Todo comenzó con un correo electrónico. Al llegar a casa después del programa, me senté a leer mis correos, como todas las noches, y encontré uno cuyo encabezado o título era inquietante: “Soy tu fan”.
Alarmado, abrí el correo. Lo había escrito Karina. Era venezolana, vivía en Miami. Decía que le gustaba mucho mi programa, que no se lo perdía, que había leído varias novelas mías y que tenía mucha ilusión de venir una noche al estudio para ver mi programa en vivo como parte de la audiencia. Contesté enseguida. No debí hacerlo. Le pedí que me dijera qué noche quería venir para anotarla en la lista de invitados y que me mandase una foto para reconocerla.
A los pocos minutos, Karina volvió a escribirme diciéndome que quería venir al día siguiente y que vendría sola porque vivía cerca del estudio, en Aventura. No me mandó la foto. Le escribí diciendo que la esperaba en el estudio a las nueve y media de la noche, le di la dirección y la anoté en la lista. La noche siguiente conocí a Karina. Era bastante gorda, de unos treinta y tantos años, tenía el pelo pintado de rubio y estaba cargada de regalos para mí. Después de abrazarme con emoción, mirándome con ojos ardientes, me entregó un libro de poemas que había escrito (titulado “La vida es bella y yo también”), una camiseta Ralph Lauren talla extra large (bastaba con que fuera large), un perfume Lacoste, una caja de chocolates Godiva y un disco de Ricardo Arjona.
A pesar de que faltaban pocos minutos para comenzar el programa, me tomó del brazo, me clavó una mirada intensa, perturbadora, dijo que ese era el momento más feliz de su vida y reveló algo que me dejó perplejo: -Somos almas gemelas, papito.
No pude hacer bien el programa porque sentía su mirada sofocante, sus aplausos excesivos, su respiración agitada, su desmesurada felicidad instalada en esa silla precaria de metal. Al terminar, saltó sobre mí, haciendo crujir el tabladillo de madera, y me obligó a firmarle tres novelas. Como no quería repetirme, escribí “Para Karina, con todo mi cariño”, “Para Karina, gracias por leerme” y (aquí me equivoqué gravemente) “Para Karina, con la ilusión de verte otra vez”.
Luego ella le pidió a un camarógrafo que nos hiciera fotos, me abrazó con virulencia y, mientras nos retrataban, me susurró al oído: -Por fin he encontrado al hombre de mis sueños. Todo esto naturalmente perturbó mis sueños. Como no podía dormir, bajé a leer mis correos y encontré varios de Karina, preguntándome si había leído sus poemas, si me quedaba bien la camiseta, si estaban ricos los chocolates.
Fui a la cocina, abrí la caja de Godiva y descubrí que faltaba una trufa. Al parecer, ella la había robado, víctima de un antojo comprensible. Me reí, comí un par de trufas y le escribí: “Gracias por tantos regalos, eres un amor”.
Ella contestó enseguida diciéndome que estaba dichosa, que vendría al día siguiente con más regalos, que no me preocupase porque nunca más estaría solo, pues ella me cuidaría con devoción. Antes de despedirse, decía: “Te he buscado toda mi vida. Por fin te encontré.
Te amo”. Solté una carcajada y no le contesté. A la mañana siguiente encontré un correo de Karina que decía: “Hicimos el amor toda la noche. Eres todo un hombre, papito.
Me has hecho gozar demasiado. Estoy loca por ti”. Asustado, le escribí diciéndole que no podría verla esa noche en el estudio porque ya no había cupo, que lo sentía, que nos veríamos en otra ocasión. No se dio por aludida. Escribió sin demora: “Tengo más regalos para ti. Nos vemos esta noche, papichulo”. Llegando al estudio, entregué la lista de invitados al portero y le rogué que no dejara pasar a nadie más. Por suerte, Karina no apareció en el estudio. Hice el programa tranquilo. Pero, al salir, estaba esperándome detrás de las rejas, en su auto, acompañada del guardia de seguridad. Al verla, no pude escapar. Bajé de la camioneta, se abalanzó sobre mí y me abrazó de un modo abusivo y brutal, que dejó sorprendido al portero. Me disculpé por no dejarla entrar, alegando que ya no había sitio para ella. Sin embargo, no parecía ofendida: me dio más regalos (alfajores, chocolates, un libro de Coelho, una corbata de flores), me dejó su tarjeta (era agente inmobiliaria, debajo de su foto había escrito su lema: “Nada es imposible para mí”) y me invitó a comer:
-Te voy a llevar a comer chuchi, papito. Dijo “chuchi”, no “sushi”, lo que me dejó aterrado, y por eso me disculpé, diciéndole que no tenía hambre, que prefería regresar a casa.
-Bueno, vamos a tu casa y nos tomamos un vinito -dijo ella, encantada.
-No, no puedo, lo siento -dije-. Tengo que escribir.
Se le torció la sonrisa, dio un paso atrás y dijo: -Me había olvidado de que eres un literato. Anda nomás, papito. Entré a la camioneta, suspiré aliviado y la dejé atrás. Ya en la autopista, me pareció que un auto me seguía.
Aceleré y confirmé mis sospechas. Era ella, Karina, al timón de un auto japonés, persiguiéndome a una velocidad imprudente, a riesgo de su vida y de la mía.
Recién entonces me asusté y me di cuenta de que estaba en apuros. Empecé a correr como un lunático, salí por un desvío cualquiera, pasé varios semáforos en rojo y terminé en un barrio que no conocía, pero al menos conseguí perderla de vista sin perder la vida.
