Un peruano que sale de su patria odiado por amigos y familiares, pero que es admirado en cada rincón por el que pasa la tropa de ciudadanos del mundo. Aquí recogemos algunas de sus columnas que ya se han publicado en los diferentes países del mundo y que no busca m´s que juntarlas para que no se pierdan en los archivos mundanos.
19.12.06
:: El último helado
En mayo del año pasado, en vísperas de cumplir setenta, mi padre me escribió un correo electrónico invitándome a su cumpleaños en un balneario al sur de Lima. Llevábamos años sin vernos ni hablarnos (y una vida o dos jugando una encarnizada partida de ajedrez en la que ambos habíamos perdido la reina y sabíamos que era imposible ganar, pero sin querer resignarnos a sellar las tablas). No tuve la nobleza de contestarle aquel correo breve pero afectuoso a su manera. Sería su último cumpleaños en buena forma. No estuve a su lado aquellos días en Paracas. En mayo de este año tampoco lo acompañé ni lo saludé a la distancia. Ya entonces estaba minado por la quimioterapia. Hace un mes o poco más, informado por mi madre de que su salud se hallaba gravemente deteriorada, fui a visitarlo a la clínica. Me costó trabajo golpear la puerta y entrar en su cuarto después de tanto tiempo sin vernos. Sentí, sin embargo, que era mi deber, que en la hora final lo que correspondía era tener un gesto de afecto con él y deponer las hostilidades del pasado. No por culpa de nadie, o por culpa mía en todo caso, la nuestra había sido, desde mis primeros recuerdos, una relación trabada por desencuentros, malentendidos y orgullos excesivos, y viciada por la expectativa de que el otro debía ser uno distinto del que era naturalmente. Aquel encuentro fue cordial (le di un beso en la frente al entrar y otro antes de irme) y mi padre fue amable y generoso conmigo, pero en algún momento, cuando mi madre habló de la televisión, él expresó ciertos reparos, muy a su manera, sobre mi programa, y dijo que no lo veía o que prefería no verlo (aunque mi madre lo desmintió enseguida), y yo escribí luego una crónica recreando esa visita cargada de emoción, en la que no pude omitir el momento en que él tomó distancia de ciertas cosas que yo había hecho en televisión. Aunque la crónica era sentida y afectuosa y terminaba rememorando un viaje que hicimos juntos cantando rancheras en su auto cuando era niño, supe luego que le había disgustado o contrariado aquella columna que publiqué en el periódico, lo que me entristeció. Hace unos días, mi madre me llamó por teléfono y, con admirable tranquilidad -la paz de los que tienen fe, una paz que siempre me fue esquiva-, me dijo que mi padre quería verme, que estaba preguntando por mí, que debía darme prisa porque la situación era grave y le quedaban pocos días de vida. Abrumado por los recuerdos, fui a la clínica al día siguiente. Mi padre tenía la muerte dibujada en el rostro. A duras penas podía hablar. Hizo un gran esfuerzo para sostener una breve conversación conmigo. Se interesó por mis asuntos con una generosidad que me impresionó. Al parecer, estaba orgulloso porque Shakira me había saludado en su concierto en Lima y había dicho que somos amigos. También veía con simpatía que hubiese apoyado a un amigo suyo en las elecciones a la alcaldía de San Isidro. Cuando le conté que tenía un pequeño problema de salud, se interesó vivamente, me hizo preguntas (ignorando a la enfermera que le pedía que no hablase tanto) y me recomendó que me atendiese con un médico amigo suyo. Me impresionó el esfuerzo que hizo para describir tan detalladamente el tratamiento que debía seguir para aliviarme de esa molestia. Por eso le dije: -Qué bueno ver que estás tan bien de la cabeza. Mi padre me guiñó el ojo, sonriendo, y dijo: -El lunes estaré en la casa. Fue sorprendente que me guiñase el ojo con tanto afecto y picardía, como nunca antes lo había hecho. Fue un momento entrañable, que me dejó conmovido y en silencio. A pesar de que su cuerpo estaba casi paralizado por la enfermedad, con sólo mover levemente una pestaña me había dicho que todo estaba bien entre nosotros, que no estaba molesto, que tal vez, al final, después de tantos desencuentros y extravíos, se sentía orgulloso de mí, o al menos en paz conmigo, y que esa secreta complicidad que existía entre nosotros cuando me llevaba al colegio y me daba un dinero diciéndome que era “un fondo de emergencia” por si me pasaba algo malo (sabiendo que gastaría ese dinero en un helado a la salida, una emergencia que se repetía cada tarde) y ese pozo de amor que había en su mirada cuando me decía “sólo gástate la plata si tienes una emergencia” (sabiendo que a la mañana siguiente me diría lo mismo) todavía nos unían, a pesar de todo. Poco después, la enfermera le pidió que comiese algo y él dijo que no tenía hambre, pero, como ella insistió, él pidió un helado de chocolate y una coca cola. La enfermera recomendó que comprásemos una coca light, pero mi padre me hizo saber con la mirada que prefería la cocacola de verdad. Bajé a la cafetería con Javier, mi hermano, y compramos un helado de fresa, porque no había de chocolate, y dos coca colas, una regular y otra light. Mi padre, por supuesto, bebió la coca cola más fuerte. Cuando mi madre le dio el helado en la boca, no pude evitar pensar cuántos helados le debía a papá, cuán tardío e insuficiente era este último helado. Un día antes de que muriese, nos quedamos un momento a solas y le pedí perdón por no haber podido ser el hijo que él merecía. Mi padre ya no podía hablar. El lunes, como él me dijo, volvió a su casa, pero ya estaba muerto. Al día siguiente, en el funeral, me incliné, besé el ataúd y le pedí perdón en silencio, por última vez. Ahora, cuando lo recuerdo, lo veo sonriendo, guiñándome el ojo. Así lo recordaré siempre.
11.12.06
:: La reputación en llamas
Corrían los turbulentos años ochenta. Yo estudiaba leyes en una universidad de Lima que se jactaba de ser católica. Ignoraba, en mi infinita candidez, que las leyes en mi país eran una ficción –una ficción pomposa, enrevesada e inútil– y que años más tarde, expulsado de aquella universidad, terminaría dedicado a otras formas más nobles de ficción, como la de escribir mentiras o decirlas en televisión. Ignoraba asimismo, entre muchas otras cosas, que debía desconfiar de cualquier institución o persona que se jactase de ser católica, y que sólo tenía sentido, si acaso, estudiar en una universidad laica y agnóstica que se atreviese a cuestionar los dogmas, prejuicios, supercherías y antiguallas de esa religión o de cualquier otra, que eran, por cierto, unas formas más innobles e insidiosas de urdir ficciones. Lo que habría de salvarme de aquel extravío o malentendido en el que me hallaba era el mundo grotesco, desmesurado y carnavalesco de la televisión, que me permitió un conocimiento más exacto de las dimensiones bochornosas de mi inteligencia y mi hombría. Por circunstancias azarosas, había terminado trabajando en las noches, después de asistir a clases en la universidad de los curas, en un canal de televisión de Lima, como presentador de un programa en directo en el que entrevistaba a políticos, politicastros, pilluelos, pillarajos y otra gente encantadora, gente con la que me entendía naturalmente bien y a la que no era difícil cazar mintiendo o poner en aprietos.
Una noche, esperando un taxi para ir a la televisión, vestido de traje y corbata, cargando un maletín lleno de papeles, soñando con que algún día diría mentiras de hermosa sonoridad en alguna plaza pública, ensayando mis discursos grandilocuentes como congresista o candidato presidencial, no advertí, distraído por asuntos tan graves, que un tío distinguido y encantador pasó en su auto guinda y verificó sin querer mi seca condición de peatón, promesa política y naciente estrella de televisión.
Al día siguiente, tan noble tío llamó a la casa de mis abuelos maternos, en la que yo vivía refugiado, y me dijo que quería hablar conmigo, que fuese a visitarlo a su oficina. Por supuesto, acudí sin demora. Fumando un habano, vestido con impecable corrección británica, saltando con gracia entre el español y el inglés, exhalando un perfume embriagador, mi tío hizo tres cosas igualmente inverosímiles: me regaló un pañuelo de seda Burberrys, me comunicó que me había suscrito a la revista The Economist (“si quieres ser presidente, tienes que ir a la escuela de gobierno de Harvard y leer The Economist”) y me ofreció un préstamo de diez mil dólares, a pagar sin intereses y en un plazo laxo e impreciso, para comprarme un carro nuevo o usado, lo que quedaba a mi elección (“una estrella de televisión como tú no puede andar en taxi, Jimmyboy”).
Con el dinero que tan generosa e imprudentemente me prestó mi tío, compré a los pocos días un auto Fiat, modelo Brava, color gris plata, fabricado el año 1980, con treinta mil kilómetros recorridos, cinco velocidades, asientos de cuero y aire acondicionado. A mi querido tío le prometí que en diez meses, como mucho, le pagaría la deuda, pues a finales de cada mes iría sin falta a su oficina a dejarle un sobre con mil dólares en efectivo. Ni él ni yo sabíamos que el dinero que se ganaba en la televisión peruana era también una ficción, una quimera, una cosa inasible, de perfiles gaseosos, y que el legendario dueño del canal que me había contratado solía decir entre risas, con sabiduría: “Las deudas nuevas hay que dejarlas envejecer. Y las deudas viejas nunca se pagan”.
