11.9.07

:: Celos (27/08)

Un tal Gonzalo Briones me escribe un correo electrónico que dice: “Sólo necesito me expliques hasta dónde llegó tu relación con mi mujer. Espero honestidad de tu parte por respeto a mis hijos”.
No sé quién es Gonzalo Briones. No lo conozco. Si lo conocí, no lo recuerdo. No sé quién es su mujer. Si la conocí, tampoco la recuerdo. Si no los conozco o no los recuerdo, mi relación con la mujer de Gonzalo Briones no existió, salvo en la imaginación afiebrada de Gonzalo Briones, o si existió no llegó a ninguna parte, o a ninguna de las partes que, envenenado por los celos y el rencor, imagina el pobre Gonzalo Briones.
Por la dirección de su correo electrónico, puedo suponer que Gonzalo Briones es chileno, aunque podría no serlo o podría incluso no llamarse así. Como no sé quién es Gonzalo Briones ni a qué mujer alude, y como parece penoso que invoque a sus hijos para investigar indebidamente la conducta íntima de su mujer, y como además parece abusivo que me escriba sin conocerme pidiéndome una confesión sobre mi vida sexual o mis supuestos amores furtivos, decido prudentemente no escribirle.
Pero Gonzalo Briones está poseído por la fiebre de los celos, esa enfermedad miserable y humana, que suele ensañarse con los más débiles, y no quiere o no puede tolerar mi silencio. Por eso vuelve a escribirme en ese tono seco y agresivo que es el suyo: “Explícame esto. Esto me sorprende dado (sic) tu condición de homosexual o bisexual. ¿Tuviste sexo con mi mujer? Espero tu respuesta”.
Luego reproduce dos correos: uno que me escribió Francisca Correa, su mujer, y otro que yo le escribí a Francisca. Al leerlos, descubro por fin quién es la mujer de Gonzalo Briones, la mujer que él sospecha que se acostó conmigo. La conocí hace seis o siete años en Santiago de Chile. Trabajaba en televisión. Era simpática, ocurrente, un poco loca. Quería escribir un libro de cuentos. Me había leído. Le di mi correo electrónico.
Me escribió. Gonzalo Briones copia uno de esos correos que me escribió Francisca, su mujer: “Mi entrañable y más querido guapo: El embarazo me tiene invernando. No voy a lugares de moda y cada día me da más pereza aparecer en la tele. El matrimonio como siempre en altos y bajos. A veces pienso que mi marido es un ángel por su paciencia. Créeme que a veces no le hablo, le ladro. No porque no lo quiera, sino porque soy mañosa y lo reconozco. Pero lo extraño de esta relación es que cuando me siento enamorada, con ganas de tirar rico, es él quien se aleja, se abstrae. Pero cuando yo me alejo, no quiero estar con él y me cae realmente mal, anda baboso detrás de mí. El mundo anda al revés y al parecer, estoy condenada a una relación inestable.
Ahora te toca a ti. Dónde estás, cuándo vienes, qué escribes y cuánto me quieres. Te extraño mucho, muchos besos, Fran”. Enseguida Gonzalo Briones copia un correo que le escribí a su mujer: “Mi niña linda: Te amé mucho leyendo tu mail. Estoy en Lima. Llegué esta madrugada con las niñas y regreso esta noche a Miami porque quiero seguir con la novela. Hace un mes que no escribo y eso me inquieta mucho. Ando medio aturdido por el viaje, pero sólo quiero decirte que te quiero y que tu bebé tiene mucha suerte de tenerte como mamá. Besos”.
Gonzalo Briones cree o quiere creer que su mujer y yo fuimos amantes y esos dos correos le sirven como prueba. Su mujer me dice “mi más querido guapo” y “dime cuánto me quieres”. Yo le digo “mi niña linda” y “te amé mucho” y “te quiero”. Estoy condenado. Gonzalo Briones ha espiado los correos de su mujer (quién podría reprocharle esa humana debilidad) y parece convencido de que su mujer lo engañó conmigo. Aunque sé que sería mejor no escribirle y mantenerme al margen de esa triste querella doméstica, le escribo: “Estimado Gonzalo: Lamento el tono y la urgencia de tus correos porque supongo que estás pasándola mal.
Sólo una persona que ama con desesperación (como a veces inevitablemente es el amor) haría lo que has hecho tú, que es escribirme con una aspereza innecesaria, pidiéndome unas explicaciones que no tendría por qué darte, pero que elijo darte porque no quiero que sufras más de lo que en apariencia ya estás sufriendo. No, nunca tuve ninguna aventura sexual con Francisca.
Fuimos brevemente amigos de escribirnos mails cariñosos, nada más que eso. Creo que no debiste escribirme en ese tono tan violento, pero no pasa nada, el amor es así y uno hace locuras a veces. Te deseo lo mejor. Espero que encuentres serenidad y sabiduría para comprender y perdonar los defectos de los otros, que a veces son más pequeños que los nuestros. Que pase el mal momento. Abrazos”. Pensé que Gonzalo Briones me agradecería por escribirle unas líneas amables que bien podría haberme ahorrado. Me equivoqué.
No tardó en escribirme: “Creo que actuaste de forma justa al responderme. De todas formas obras mal al aprovecharte de tu fama haciéndote dueño de la debilidad de algunos. Sacas lucro de esto sin medir los daños para familias e hijos que no tienen por qué vivir la inmundicia de mundo en el cual te manejas. Quizá para ti son actos furtivos sin mayor importancia pero para el resto es la vida. Mídelos porque tarde o temprano alguien te pasará una cuenta muy cara que no podrás pagar.
Espero nunca más ni yo ni Francisca sepamos de ti”. Ofuscado porque su respuesta mezquina y amenazante me confirmó que no debí escribirle una sola palabra, le escribí: “Me dices que mi vida es ”una inmundicia“. En efecto, lo es. Nunca limpio las casas en las que vivo. Están llenas de polvo y arañas. Me gusta vivir así. Me he acostumbrado a la inmundicia.
Soy felizmente inmundo. Si algún día quieres ayudarme a limpiar la inmundicia que me rodea, prometo comprar dos escobas, una para ti y otra para mí. Te espero con todo mi cariño y mi inmundicia”. Por fortuna, Gonzalo Briones no volvió a escribirme. Pero Francisca, su mujer, que no me había escrito en años, me sorprendió: “Disculpa el malentendido.