Al llegar a casa, me había escrito desde su blackberry varios correos. En orden cronológico, decían: “No huyas de nuestro amor”, “No tengas miedo, no muerdo, sólo chupo rico”, “Yo te voy a sacar el hombre que siempre has sido” y “Cuando me pruebes, vas a saber lo que es el amor”. Irritado como estaba, escribí: “Cachalote malparida, horca asesina, déjame en paz. Si vuelves a seguirme, llamaré a la policía”.
No volvió a escribirme ni se apareció por el estudio.
Una semana después o poco más, mi madre me llamó por teléfono y me felicitó por mi nueva novia. Sorprendido, le pregunté de qué estaba hablando. Me dijo que se había hecho muy amiga de Karina, mi novia venezolana, que la llamaba todos los días a Lima a contarle lo felices que éramos en Miami. Me quedé helado.
Le pregunté cómo Karina había conseguido su teléfono en Lima. Me dijo que pensó que se lo había dado yo, que un día llamó Karina y se presentó como mi novia y que le pareció una chica encantadora, buenísima, un amor, y que se notaba que me quería mucho porque llamaba todas las tardes a contarle cosas lindas de mí. -Ojalá puedas traerla a Lima para presentarme a tu Karinita que tanto te quiere, mi Jaimín -dijo mi madre, con ilusión. Le dije indignado que no estaba con Karina, que era una loca peligrosa, que me seguía y me acosaba, que no le contestase más el teléfono, pero mi madre dijo: -Tú siempre tan misterioso, amor. Pero yo soy tu mami y te conozco mejor que nadie y sé que te desvives por tu Karina. Apenas corté el teléfono, busqué la tarjeta de Karina y le escribí un correo. No pude evitar ser vulgar: -Gorda de mierda, si vuelves a llamar a mi madre, te voy a romper el culo. En cuestión de minutos, ella contestó: -Papichulo, rómpemelo cuando quieras, mi culo es tuyo. Te amo. Karina ha conseguido lo que se propuso. No puedo dejar de pensar en ella.
Un peruano que sale de su patria odiado por amigos y familiares, pero que es admirado en cada rincón por el que pasa la tropa de ciudadanos del mundo. Aquí recogemos algunas de sus columnas que ya se han publicado en los diferentes países del mundo y que no busca m´s que juntarlas para que no se pierdan en los archivos mundanos.
21.1.07
17.1.07
:: Ella tiene mala cara
Saliendo del cine de Lincoln road, ella quiere ir al baño. Me detengo a esperarla. Ella entra al baño, pero sale enseguida con mala cara y dice que hay mucha gente, unas colas horribles, y que mejor irá al baño del Starbucks de Alton road, que está a una cuadra, mientras yo saco la camioneta del estacionamiento. Poco después, detengo la camioneta en la puerta del Starbucks y ella sube con su café y un jugo para mí. Tiene mejor cara. Pudo ir al baño. Está más tranquila. No mucho más allá, paso por dos huecos en Alton road.
La camioneta tiembla un poco. Ella derrama el café en sus manos y sus piernas. No le había puesto la tapa de plástico. Se quema las manos. Grita. Me detengo. Ella tira el café a la calle, se seca las manos con la falda manchada, me dice que sigamos, que es su culpa por no poner la tapa.
Tiene mala cara. Antes de entrar a la autopista, ella me dice que le hubiera gustado quedarse paseando por Lincoln road, que no entiende por qué debemos regresar a la casa tan pronto, siendo un sábado en la noche. Le digo que no me provoca pasear por esa calle un sábado en la noche porque suele estar muy congestionada, pero que, si quiere, la dejo un par de horas, me voy al gimnasio y luego regreso a buscarla. Me dice que no, que no le provoca quedarse sola. Le pregunto si está segura.
Me dice que sí. Pero tiene mala cara. Tiene cara de estar harta de mí. Ya en la autopista, saco el celular y llamo a la madre de mis hijas, que está en Lima, en la playa. No la encuentro. Dejo un mensaje cariñoso. Le digo que la extraño, que en dos semanas estaré con ella y las niñas para pasar una semana en la playa y que luego vendremos de vacaciones a Miami. Guardo el celular. Ella me mira con mala cara y me dice que no entiende por qué soy tan cariñoso con la madre de mis hijas. Porque es la madre de mis hijas, le respondo. Pero me odia, responde ella. Y no deberías querer tanto a una persona que me odia, añade. No te odia, le digo. Quizá te tiene celos. Quizá te ve como una rival. Pero no te odia. Sí me odia, se enfurece ella, y me mira con mala cara. Me odia. No lo niegues. Y tú la sigues tratando como si fuera una reina.
No te importa que la gente me odie, tú igual te llevas bien con ellos. Como con tu amiguito José Manuel o con tu novia Andrea, que me detestan, hablan mal de mí y tú como si nada, son tus grandes amigos, te da igual, no me defiendes. Exageras, le digo. Nadie te odia. Estás viendo fantasmas. Se hace un silencio. Ella tiene mala cara. No me regalaste nada por Navidad, dice. Me quedo sorprendido por el reproche. Pero fue un acuerdo, tú misma me dijiste que mejor no nos regalaríamos nada, le digo. Sí, pero después me arrepentí y te regalé un maletín de cuero que me costó un montón de plata, me recuerda, furiosa. Y tú no me regalaste nada, te dio igual, añade.
Pero a ella, a tu ex, que me odia, le diste no sé cuántos regalos, ¿o no? Bueno, sí, pero eso no tiene nada que ver contigo, pasé las fiestas en Lima con ella y mis hijas y era natural que les diese regalos a las tres, ¿o querías que llevase regalos a mis hijas y no a la mujer que me dio a mis hijas? Ella me mira con mala cara y dice: ¿Y yo qué? ¿No podías darme aunque sea un regalito? Lo siento, le digo. Pensé que no tenía tanta importancia. Fue un error. Mañana mismo te daré tu regalo de Navidad. Ella me mira con mala cara. ¡Ya no quiero un regalo!, se enfurece. ¡Ya no es Navidad!, me recuerda. Todos los días son Navidad, le digo, a ver si se ríe, pero no se ríe.