Como fueron pasando los meses y yo no cobraba mi sueldo y tampoco visitaba a mi tío en su oficina a pagar las cuotas mensuales ni tenía siquiera la cortesía de llamarlo a pedirle disculpas, él, comprensiblemente irritado, se dirigió a la casa de mis abuelos, tocó el timbre y pidió hablar conmigo. Desde mi cuarto en el segundo piso, le rogué a mi abuelo, un hombre bondadoso, que le dijera al tío ofuscado que yo no estaba. Mi abuelo, un amor, mintió para protegerme. Mi tío dejó una nota que decía: “Me has decepcionado. Un caballero siempre paga sus deudas”.
Cuánta razón tenía mi querido tío. Pero ya entonces yo no me sentía un caballero, por mucho que tratase. Me inquietaba ya la oscura certeza de que el destino no había reservado para mí el papel de caballero británico que mi tío cumplía con tan admirable precisión. Confundido en el circo lujurioso de la televisión peruana, trabajando –es un decir– entre enanos aventajados, gordas de risa apocalíptica, cómicos borrachos, boquitas pintadas y mujeres con voz ronca y testículos, maravillado por todas esas suaves formas del pecado que mi madre y los curas del Opus me habían ocultado, yo no podía sentirme un caballero. Nunca le pagué un centavo a mi querido tío.
No lo llamé por teléfono a disculparme ni le di explicaciones ciertas o mentirosas ni le mandé saludos por televisión (una forma de pago que se conoce como “canje” y que he usado con dentistas, aerolíneas y vendedores de autos). Al día de hoy, le debo diez mil dólares sin intereses. Le pido disculpas públicas, si de algo valen. Tengo el firme propósito de ponerme al día y saldar esa deuda oprobiosa, pero una crisis de liquidez o “caja chica” me impide cumplir con mi conciencia.
Dos años después de comprarlo, en un viaje que hice con un amigo a los desiertos del sur peruano, el Fiat Brava de cinco velocidades, que había alojado en sus confortables asientos de cuero unas formas de amar que yo ignoraba cuando lo hice mío, ardió inesperadamente en llamas y quedó reducido a un amasijo de fierros humosos y negruzcos, mientras mi amigo y yo, las narices llenas de cierto polvillo blanco, contemplábamos extasiados ese espectáculo, el de un auto que se quemaba en medio del desierto (y con él, mi reputación o lo que quedaba de ella).
Una noche, esperando un taxi para ir a la televisión, vestido de traje y corbata, cargando un maletín lleno de papeles, soñando con que algún día diría mentiras de hermosa sonoridad en alguna plaza pública, ensayando mis discursos grandilocuentes como congresista o candidato presidencial, no advertí, distraído por asuntos tan graves, que un tío distinguido y encantador pasó en su auto guinda y verificó sin querer mi seca condición de peatón, promesa política y naciente estrella de televisión.
Al día siguiente, tan noble tío llamó a la casa de mis abuelos maternos, en la que yo vivía refugiado, y me dijo que quería hablar conmigo, que fuese a visitarlo a su oficina. Por supuesto, acudí sin demora. Fumando un habano, vestido con impecable corrección británica, saltando con gracia entre el español y el inglés, exhalando un perfume embriagador, mi tío hizo tres cosas igualmente inverosímiles: me regaló un pañuelo de seda Burberrys, me comunicó que me había suscrito a la revista The Economist (“si quieres ser presidente, tienes que ir a la escuela de gobierno de Harvard y leer The Economist”) y me ofreció un préstamo de diez mil dólares, a pagar sin intereses y en un plazo laxo e impreciso, para comprarme un carro nuevo o usado, lo que quedaba a mi elección (“una estrella de televisión como tú no puede andar en taxi, Jimmyboy”).
Con el dinero que tan generosa e imprudentemente me prestó mi tío, compré a los pocos días un auto Fiat, modelo Brava, color gris plata, fabricado el año 1980, con treinta mil kilómetros recorridos, cinco velocidades, asientos de cuero y aire acondicionado. A mi querido tío le prometí que en diez meses, como mucho, le pagaría la deuda, pues a finales de cada mes iría sin falta a su oficina a dejarle un sobre con mil dólares en efectivo. Ni él ni yo sabíamos que el dinero que se ganaba en la televisión peruana era también una ficción, una quimera, una cosa inasible, de perfiles gaseosos, y que el legendario dueño del canal que me había contratado solía decir entre risas, con sabiduría: “Las deudas nuevas hay que dejarlas envejecer. Y las deudas viejas nunca se pagan”.
Como fueron pasando los meses y yo no cobraba mi sueldo y tampoco visitaba a mi tío en su oficina a pagar las cuotas mensuales ni tenía siquiera la cortesía de llamarlo a pedirle disculpas, él, comprensiblemente irritado, se dirigió a la casa de mis abuelos, tocó el timbre y pidió hablar conmigo. Desde mi cuarto en el segundo piso, le rogué a mi abuelo, un hombre bondadoso, que le dijera al tío ofuscado que yo no estaba. Mi abuelo, un amor, mintió para protegerme. Mi tío dejó una nota que decía: “Me has decepcionado. Un caballero siempre paga sus deudas”.
Cuánta razón tenía mi querido tío. Pero ya entonces yo no me sentía un caballero, por mucho que tratase. Me inquietaba ya la oscura certeza de que el destino no había reservado para mí el papel de caballero británico que mi tío cumplía con tan admirable precisión. Confundido en el circo lujurioso de la televisión peruana, trabajando –es un decir– entre enanos aventajados, gordas de risa apocalíptica, cómicos borrachos, boquitas pintadas y mujeres con voz ronca y testículos, maravillado por todas esas suaves formas del pecado que mi madre y los curas del Opus me habían ocultado, yo no podía sentirme un caballero. Nunca le pagué un centavo a mi querido tío.
No lo llamé por teléfono a disculparme ni le di explicaciones ciertas o mentirosas ni le mandé saludos por televisión (una forma de pago que se conoce como “canje” y que he usado con dentistas, aerolíneas y vendedores de autos). Al día de hoy, le debo diez mil dólares sin intereses. Le pido disculpas públicas, si de algo valen. Tengo el firme propósito de ponerme al día y saldar esa deuda oprobiosa, pero una crisis de liquidez o “caja chica” me impide cumplir con mi conciencia.
Dos años después de comprarlo, en un viaje que hice con un amigo a los desiertos del sur peruano, el Fiat Brava de cinco velocidades, que había alojado en sus confortables asientos de cuero unas formas de amar que yo ignoraba cuando lo hice mío, ardió inesperadamente en llamas y quedó reducido a un amasijo de fierros humosos y negruzcos, mientras mi amigo y yo, las narices llenas de cierto polvillo blanco, contemplábamos extasiados ese espectáculo, el de un auto que se quemaba en medio del desierto (y con él, mi reputación o lo que quedaba de ella).
4.12.06
:: El lago del celular perdido
Solía jactarme de no llevar conmigo un teléfono celular, hasta que las mediocres circunstancias que rodean mi vida me obligaron a traicionarme una vez más y comprar un celular en Miami para atender los asuntos siempre urgentes –y casi siempre irrelevantes– del programa de televisión que presento en esa ciudad.
Compré un aparato caro y sofisticado, ultraliviano, de color negro, con un número de funciones que nunca sería capaz de comprender, y, a pesar de la insistencia de la vendedora venezolana, me negué a firmar un contrato con la compañía. Preferí adquirir el teléfono, cargarlo con una tarjeta de cien dólares y continuar usando esa modalidad, la de comprar tarjetas cuando el crédito estuviese por expirar, pues ese sistema, conocido como “prepago”, me concedió el dudoso placer, en medio de la vergüenza y el fastidio que me asaltaron al convertirme en un rehén más de la cultura celular, de sentirme algo menos prisionero.
Me resultó enormemente difícil elegir el tono musical que debía sonar cuando me llamasen, la imagen que serviría como telón de fondo en la pantalla, el idioma en que aparecerían las palabras (estuve tentado de usar el mandarín) y el nombre del usuario (siempre me ha parecido que Jaime es un nombre chato, seco, desangelado, pusilánime, lo que por otra parte me hace justicia y revela cuán perspicaces fueron mis padres en adivinar mi carácter).
Semanas después, llegué con mis dos hijas a Buenos Aires un martes de primavera. El viaje consistió en dos tramos que duraron casi lo mismo: Lima-Buenos Aires, en avión, y Ezeiza-San Isidro, en taxi, por la avenida general Paz, a las siete y media de la mañana. Esa tarde, tras descansar unas horas, fuimos caminando a una tienda de telefonía móvil y compramos un “chip” que nos permitiese usar mi celular también en Buenos Aires, con un número local y cargándolo con tarjetas. Al salir de la tienda con mi celular activado, me sentí socio de Microsoft o de Google o de Youtube.
Me maravilló que mi vida hubiese dado ese salto tecnológico alucinante. Luego llamé a mi productor en Miami, me contó apesadumbrado que una entrevista que dejé grabada había salido sin audio, provocando la comprensible indignación del público, y recordé las minúsculas, bochornosas dimensiones de mi existencia. Del mismo modo que en Miami, sólo usaba el celular en Buenos Aires cuando era estrictamente inevitable, pulsando la tecla de altavoz y alejándolo todo lo que fuese posible de mi cabeza, pues estaba convencido de que las ondas que irradiaba ese adminículo impertinente me provocaban dolores de cabeza, a menos que usara el altavoz y lo mantuviese a cierta distancia de mis orejas.
