregunto a mi madre si está bien, si no tiene miedo de meterse tan adentro, y ella me mira con sus ojitos santísimos, llenos de bondad, y me dice “no tengo miedo porque Dios es mi tabla, amor, y yo bajo todas las olas con El”. Y yo beso a mi madre en sus mejillas saladas y la quiero más que nunca.
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