Luego me equivoco gravemente. Además, tú me dijiste que tu regalo de Navidad podía ser el pasaje para que vinieras a Miami, le digo. Ella me mira con mala cara. ¿Ese fue tu regalo? ¿Un vulgar pasaje en económica de Nueva York a Miami?, me pregunta. ¿Por qué yo, tu amante secreta, tengo que volar en económica, y a tu ex la haces volar en ejecutiva? ¿Hasta cuándo me vas a mandar atrás, como si no estuviera a la altura de tu ex? ¿Por qué a ella no la mandas atrás también? ¿No ves que a ella la tratas como a una reina y a mí me tratas como a una puta barata? ¿Crees que me hace gracia viajar en económica, cuando tú y ella viajan siempre en ejecutiva? Me quedo callado. No tengo defensa. Lo siento, le digo. Fue un error no darte un regalo por Navidad y mandarte el boleto en económica. No volverá a ocurrir.
Digo “no volverá a ocurrir” y pienso “porque es mejor que te quedes en Nueva York y no vengas a verme”. Pero eso no se lo digo. Llegando a la casa, ella se encierra a hablar por teléfono. No sé con quién está hablando porque habla en voz muy baja, para que no pueda oírla. Para no sufrir (o para sufrir de otra manera), me voy al gimnasio. Trotando en la faja, pienso que es mejor que ella regrese a Nueva York y se quede allá y no venga a verme de vez en cuando. Luego paso por la farmacia y le compro el perfume que más le gusta y pido que lo envuelvan con papel de regalo de Navidad.
Cuando llego a casa, le doy el perfume pero ella tiene mala cara, me agradece secamente, no me da un beso y sigue escribiendo en la computadora y me mira como diciéndome que la estoy interrumpiendo, así que me retiro en silencio. Tarde en la noche, cuando ella duerme, bajo a la computadora y descubro que ha estado chateando con Jorge Javier, un amante que tuvo o tiene en Madrid. Es fácil descubrirlo porque ella ha dejado el chat abierto, quizá por descuido, o más probablemente para que yo lo lea y sufra. Ella le dice a Jorge Javier que está harta de mí, que la trato mal, que es como si todavía estuviera casado con la mujer que me dio dos hijas, que nunca me voy a casar con ella, que la trato como si fuera una amante de paso. Y ella ya no aguanta más mi frialdad, mis caprichos, mis desplantes. Luego descubro que ha estado viendo pornografía en internet. Es fácil descubrirlo porque ella ha dejado varias ventanas abiertas, seguramente con la intención de que yo las encuentre cuando baje a escribir.
A la mañana siguiente, ella regresa a Nueva York en clase económica, pasillo, fila 25. Cuando vuelvo a la casa, encuentro en mi cama el perfume que le compré, con una nota que dice: “No todos los días son Navidad”.
La camioneta tiembla un poco. Ella derrama el café en sus manos y sus piernas. No le había puesto la tapa de plástico. Se quema las manos. Grita. Me detengo. Ella tira el café a la calle, se seca las manos con la falda manchada, me dice que sigamos, que es su culpa por no poner la tapa.
Tiene mala cara. Antes de entrar a la autopista, ella me dice que le hubiera gustado quedarse paseando por Lincoln road, que no entiende por qué debemos regresar a la casa tan pronto, siendo un sábado en la noche. Le digo que no me provoca pasear por esa calle un sábado en la noche porque suele estar muy congestionada, pero que, si quiere, la dejo un par de horas, me voy al gimnasio y luego regreso a buscarla. Me dice que no, que no le provoca quedarse sola. Le pregunto si está segura.
Me dice que sí. Pero tiene mala cara. Tiene cara de estar harta de mí. Ya en la autopista, saco el celular y llamo a la madre de mis hijas, que está en Lima, en la playa. No la encuentro. Dejo un mensaje cariñoso. Le digo que la extraño, que en dos semanas estaré con ella y las niñas para pasar una semana en la playa y que luego vendremos de vacaciones a Miami. Guardo el celular. Ella me mira con mala cara y me dice que no entiende por qué soy tan cariñoso con la madre de mis hijas. Porque es la madre de mis hijas, le respondo. Pero me odia, responde ella. Y no deberías querer tanto a una persona que me odia, añade. No te odia, le digo. Quizá te tiene celos. Quizá te ve como una rival. Pero no te odia. Sí me odia, se enfurece ella, y me mira con mala cara. Me odia. No lo niegues. Y tú la sigues tratando como si fuera una reina.
No te importa que la gente me odie, tú igual te llevas bien con ellos. Como con tu amiguito José Manuel o con tu novia Andrea, que me detestan, hablan mal de mí y tú como si nada, son tus grandes amigos, te da igual, no me defiendes. Exageras, le digo. Nadie te odia. Estás viendo fantasmas. Se hace un silencio. Ella tiene mala cara. No me regalaste nada por Navidad, dice. Me quedo sorprendido por el reproche. Pero fue un acuerdo, tú misma me dijiste que mejor no nos regalaríamos nada, le digo. Sí, pero después me arrepentí y te regalé un maletín de cuero que me costó un montón de plata, me recuerda, furiosa. Y tú no me regalaste nada, te dio igual, añade.