El jueves, día de acción de gracias, mis hijas y yo fuimos a los bosques de Palermo, caminamos por el rosedal y decidimos dar un paseo en bote por el lago de aguas verdosas. Tras pagar quince pesos y embutirnos en unos chalecos rojos salvavidas, subimos al botecito de madera y empezamos a remar con tanta torpeza como alegría. Fue un momento de intensa felicidad, quizá el mejor recuerdo que guardo ahora de aquel viaje. Nos hicimos fotos cegados por el sol de la tarde, alimentamos con dos alfajores Jorgito a un pato feo y encantador, remamos chapuceramente a ninguna parte, las niñas dijeron vulgaridades espléndidas que me hicieron reír y, cuando nos cansamos de remar, dejamos que las aguas mansas se ocupasen de mecer el precario botecito, mientras mi hija mayor me pedía que viniésemos a vivir un tiempo a Buenos Aires.
Luego volvimos al muelle con ganas de tomar un helado. Mis hijas bajaron con agilidad, tomadas de la mano por el administrador del negocio. Cuando llegó mi turno, me puse de pie, el bote se encabritó un poco, hamacándose peligrosamente, y conseguí dar un salto al muelle. Al hacerlo, algo se deslizó del bolsillo de mi pantalón, rebotó en el filo mismo del muelle y, caprichosamente, pudiendo haber quedado de nuestro lado, sobre los tablones de madera, cayó al agua ante la mirada atónita de mis hijas.
-¡Tu celular, papi! –gritaron.
Pero ya era tarde. El aparato negro se hundió de inmediato en esas aguas densas, misteriosas, y desapareció para siempre.
-Un celular más que se cae al lago –dijo el administrador–.
No sabés cuántos he visto hundirse. Debe haber como mil allá abajo. Mis hijas lamentaron el incidente, me llenaron de mimos y prometieron que me regalarían un celular nuevo, pero yo me sentía extrañamente aliviado y feliz, como si el destino o el azar o algún designio superior hubiese obrado un pequeño y oportuno milagro, el de arrebatarme suavemente ese aparato innecesario, recordándome las ventajas del silencio y, de paso, restaurando una cierta armonía que el celular, con sus constantes interrupciones, había quebrado.
-No volveré a comprar un celular –dije, mientras comíamos helados a la sombra–. He comprendido el mensaje del lago.
-Eres un tonto –me dijo mi hija mayor–.
No hay ningún mensaje. Se te cayó porque no lo guardaste bien.
No le eches la culpa al lago. Al final de la tarde, fuimos a los cines de la esquina de las calles Bulnes y Beruti, vimos una película alemana sobre una joven que enfrentó a los nazis y murió en la guillotina y luego, para celebrar el día de acción de gracias, cenamos pavo con puré en un hotel muy elegante, rodeados de comensales que hablaban en inglés y cuidaban con celo sus carteras y reían escandalosamente.
Como era el día de dar gracias, pensé que debía agradecer a quien correspondiese por haberme privado de seguir padeciendo la minuciosa tortura del celular.
Al llegar a casa, pasada la medianoche, había un mensaje de la madre de mis hijas en el contestador. Decía que la salud de mi padre había empeorado, que a duras penas podía hablar, que estaba allí en la clínica con él llamándome para que hablásemos un ratito, que me había llamado varias veces al celular pero nadie contestaba, que por favor llamase de vuelta porque mi padre quería hablar conmigo y no quedaba mucho tiempo.
El lago de Palermo se tragó esa conversación, que pudo ser la última.
Compré un aparato caro y sofisticado, ultraliviano, de color negro, con un número de funciones que nunca sería capaz de comprender, y, a pesar de la insistencia de la vendedora venezolana, me negué a firmar un contrato con la compañía. Preferí adquirir el teléfono, cargarlo con una tarjeta de cien dólares y continuar usando esa modalidad, la de comprar tarjetas cuando el crédito estuviese por expirar, pues ese sistema, conocido como “prepago”, me concedió el dudoso placer, en medio de la vergüenza y el fastidio que me asaltaron al convertirme en un rehén más de la cultura celular, de sentirme algo menos prisionero.
Me resultó enormemente difícil elegir el tono musical que debía sonar cuando me llamasen, la imagen que serviría como telón de fondo en la pantalla, el idioma en que aparecerían las palabras (estuve tentado de usar el mandarín) y el nombre del usuario (siempre me ha parecido que Jaime es un nombre chato, seco, desangelado, pusilánime, lo que por otra parte me hace justicia y revela cuán perspicaces fueron mis padres en adivinar mi carácter).
Semanas después, llegué con mis dos hijas a Buenos Aires un martes de primavera. El viaje consistió en dos tramos que duraron casi lo mismo: Lima-Buenos Aires, en avión, y Ezeiza-San Isidro, en taxi, por la avenida general Paz, a las siete y media de la mañana. Esa tarde, tras descansar unas horas, fuimos caminando a una tienda de telefonía móvil y compramos un “chip” que nos permitiese usar mi celular también en Buenos Aires, con un número local y cargándolo con tarjetas. Al salir de la tienda con mi celular activado, me sentí socio de Microsoft o de Google o de Youtube.
Me maravilló que mi vida hubiese dado ese salto tecnológico alucinante. Luego llamé a mi productor en Miami, me contó apesadumbrado que una entrevista que dejé grabada había salido sin audio, provocando la comprensible indignación del público, y recordé las minúsculas, bochornosas dimensiones de mi existencia. Del mismo modo que en Miami, sólo usaba el celular en Buenos Aires cuando era estrictamente inevitable, pulsando la tecla de altavoz y alejándolo todo lo que fuese posible de mi cabeza, pues estaba convencido de que las ondas que irradiaba ese adminículo impertinente me provocaban dolores de cabeza, a menos que usara el altavoz y lo mantuviese a cierta distancia de mis orejas.
El jueves, día de acción de gracias, mis hijas y yo fuimos a los bosques de Palermo, caminamos por el rosedal y decidimos dar un paseo en bote por el lago de aguas verdosas. Tras pagar quince pesos y embutirnos en unos chalecos rojos salvavidas, subimos al botecito de madera y empezamos a remar con tanta torpeza como alegría. Fue un momento de intensa felicidad, quizá el mejor recuerdo que guardo ahora de aquel viaje. Nos hicimos fotos cegados por el sol de la tarde, alimentamos con dos alfajores Jorgito a un pato feo y encantador, remamos chapuceramente a ninguna parte, las niñas dijeron vulgaridades espléndidas que me hicieron reír y, cuando nos cansamos de remar, dejamos que las aguas mansas se ocupasen de mecer el precario botecito, mientras mi hija mayor me pedía que viniésemos a vivir un tiempo a Buenos Aires.
Luego volvimos al muelle con ganas de tomar un helado. Mis hijas bajaron con agilidad, tomadas de la mano por el administrador del negocio. Cuando llegó mi turno, me puse de pie, el bote se encabritó un poco, hamacándose peligrosamente, y conseguí dar un salto al muelle. Al hacerlo, algo se deslizó del bolsillo de mi pantalón, rebotó en el filo mismo del muelle y, caprichosamente, pudiendo haber quedado de nuestro lado, sobre los tablones de madera, cayó al agua ante la mirada atónita de mis hijas.
-¡Tu celular, papi! –gritaron.
Pero ya era tarde. El aparato negro se hundió de inmediato en esas aguas densas, misteriosas, y desapareció para siempre.
-Un celular más que se cae al lago –dijo el administrador–.
No sabés cuántos he visto hundirse. Debe haber como mil allá abajo. Mis hijas lamentaron el incidente, me llenaron de mimos y prometieron que me regalarían un celular nuevo, pero yo me sentía extrañamente aliviado y feliz, como si el destino o el azar o algún designio superior hubiese obrado un pequeño y oportuno milagro, el de arrebatarme suavemente ese aparato innecesario, recordándome las ventajas del silencio y, de paso, restaurando una cierta armonía que el celular, con sus constantes interrupciones, había quebrado.
-No volveré a comprar un celular –dije, mientras comíamos helados a la sombra–. He comprendido el mensaje del lago.
-Eres un tonto –me dijo mi hija mayor–.
No hay ningún mensaje. Se te cayó porque no lo guardaste bien.
No le eches la culpa al lago. Al final de la tarde, fuimos a los cines de la esquina de las calles Bulnes y Beruti, vimos una película alemana sobre una joven que enfrentó a los nazis y murió en la guillotina y luego, para celebrar el día de acción de gracias, cenamos pavo con puré en un hotel muy elegante, rodeados de comensales que hablaban en inglés y cuidaban con celo sus carteras y reían escandalosamente.
Como era el día de dar gracias, pensé que debía agradecer a quien correspondiese por haberme privado de seguir padeciendo la minuciosa tortura del celular.
Al llegar a casa, pasada la medianoche, había un mensaje de la madre de mis hijas en el contestador. Decía que la salud de mi padre había empeorado, que a duras penas podía hablar, que estaba allí en la clínica con él llamándome para que hablásemos un ratito, que me había llamado varias veces al celular pero nadie contestaba, que por favor llamase de vuelta porque mi padre quería hablar conmigo y no quedaba mucho tiempo.
El lago de Palermo se tragó esa conversación, que pudo ser la última.
27.11.06
:: El mejor (y peor) negocio de mi vida
Hace seis años o poco más, una compañía española de internet, que entonces florecía y se expandía por el mundo como heredera cibernética de los conquistadores que vinieron por el oro, propuso comprarme los derechos de una novela que estaba por publicar y subirla por entregas en sus portales de Latinoamérica.
