El escritor Martín Romaña le manda un fax al escritor Joaquín Camino, pidiéndole que firme una carta pública en la que varios escritores se solidarizan con el escritor Julián López, en respuesta a los ataques del escritor Carlos Gil. (López ha dicho públicamente que tiene cáncer y Gil se ha burlado, diciendo que es un cuento más de López). Romaña no es amigo de Camino, pero se conocen porque Camino lo ha entrevistado en varias ocasiones en su programa de televisión.
La última de esas entrevistas tuvo lugar en Miami, ciudad a la que Romaña viajó desde Francia, invitado por el programa de Camino, con todos los gastos pagados, incluyendo boleto en primera y hotel cinco estrellas. Durante la entrevista, Camino elogió sin reservas a Romaña, a quien admira, y Romaña elogió los libros de Camino. Camino lee el fax y decide no firmar la carta de Romaña. Prefiere no tomar partido en la antigua pelea entre López y Gil (que son ambos, piensa, escritores de innegable talento).
Recuerda que López y Gil lo han atacado en varias ocasiones y no encuentra razones para meterse en ese lío, defendiendo a uno y atacando al otro. No le contesta el fax a Romaña. Supone que entenderá su silencio como un modo elegante (o no tanto) de abstenerse de intervenir.
Unos días después, Camino llama por teléfono a Gil para pedirle que el periódico que dirige dé cobertura a un asunto que él divulgará esa noche en su programa (el caso de un candidato presidencial que niega a su hija).
Antes de despedirse, le cuenta que recibió un fax de Romaña pidiéndole que firmase una carta contra él, pero que prefirió abstenerse. Gil le pregunta qué otros escritores han firmado esa carta. Camino menciona dos o tres nombres. Los días siguientes, Gil ataca en su periódico a Romaña y a los escritores que han firmado el comunicado contra él, que aún no ha sido publicado. Camino lee esos ataques y piensa que son excesivos, injustos y venenosos, pero, al mismo tiempo, divertidos: es el estilo de Gil, y si Romaña y sus amigos pensaban atacarlo en un comunicado, debían esperar alguna respuesta de él, en ese tono tremendo y despiadado que es el suyo (y en el cual ha atacado también, en más de una ocasión, a Camino, llamándolo, por ejemplo, “hijo bastardo de la derecha peruana” o “escritor de libros de cincuenta céntimos”).
El escritor Romaña y su amigo López se enojan con Camino y lo acusan de traición por haberle contado a Gil que estaba circulando esa carta y que se había negado a firmarla. Romaña ataca a Camino en cuanta ocasión puede. A pesar de que en el programa de Camino había dicho que le gustaban sus libros, ahora dice todo lo contrario. En una feria del libro en Lima, dice que los libros de Camino han envejecido y ya nadie los lee.
En un periódico de Santiago (en el cual Camino escribe una columna semanal), dice que es un escritor frívolo, superficial, entregado a la televisión y la mercadotecnia. En una revista de Santiago, se declara amigo entrañable del padre de Camino (de quien nunca fue amigo) y dice que los libros de Camino contra su padre (que son novelas, pero Romaña, que es novelista, pasa por alto ese detalle) le han dolido mucho, porque él puede dar fe de que el padre de Camino es una gran persona. Camino no responde esos ataques.
Siempre que le preguntan por Romaña, lo elogia sin reservas. Sin embargo, aunque no lo dice en público, está dolido. Piensa que Romaña ha actuado de un modo mezquino e injusto con él. Piensa que tenía derecho de no firmar ese comunicado y decírselo a Gil. Y piensa que no es responsable de las cosas virulentas que Gil escribió contra Romaña y los demás escritores que firmaron esa carta (que, en primer lugar, cree que nunca debieron publicar).
Por lo demás, se pregunta: si Gil se hubiese enterado del comunicado leyéndolo en la prensa y no por teléfono, ¿acaso no hubiera atacado a sus enemigos con la misma ferocidad? En alguna feria del libro, Romaña y Camino coinciden pero no se saludan, se ven a lo lejos, se ignoran educadamente. Tiempo después, Camino se encuentra con Romaña en un evento que organiza la editorial en la que ambos publican sus libros. Camino improvisa un discurso, a pedido de la editorial. Elogia a Romaña, pide aplausos para él, lo aplaude con entusiasmo.
Luego de los discursos, Romaña y Camino se reconcilian, se dicen cosas amables, se ríen, les hacen fotos. Camino se siente en paz porque siempre admiró a Romaña y le entristecía que por culpa de un malentendido (o un error: no contestar ese fax, disculpándose por no firmarlo, que habría sido lo educado, y luego quedarse callado, que habría sido lo prudente) las cosas se hubiesen agriado entre ambos. Tiempo después, la prensa descubre que Romaña ha publicado en un diario de Lima varios artículos con su firma, que antes habían sido publicados por otras personas en diarios y revistas de distintos países.
Romaña (que ya había sido acusado de otro plagio) niega el plagio y culpa a su secretaria.
Camino piensa que resulta arduo creer que la secretaria de Romaña, en un descuido repetido y sistemático, enviaba a un periódico de Lima artículos publicados por otras personas en ciertos periódicos y revistas, tomándose el trabajo de cambiar algunas palabras, y que esos artículos salían publicados con la firma y la foto de Romaña, pero él, que no los había escrito, no se tomaba la molestia de aclarar que estaban publicando como suyos unos textos que él no había escrito y que, según su versión, su secretaria enviaba por error, una y otra vez (debidamente retocados). Camino se ríe cuando lee la versión de Romaña y recuerda que hace tiempo un amigo le contó que Romaña no escribía los artículos que firmaba en Lima.
De hecho, a Camino ya le había parecido, al leerlos, que esos artículos, tan serios, tan densos, tan llenos de estadísticas, no respondían para nada al estilo ingenioso, distraído y coloquial que hizo famoso al novelista Romaña.
Camino decide no dar declaraciones al respecto. No quiere atacar a Romaña ni burlarse de él. Pero un diario de Santiago (en el cual escribe una columna semanal, el mismo en el cual Romaña lo atacó más de una vez) le pide una opinión sobre el escándalo.
Camino responde que prefiere abstenerse. La periodista le dice que publicará que no quiso declarar.
Camino cambia de opinión y declara: “Pasará el escándalo del plagio y quedarán las grandes novelas de Martín Romaña, que sigue siendo un escritor admirable”. Ese fin de semana, en su programa de televisión, Camino hace algunas bromas sobre el escándalo: presenta la foto de la secretaria (una vedette que no se distingue por su inteligencia) y la portada de la nueva novela de Romaña (“Un mundo para Google”). Días después, una amiga de Romaña se encuentra con Camino en un aeropuerto y le dice, indignada: “Qué barbaridad lo que le has hecho al pobre Martín”.
Camino responde: “Sólo hice unas bromas tontas. En todo caso, la barbaridad no es que yo haga bromas, sino lo que hizo Martín”. Y se va deprisa a tomar un avión, pensando que las lealtades más fugaces suelen ser las de los escritores.
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