Me avergüenza, sobre todo al tener la certeza de que nuestros mails fueron sólo de cariño, e incluso más mío que tuyo. Además, hace tantos años que no sé de ti. Como te podrás imaginar las cosas por mi lado no andan tan bien como me gustaría y tú no tienes nada que ver en este baile. En fin, te pido disculpas nuevamente”. No pude evitar la odiosa tentación de amonestar cordialmente a Francisca. Por eso le escribí: “No te preocupes, no es culpa tuya. Pero una persona inteligente, o cuando menos bondadosa, no escribiría las cosas que este pobre hombre me escribió. Puedo entender los celos, pero no la estupidez. Lo siento por ti. Besos, todo lo mejor”. Francisca me escribió de vuelta: “Nuevamente me avergüenza todo esto. La verdad es que él perdió la perspectiva de las cosas. Nadie tiene derecho a referirse de esa manera a tu persona. Te pido disculpas”.
Gonzalo Briones no ha vuelto a escribirme. Es una lástima. Mi vida, que, como él advirtió con perspicacia, ya era una inmundicia sin sus correos, es todavía más sucia y hedionda cuando no me escribe. Ahora que Gonzalo Briones lea su nombre impreso en esta página que otros leerán y me odie un poco más, quizá vuelva a escribirme. Me encantaría. Después de todo, ¿para qué escribimos las personas inmundas, si no para fastidiar a los espíritus limpios, inmaculados, impolutos como el de Gonzalo Briones?

:: Las leyes del fútbol (20/08)

En el fútbol no hay individuos, hay “individualidades”. Es de presumir que una individualidad es un individuo de notables cualidades. En una cancha de fútbol están las individualidades y están los demás, que son la mayoría. Curiosamente, si bien hay individualidades, no hay colectividades. La suma de individualidades no hace una colectividad. Nunca un equipo de fútbol es una colectividad. Hay, sí, colectivos, en los que se desplazan las individualidades y los demás. Por fortuna existen jugadores que “desequilibran”, pero no existen los que equilibran o si existen nadie los menciona porque son eclipsados por los que desequilibran. Los futbolistas que desequilibran son “cerebrales”. Sólo las individualidades pueden ser cerebrales. Es de suponer que son llamadas así porque usan el cerebro durante el juego (y quizá también antes y después, aunque eso ya no está claro). Los demás, los que no desequilibran, al parecer juegan sin usar el cerebro o usándolo mal. Un gol muy vistoso no será nunca una novela o un cuento, pero sí “un poema”. Del mismo modo, un gol muy bello podría ser “una pintura” o “una pinturita”, pero nunca una escultura. A un gol que es “un poema” habría que “ponerle un marco”, pero a un gol que ya tiene marco nunca habría que escribirle un poema. Un “cirujano” es alguien que hace daño físico a las personas, nunca alguien que las deja mejor de lo que estaban. Los espectadores violentos son “desadaptados”, pero se ignora a qué se han adaptado los pacíficos (o si esa adaptación será duradera o es sólo provisional). No parece fácil que un desadaptado se adapte, pero sí que un adaptado se desadapte (para lo cual sólo hace falta que el árbitro sancione un penal inexistente a los ojos del espectador adaptado). Cuando un jugador se arroja al césped “se tira a la piscina”, pero cuando lo arrojan no “cae a la piscina”. Si bien suele decirse que un equipo que se defiende “juega al contragolpe”, nunca se dice que uno que ataca “juega al golpe”.
Hay equipos, sin embargo, que juegan, al mismo tiempo, al golpe y al contragolpe, lo que parecería una contradicción pero no lo es. Si un equipo “matemáticamente” tiene opción de seguir en la competencia, podemos considerar que sus opciones son ínfimas o nulas. Las matemáticas tienen muy mala fama en el fútbol.
Cuando alguien pierde un gol que prometía ser muy hermoso, ciertos locutores suelen decir “si lo hacía, cerrábamos el estadio”. Sin embargo, cuando se marca un gol vistoso, esos locutores, ofuscados por la emoción, se olvidan de pedir que se cierre de inmediato el estadio. Es frecuente que los jugadores que han perdido digan que el árbitro les robó el partido. No lo es que los que han ganado digan que el árbitro les regaló el partido. Cuando un jugador no suelta la pelota, “se engolosina” con ella. Pero si la suelta, no puede decirse que ha compartido la golosina.
Si un jugador “va al choque” y golpea al rival, se dice que “no entró con malas intenciones”. Sin embargo, no entrar con malas intenciones no equivale a entrar con buenas intenciones. Equivale a entrar sin intenciones, de modo que el golpe resulta un accidente, no un cálculo deliberado. Las intenciones sólo son evidentes en el fútbol, no en las demás actividades humanas. Una “pelota dividida” no es una pelota partida o fragmentada, a ser repartida entre varios, sino una cuya disputa propicia un forcejeo o cierta aspereza física. A veces, una “pelota dividida” deja dividido, o casi, el cuerpo del atleta.
Un penal indudable es aquel que favorece al equipo de nuestras simpatías; uno dudoso es aquel que favorece a los demás. Si un futbolista “hace una chilena”, no quiere decir que ha procreado a una mujer de esa nacionalidad, sino que ha ejecutado una complicada pirueta de espaldas al arco rival. La chilena goza de excelente reputación en el fútbol. Es la nacionalidad más admirada.
Todos los días, muchas personas hacen chilenas (a veces ejecutando piruetas complicadas), pero la mayor parte de ellas no podrían “hacer una chilena” en un campo de fútbol (y no por razones de pudor). El fútbol no parece un juego homofóbico. Si un varón “le hace un túnel” a otro, esa circunstancia será muy elogiada y aplaudida.
Lo mismo ocurrirá si “le hace un caño”, que probablemente se trata de una perforación menos ancha. El diámetro del orificio suele ser estudiado, precisado y celebrado por los locutores. Pero el hecho mismo de que un varón busque y ensanche el orificio del adversario es considerado un acto admirable, por lo arduo y peligroso de su ejecución. Se presume que el árbitro es un ladrón hasta que no demuestre lo contrario.
Sólo puede demostrarlo favoreciendo solapada o descaradamente al equipo de nuestras simpatías. El fervor religioso se multiplica en las tribunas cuando se cobra un penal.
En los instantes previos a su ejecución, los ateos y agnósticos virtualmente desaparecen y no son pocos los que reanudan un diálogo encendido con Dios, hecho de súplicas, ruegos y promesas.