No hubo nada que negociar porque la oferta económica resultaba irresistible y sólo me obligaba a enviarles el texto de la novela, que ya estaba escrita, y a participar semanalmente en “chats” con sus suscriptores latinoamericanos. Mi legendaria agente literaria aprobó enseguida la operación. Firmamos en Miami, en un rascacielos espléndido, frente a la bahía. Me dieron el cheque sin demora y con fondos. Sentí que los conquistadores españoles, por una vez, habían sido timados por un indiecito peruano con apellido inglés.
La novela se publicó por entregas diarias, a lo largo de tres meses, en los portales de esa compañía de internet, y fue leída principalmente por secretarias y recepcionistas en horas de oficina, quienes, burlando sus tediosos quehaceres laborales y tal vez mintiéndoles a sus jefes y supervisores, se entregaban furtivamente a consumir esas cartas despechadas o no tanto que yo había escrito a una ex novia, un ex amante clandestino y tres amigos memorables, que había perdido para siempre. (De esas cinco personas que inspiraron las cartas, sólo una de ellas, un periodista de talento tan prominente como su nariz, me dijo que había leído el libro y le había gustado, con lo cual se negó generosamente a perderme como amigo. Los otros cuatro, debo presumir, se sintieron aliviados de que los exonerase de seguir considerándolos mis amigos).
En los “chats” semanales que la compañía española me organizaba en sus distintos portales americanos fracasé escandalosamente, pues apenas entraban ocho o diez personas con sobrenombres lujuriosos que deseaban ligar entre ellas o conmigo, lo que, en cierta ocasión, me produjo un bochorno considerable, pues mi madre, enterada de aquel provechoso negocio cibernético, decidió darme una sorpresa y se descolgó sin previo aviso en el “chat” peruano con el apelativo de “tumamita”, y de pronto se vio envuelta en un tráfico de declaraciones calenturientas, de piropos encendidos, de impaciencias hormonales que a ella, una digna señora del Opus, le provocaron natural espanto, lo que la obligó a escribirme en dicho “chat”:
-“tu mami”: jaimín, quería saludarte, pero mejor me retiro, porque esto está peor que sodoma y gomorra.
Con el dinero que gané en la publicación cibernética de aquella novela y mi participación en esas reuniones de sexópatas camuflados, decidí comprarme un departamento en Lima.
Todos me decían que la mejor inversión –la más segura, la más rendidora– era en el negocio de los bienes raíces, y yo, que nunca tuve raíces de ningún tipo en la ciudad en que nací, decidí echar raíces en los bienes raíces, y compré un departamento, zanjando el problema de raíz.
Era un departamento espléndido, de tres pisos, frente al campo de golf del club Los Incas, muy cerca de la casa de mis hijas, y se lo compré a un viejo amigo de la familia, un hombre encantador. Este caballero italiano, avecindado en el Perú, amigo de mis padres desde que era niño, me llevó al edificio que él mismo había construido sobre el terreno de la que había sido su casa de toda la vida, y me hizo subir quince pisos por escaleras –porque no habían instalado aún los ascensores– hasta el “penthouse triplex” que me ofrecía con entusiasmo, y me enseñó los cuartos y las vistas y las terrazas de lo que sería mi refugio limeño. El edificio estaba desnudo, en concreto, sin puertas ni ventanas ni acabados de ningún tipo, sólo la torre maciza de cemento frente al campo de golf, y el caballero italiano me aseguró que estaría terminado en tres meses como mucho. Aunque me asaltaron dudas de último minuto, cuándo no, firmé el contrato y le entregué el cheque. Todo el dinero que me habían pagado los españoles del pulpo cibernético fue a parar a las manos de este caballero ítalo-peruano.
Nadie sabe para quién trabaja. Han pasado seis años o quizá siete y todavía no he podido mudarme ni pasar siquiera una noche en mi departamento, pues el edificio sigue exactamente como estaba cuando lo visité: sin ventanas ni puertas, sin ascensores ni cocheras, sin personas que lo habiten, sin nada de nada, desolado y polvoriento, un gran pedazo de concreto abandonado a su suerte, un sueño fallido en el cual creyeron doce o quince incautos como yo, que nos quedamos como avergonzados o rencorosos propietarios de un edificio fantasmal, dueños de un fracaso más de los tantos fracasos de los que está hecha la historia de mi país.
De vez en cuando, paso por el edificio desnudo, le doy una mirada, procuro sonreír a pesar de todo, me reafirmo en mi propósito de no enjuiciar a nadie ni enredarme en peleas inútiles, recuerdo por si hiciera falta que ésa es la prueba más alta y pesada de que soy un tonto redomado –si no lo fuera, habría investigado bien antes de pagar, y me hubiese enterado de que la obra estaba paralizada porque el banco que la financiaba había quebrado– y vuelvo a casa y le escribo un correo electrónico a mi buen amigo el italiano, preguntándole cómo van las cosas, cuándo, si acaso, se terminará el edificio y me entregarán mi lindo departamento. Y unos días después él me responde gentilmente y me explica el laberinto judicial en que se halla sumido y me promete que “ahora sí, Jaimito, créeme, hermanito, en medio año máximo tendrás tu lindo departamentito con vista al golf”. Pero ya no soy tan incauto para creerle y estoy resignado a que cuando me muera ese edificio seguirá tal como estaba cuando pagué por su último piso: a medio hacer, a medio terminar, a medio camino entre el sueño y la frustración, como suelen ser las cosas en el país en que nací. Sólo pido que, cuando muera, velen mis despojos allá arriba, y que todos los supernumerarios del Opus estén presentes, orando por mi salvación, tragando polvo, exhaustos por escalar quince pisos.
No hubo nada que negociar porque la oferta económica resultaba irresistible y sólo me obligaba a enviarles el texto de la novela, que ya estaba escrita, y a participar semanalmente en “chats” con sus suscriptores latinoamericanos. Mi legendaria agente literaria aprobó enseguida la operación. Firmamos en Miami, en un rascacielos espléndido, frente a la bahía. Me dieron el cheque sin demora y con fondos. Sentí que los conquistadores españoles, por una vez, habían sido timados por un indiecito peruano con apellido inglés.
La novela se publicó por entregas diarias, a lo largo de tres meses, en los portales de esa compañía de internet, y fue leída principalmente por secretarias y recepcionistas en horas de oficina, quienes, burlando sus tediosos quehaceres laborales y tal vez mintiéndoles a sus jefes y supervisores, se entregaban furtivamente a consumir esas cartas despechadas o no tanto que yo había escrito a una ex novia, un ex amante clandestino y tres amigos memorables, que había perdido para siempre. (De esas cinco personas que inspiraron las cartas, sólo una de ellas, un periodista de talento tan prominente como su nariz, me dijo que había leído el libro y le había gustado, con lo cual se negó generosamente a perderme como amigo. Los otros cuatro, debo presumir, se sintieron aliviados de que los exonerase de seguir considerándolos mis amigos).
En los “chats” semanales que la compañía española me organizaba en sus distintos portales americanos fracasé escandalosamente, pues apenas entraban ocho o diez personas con sobrenombres lujuriosos que deseaban ligar entre ellas o conmigo, lo que, en cierta ocasión, me produjo un bochorno considerable, pues mi madre, enterada de aquel provechoso negocio cibernético, decidió darme una sorpresa y se descolgó sin previo aviso en el “chat” peruano con el apelativo de “tumamita”, y de pronto se vio envuelta en un tráfico de declaraciones calenturientas, de piropos encendidos, de impaciencias hormonales que a ella, una digna señora del Opus, le provocaron natural espanto, lo que la obligó a escribirme en dicho “chat”:
-“tu mami”: jaimín, quería saludarte, pero mejor me retiro, porque esto está peor que sodoma y gomorra.
Con el dinero que gané en la publicación cibernética de aquella novela y mi participación en esas reuniones de sexópatas camuflados, decidí comprarme un departamento en Lima.
Todos me decían que la mejor inversión –la más segura, la más rendidora– era en el negocio de los bienes raíces, y yo, que nunca tuve raíces de ningún tipo en la ciudad en que nací, decidí echar raíces en los bienes raíces, y compré un departamento, zanjando el problema de raíz.
Era un departamento espléndido, de tres pisos, frente al campo de golf del club Los Incas, muy cerca de la casa de mis hijas, y se lo compré a un viejo amigo de la familia, un hombre encantador. Este caballero italiano, avecindado en el Perú, amigo de mis padres desde que era niño, me llevó al edificio que él mismo había construido sobre el terreno de la que había sido su casa de toda la vida, y me hizo subir quince pisos por escaleras –porque no habían instalado aún los ascensores– hasta el “penthouse triplex” que me ofrecía con entusiasmo, y me enseñó los cuartos y las vistas y las terrazas de lo que sería mi refugio limeño. El edificio estaba desnudo, en concreto, sin puertas ni ventanas ni acabados de ningún tipo, sólo la torre maciza de cemento frente al campo de golf, y el caballero italiano me aseguró que estaría terminado en tres meses como mucho. Aunque me asaltaron dudas de último minuto, cuándo no, firmé el contrato y le entregué el cheque. Todo el dinero que me habían pagado los españoles del pulpo cibernético fue a parar a las manos de este caballero ítalo-peruano.