Pero a ella, a tu ex, que me odia, le diste no sé cuántos regalos, ¿o no? Bueno, sí, pero eso no tiene nada que ver contigo, pasé las fiestas en Lima con ella y mis hijas y era natural que les diese regalos a las tres, ¿o querías que llevase regalos a mis hijas y no a la mujer que me dio a mis hijas? Ella me mira con mala cara y dice: ¿Y yo qué? ¿No podías darme aunque sea un regalito? Lo siento, le digo. Pensé que no tenía tanta importancia. Fue un error. Mañana mismo te daré tu regalo de Navidad. Ella me mira con mala cara. ¡Ya no quiero un regalo!, se enfurece. ¡Ya no es Navidad!, me recuerda. Todos los días son Navidad, le digo, a ver si se ríe, pero no se ríe.
Luego me equivoco gravemente. Además, tú me dijiste que tu regalo de Navidad podía ser el pasaje para que vinieras a Miami, le digo. Ella me mira con mala cara. ¿Ese fue tu regalo? ¿Un vulgar pasaje en económica de Nueva York a Miami?, me pregunta. ¿Por qué yo, tu amante secreta, tengo que volar en económica, y a tu ex la haces volar en ejecutiva? ¿Hasta cuándo me vas a mandar atrás, como si no estuviera a la altura de tu ex? ¿Por qué a ella no la mandas atrás también? ¿No ves que a ella la tratas como a una reina y a mí me tratas como a una puta barata? ¿Crees que me hace gracia viajar en económica, cuando tú y ella viajan siempre en ejecutiva? Me quedo callado. No tengo defensa. Lo siento, le digo. Fue un error no darte un regalo por Navidad y mandarte el boleto en económica. No volverá a ocurrir.
Digo “no volverá a ocurrir” y pienso “porque es mejor que te quedes en Nueva York y no vengas a verme”. Pero eso no se lo digo. Llegando a la casa, ella se encierra a hablar por teléfono. No sé con quién está hablando porque habla en voz muy baja, para que no pueda oírla. Para no sufrir (o para sufrir de otra manera), me voy al gimnasio. Trotando en la faja, pienso que es mejor que ella regrese a Nueva York y se quede allá y no venga a verme de vez en cuando. Luego paso por la farmacia y le compro el perfume que más le gusta y pido que lo envuelvan con papel de regalo de Navidad.
Cuando llego a casa, le doy el perfume pero ella tiene mala cara, me agradece secamente, no me da un beso y sigue escribiendo en la computadora y me mira como diciéndome que la estoy interrumpiendo, así que me retiro en silencio. Tarde en la noche, cuando ella duerme, bajo a la computadora y descubro que ha estado chateando con Jorge Javier, un amante que tuvo o tiene en Madrid. Es fácil descubrirlo porque ella ha dejado el chat abierto, quizá por descuido, o más probablemente para que yo lo lea y sufra. Ella le dice a Jorge Javier que está harta de mí, que la trato mal, que es como si todavía estuviera casado con la mujer que me dio dos hijas, que nunca me voy a casar con ella, que la trato como si fuera una amante de paso. Y ella ya no aguanta más mi frialdad, mis caprichos, mis desplantes. Luego descubro que ha estado viendo pornografía en internet. Es fácil descubrirlo porque ella ha dejado varias ventanas abiertas, seguramente con la intención de que yo las encuentre cuando baje a escribir.
A la mañana siguiente, ella regresa a Nueva York en clase económica, pasillo, fila 25. Cuando vuelvo a la casa, encuentro en mi cama el perfume que le compré, con una nota que dice: “No todos los días son Navidad”.
5.1.07
:: La ropa del otro
Llegando a Buenos Aires, voy a cenar con María. Esa tarde, agotado por el viaje, he dormido una siesta y soñado con ella. Aunque ha pasado bastante tiempo sin que me acueste con una mujer, soñé que hacíamos el amor. En realidad, nunca he tenido esa clase de intimidad con ella y me temo que nunca la tendré.
María estuvo casada con un hombre muy rico, del que se divorció (sin pedirle dinero, un detalle que la enaltece) porque se aburría con él.
No tiene hijos, es rubia y delgada, de risa fácil, y acaba de cumplir treinta años.
Yo no sé si la deseo o si deseo ser ella o si ambas cosas son posibles a la vez. No hace mucho le regalé una novela con una dedicatoria cursi: “Para María, la mujer que no pude ser”. Aunque lo disimula bien, María está triste porque su novio la ha dejado cuando ya habían comprado un departamento (en realidad lo compró ella) y tenían planes de casarse. Hace dos meses, el novio, Lucas, un joven encantador, desapareció de su vida sin decir palabra, al parecer porque ella le pidió que se comprometiera a casarse, y desde entonces no ha llamado, no ha escrito, no ha contestado los correos de María y ni siquiera ha pasado por el departamento para llevarse su ropa.
María ha decidido irse a vivir a Madrid. Se irá después de las fiestas. Ya alquiló un piso en Malasaña.
Dice que necesita vivir la aventura española y olvidarse de Lucas. Pero hay un problema: no sabe qué hacer con toda la ropa que él dejó, que no es poca, porque el muchacho era un dandy.