Unos elevan sus plegarias para que el penal se convierta en gol; otros rezan desesperados para evitarlo. Un jugador “pecho frío” es repudiado por su serenidad. Se espera que los futbolistas tengan el pecho caliente o, mejor todavía, ardiendo. El aplomo no está bien visto en el fútbol. Se lo considera un defecto. Es un gran mérito que alguien haga “una palomita”. Los futbolistas que hacen palomitas son muy admirados. No lo son, en cambio, quienes las hacen en las puertas de los cines. La “lotería de los penales” es la única en el mundo en la que los participantes tienen un cincuenta por ciento de probabilidades de ganar. Sin embargo, nadie quiere jugar esa lotería.
Si un futbolista “está concentrado”, no significa que está pensando, meditando o reflexionando, sino que se encuentra durmiendo fuera de su casa, en un hotel. Los aficionados suelen exigir que los jugadores “suden la camiseta”. Por lo general se considera que un jugador malo suda poco o no suda nada. La excesiva transpiración, que en otras actividades humanas sería indeseable, una señal de mala salud, es vista en el fútbol como una muestra de ética profesional.
Pero esa copiosa sudoración debe confinarse a la parte superior del atleta, si quiere ser admirado. Pues si hubiera alguno que, en lugar de sudar la camiseta, sudase el pantalón, no merecería ya los mismos elogios y quizá sería víctima de reproches y suspicacias. No se recuerda a nadie pidiéndole a un jugador que sude más el pantalón. Se dice que los futbolistas juegan “por amor a la camiseta”, pero acabado el juego, cambian de camiseta con los rivales. Es un amor efímero e intercambiable. Un partido dura noventa minutos. Nunca dura una hora y media. Dura noventa minutos, que no es lo mismo. Un futbolista virtuoso es “un poeta”, nunca un narrador.
A un jugador alto se le pide que “vaya bien por arriba”, pero a uno bajo no se le pide que “vaya bien por abajo”. Cuando alguien simula estar golpeado y exagera cierto dolor para ganar tiempo, se dice que “está haciendo teatro”, nunca que está haciendo cine o televisión, a pesar de que muchas veces está actuando en televisión.
En el fútbol, las cosas no ocurren, no suceden, no se ejecutan, no se cumplen: las cosas “se dan”. Cuando un equipo gana, “se dieron” las cosas. Cuando pierde, “no se dieron”. Se ignora quién da las cosas y por qué las da o deja de dar. A eso se le llama “la magia del fútbol”.

:: Dinero (13/08)

Cuando era niño, robaba dinero de la billetera de mi padre, mientras él se duchaba. No lo hacía porque necesitase el dinero (aunque tampoco venía mal para comprarme dulces, bebidas y helados en el quiosco del colegio).
Robaba por puro placer. Nunca me pilló, nunca me dijo que le faltaba dinero, nunca sospechó de mí (o, si lo hizo, no me lo dijo). Cuando llegábamos al colegio, después de un viaje largo y enredado por carretera, que duraba una hora o poco más, sacaba su billetera si estaba de buen humor y me daba dinero por si me pasaba algo malo.
“Es un fondo de emergencia”, decía. Yo me sentía mal porque ya tenía escondido en las medias el billete que le había robado.
Mi padre no era un hombre rico pero vivía como si lo fuera porque así lo habían acostumbrado desde niño sus padres, que tenían mucho dinero gracias a su habilidad para los negocios y una disciplina de hierro.
Vivíamos en una mansión de película en las afueras de la ciudad, una casa de jardines interminables sobre diez mil metros cuadrados, que mi padre no había comprado, pues le fue regalada por su padre. Antes habíamos vivido en un departamento frente al club de golf, que mi abuelo también le regaló. Cuando me preguntaban en el colegio a qué se dedicaba mi padre, yo decía: “Es gerente”.
Lo decía porque esa palabra sonaba bien y porque era verdad. Fue gerente de una compañía de autos norteamericana, la General Motors, hasta que la compañía decidió irse del Perú y él, ya con muchos hijos, decidió quedarse. Fue gerente de un banco; de una compañía sueca de autos, la Volvo; de una fábrica de explosivos; y de un club hípico, el Jockey.
Ya enfermo de cáncer, trabajó en una compañía minera gracias a la generosidad de su cuñado, un hombre de inmensa fortuna que tuvo la nobleza de ayudarlo en aquellos momentos difíciles, a pesar de que en otros tiempos habían tenido ciertos desencuentros. No siendo mi padre un hombre de espíritu empresarial, pues tal vez carecía de confianza en sí mismo para correr riesgos y fundar un negocio propio, era honrado, disciplinado y laborioso, virtudes que sus jefes no tardaban en reconocer, y contaba con un apellido de prestigio en el mundo de los negocios, que le había sido legado por su padre, que se llamaba como él y era muy respetado por los banqueros y empresarios de la ciudad.
Al morir su padre, no pudo recibir, como hubiera querido, la parte de la herencia que le correspondía. Tuvo que esperar a que su madre, una mujer bondadosa, que lo quería mucho, muriese también. Recién entonces pudo heredar el dinero que necesitaba para sentirse más tranquilo y no tener que ir a trabajar todas las mañanas como gerente de alguien. Nadie esperó que hiciera lo que hizo: dividió la mitad de su herencia en diez partes iguales, la repartió entre sus diez hijos y anunció que seguiría trabajando como gerente porque no quería quedarse todo el día en la casa, aburrido de no hacer nada.
Sus hijos, sorprendidos, recibimos ese dinero como “adelanto de herencia”, así lo llamó mi padre.
En aquel momento yo vivía en Washington, estaba escribiendo mi primera novela y no quería saber nada de mi padre, no contestaba sus llamadas, estaba furioso con él. Sin embargo, depositó en mi cuenta bancaria la parte de la herencia anticipada que había decidido regalarme. No le agradecí. Algún tiempo después, mi novela salió publicada.
Gracias al dinero que me regaló mi padre, pude terminar de escribirla. Irónicamente, él fue uno de los principales damnificados de la novela, pues uno de los personajes se le parecía mucho. Sin leerla, me había pedido que no la publicase. Sabía que sería un escándalo que él quería ahorrarle a la familia. Quería salvar el prestigio del apellido que yo estaba a punto de mancillar.
Cuando, para mi sorpresa, la novela se convirtió en un éxito de ventas en España y empecé a recibir las regalías, decidí devolverle el dinero que me había dado como herencia. De paso por Lima, lo envié a su casa, con una nota que decía: “Creo que no merezco quedarme con esta plata. Es tuya”.