Nadie sabe para quién trabaja. Han pasado seis años o quizá siete y todavía no he podido mudarme ni pasar siquiera una noche en mi departamento, pues el edificio sigue exactamente como estaba cuando lo visité: sin ventanas ni puertas, sin ascensores ni cocheras, sin personas que lo habiten, sin nada de nada, desolado y polvoriento, un gran pedazo de concreto abandonado a su suerte, un sueño fallido en el cual creyeron doce o quince incautos como yo, que nos quedamos como avergonzados o rencorosos propietarios de un edificio fantasmal, dueños de un fracaso más de los tantos fracasos de los que está hecha la historia de mi país.
De vez en cuando, paso por el edificio desnudo, le doy una mirada, procuro sonreír a pesar de todo, me reafirmo en mi propósito de no enjuiciar a nadie ni enredarme en peleas inútiles, recuerdo por si hiciera falta que ésa es la prueba más alta y pesada de que soy un tonto redomado –si no lo fuera, habría investigado bien antes de pagar, y me hubiese enterado de que la obra estaba paralizada porque el banco que la financiaba había quebrado– y vuelvo a casa y le escribo un correo electrónico a mi buen amigo el italiano, preguntándole cómo van las cosas, cuándo, si acaso, se terminará el edificio y me entregarán mi lindo departamento. Y unos días después él me responde gentilmente y me explica el laberinto judicial en que se halla sumido y me promete que “ahora sí, Jaimito, créeme, hermanito, en medio año máximo tendrás tu lindo departamentito con vista al golf”. Pero ya no soy tan incauto para creerle y estoy resignado a que cuando me muera ese edificio seguirá tal como estaba cuando pagué por su último piso: a medio hacer, a medio terminar, a medio camino entre el sueño y la frustración, como suelen ser las cosas en el país en que nací. Sólo pido que, cuando muera, velen mis despojos allá arriba, y que todos los supernumerarios del Opus estén presentes, orando por mi salvación, tragando polvo, exhaustos por escalar quince pisos.
24.11.06
:: Los secretos de la tía Inés
Mi tía Inés enviudó hace dos años o poco más. A su esposo Juvenal le dio un infarto mientras fornicaba en un hotel con una prostituta de lujo. La noticia salió en los periódicos, en las páginas policiales. El chisme era demasiado bueno y se esparció deprisa, era inevitable.
Mi pobre tía quedó desolada. Ya era una mujer mayor, de casi sesenta y tantos años. Había dedicado toda su vida a servir y cuidar a su marido, y de pronto se le murió así, con escándalo policial, sobre el cuerpo cálido de una mujer alquilada.
La tía Inés guardó luto riguroso. No salió de su casa durante un mes. Tenía miedo de que sus amigas del club, de la parroquia, de los naipes, se burlasen de ella porque toda la ciudad supo que el tío Juvenal, un empresario respetado, colapsó jadeando sobre una prostituta jovencita en el hotel Sheraton del centro de Lima. Ella, mi tía, había sido muy religiosa toda la vida, de misa los domingos sin falta y rezarle al Señor de los Milagros en octubre y hasta vestir el hábito morado en casa, pero cuando su marido murió en tan bochornosas circunstancias, sufrió una crisis de fe y dejó de rezar.
Un domingo, sin embargo, regresó a la iglesia de Miraflores. Como siempre, se encargó de pasar la canasta de la limosna. Al terminar de recoger las donaciones de los fieles, sufrió un impulso ciego, repentino. Entró al despacho del cura con la canastita, vació todos los billetes y monedas en sus bolsillos y se retiró encantada, eufórica, invadida por una felicidad plena y rotunda que no había sentido en años, quizá en décadas.
En ese momento, la tía Inés descubrió –nunca es tarde para saber la verdad– que era atea y cleptómana. Desde entonces, se dedicó a robar con astucia y sigilo, por puro placer, siguiendo los oscuros dictados de su voz interior. Era una mujer rica, acomodada, que no necesitaba dinero. Robaba porque la hacía feliz, porque era una manera de sentirse libre, de emanciparse de todas las servidumbres estúpidas a las que se había condenado toda su vida para ser una mujer decente, honorable, respetada. Robaba porque ya no le interesaba ser una mujer decente. Quería ser feliz. Y nada la hacía más feliz que robar.
Dentro de las variadas y minuciosas modalidades de hurto que practicaba –en el supermercado, en ciertas tiendas exclusivas, en las bodegas de su barrio, en casas de algunos de sus familiares, a los que secretamente empezaba a aborrecer–, la que más le excitaba era robarle a sus amigas de toda la vida, con quienes jugaba cartas una vez por semana. Las reunía en su casa, les daba de comer, de beber, y, fingiendo que iba al baño, entraba al cuarto donde ellas habían dejado sus bolsos, sus carteras, sus abrigos y sobretodos, y se extasiaba robándoles un billete o dos con suma delicadeza y discreción, no fuesen a darse cuenta.
Un día cualquiera, sin explicación alguna, la tía Inés se compró una moto colorada. Siempre, desde muy joven, había escondido esa fantasía, la de montar una moto bien roja y veloz, y ahora había llegado el momento de concederse esa dicha largamente postergada. Como estaba en buena forma física, pues nadaba todas las mañanas en la piscina de su casa y tomaba polen y uña de gato y nunca había fumado ni bebido mucho alcohol, aprendió sin dificultades a montar moto.
Era feliz surcando el malecón, acelerando, haciendo rugir su moto, sintiendo cómo el viento le despeinaba las canas. Porque la tía Inés no usaba casco, le parecía una mariconada, y había dejado de pintarse el pelo.
Andando en moto cerca del mar, un muchacho tuvo la osadía de ofrecerle marihuana, y la tía Inés decidió, por qué no, fumarse un porrito. Esa tarde, sentada sobre su moto, detenida en una curva del malecón, mirando el mar oscuro allá abajo, algo cambió radicalmente en su vida.
La tía descubrió que, como robar, fumar marihuana le procuraba unos placeres secretos, inesperados. Y empezó a fumarla con la misma devoción con la que antes cuidaba abnegadamente a su marido. Como se había vuelto tan independiente y ahora gozaba de estar sola y entregarse a sus vicios privados, ya no le interesaba participar de las reuniones familiares, visitar a sus hermanas, asistir a los bautizos, primeras comuniones y cumpleaños, llevarles regalos a sus nietos.
Descubrió –y no lo ocultaba– que los niños la irritaban de un modo inexplicable. No tenía vergüenza de decir a gritos: “Qué niño tan odioso, ¿alguien puede callarlo, por favor?”, incluso si no conocía al niño ni a su familia. Y cuando sus amigas celebraban el nacimiento de un bebé y decían que era precioso, que tenía la nariz del padre o los ojos de la madre, esas cosas que suelen decir las mujeres contemplando a un bebé, ella se impacientaba y decía:
“Todos los bebés son iguales, tienen la cara chancada, y además no sé por qué las mujeres siguen pariendo, si el mundo es una mierda”.
Como mi tía Inés decía esas cosas y la gente se escandalizaba y ella ya no toleraba a los niños engreídos y chillones, dejó de ir a los eventos familiares y se encerró en su mundo, aunque ocasionalmente participaba de alguna actividad social (principalmente bodas) con el escondido propósito de desvalijar a los anfitriones y llevarse algún cenicero de plata, algún billete arrugado, alguna chuchería fina que le entrase discretamente en los bolsillos.
Esos años, sus años de atea, cleptómana, motociclista, fumadora de hierba y enemiga de los niños, fueron los más felices de su vida, y sólo fueron ensombrecidos, si acaso, por la culpa de haber descubierto tan tarde su verdadera identidad, después de tantos años de sumisión y sometimiento a las reglas no escritas del honor social.
Una mañana de verano, serpenteando por el malecón de Miraflores, presumiblemente bajo los efectos sedantes de un porro de marihuana, la tía Inés perdió el control de la moto y rodó por los acantilados.
La Policía cubrió su cadáver con las hojas del mismo periódico que, un par de años atrás, hizo un festín desalmado a raíz de la muerte del tío Juvenal. En sus bolsillos encontraron dos joyas (que luego se descubrió que pertenecían a sus amigas de los naipes), chocolates y chicles (que había robado esa tarde de una bodega), una bolsa de marihuana y un papel con el teléfono de un muchacho llamado Rommel, que prestaba servicios sexuales a domicilio.
Te echaremos de menos, tía querida.
Mi pobre tía quedó desolada. Ya era una mujer mayor, de casi sesenta y tantos años. Había dedicado toda su vida a servir y cuidar a su marido, y de pronto se le murió así, con escándalo policial, sobre el cuerpo cálido de una mujer alquilada.
La tía Inés guardó luto riguroso. No salió de su casa durante un mes. Tenía miedo de que sus amigas del club, de la parroquia, de los naipes, se burlasen de ella porque toda la ciudad supo que el tío Juvenal, un empresario respetado, colapsó jadeando sobre una prostituta jovencita en el hotel Sheraton del centro de Lima. Ella, mi tía, había sido muy religiosa toda la vida, de misa los domingos sin falta y rezarle al Señor de los Milagros en octubre y hasta vestir el hábito morado en casa, pero cuando su marido murió en tan bochornosas circunstancias, sufrió una crisis de fe y dejó de rezar.
Un domingo, sin embargo, regresó a la iglesia de Miraflores. Como siempre, se encargó de pasar la canasta de la limosna. Al terminar de recoger las donaciones de los fieles, sufrió un impulso ciego, repentino. Entró al despacho del cura con la canastita, vació todos los billetes y monedas en sus bolsillos y se retiró encantada, eufórica, invadida por una felicidad plena y rotunda que no había sentido en años, quizá en décadas.