Con una serenidad que tal vez proviene de su sangre austríaca o (más probablemente) del vino que hemos bebido, María me dice que la ropa de Lucas quedará pulcramente ordenada y colgada en su casa, y que si él reaparece y reclama dicha ropa, ella le contestará desde Madrid que tendrá que esperar a que vuelva a Buenos Aires para recuperarla. Le digo que, en cualquier caso, debemos evitar un desenlace tropical que consista en arrojar la ropa por la ventana, quemarla, rasgarla o enviársela en valijas con una nota despechada. Ella, que es tan elegante, no podría estar más de acuerdo. Al salir del restaurante, le cuento que esa tarde soñé con ella y se ríe halagada y me abraza y dice que le encanta ser parte de mis sueños. Pero cuando llegamos a la puerta del edificio y le digo si quiere subir a tomar una copa, ella, muy sabia, muy previsora, me dice que ya es tarde, que mejor se va a su casa, y yo me quedo sin María y sin la ropa de Lucas (que en algún momento pensé que ella podría regalarme). La noche siguiente, Nico viene al departamento a fumarse un porro. Nico es un muchacho estupendo. Me gusta que fume porros y me cuente su vida. Yo no lo acompaño porque la marihuana me da dolor de cabeza al día siguiente, aunque, en realidad, todo me da dolor de cabeza al día siguiente, incluso si no hago nada.
Nico ha renunciado a su trabajo y se va a vivir a Bariloche. Está dolido y furioso con Tamara, su novia, porque descubrió que se acostaba con otro. Al principio, ella lo negó, pero, ante las evidencias, terminó admitiéndolo. Dice que no pudo evitarlo, que tuvo una “conexión mística” con ese hombre.
“Conexión mística, las pelotas”, dice Nico, y luego me cuenta que fue a encarar al tipo que se acostó con Tamara, porque lo conoce, trabaja en un quiosco. Nico llevó todas las monedas de diez centavos que tenía, que eran como treinta, y se las dio a su enemigo y le pidió caramelos, unos caramelos chiquitos de tres por diez centavos, y se quedó mirándolo fijamente. “Si me decía algo, le partía la cara”, me cuenta, los ojos chinos, los brazos todavía tatuados con el nombre de la mujer que lo traicionó.
Pero el tipo del quiosco contó las monedas, contó los caramelos, le dio como noventa caramelos y no dijo una palabra. “Lo cagué”, dice Nico. Lo peor vino entonces.
Antes de irse con los caramelos, Nico advirtió que su enemigo tenía puesta una camiseta que se le había perdido.
“Estoy seguro que era mi remera. Tamara me la robó y se la regaló”, dice, derrotado. Le digo que podía ser una camiseta igual, que quizá era una desafortunada coincidencia.
“Imposible. Era mi remera. Nunca la voy a perdonar a Tamara”, se enfurece.
Extrañamente, Nico está furioso con Tamara y dice que no la perdonará, pero, una vez por semana, la lleva a esos hoteles de decoración rococó donde las parejas se aman furtivamente y, quizá para vengarse, quizá para humillarla, se entrega a unas sesiones de sexo con ella en las que se entremezclan la rabia, el deseo, el despecho y lo que quedó del amor.
Después se quedan en silencio y comen los caramelos de tres por diez centavos que le vendió el tipo del quiosco que llevaba puesta su camiseta. Unos días después, en vísperas de Navidad, voy caminando por la calle y un hombre me saluda y me ofrece unas camisetas que ha desplegado sobre una mesa, allí en la calle, en plena 25 de mayo, en el corazón de San Isidro.
“Las mejores son las Lacoste”, me informa. Cuestan treinta pesos. “Son Lacoste truchas”, me advierte, pero de la más alta calidad. Sin dudarlo, le compro cuatro, dos azules, dos verdes.
El tipo me da la mano y me dice “siempre te veo en la tele”, lo que a todas luces es mentira, una dulce mentira navideña. Llego al departamento y le digo a Lucrecia que he comprado cuatro camisetas muy lindas, Lacoste imitación, para que se las regale a su padre, sus dos hermanos y su cuñado, el jugador de rugby. Lucrecia mira las camisetas y me dice, indignada: “¿Sos boludo? ¿Vos pensás que le voy a regalar estas remeras pedorras a mi familia? ¿Vos pensás que somos inferiores a tu familia? ¿Vos le regalarías estas remeras truchas a tus hermanos?”. Le pido disculpas, le digo que no tengo ojo para la ropa, que si bien hago o hacía entrevistas en “Tendencia”, nunca sé qué ropa comprar, cuáles son las tendencias que debo seguir, y siempre tiendo a comprar ropa barata, usada, con tara, fallada, de imitación o en liquidación.
Abatido, descorazonado, pensando que la ropa sólo trae problemas, voy a mi cuarto, me pruebo una camiseta Lacoste con el cocodrilo ilegítimo y me siento a escribir.
Luego pienso (si eso califica como pensar) que quizá un escritor no debería usar nunca prendas de vestir que cuesten más de lo que cuesta un libro suyo.
María estuvo casada con un hombre muy rico, del que se divorció (sin pedirle dinero, un detalle que la enaltece) porque se aburría con él.
No tiene hijos, es rubia y delgada, de risa fácil, y acaba de cumplir treinta años.
Yo no sé si la deseo o si deseo ser ella o si ambas cosas son posibles a la vez. No hace mucho le regalé una novela con una dedicatoria cursi: “Para María, la mujer que no pude ser”. Aunque lo disimula bien, María está triste porque su novio la ha dejado cuando ya habían comprado un departamento (en realidad lo compró ella) y tenían planes de casarse. Hace dos meses, el novio, Lucas, un joven encantador, desapareció de su vida sin decir palabra, al parecer porque ella le pidió que se comprometiera a casarse, y desde entonces no ha llamado, no ha escrito, no ha contestado los correos de María y ni siquiera ha pasado por el departamento para llevarse su ropa.
María ha decidido irse a vivir a Madrid. Se irá después de las fiestas. Ya alquiló un piso en Malasaña.
Dice que necesita vivir la aventura española y olvidarse de Lucas. Pero hay un problema: no sabe qué hacer con toda la ropa que él dejó, que no es poca, porque el muchacho era un dandy.