No me agradeció. Nunca me dijo una palabra sobre eso. Años más tarde, mi padre fue acusado, como gerente del Jockey Club, de firmar unas facturas sobrevaluadas. Lo enjuiciaron. Negó que hubiera hecho algo indebido. Dijo que se limitó a firmar los papeles que le pidieron que firmase y que nunca obtuvo un beneficio ilícito a cambio de eso. Enterado de sus dificultades, lo llamé y le ofrecí la ayuda de mi abogado, un amigo muy querido. Nos reunimos con varios abogados, ante los cuales mi padre tuvo que pasar por el trance bochornoso de explicar, sentado a mi lado, los enredos de las facturas sospechosas, y finalmente decidió contratar los servicios de mi amigo.
Le dije que yo pagaría los honorarios de su abogado, durase lo que durase su defensa legal. Me agradeció, conmovido. No nos abrazamos. Nunca nos abrazamos. Pero quizá en ese momento estuvimos cerca de abrazarnos. El juicio fue largo y lleno de ramificaciones complicadas.
Al final, gracias a la astucia de su abogado, mi padre fue absuelto de todos los cargos. Fue un gran triunfo para él. Me sentí en parte responsable de esa victoria.
Ya no recuerdo cuál fue la naturaleza del escándalo que volvió a distanciarnos, pero probablemente tuvo que ver con mi renuencia a esconder o disimular mi bisexualidad, un tema que le incomodaba y del que prefería no hablar (quizá porque sentía que yo no era tal cosa y hacía alarde de ella para humillarlo). Lo cierto es que, tras largo tiempo sin hablarnos, me escribió un correo electrónico contándome que había vendido la mansión campestre de mi infancia y preguntándome si quería que me devolviese el dinero que le había pagado a su abogado por prestarle esos valiosos servicios.
Debí decirle que ese dinero había sido una contribución desinteresada y que no tenía que devolverme nada. Pero, como estaba ofuscado con él, le escribí diciéndole que me parecía justo que me devolviese la mitad de lo que le había pagado a su abogado y que debía entregarle esa suma a la madre de mis hijas.
A los pocos días, me escribió diciéndome que mi madre no estaba de acuerdo con lo que yo había pedido, pues ella pensaba que los honorarios del abogado no habían sido un préstamo sino una contribución generosa de mi parte y por lo tanto no cabía que me devolvieran nada. Aunque no me lo dijo (y eché de menos que lo dijera), pareció que él estaba de acuerdo con ella. Desde entonces, y hasta los días previos a su muerte, dejamos de hablarnos.
Ahora creo que fue una mezquindad pedirle que le diese a mi ex esposa la mitad de lo que yo le había pagado a su abogado. No necesitaba ese dinero, como no lo necesitaba cuando lo sacaba de su billetera. Sólo quería que, en ese largo forcejeo de orgullos y vanidades que fue nuestra historia, él, por una vez, cediera ante mí.
Tres días antes de morir, en la cama de una clínica, mi padre pidió un helado. Bajé a comprárselo y lo llevé a su cama. Mientras lo saboreaba lentamente, me miró con cariño y me preguntó: “¿Te debo algo?”. No me debía nada, por supuesto. Era yo quien le debía el abrazo que nunca pude darle.

:: Extrañas formas de sabiduría (06/08)

Vuelvo a Buenos Aires después de cinco semanas. Los diarios anuncian días helados. No me preocupa demasiado. Al pie de la cama tengo una estufa portátil que sopla aire caliente (robada de un hotel chileno y a la que llamo “soplapollas”), que es como mi mascota y me previene de resfriarme. Le digo al chofer que me lleve a San Isidro, pero no por la general Paz, que a esa hora, las ocho de la mañana, suele ser un enredo intransitable, sino por una ruta alternativa, Gaona y Camino del Buen Ayre. El chofer me dice que me costará veinte pesos más. Le digo que no importa y que acelere. Me dice que nos pueden tomar una foto y multarnos. Le digo que en ese caso pagaré la multa. Salvo el cansancio, nada me exige llegar pronto a casa. Pero llevo la prisa del viajero frecuente, que, sin pensarlo, impulsado por una antigua costumbre, quiere ser el primero en salir del avión, pasar los controles, subir al taxi y llegar a casa, como si fuese una competencia con los demás pasajeros o con uno mismo, como si quisiera batir una marca personal. Después, al llegar a casa, desaparece esa inexplicable premura, esa urgencia ciega, y puedo pasar una hora frente a la computadora, leyendo diarios y correos que tal vez no debería leer. Duermo pocas horas. Sueño con celebridades. Es una extraña y alarmante costumbre la de soñar con celebridades. Al despertar, llamo al restaurante alemán, digo que estaré allí en quince minutos y pido la comida. De todos los restaurantes que he visitado, es el que más feliz me ha hecho. Se llama “Charlie’s Fondue”. Está en Libertador y Alem. Cuando estoy en San Isidro, almuerzo allí todos los días, y a veces también voy a cenar. Después de almorzar, voy a cortarme el pelo con Walter. Atiende en “Walter Pariz”, con zeta, en la calle Martín y Omar, casi esquina con Rivadavia. Me hice su cliente en otra peluquería, pero tuvo el valor de abrir su propio negocio y no dudé en acompañarlo. Es un joven amable y emprendedor. Me habla de su hija, me muestra fotos de ella. Me habla de San Lorenzo, su otra pasión. Me corta el pelo mejor que ningún peluquero de Miami o Nueva York. Me cobra doce pesos, veinte incluyendo la propina. Le digo que nos veremos en tres semanas, cuando regrese al barrio. Paso por la clínica San Lucas. Me acompaña Martín, mi amigo más querido. Su hermana Candy sigue enferma, batallando contra un cáncer que no cede. Entramos a la habitación. Sus padres me saludan con cariño. Candy está muy delgada. Tiene un calefactor encendido a su lado, en la cama. Me impresiona su lucidez. Hablamos de viajes, del que hizo a Río con Martín, a Sudáfrica con su hermana, del que su padre hizo a Londres. La televisión está prendida en un programa de chismes. De pronto, se queja de estar así, postrada y entubada en un sanatorio, con sondas y sueros y toda clase de dolores y molestias inenarrables por los que una mujer de su edad, apenas treinta años, no debería pasar. Sin quebrarse ni compadecerse de su propia suerte, con una firmeza y un coraje admirables, dice: “Quiero que me saquen todo esto y me dejen volver a casa. Si me voy a morir, prefiero morirme antes. No tiene sentido vivir así, para que puedan venir a visitarme”. Se hace un silencio. Nadie