En ese momento, la tía Inés descubrió –nunca es tarde para saber la verdad– que era atea y cleptómana. Desde entonces, se dedicó a robar con astucia y sigilo, por puro placer, siguiendo los oscuros dictados de su voz interior. Era una mujer rica, acomodada, que no necesitaba dinero. Robaba porque la hacía feliz, porque era una manera de sentirse libre, de emanciparse de todas las servidumbres estúpidas a las que se había condenado toda su vida para ser una mujer decente, honorable, respetada. Robaba porque ya no le interesaba ser una mujer decente. Quería ser feliz. Y nada la hacía más feliz que robar.
Dentro de las variadas y minuciosas modalidades de hurto que practicaba –en el supermercado, en ciertas tiendas exclusivas, en las bodegas de su barrio, en casas de algunos de sus familiares, a los que secretamente empezaba a aborrecer–, la que más le excitaba era robarle a sus amigas de toda la vida, con quienes jugaba cartas una vez por semana. Las reunía en su casa, les daba de comer, de beber, y, fingiendo que iba al baño, entraba al cuarto donde ellas habían dejado sus bolsos, sus carteras, sus abrigos y sobretodos, y se extasiaba robándoles un billete o dos con suma delicadeza y discreción, no fuesen a darse cuenta.
Un día cualquiera, sin explicación alguna, la tía Inés se compró una moto colorada. Siempre, desde muy joven, había escondido esa fantasía, la de montar una moto bien roja y veloz, y ahora había llegado el momento de concederse esa dicha largamente postergada. Como estaba en buena forma física, pues nadaba todas las mañanas en la piscina de su casa y tomaba polen y uña de gato y nunca había fumado ni bebido mucho alcohol, aprendió sin dificultades a montar moto.
Era feliz surcando el malecón, acelerando, haciendo rugir su moto, sintiendo cómo el viento le despeinaba las canas. Porque la tía Inés no usaba casco, le parecía una mariconada, y había dejado de pintarse el pelo.
Andando en moto cerca del mar, un muchacho tuvo la osadía de ofrecerle marihuana, y la tía Inés decidió, por qué no, fumarse un porrito. Esa tarde, sentada sobre su moto, detenida en una curva del malecón, mirando el mar oscuro allá abajo, algo cambió radicalmente en su vida.
La tía descubrió que, como robar, fumar marihuana le procuraba unos placeres secretos, inesperados. Y empezó a fumarla con la misma devoción con la que antes cuidaba abnegadamente a su marido. Como se había vuelto tan independiente y ahora gozaba de estar sola y entregarse a sus vicios privados, ya no le interesaba participar de las reuniones familiares, visitar a sus hermanas, asistir a los bautizos, primeras comuniones y cumpleaños, llevarles regalos a sus nietos.
Descubrió –y no lo ocultaba– que los niños la irritaban de un modo inexplicable. No tenía vergüenza de decir a gritos: “Qué niño tan odioso, ¿alguien puede callarlo, por favor?”, incluso si no conocía al niño ni a su familia. Y cuando sus amigas celebraban el nacimiento de un bebé y decían que era precioso, que tenía la nariz del padre o los ojos de la madre, esas cosas que suelen decir las mujeres contemplando a un bebé, ella se impacientaba y decía:
“Todos los bebés son iguales, tienen la cara chancada, y además no sé por qué las mujeres siguen pariendo, si el mundo es una mierda”.
Como mi tía Inés decía esas cosas y la gente se escandalizaba y ella ya no toleraba a los niños engreídos y chillones, dejó de ir a los eventos familiares y se encerró en su mundo, aunque ocasionalmente participaba de alguna actividad social (principalmente bodas) con el escondido propósito de desvalijar a los anfitriones y llevarse algún cenicero de plata, algún billete arrugado, alguna chuchería fina que le entrase discretamente en los bolsillos.
Esos años, sus años de atea, cleptómana, motociclista, fumadora de hierba y enemiga de los niños, fueron los más felices de su vida, y sólo fueron ensombrecidos, si acaso, por la culpa de haber descubierto tan tarde su verdadera identidad, después de tantos años de sumisión y sometimiento a las reglas no escritas del honor social.
Una mañana de verano, serpenteando por el malecón de Miraflores, presumiblemente bajo los efectos sedantes de un porro de marihuana, la tía Inés perdió el control de la moto y rodó por los acantilados.
La Policía cubrió su cadáver con las hojas del mismo periódico que, un par de años atrás, hizo un festín desalmado a raíz de la muerte del tío Juvenal. En sus bolsillos encontraron dos joyas (que luego se descubrió que pertenecían a sus amigas de los naipes), chocolates y chicles (que había robado esa tarde de una bodega), una bolsa de marihuana y un papel con el teléfono de un muchacho llamado Rommel, que prestaba servicios sexuales a domicilio.
Te echaremos de menos, tía querida.
23.11.06
:: Recuerdos de Halloween
Cuando era niño, esperaba con impaciencia el día de Halloween por dos razones: porque se suspendían las clases en el colegio y porque mi madre me dejaba disfrazarme de la Pantera Rosa.
El disfraz era bastante chapucero y poco creíble, pero yo me sentía lánguida, elegante y despistada como la Pantera Rosa, y eso bastaba para que fuese el mejor día del año, o el más esperado en todo caso.
Mi madre, que me quería tanto, y que soñaba que cuando fuese adulto me ordenase como sacerdote para llegar con la gracia de Dios hasta el mismísimo Vaticano, no me dejaba salir a pedir caramelos por el barrio, pues le parecía peligroso e inapropiado, a pesar de que vivíamos en una colina muy bonita de casas espléndidas, a una hora de Lima, un cerro soleado todo el año llamado Los Cóndores, pero al menos me concedía la dicha de ser una tarde –y parte de la noche– la suave y sigilosa Pantera Rosa, y además me dejaba recibir a los otros niños del barrio, que llegaban disfrazados a tocar el timbre en busca de golosinas.
Había que enjaular a los perros para que no espantasen a tan encantadores y sorprendentes visitantes, a piratas tuertos, brujas pérfidas, supermanes, batmans y robins inseparables, hombre arañas, popeyes marinos, calaveras andantes, gitanas cantarinas, peter panes y toda clase de personajes fantásticos que, cuando caía la tarde, llegaban a la casa con sus bolsitas cargadas de dulces y sus sonrisas ávidas de una recompensa.
Pero mi madre era única, maravillosa, impredecible, y siempre hacía cosas que no hacían las otras mamás de mis amiguitos, cosas que me dejaban pasmado y a veces un poco abochornado, sin perjuicio de la adoración que sentía por ella. Por ejemplo, hacía pasar a los niños a la sala, les preguntaba por sus papás, por sus familias, por el colegio al que iban, si ya habían hecho la primera comunión, si iban a misa los domingos, cosas así, que el hombre araña o batman y robin no esperaban tener que contestar por Halloween.
Y dependiendo del aplomo y la hondura religiosa de sus respuestas, mi madre y yo les dábamos más o menos caramelitos, chocolates, galletas de vainilla y chupetines con chicle relleno. Pero mamá, antes de darles el premio mayor, los dulces tan ansiados, los hacía tomar lonche: un vaso de leche chocolatada y un plátano bien maduro. Y las calaveras, los corsarios, los muertos resucitados y las brujas desdentadas no esperaban verse en ese trance, comiendo un plátano y recibiendo de manos de mi madre una estampita amarillenta con la oración al fundador del Opus Dei, monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, que entonces, me parece, todavía vivía, porque había llegado hacía poco a Lima, esparciendo su palabra inflamada y dicharachera, y mi madre había corrido a verlo con el mismo ardor adolescente que yo sentía por los Menudo o por Miguel Bosé en sus pantalones rojísimos ajustados y tan prometedores.
Y entonces los niños guardaban sus estampitas sin entender nada, mientras mi madre, un amor, una santa incomprendida, les decía:
-La estampita del Padre hace milagros, chicos. Les va a endulzar la vida mucho más que cualquier caramelito. Es un dulce para el alma. Y yo me sentía un poco raro de tener una mamá así, que repartía estampitas de un santito ceñudo y con anteojos por Halloween, pero no por eso dejaba de quererla, pues me parecía la mujer más buena del mundo, siempre preocupada por salvar a todas las almas y llevarlas con ella al cielo, y por eso estaba siempre atareadísima, bautizando y casando y confirmando y educando en la fe a sus empleadas domésticas, que eran muchas, y a los maridos de sus empleadas domésticas, que a veces eran más, y a los hijos de ambos y de los otros, que eran infinitos.
Hasta que un día vino a la casa a pedir caramelos un niño disfrazado de religioso, con una sotana negra como la noche de ese cerro arenoso de Lima y un crucifijo enorme colgándole del pecho, y mamá le preguntó haciéndose la inocente de qué se había disfrazado, y el niño le dijo “de cura”, y mamá muy suavemente lo riñó, le dijo “no se dice cura, se dice padre o sacerdote, cura es una palabra muy fea que ofende a Dios”, y el niño se quedó pasmado, con un caramelo en la boca a medio chupar atragantándosele, y mamá le dijo “no está bien disfrazarse de sacerdote, no es correcto burlarse así de los padres, que son representantes y ministros del Señor acá en la tierra”, y el niño no supo qué decir, cómo defenderse, y yo le pedí a mamá que le diese caramelitos para endulzar ese momento tan amargo, pero ella le dio su plátano, su vaso de leche y su estampita de monseñor Escrivá, y no le dio ni un solo caramelito o chocolate Sublime o turrón de doña Pepa o chupete bombombún, y lo mandó de vuelta a su casa a cambiarse el disfraz.