Con una serenidad que tal vez proviene de su sangre austríaca o (más probablemente) del vino que hemos bebido, María me dice que la ropa de Lucas quedará pulcramente ordenada y colgada en su casa, y que si él reaparece y reclama dicha ropa, ella le contestará desde Madrid que tendrá que esperar a que vuelva a Buenos Aires para recuperarla. Le digo que, en cualquier caso, debemos evitar un desenlace tropical que consista en arrojar la ropa por la ventana, quemarla, rasgarla o enviársela en valijas con una nota despechada. Ella, que es tan elegante, no podría estar más de acuerdo. Al salir del restaurante, le cuento que esa tarde soñé con ella y se ríe halagada y me abraza y dice que le encanta ser parte de mis sueños. Pero cuando llegamos a la puerta del edificio y le digo si quiere subir a tomar una copa, ella, muy sabia, muy previsora, me dice que ya es tarde, que mejor se va a su casa, y yo me quedo sin María y sin la ropa de Lucas (que en algún momento pensé que ella podría regalarme). La noche siguiente, Nico viene al departamento a fumarse un porro. Nico es un muchacho estupendo. Me gusta que fume porros y me cuente su vida. Yo no lo acompaño porque la marihuana me da dolor de cabeza al día siguiente, aunque, en realidad, todo me da dolor de cabeza al día siguiente, incluso si no hago nada.
Nico ha renunciado a su trabajo y se va a vivir a Bariloche. Está dolido y furioso con Tamara, su novia, porque descubrió que se acostaba con otro. Al principio, ella lo negó, pero, ante las evidencias, terminó admitiéndolo. Dice que no pudo evitarlo, que tuvo una “conexión mística” con ese hombre.
“Conexión mística, las pelotas”, dice Nico, y luego me cuenta que fue a encarar al tipo que se acostó con Tamara, porque lo conoce, trabaja en un quiosco. Nico llevó todas las monedas de diez centavos que tenía, que eran como treinta, y se las dio a su enemigo y le pidió caramelos, unos caramelos chiquitos de tres por diez centavos, y se quedó mirándolo fijamente. “Si me decía algo, le partía la cara”, me cuenta, los ojos chinos, los brazos todavía tatuados con el nombre de la mujer que lo traicionó.
Pero el tipo del quiosco contó las monedas, contó los caramelos, le dio como noventa caramelos y no dijo una palabra. “Lo cagué”, dice Nico. Lo peor vino entonces.
Antes de irse con los caramelos, Nico advirtió que su enemigo tenía puesta una camiseta que se le había perdido.
“Estoy seguro que era mi remera. Tamara me la robó y se la regaló”, dice, derrotado. Le digo que podía ser una camiseta igual, que quizá era una desafortunada coincidencia.
“Imposible. Era mi remera. Nunca la voy a perdonar a Tamara”, se enfurece.
Extrañamente, Nico está furioso con Tamara y dice que no la perdonará, pero, una vez por semana, la lleva a esos hoteles de decoración rococó donde las parejas se aman furtivamente y, quizá para vengarse, quizá para humillarla, se entrega a unas sesiones de sexo con ella en las que se entremezclan la rabia, el deseo, el despecho y lo que quedó del amor.
Después se quedan en silencio y comen los caramelos de tres por diez centavos que le vendió el tipo del quiosco que llevaba puesta su camiseta. Unos días después, en vísperas de Navidad, voy caminando por la calle y un hombre me saluda y me ofrece unas camisetas que ha desplegado sobre una mesa, allí en la calle, en plena 25 de mayo, en el corazón de San Isidro.
“Las mejores son las Lacoste”, me informa. Cuestan treinta pesos. “Son Lacoste truchas”, me advierte, pero de la más alta calidad. Sin dudarlo, le compro cuatro, dos azules, dos verdes.
El tipo me da la mano y me dice “siempre te veo en la tele”, lo que a todas luces es mentira, una dulce mentira navideña. Llego al departamento y le digo a Lucrecia que he comprado cuatro camisetas muy lindas, Lacoste imitación, para que se las regale a su padre, sus dos hermanos y su cuñado, el jugador de rugby. Lucrecia mira las camisetas y me dice, indignada: “¿Sos boludo? ¿Vos pensás que le voy a regalar estas remeras pedorras a mi familia? ¿Vos pensás que somos inferiores a tu familia? ¿Vos le regalarías estas remeras truchas a tus hermanos?”. Le pido disculpas, le digo que no tengo ojo para la ropa, que si bien hago o hacía entrevistas en “Tendencia”, nunca sé qué ropa comprar, cuáles son las tendencias que debo seguir, y siempre tiendo a comprar ropa barata, usada, con tara, fallada, de imitación o en liquidación.
Abatido, descorazonado, pensando que la ropa sólo trae problemas, voy a mi cuarto, me pruebo una camiseta Lacoste con el cocodrilo ilegítimo y me siento a escribir.
Luego pienso (si eso califica como pensar) que quizá un escritor no debería usar nunca prendas de vestir que cuesten más de lo que cuesta un libro suyo.
3.1.07
:: Casi famoso
El avión del magnate mexicano nos espera en un aeropuerto privado. Llego puntualmente, cargado de caramelos.
Los pilotos y el mecánico, todos mexicanos, me saludan con cierta frialdad porque no me conocen, verifican que estoy en la lista de invitados y siguen tomando café como si fueran extras de un culebrón de Televisa. Estoy preocupado porque en mi maletín de mano llevo champú, pasta de dientes, colonia y desodorante, cosas que con seguridad me quitarían en el aeropuerto regular de vuelos comerciales, pero que, como es la primera vez que vuelo en avión privado, no sé si me dejarán llevar conmigo o confiscarán al pasar algún control de seguridad. No comparto esa inquietud con los pilotos mexicanos porque no quiero delatar mi condición de advenedizo, intruso y debutante en las grandes ligas aéreas.