sabe qué decir. Yo la admiro sin reservas. Al despedirme, le doy un beso y le digo que la quiero mucho. Es muy difícil creer en Dios cuando el destino embosca a una mujer tan joven y se ensaña con ella. Los días siguientes grabo mis entrevistas de televisión. No deja de ser una ironía que aparezcan en un programa de modas y glamour, dos asuntos que desconozco por completo. Voy con la misma ropa todos los días, el mismo traje, la misma corbata, los mismos zapatos viejos de liquidación. Llevo tres pares de medias, por el frío, que no da tregua. Lo que más me gusta de ir a la televisión es conversar con las señoras de maquillaje. Son tres y poseen extrañas formas de sabiduría, además de un número no menor de chismes. Me cuentan el más reciente: una diva, harta de esperar a una actriz joven, que demoró una hora en llegar a las grabaciones, entró al cuarto de maquillaje, le gritó a la actriz: “¡Sos una negra culosucio!” y la abofeteó. Ellas, que presenciaron la escena, le dan la razón a la diva. Lo que menos me gusta de ir a la televisión es que me maquillen con esas esponjas sucias, trajinadas, olorosas, impregnadas de cientos de rostros célebres y ajados, bellos y estirados, falsos y admirados. Me digo en silencio que en mi próximo viaje llevaré mis propias esponjas, pues parece riesgoso que a uno le pasen por la cara tantas horas de televisión, tantas partículas diminutas de tantos egos colosales que terminan confundidas en mi cara de tonto, junto con la base, el polvo y la sonrisa más o menos impostada. Pero los mejores momentos no son los que ocurren en la televisión sino en mi barrio de San Isidro, por el que, a pesar del frío y una llovizna persistente, me gusta caminar sin saber adónde ir, dejando que me sorprenda el azar. Voy al almacén de la esquina a comprar cosas que no necesito, sólo para conversar con las chicas empeñosas que allí atienden. Paso por la tienda de discos a comprar discos que no voy a escuchar, sólo para hablar con los chicos suaves que me saludan con cariño. Entro a la tienda de medias polares y me quejo del frío y me llevo varios pares más, deben de pensar que voy a esquiar. Compro champús franceses, sólo para darme el placer de preguntarle a la señora francesa muy mayor, que no para de fumar, qué champú le vendría mejor a mi tipo de pelo, y ella da una bocanada, echa humo, tose, pierde felizmente un poco de vida, me toca el pelo grasoso y recomienda el Kérastase gris, que es el que peor me va, pero el que me llevo obediente, porque me encanta que me toque el pelo con sus viejas, viejísimas manos. Me detengo en el negocio de computadoras y me siento a imprimir unos cuentos innecesarios, prescindibles, sólo porque quiero mirar a, y conversar con, el chico tan lindo, tan abusiva e inquietantemente lindo, que despacha tras el mostrador. Estos son los momentos caprichosos y felices que, cuando me voy de Buenos Aires, echo de menos, sin contar, por supuesto, los otros, los que paso con Martín, que espero que no lea esta crónica y se entere de la verdadera razón por la que cada tarde tengo algo urgente que imprimir en el negocio de las computadoras de la calle Martín y Omar. De madrugada, todavía a oscuras, subo al taxi, rumbo al aeropuerto. El chofer me cuenta que tiene diez hijos pequeños y hace poco nació uno más, todos con la misma mujer. Le digo que debe de ser muy lindo tener una familia tan numerosa.
Me dice: “No. No es lindo. Pasa que llego a casa tan cansado, a las siete de la mañana, que siempre me olvido de ponerme forro”. Nos reímos. Hay en su risa enloquecida una extraña forma de sabiduría. Sólo en Buenos Aires uno encuentra gente así. P
or eso quiero irme a vivir a esa ciudad.

:: La feliz quietud del verano (30/07)

Tres semanas con mis hijas en el verano de Miami, sin viajes ni programas de televisión en la agenda, sin empleadas que las sirvan ni familiares que las amonesten, sin horarios ni obligaciones de ningún tipo, son una promesa segura de ocio feliz para mí, no sé si para ellas también.
Debo dar gracias a quien corresponda por el hecho afortunado de que las niñas heredasen de mis genes, y no de los de su madre, que es una mujer hacendosa y emprendedora, una cierta disposición natural a la vagancia, a asociar el placer con el ocio, la felicidad con la vida sedentaria y la pereza con la virtud.
No por eso dejamos de hacer un número de planes antes de llegar a la casa en Miami, pero, como no tardaría en manifestarse nuestro espíritu haragán y una severa fatiga crónica que al parecer viene desde muy lejos, presumo que desde mis bisabuelos irlandeses que llegaron embriagados o extraviados a las costas peruanas, esos planes no pudieron hacerse realidad, porque para ello hacían falta una energía y una laboriosidad de las que carecíamos por completo.
Dijimos que iríamos a Washington a visitar los museos, los parques, el hospital donde nació mi hija mayor, las casas donde vivimos, pero les dije que no debíamos correr tan alto riesgo porque en las noticias de la televisión habían advertido que los terroristas estaban tramando un nuevo atentado y parecía imprudente, casi suicida, subirnos a un avión o acercarnos a un aeropuerto. Dijimos que iríamos un fin de semana a los parques de diversiones de Orlando, pero les dije que en julio hace tanto calor que la gente se desmaya, y las filas de gente esperando los juegos son tan largas que los que no se desmayan por el calor lo hacen por esperar horas de pie, y los que sobreviven al calor y a las filas y consiguen entrar a los juegos a menudo se desmayan o incluso mueren de asfixia, vértigo, taquicardia o ataques de pánico, según pude leer en los periódicos, que contaban que alguien murió en la montaña rusa y alguien más en la casa del terror, con lo cual mis hijas entendieron que era casi una certeza estadística que, si cometíamos la terrible imprudencia de visitar los juegos de Disney, uno de los tres no regresaría vivo. Dijimos que iríamos a un parque acuático al norte de la ciudad, pero les dije que ese parque había sido clausurado porque muchos niños, incontables niños murieron ahogados allí. Nunca supe de qué parque hablaban mis hijas ni dónde quedaba, pero les conté tantas historias truculentas que perdieron todo interés en deslizarse por los toboganes gigantes y jugar con las olas artificiales.