Y luego pasaron los años y dejé de usar mi disfraz de la Pantera Rosa porque ya no me quedaba y porque prefería ponerme el uniforme del Barcelona F.C. con el apellido en la espalda del Cholo Sotil, y los niños dejaron de venir a la casa porque estaban hartos del plátano, la leche y la estampita por Halloween, y entonces, como ya habían crecido y eran más rebeldes y al parecer nos guardaban algún (comprensible) rencor, nos tiraban huevos en las paredes y la puerta de calle de la casa, y pintaban cosas feas, por ejemplo “tacaños” o “locos” o “aplatanados”, y después el jardinero, el chino Mario, que era tan bueno, mi mejor amigo, se pasaba horas limpiando esas pinturas tan injustas, que hicieron que perdiese toda ilusión por esperar el día de Halloween. Pero mamá siempre tenía las estampitas listas por si alguien venía a tocar el timbre, aunque ya nadie venía.
Y ahora, un martes por la tarde, día de Halloween, tantos años después, estaba solo, en la puerta de casa, en una isla apacible de Miami, esperando a los niños disfrazados, con mis bolsas llenas de chocolates, galletas, chupetes y caramelos, extrañando a mis hijas, que estaban lejos, y honrando inexplicablemente algunas de las locuras de mi madre, pues, junto con las ansiadas golosinas, le entregaba a cada niño un plátano de regalo y me reía por dentro viendo la cara de sorpresa que ponía. Y era como volver a la infancia y ser mi madre un ratito y quererla así a la distancia y en silencio, a pesar de todo.
El disfraz era bastante chapucero y poco creíble, pero yo me sentía lánguida, elegante y despistada como la Pantera Rosa, y eso bastaba para que fuese el mejor día del año, o el más esperado en todo caso.
Mi madre, que me quería tanto, y que soñaba que cuando fuese adulto me ordenase como sacerdote para llegar con la gracia de Dios hasta el mismísimo Vaticano, no me dejaba salir a pedir caramelos por el barrio, pues le parecía peligroso e inapropiado, a pesar de que vivíamos en una colina muy bonita de casas espléndidas, a una hora de Lima, un cerro soleado todo el año llamado Los Cóndores, pero al menos me concedía la dicha de ser una tarde –y parte de la noche– la suave y sigilosa Pantera Rosa, y además me dejaba recibir a los otros niños del barrio, que llegaban disfrazados a tocar el timbre en busca de golosinas.
Había que enjaular a los perros para que no espantasen a tan encantadores y sorprendentes visitantes, a piratas tuertos, brujas pérfidas, supermanes, batmans y robins inseparables, hombre arañas, popeyes marinos, calaveras andantes, gitanas cantarinas, peter panes y toda clase de personajes fantásticos que, cuando caía la tarde, llegaban a la casa con sus bolsitas cargadas de dulces y sus sonrisas ávidas de una recompensa.
Pero mi madre era única, maravillosa, impredecible, y siempre hacía cosas que no hacían las otras mamás de mis amiguitos, cosas que me dejaban pasmado y a veces un poco abochornado, sin perjuicio de la adoración que sentía por ella. Por ejemplo, hacía pasar a los niños a la sala, les preguntaba por sus papás, por sus familias, por el colegio al que iban, si ya habían hecho la primera comunión, si iban a misa los domingos, cosas así, que el hombre araña o batman y robin no esperaban tener que contestar por Halloween.
Y dependiendo del aplomo y la hondura religiosa de sus respuestas, mi madre y yo les dábamos más o menos caramelitos, chocolates, galletas de vainilla y chupetines con chicle relleno. Pero mamá, antes de darles el premio mayor, los dulces tan ansiados, los hacía tomar lonche: un vaso de leche chocolatada y un plátano bien maduro. Y las calaveras, los corsarios, los muertos resucitados y las brujas desdentadas no esperaban verse en ese trance, comiendo un plátano y recibiendo de manos de mi madre una estampita amarillenta con la oración al fundador del Opus Dei, monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, que entonces, me parece, todavía vivía, porque había llegado hacía poco a Lima, esparciendo su palabra inflamada y dicharachera, y mi madre había corrido a verlo con el mismo ardor adolescente que yo sentía por los Menudo o por Miguel Bosé en sus pantalones rojísimos ajustados y tan prometedores.
Y entonces los niños guardaban sus estampitas sin entender nada, mientras mi madre, un amor, una santa incomprendida, les decía:
-La estampita del Padre hace milagros, chicos. Les va a endulzar la vida mucho más que cualquier caramelito. Es un dulce para el alma. Y yo me sentía un poco raro de tener una mamá así, que repartía estampitas de un santito ceñudo y con anteojos por Halloween, pero no por eso dejaba de quererla, pues me parecía la mujer más buena del mundo, siempre preocupada por salvar a todas las almas y llevarlas con ella al cielo, y por eso estaba siempre atareadísima, bautizando y casando y confirmando y educando en la fe a sus empleadas domésticas, que eran muchas, y a los maridos de sus empleadas domésticas, que a veces eran más, y a los hijos de ambos y de los otros, que eran infinitos.
Hasta que un día vino a la casa a pedir caramelos un niño disfrazado de religioso, con una sotana negra como la noche de ese cerro arenoso de Lima y un crucifijo enorme colgándole del pecho, y mamá le preguntó haciéndose la inocente de qué se había disfrazado, y el niño le dijo “de cura”, y mamá muy suavemente lo riñó, le dijo “no se dice cura, se dice padre o sacerdote, cura es una palabra muy fea que ofende a Dios”, y el niño se quedó pasmado, con un caramelo en la boca a medio chupar atragantándosele, y mamá le dijo “no está bien disfrazarse de sacerdote, no es correcto burlarse así de los padres, que son representantes y ministros del Señor acá en la tierra”, y el niño no supo qué decir, cómo defenderse, y yo le pedí a mamá que le diese caramelitos para endulzar ese momento tan amargo, pero ella le dio su plátano, su vaso de leche y su estampita de monseñor Escrivá, y no le dio ni un solo caramelito o chocolate Sublime o turrón de doña Pepa o chupete bombombún, y lo mandó de vuelta a su casa a cambiarse el disfraz.
Y luego pasaron los años y dejé de usar mi disfraz de la Pantera Rosa porque ya no me quedaba y porque prefería ponerme el uniforme del Barcelona F.C. con el apellido en la espalda del Cholo Sotil, y los niños dejaron de venir a la casa porque estaban hartos del plátano, la leche y la estampita por Halloween, y entonces, como ya habían crecido y eran más rebeldes y al parecer nos guardaban algún (comprensible) rencor, nos tiraban huevos en las paredes y la puerta de calle de la casa, y pintaban cosas feas, por ejemplo “tacaños” o “locos” o “aplatanados”, y después el jardinero, el chino Mario, que era tan bueno, mi mejor amigo, se pasaba horas limpiando esas pinturas tan injustas, que hicieron que perdiese toda ilusión por esperar el día de Halloween. Pero mamá siempre tenía las estampitas listas por si alguien venía a tocar el timbre, aunque ya nadie venía.
Y ahora, un martes por la tarde, día de Halloween, tantos años después, estaba solo, en la puerta de casa, en una isla apacible de Miami, esperando a los niños disfrazados, con mis bolsas llenas de chocolates, galletas, chupetes y caramelos, extrañando a mis hijas, que estaban lejos, y honrando inexplicablemente algunas de las locuras de mi madre, pues, junto con las ansiadas golosinas, le entregaba a cada niño un plátano de regalo y me reía por dentro viendo la cara de sorpresa que ponía. Y era como volver a la infancia y ser mi madre un ratito y quererla así a la distancia y en silencio, a pesar de todo.
22.11.06
:: El albergue transitorio
Andrea me envía un correo electrónico que dice: “sos malo”. Me lo dice porque hace días que no le escribo. Le contesto: “soy malo para que me quieras, si fuera bueno te aburrirías de mí”. Se lo digo para que no deje de escribirme.
Andrea me escribe: “¿cuándo vienes? ¿cuándo voy a verte?”.
Le respondo: “puedes verme los sábados a la noche en Canal 9”.
Se molesta: “sos malo y además cruel, sabés que no soporto verte en la tele, odio tus entrevistas, parecés un nabo atómico, entrevistás a gente que no te interesa realmente, no quiero que salgas en la tele, te hace mal como escritor, no te conviene”.
Le escribo: “te amo cuando me dices esas cosas, estás loca pero tienes razón, yo tampoco soporto verme en la tele”.
Me escribe: “entonces deja la tele y escribe, sólo escribe”.
Le escribo: “no puedo, la tele paga bien, los libros dejan poca plata, tú sabes que a mí me gusta vivir bien”.
Me reprocha: “un verdadero escritor no tiene miedo a ser pobre”.
Me defiendo: “entonces no soy un verdadero escritor, nunca he podido ser nada completamente verdadero, ni siquiera un hombre verdadero”.
Me escribe: “sí lo sos, sólo que no creés suficientemente en vos”.
Le respondo: “al menos creo suficientemente en ti”.
Me amonesta: “tampoco creés en mí, porque no querés verme, siempre encontrás una excusa para no verme, voy a borrarme el tatuaje que me hice con tu nombre”.