Los otros invitados, en total ocho, van llegando sin atropellarse, distraídamente, como quien llega a la casa de un amigo, y llevan consigo equipajes minúsculos, ultralivianos, porque siempre hay alguien que les carga la ropa en un vuelo regular. Todos se entretienen manipulando un aparato pequeño, negro, en el que reciben y envían correos electrónicos, al mismo tiempo que escuchan canciones en sus ipods, no sé si canciones de ellos porque algunos son cantantes famosos.
Yo no tengo ipod ni blackberry ni laptop ni equipaje ultraliviano, yo viajo a la antigua, con dos maletas impresentables de cuarenta dólares compradas en liquidación en la avenida Collins, los periódicos del día, un libro aburrido y, para matizar, un ejemplar de la revista Hola! Pero ninguno de ellos tiene caramelos de limón o fresa o manzana verde y yo sí, y eso me hace extremadamente popular, eso y el hecho curioso, celebrado por todos, de que llevo puestos cinco pares de calcetines y cinco suéters de la misma talla y color, como si estuviésemos viajando a Alaska cuando en realidad nos dirigimos a Panamá, donde el concepto del sauna resulta una redundancia, porque uno suda a cántaros en cualquier esquina, y donde los zancudos son tan grandes que parecen cucarachas voladoras capaces de hincar sus aguijones traspasando las cinco capas de ropa que me protegen de un frío completamente imaginario, pero que siento sin la menor duda.
En el avión, todos van ensimismados en sus asuntos, preparando discursos, revisando agendas, firmando afiches, camisetas y gorros, leyendo libros con un audífono (es decir, oyendo la voz de un relator que lee el libro por ellos) y recurriendo a mí cuando quieren otro caramelo de manzana verde, los favoritos.
Sólo hay dos brevísimos momentos de tensión: cuando uno de los famosos quiere encender un cigarrillo y el piloto lo amonesta y le dice que está prohibido fumar y entonces el famoso lo ignora con una gracia de veras poética y se va a fumar al baño; y cuando el peluquero de una de las famosas, un italiano canoso y delgado, insiste en cantar a gritos las canciones que escucha en su ipod, lo que provoca que su clienta y protectora, que intenta dormir arropada bajo una manta, le pida suavemente, con los mejores modales, que nos dé tregua y deje de canturrear, que es algo –la sola idea del silencio– que al parecer provoca cierto grado de sufrimiento en el alma bullanguera del peluquero italiano.
Pero, fuera de esos dos momentos de tensión en verdad muy menores, el vuelo es un agrado, a pesar de que voy en un asiento de espaldas a los pilotos, como nunca antes había viajado en un avión, es decir mirando la cola (del avión, y ocasionalmente también de los famosos) y gracias a que nadie decomisó mis artículos de higiene personal.
De pronto, el avión es sacudido por una turbulencia inoportuna y todas las luces se apagan y esa joya voladora que vale no sé cuántos millones se desliza por los aires como si estuviese planeando con los motores muertos y por unos pocos segundos que parecen eternos todos nos miramos aterrados en medio de la oscuridad y pensamos que ha llegado el momento final, que nos espera una muerte horriblemente brusca y glamorosa, que varias leyendas de la música acabarán despanzurradas en algún paraje agreste de la selva panameña y que (si esto sirve de consuelo) saldremos todos juntos (yo también, aunque sin foto) en el próximo número de Hola! Yo espero la muerte con gallarda resignación y hasta con modesta gratitud, porque no podría imaginar una manera más bella, cinematográfica y perfecta de morir, rodeado de celebridades, en el avión de un magnate, tarde en la noche, hojeando Hola!, en algún punto incierto del Caribe y en medio de un viaje benéfico para ayudar a los niños. Por suerte, las luces y los motores se encienden y todos recobramos el aliento y nos miramos aliviados y algunos interrumpen sus rezos y, para hacerlos reír, digo, al tiempo que reparto más caramelos, que hubiera sido una ironía espléndida que se cayera el avión de la fundación “Alas”.
Luego les recuerdo una escena de Almost famous, cuando el avión de los rockeros está a punto de caer y todos gritan sus últimas confesiones (uno revela que es gay), pero luego el avión no se cae y más de uno se arrepiente de haber contado sus secretos más bochornosos.
Y entonces jugamos a que cada uno cuente algún secreto y yo me resisto a contar el mío, que debajo de los suéters tengo una camiseta con el bello rostro de una de las criaturas famosas que vuelan en ese avión, y termino contando algo desatinado que no debí decir: que no me sé la letra de ninguna de las canciones de ninguno de los artistas famosos que viajan esa noche conmigo, porque nunca pude aprenderme una canción completa.
Y entonces se instala un silencio ominoso y alguien dice que está bien, que no pasa nada, que nadie en ese avión (ni siquiera el peluquero italiano) ha leído mis libros, con lo cual estamos a mano.
Y en ese instante quiero que se caiga el avión, pero ya es tarde. Y enseguida comprendo que nunca más me subiré a un avión tan lindo, invitado por mis amigos famosos. Y dos días después, en un vuelo de Copa, sentado al lado de una señora que viaja con una tapa de plástico de un inodoro sobre sus piernas, lloro porque no hay justicia en esta vida y porque en lugar de ser escritor debí ser cantante o al menos escritora.