Dijimos que iríamos al gimnasio todas las tardes, un gimnasio en el que estoy inscrito y por cuyo uso he pagado un año entero, pero no fuimos una sola tarde porque podía llover y no teníamos paraguas y además había demasiados mosquitos que podían picarnos en el camino. Dijimos que saldríamos a montar bicicleta, pero las cuatro bicicletas tenían las llantas desinfladas y les dije que era demasiado esfuerzo llevarlas al grifo, pues no cabían todas en la camioneta y había que llevarlas en varios viajes, una idea que me resultaba extenuante, de modo que las bicicletas quedaron tiradas, con las llantas bajas y las cadenas oxidadas. Dijeron que verían a sus amigas que también estaban de vacaciones en la ciudad, pero yo dejaba el teléfono desconectado sin que ellas se enterasen y así nunca sonaba el teléfono y nadie las invitaba a ninguna parte y ellas no entendían por qué se habían vuelto tan impopulares y yo les decía que la vida es así, un desengaño tras otro, y que ninguna amistad dura para siempre. Dijimos que iríamos a la playa, pero yo les decía que era más seguro quedarnos en la piscina de la casa, porque no hacía mucho una raya clavó su aguijón venenoso en los pies de un amigo que estaba metiéndose en el mar de la isla donde vivimos, y ellas recordaban que el último verano en el que fuimos a la playa nos encontramos nadando a pocos metros de un manatí y salimos corriendo aterrados, así que nos convencimos de que era mejor refrescarnos en la piscina de la casa y enterarnos de la fascinante vida marina viendo los documentales de la televisión. Dijimos que saldríamos a pasear en un yate alquilado, pero les dije que, debido al vertiginoso aumento del precio de los combustibles, nos costaría una fortuna, así que ellas salieron a pasear en el yate de sus tíos, quienes, por suerte, muy generosos, pagaron la travesía, lo que multiplicó mi cariño por ellos, del que aquí quiero dejar constancia.
Puede decirse entonces, sin exagerar, que no hicimos ninguna de las actividades o excursiones que habíamos planeado, que la prudencia y la pereza conspiraron contra todos los eventos familiares que imaginamos antes de viajar.
Pero reconocer que aquellos planes quedaron en palabras y no se ejecutaron, ni siquiera uno solo, no nos entristeció: al contrario, nos confirmó que fueron unas vacaciones completamente inútiles y, al mismo tiempo, o por eso mismo, completamente felices. Sería atropellado e inexacto saltar a la conclusión de que mis hijas y yo no hicimos nada memorable en las tres semanas que pasamos juntos. Es verdad que todos nuestros planes fueron desechados, pero no es menos cierto que, dadas las circunstancias, supimos improvisar, apegándonos siempre a dos leyes básicas del haragán sin culpa: no te agites y respeta la rutina. Lo que ahora mismo, al final del verano familiar, recuerdo con más orgullo, porque me confirma que no se puede conseguir nada sin una cierta disciplina, es el ahínco o tesón adolescente que depositaron mis hijas en la empresa común de dormir todos los días hasta las dos de la tarde como mínimo, lo que nos permitía levantarnos tan embriagados o dopados de sueño que, luego de un breve desayuno, volvíamos a la cama a descansar del cansancio de haber dormido tanto. T
ambién me emociona recordar lo mucho que disfrutamos viendo todas las noches, desde las once y media hasta la una y media, los programas de David Letterman y Craig Ferguson, y el modo descarado en que mis hijas se rieron comparando esos programas estupendos con los esperpentos que hago en televisión. No puedo olvidar la alegría que sentíamos mientras nos burlábamos, criticábamos o imitábamos a nuestros parientes, la euforia que me provocaba arrojarle piedras o agua con cloro al gato del vecino y la gratificante sensación del deber cumplido que nos invadía al ver los libros del colegio que debían leer y no habían leído ni pensaban leer porque ya me encargaría de leerlos por ellas. Como buen padre, me ocupé de cocinar para ellas, procurándoles una dieta balanceada, consistente en leche con cereales de desayuno, pan con jamón y queso de almuerzo, y pan con queso y jamón de cena, acompañados de coca cola, todo en platos y vasos de plástico desechables para no tener que lavar la vajilla.
Eso nos permitió mantener un sano equilibrio entre proteínas, carbohidratos y lácteos. Si me preguntasen qué podrían haber aprendido mis hijas en estas semanas de vacaciones, no dudaría en decir un puñado de cosas: que si duermen hasta tarde los días suelen ser más placenteros, que mis programas de televisión son una desgracia, que Craig Ferguson es más divertido que Letterman, que el pan con jamón y queso no facilita la digestión y que la felicidad a veces consiste en inventarse un buen pretexto para no salir de casa, ni siquiera a la piscina. No es poco.

:: Vergüenza (23/07)

Estoy sentado en el inodoro. Mi suegra abre la puerta del baño. No sé qué clase de sonrisa resulta apropiada para esa circunstancia. He cumplido treinta y cinco años. He dado una gran fiesta. Amanece. Mi ex esposa y yo terminamos en su cama. Hemos bebido mucho. Queremos hacer el amor. No puedo. No se me pone dura. Releo mi segunda novela, Fue ayer y no me acuerdo. Releo ciertas páginas de La mujer de mi hermano. Releo algunos poemas de Aquí no hay poesía. Vuelvo a Washington. Paso por la clínica donde quise que ella abortase. Recuerdo las cosas terribles que le dije. Recuerdo que le prometí llevarla de viaje si se deshacía del bebé. Recuerdo todo lo que la hice llorar. Veo a mi hija sonriendo. No olvido que existe a pesar de mí. Estoy entrevistando a algún famoso en televisión. Estoy resfriado. He tomado un jarabe expectorante. Hablo con dificultad. Me arde la garganta. Toso. No puedo evitarlo. Una flema sale disparada y cae sobre la mesa. Todos la hemos visto. El famoso también la ha visto. No me dice nada al respecto, pero sé que no volverá al programa. Mi amiga le miente a su esposo y viene a verme a escondidas. Me trae chocolates rellenos de dulce de guayaba. Subimos a mi cuarto. Es bella. Es deliciosa. Es adorable. Pero no puedo. No se me pone dura. No hay disculpas que valgan. Estoy en el banco, sacando dinero del cajero automático. Siento la urgencia de soltar una discreta ventosidad. Calculo que no producirá ruido alguno. Calculo mal. Lanzo una flatulencia escandalosa. Todo el mundo me mira, me reconoce, se sorprende de mi vulgaridad. No sé qué clase de sonrisa resulta apropiada para esa circunstancia. Tengo dieciocho años. Salgo todas las noches en televisión. Entrevisto a un escritor famoso. Trato de decir la palabra “recóndito”. Supongo que quiero impresionarlo. Me enredo. Me trabo. La digo mal tres veces. Tartamudeo. Nunca más la digo en televisión ni fuera de ella. La empleada de mis hijas me pregunta si soy del otro equipo, si de verdad me gusta besar hombres. No sé qué responderle. Una amiga me muestra su espalda. Tiene un tatuaje con mi nombre. Te vas a arrepentir, le digo. Estoy entrevistando a un músico famoso. El músico se acomoda y dispara una sucesión de pedos bulliciosos. Apesta. No le digo nada. Me distraigo. No sé qué preguntarle. Llego al aeropuerto. Le pido al maletero que me ayude. Me dice que no es maletero, que es capitán de un avión, fumando un cigarro. Salgo a cenar con una amiga muy linda. Bebemos vino. Le digo que esa tarde tuve un sueño erótico con ella. Es verdad. He soñado que hacíamos el amor. Ella se incomoda. Me dice que no le gusto, que sólo podemos ser amigos. Me invitan a un programa de televisión. La anfitriona me pregunta cuántos pares de medias llevo puestos. No espera mi respuesta. Me levanta bruscamente el pantalón y las cuenta. Son tres pares de medias. Se me ven las piernas velludas. El público en el estudio se ríe. Estoy con mis hijas en el supermercado. Al llegar a la caja, ven un tabloide que ha publicado mi foto en portada y un titular que dice: ¡Soy una hembra! Estoy con mis hijas en el auto. Se acerca un vendedor de periódicos. Nos muestra uno que ha publicado mi foto en portada y un titular que dice: ¡Cabrazo! Un televidente me manda un correo electrónico con la copia de la multa que pagué en la corte por robar corbatas en una tienda de lujo cuando tenía veinte años. Veo mis viejos programas de televisión. Veo Qué hay de nuevo. Veo La noche es virgen. Me repele ese sujeto que soy yo y que ahora me resulta un extraño. No entiendo por qué habla tan atropelladamente, por qué trata de ser gracioso de ese modo tan obviamente falso. Estoy en una fiesta. Tengo veinte años. Me ha invitado la hermana de un amigo. Es su fiesta de promoción. He tomado mucha cocaína. Estoy muy duro. Traen la comida. No puedo comer. Ella me lleva a bailar. Tampoco puedo bailar. Me quedo parado, sin poder moverme. Estoy besando a una chica en mi auto. Estamos en la puerta de su casa. Llega su padre. Nos ve. Mi amante trata de poseerme. No se le pone dura. No puede hacerme el amor. Pero me ama. O al menos dice que me ama. Acaba de salir mi primera novela. Es un escándalo. Escapo de la ciudad. Subo a un avión. Reparten gratuitamente cierta revista. En la portada aparece mi foto en traje de baño con un titular que dice: Bisexualidad. Me veo con el torso desnudo, multiplicado en decenas de revistas abiertas. Quiero bajar del avión. Ya es tarde. Una amiga me invita en su avión privado. Le pregunto si puedo llevar champú o si me lo van a quitar en el aeropuerto. Ella se ríe. Mi hija escribe el nombre de su padre en google. Ya no hay más secretos. Mi padre me mira sonriendo desde el retrato que me regalaron cuando murió. Doy vuelta al retrato. No puedo mirarlo a los ojos. Me despiden de un canal de televisión. Me dicen que me pagarán lo que falta para terminar el contrato a condición de que no haga más televisión con ellos. Prefieren pagarme para que no trabaje. Mi amante lee mis correos electrónicos. Descubre mis mentiras. Mi esposa encuentra un calzoncillo de mi amante. Me pregunta de quién es. Leo las viejas columnas que escribía cuando tenía dieciocho años en el periódico que quebró. Releo la advertencia en mi primera novela, No se lo digas a nadie: Las historias que aquí se narran sólo ocurrieron en la imaginación del autor. Releo la dedicatoria de Los amigos que perdí: A mi padre, el amigo que no perdí. Releo el final de El huracán lleva tu nombre: mi amante me promete que me enseñará a patinar, algún día me gustaría patinar con mi hija. Mi amante y yo estamos desnudos en la piscina. Llegan el jardinero y su asistente, que entran por la puerta lateral, sin avisar. Nos ven. Se ríen. La empleada de mis hijas y yo estamos viendo televisión en la cocina. Pasan las imágenes en cámara lenta del beso que le di a un amigo en la televisión española. Ella se tapa la boca, horrorizada. Usted se pasa, joven, me dice. Le dan un premio a una de mis novelas. La noche de la premiación, un miembro del jurado dice que no merezco el premio, que la novela es muy mala. Después leo sus novelas. Me parecen muy buenas. Estoy cenando con mis padres y mis hermanos, celebrando mis treinta y cinco años. Me piden que diga unas palabras. Les pido perdón a mis padres por ser quien soy, por no haber podido ser quien ellos quisieron que fuese. Envío el manuscrito de mi primera novela a tres editoriales españolas. Una de ellas me manda una carta diciéndome que la novela no merece ser publicada, que no tengo madera de escritor. Mi hija me baja el pantalón en una tienda de alquiler de películas. No llevo calzoncillos. Entrevisto a un político muy famoso. Antes me reúno a solas con él. Le adelanto algunas de las preguntas. Veo las películas basadas en mis novelas. Releo cualquier página que he publicado. Veo los programas de antes. No entiendo el origen de esas muecas raras, el constante jugueteo con la lengua, esa voz tan aguda y falsa. Miro mis fotos viejas. Me miro desnudo en el espejo.