Los pilotos y el mecánico, todos mexicanos, me saludan con cierta frialdad porque no me conocen, verifican que estoy en la lista de invitados y siguen tomando café como si fueran extras de un culebrón de Televisa. Estoy preocupado porque en mi maletín de mano llevo champú, pasta de dientes, colonia y desodorante, cosas que con seguridad me quitarían en el aeropuerto regular de vuelos comerciales, pero que, como es la primera vez que vuelo en avión privado, no sé si me dejarán llevar conmigo o confiscarán al pasar algún control de seguridad. No comparto esa inquietud con los pilotos mexicanos porque no quiero delatar mi condición de advenedizo, intruso y debutante en las grandes ligas aéreas.
Los otros invitados, en total ocho, van llegando sin atropellarse, distraídamente, como quien llega a la casa de un amigo, y llevan consigo equipajes minúsculos, ultralivianos, porque siempre hay alguien que les carga la ropa en un vuelo regular. Todos se entretienen manipulando un aparato pequeño, negro, en el que reciben y envían correos electrónicos, al mismo tiempo que escuchan canciones en sus ipods, no sé si canciones de ellos porque algunos son cantantes famosos.
Yo no tengo ipod ni blackberry ni laptop ni equipaje ultraliviano, yo viajo a la antigua, con dos maletas impresentables de cuarenta dólares compradas en liquidación en la avenida Collins, los periódicos del día, un libro aburrido y, para matizar, un ejemplar de la revista Hola! Pero ninguno de ellos tiene caramelos de limón o fresa o manzana verde y yo sí, y eso me hace extremadamente popular, eso y el hecho curioso, celebrado por todos, de que llevo puestos cinco pares de calcetines y cinco suéters de la misma talla y color, como si estuviésemos viajando a Alaska cuando en realidad nos dirigimos a Panamá, donde el concepto del sauna resulta una redundancia, porque uno suda a cántaros en cualquier esquina, y donde los zancudos son tan grandes que parecen cucarachas voladoras capaces de hincar sus aguijones traspasando las cinco capas de ropa que me protegen de un frío completamente imaginario, pero que siento sin la menor duda.
En el avión, todos van ensimismados en sus asuntos, preparando discursos, revisando agendas, firmando afiches, camisetas y gorros, leyendo libros con un audífono (es decir, oyendo la voz de un relator que lee el libro por ellos) y recurriendo a mí cuando quieren otro caramelo de manzana verde, los favoritos.
Sólo hay dos brevísimos momentos de tensión: cuando uno de los famosos quiere encender un cigarrillo y el piloto lo amonesta y le dice que está prohibido fumar y entonces el famoso lo ignora con una gracia de veras poética y se va a fumar al baño; y cuando el peluquero de una de las famosas, un italiano canoso y delgado, insiste en cantar a gritos las canciones que escucha en su ipod, lo que provoca que su clienta y protectora, que intenta dormir arropada bajo una manta, le pida suavemente, con los mejores modales, que nos dé tregua y deje de canturrear, que es algo –la sola idea del silencio– que al parecer provoca cierto grado de sufrimiento en el alma bullanguera del peluquero italiano.
Pero, fuera de esos dos momentos de tensión en verdad muy menores, el vuelo es un agrado, a pesar de que voy en un asiento de espaldas a los pilotos, como nunca antes había viajado en un avión, es decir mirando la cola (del avión, y ocasionalmente también de los famosos) y gracias a que nadie decomisó mis artículos de higiene personal.
De pronto, el avión es sacudido por una turbulencia inoportuna y todas las luces se apagan y esa joya voladora que vale no sé cuántos millones se desliza por los aires como si estuviese planeando con los motores muertos y por unos pocos segundos que parecen eternos todos nos miramos aterrados en medio de la oscuridad y pensamos que ha llegado el momento final, que nos espera una muerte horriblemente brusca y glamorosa, que varias leyendas de la música acabarán despanzurradas en algún paraje agreste de la selva panameña y que (si esto sirve de consuelo) saldremos todos juntos (yo también, aunque sin foto) en el próximo número de Hola! Yo espero la muerte con gallarda resignación y hasta con modesta gratitud, porque no podría imaginar una manera más bella, cinematográfica y perfecta de morir, rodeado de celebridades, en el avión de un magnate, tarde en la noche, hojeando Hola!, en algún punto incierto del Caribe y en medio de un viaje benéfico para ayudar a los niños. Por suerte, las luces y los motores se encienden y todos recobramos el aliento y nos miramos aliviados y algunos interrumpen sus rezos y, para hacerlos reír, digo, al tiempo que reparto más caramelos, que hubiera sido una ironía espléndida que se cayera el avión de la fundación “Alas”.
Luego les recuerdo una escena de Almost famous, cuando el avión de los rockeros está a punto de caer y todos gritan sus últimas confesiones (uno revela que es gay), pero luego el avión no se cae y más de uno se arrepiente de haber contado sus secretos más bochornosos.
Y entonces jugamos a que cada uno cuente algún secreto y yo me resisto a contar el mío, que debajo de los suéters tengo una camiseta con el bello rostro de una de las criaturas famosas que vuelan en ese avión, y termino contando algo desatinado que no debí decir: que no me sé la letra de ninguna de las canciones de ninguno de los artistas famosos que viajan esa noche conmigo, porque nunca pude aprenderme una canción completa.
Y entonces se instala un silencio ominoso y alguien dice que está bien, que no pasa nada, que nadie en ese avión (ni siquiera el peluquero italiano) ha leído mis libros, con lo cual estamos a mano.
Y en ese instante quiero que se caiga el avión, pero ya es tarde. Y enseguida comprendo que nunca más me subiré a un avión tan lindo, invitado por mis amigos famosos. Y dos días después, en un vuelo de Copa, sentado al lado de una señora que viaja con una tapa de plástico de un inodoro sobre sus piernas, lloro porque no hay justicia en esta vida y porque en lugar de ser escritor debí ser cantante o al menos escritora.
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