:: El chico de sus sueños (16/07)

En julio y agosto, todo el que puede se va de Miami. Para Joaquín y sus hijas, que están de vacaciones en esa ciudad, es una buena razón para quedarse. Martín, el amante de Joaquín, ha llegado de visita. Es un viaje breve, porque su hermana está muy enferma. Volverá en una semana a Buenos Aires para acompañarla en su cumpleaños. Joaquín, sus hijas y Martín van a una tienda de ropa. Una de las niñas dice, al llegar: -La última vez que vinimos acá fue con Manuel. No se da cuenta de que ha dicho algo que tendrá unas consecuencias devastadoras sobre el ánimo de Martín. Tendría que haber recordado lo que su padre le ha contado: que Martín y Manuel se detestan, que Martín odia que Joaquín vea a Manuel. Joaquín le había prometido a Martín que no vería más a Manuel, pero ahora Martín se ha enterado de que no hace mucho salieron de compras con Manuel, y se siente traicionado, siente que Joaquín es un mentiroso, que no puede confiar en él. Martín le pregunta si es verdad lo que ha dicho la niña, que hace poco fueron a esa tienda con Manuel, y Joaquín, mientras sus hijas miran ropa con aire distraído, se resigna a decir la verdad: -Sí, vinimos con Manuel cuando estabas en Buenos Aires. -¿Y por qué no me lo contaste? -pregunta Martín. -Porque tú odias a Manuel y no quería tener una pelea contigo -se defiende Joaquín. -Me mentiste -dice Martín-. Me dijiste que no verías más a Manuel. -No puedes prohibirme que vea a un amigo al que aprecio -dice Joaquín-. No tiene sentido que odies a Manuel. No te ha hecho nada malo. -Manuel me odia. Te habló mal de mi libro. Me tiene celos. Le gustaría ser tu chico, por eso me odia. -No puedes estar seguro de eso. -Estoy seguro. Es obvio que ese tipo está obsesionado con vos. Es tu stalker. ¿No te das cuenta de que quiere que nos peleemos para que él pueda ocupar mi lugar? -Eso es imposible, y él lo sabe. Yo lo conocí mucho antes de conocerte y nunca pasó nada entre nosotros y le dije que sólo podíamos ser amigos, que no me gustaba. -Ya no sé si creerte, Joaquín. Mentís tanto que ya no sé si creerte. -No te mentí. No te conté que salimos con Manuel para no lastimarte. Pero no decir algo no equivale a mentir. -Pero me dijiste que no verías más a Manuel. Sabés que ese pibe me odia y no te importa verlo. Si de verdad me quisieras, no saldrías con un tipo que habla mal de mí. -A mí nunca me habla mal de ti. -Pero vos sabés que cuando publiqué mi libro mandó un montón de mails a la editorial hablando mal de mí. -No puedes estar seguro de eso. -Era un colombiano. ¿Quién más va a ser? ¡Era Manuel! -Eres un perseguido. -Da igual. Ya me cansé de tus mentiras. No sé para qué vine. Quedate con tu Manuel. Yo me vuelvo a Buenos Aires mañana. Esa noche, Martín llama a la línea aérea y adelanta la fecha de su viaje de regreso. Joaquín le pide que no se vaya, que no haga esa locura. Le explica que no hizo nada contra él, que sólo vio a Manuel y no se lo contó, pero Martín está dolido, siente que Joaquín es un mentiroso, que es desleal, que es capaz de ser amigo de personas que lo detestan, como Manuel, como Andrea, la chica que se hizo un tatuaje en la espalda con el nombre de Joaquín. -Yo jamás podría ser amigo de alguien que te odia -le dice-. Y vos sabés que Manuel y Andrea me odian. Y te chupa un huevo. Y seguís viéndolos igual. Y te escriben tres mails diarios. Y les escribís otros tres mails diarios. Y te dicen que te quieren, que te aman. Y les decís que los querés, que los amás. Y los ves a escondidas. Y me decís que sólo son tus amigos, pero contigo nunca se sabe, Joaquín. -Te prometo que no veré más a Manuel ni a Andrea -dice Joaquín-. Pero por favor no te vayas mañana. No tiene sentido pelearnos por algo tan ridículo. No me has encontrado en la cama con Manuel. Joaquín y Manuel se conocieron en una farmacia de Miami Beach, hace diez años. Joaquín no conocía a Martín, no se había enamorado de él. Joaquín y Manuel nunca fueron amantes, sólo amigos de verse ocasionalmente. Joaquín hizo que Martín y Manuel se conocieran en un restaurante de Miami, hace cinco años. Se reunieron pocas veces más. Fue evidente desde el principio que Manuel y Martín no se entendían, no se veían con simpatía, se rechazaban naturalmente. Siempre que hablaban de él, Martín le decía a Joaquín: -Ese pibe es un nabo atómico. No sé qué hace viviendo solo en Miami. Debería volver a Bogotá y conseguirse un novio. Pero ahora Manuel se ha convertido en una causa de guerra para Martín, en la razón para irse bruscamente de regreso a Buenos Aires, en el fantasma que agita sus propias dudas y temores sobre la conveniencia de seguir con Joaquín, ese hombre mayor, gordo, cansado, predecible, aburrido, ensimismado, que se pasa los días tirado en la cama, durmiendo, tratando de dormir, hablando de lo mal que ha dormido, de lo bien que dormía antes de conocerlo. -Todo esto me pasa por ser demasiado bueno -le dice Joaquín, exhausto, con dolor de cabeza, a las tres de la mañana, mientras sus hijas duermen y él piensa si debe tomar el Alplax de 0.25 para asegurarse siete horas de sueño sin interrupciones-. Debería pasar mis vacaciones sólo con mis hijas. -Por eso me voy mañana -dice Martín-. Para no ser un estorbo en tu vida familiar. A la mañana siguiente, todos han dormido bien. Es un milagro. Joaquín lo atribuye a su laboriosidad: bloqueó las salidas del aire acondicionado en su cuarto y su baño, pegando una servilleta de tela y una lámina de papel platino con cinta adhesiva, de modo que los cuartos de las niñas y Martín se mantuviesen fríos, como a ellos les gusta, pero el suyo, calentito, como él necesita para no dormir tan mal. Joaquín abraza a Martín, lo besa en la mejilla, le pide perdón, le dice que lo ama, que es el chico de sus sueños, que por favor no se vaya. Martín tiene las maletas hechas, dice que tiene que irse a la noche. Pero Joaquín lo convence de ir a almorzar al restaurante mexicano que tanto les gusta. Comen fajitas, quesadillas. Toman cerveza Corona. Se emborrachan levemente. Se miran sonriendo. Se perdonan en silencio. Van luego a comer helados. Martín se ríe, borracho y feliz, con sus bermudas holgadas y sus sandalias de jebe y su camiseta sin mangas que muestra los brazos bien trabajados en el gimnasio, y Joaquín siente que nunca ha amado ni amará a nadie como ama a ese chico alto, flaco, frívolo, depresivo, callado y caprichoso, ese chico que algunas señoras confunden con su hijo y al que de ninguna manera dejará ir esa noche al aeropuerto, aunque tenga que pedirle perdón y prometer que nunca más verá a Manuel ni a Andrea ni a nadie que él, Martincito lindo, el chico de sus sueños, odie con razón o sin ella