Le digo la verdad: “sabes que te amo, pero no sé si quiero verte, porque la última vez que nos vimos terminamos discutiendo de política, me dijiste que el vicepresidente de Bolivia, el tal Alvaro no sé cuantitos, es tu amigo, un tipo culto, encantador, que viene a comprar libros a Buenos Aires, y yo te dije que a mí me parece un lunático que incita a la violencia y que apoya a un charlatán impresentable como Chávez”.
Me escribe: “entonces no hablemos de política, pero veámonos, no seas malo”.
Le escribo: “estoy en tu ciudad, llegué ayer, esta tarde tengo que grabar dos programas, termino a las siete con suerte, ¿puedes verme a las siete y media en Palermo?”.
No tarda en responder: “sí, decime dónde”.
Le escribo: “en el albergue transitorio de Juan B. Justo, pasando Santa Fe, ¿te parece?”.
Me escribe: “nos vemos allí a las siete y media, esperame en el cuarto si llegás antes que yo”.
Le escribo: “dale, te espero en el cuarto”.
Podríamos habernos dicho esto por teléfono y no por correo electrónico, pero Andrea no usa celular y yo tampoco, y nunca la llamo a la librería donde trabaja y ella no me llama a casa porque nuestros muy esporádicos encuentros tienen siempre esa naturaleza furtiva, clandestina.
Esa tarde, apenas termino de grabar, tomo un taxi, me bajo en Juan B. Justo, entro al albergue transitorio (que anuncia su condición con un cartel impúdico en letras rojas fosforescentes), le pago cuarenta pesos por dos horas a un joven en la recepción que escucha “La extraña dama” de Valeria Lynch en la versión estupenda de Miranda!, subo a la habitación, me despojo del saco, la corbata y los zapatos, me tiendo en la cama y espero a Andrea.
Estoy dormido cuando suena el teléfono. El chico de la recepción me dice que ha llegado Andrea. Le digo que puede subir. Andrea me abraza y me regala un libro de Coetzee, Desgracia. -
Estás más flaco -me miente. Vuelvo a la cama, me meto debajo de las sábanas. Andrea no se desviste, se mete a la cama conmigo. Enciendo la tele y voy cambiando de canales hasta que encuentro un partido de fútbol que no puedo perderme.
-¿Vas a ver la tele? -se molesta ella.
-Sólo faltan quince minutos para el entretiempo -le digo-. Apenas termine el primer tiempo, podemos jugar nosotros.
-Odio la tele -dice ella, y me da la espalda-.
Siempre preferís la tele y me dejás esperándote. No digo nada porque no quiero discutir y tampoco quiero perderme el fútbol. Cuando termina el primer tiempo, apago la tele, me acerco a Andrea y veo que se ha dormido.
-Mejor -pienso-. Así puedo ver tranquilo el segundo tiempo. Llamo al joven de la recepción y le digo que voy a quedarme dos horas más. Andrea duerme o finge dormir mientras veo el segundo tiempo. Parece estar dormida de verdad, porque ronca un poco y a veces hace unos movimientos raros con su pie derecho, unos temblores suaves y repentinos, como si estuviera relajándose profundamente. Veo el fútbol sin volumen. No bien termina, apago la tele. Estoy cansado. No sé si quiero tener un revolcón con ella. No tengo un condón a la mano. No quiero despertarla. Cierro los ojos. Respiro al mismo ritmo que Andrea. Cuando despierto, miro el reloj. Es la una de la mañana. Andrea sigue dormida. Llamo al joven de la recepción y le digo:
-Creo que me voy a quedar toda la noche.
-Pero son veinte pesos la hora, te va a salir una fortuna -me dice amablemente-. La gente no viene acá a dormir.
-Comprendo -le digo-. Pero mi chica se ha quedado dormida, así que pasaremos la noche acá.
-Bueno, te dejo la noche en doscientos pesos -me dice.
-Gracias, estupendo -le digo.
A la mañana siguiente nos vamos sin desayunar del albergue transitorio. Estamos contentos, a pesar de que no hemos hecho el amor o debido a eso. Estamos contentos porque hemos dormido mucho. Lo que revela cuánto me gusta dormir y cuán vago soy para los trajines del amor.
Andrea me escribe: “¿cuándo vienes? ¿cuándo voy a verte?”.
Le respondo: “puedes verme los sábados a la noche en Canal 9”.
Se molesta: “sos malo y además cruel, sabés que no soporto verte en la tele, odio tus entrevistas, parecés un nabo atómico, entrevistás a gente que no te interesa realmente, no quiero que salgas en la tele, te hace mal como escritor, no te conviene”.
Le escribo: “te amo cuando me dices esas cosas, estás loca pero tienes razón, yo tampoco soporto verme en la tele”.
Me escribe: “entonces deja la tele y escribe, sólo escribe”.
Le escribo: “no puedo, la tele paga bien, los libros dejan poca plata, tú sabes que a mí me gusta vivir bien”.
Me reprocha: “un verdadero escritor no tiene miedo a ser pobre”.
Me defiendo: “entonces no soy un verdadero escritor, nunca he podido ser nada completamente verdadero, ni siquiera un hombre verdadero”.
Me escribe: “sí lo sos, sólo que no creés suficientemente en vos”.
Le respondo: “al menos creo suficientemente en ti”.
Me amonesta: “tampoco creés en mí, porque no querés verme, siempre encontrás una excusa para no verme, voy a borrarme el tatuaje que me hice con tu nombre”.
Le digo la verdad: “sabes que te amo, pero no sé si quiero verte, porque la última vez que nos vimos terminamos discutiendo de política, me dijiste que el vicepresidente de Bolivia, el tal Alvaro no sé cuantitos, es tu amigo, un tipo culto, encantador, que viene a comprar libros a Buenos Aires, y yo te dije que a mí me parece un lunático que incita a la violencia y que apoya a un charlatán impresentable como Chávez”.
Me escribe: “entonces no hablemos de política, pero veámonos, no seas malo”.
Le escribo: “estoy en tu ciudad, llegué ayer, esta tarde tengo que grabar dos programas, termino a las siete con suerte, ¿puedes verme a las siete y media en Palermo?”.
No tarda en responder: “sí, decime dónde”.
Le escribo: “en el albergue transitorio de Juan B. Justo, pasando Santa Fe, ¿te parece?”.
Me escribe: “nos vemos allí a las siete y media, esperame en el cuarto si llegás antes que yo”.
Le escribo: “dale, te espero en el cuarto”.
Podríamos habernos dicho esto por teléfono y no por correo electrónico, pero Andrea no usa celular y yo tampoco, y nunca la llamo a la librería donde trabaja y ella no me llama a casa porque nuestros muy esporádicos encuentros tienen siempre esa naturaleza furtiva, clandestina.
Esa tarde, apenas termino de grabar, tomo un taxi, me bajo en Juan B. Justo, entro al albergue transitorio (que anuncia su condición con un cartel impúdico en letras rojas fosforescentes), le pago cuarenta pesos por dos horas a un joven en la recepción que escucha “La extraña dama” de Valeria Lynch en la versión estupenda de Miranda!, subo a la habitación, me despojo del saco, la corbata y los zapatos, me tiendo en la cama y espero a Andrea.
Estoy dormido cuando suena el teléfono. El chico de la recepción me dice que ha llegado Andrea. Le digo que puede subir. Andrea me abraza y me regala un libro de Coetzee, Desgracia. -
Estás más flaco -me miente. Vuelvo a la cama, me meto debajo de las sábanas. Andrea no se desviste, se mete a la cama conmigo. Enciendo la tele y voy cambiando de canales hasta que encuentro un partido de fútbol que no puedo perderme.
-¿Vas a ver la tele? -se molesta ella.
-Sólo faltan quince minutos para el entretiempo -le digo-. Apenas termine el primer tiempo, podemos jugar nosotros.
-Odio la tele -dice ella, y me da la espalda-.
Siempre preferís la tele y me dejás esperándote. No digo nada porque no quiero discutir y tampoco quiero perderme el fútbol. Cuando termina el primer tiempo, apago la tele, me acerco a Andrea y veo que se ha dormido.
-Mejor -pienso-. Así puedo ver tranquilo el segundo tiempo. Llamo al joven de la recepción y le digo que voy a quedarme dos horas más. Andrea duerme o finge dormir mientras veo el segundo tiempo. Parece estar dormida de verdad, porque ronca un poco y a veces hace unos movimientos raros con su pie derecho, unos temblores suaves y repentinos, como si estuviera relajándose profundamente. Veo el fútbol sin volumen. No bien termina, apago la tele. Estoy cansado. No sé si quiero tener un revolcón con ella. No tengo un condón a la mano. No quiero despertarla. Cierro los ojos. Respiro al mismo ritmo que Andrea. Cuando despierto, miro el reloj. Es la una de la mañana. Andrea sigue dormida. Llamo al joven de la recepción y le digo:
-Creo que me voy a quedar toda la noche.
-Pero son veinte pesos la hora, te va a salir una fortuna -me dice amablemente-. La gente no viene acá a dormir.
-Comprendo -le digo-. Pero mi chica se ha quedado dormida, así que pasaremos la noche acá.
-Bueno, te dejo la noche en doscientos pesos -me dice.
-Gracias, estupendo -le digo.
A la mañana siguiente nos vamos sin desayunar del albergue transitorio. Estamos contentos, a pesar de que no hemos hecho el amor o debido a eso. Estamos contentos porque hemos dormido mucho. Lo que revela cuánto me gusta dormir y cuán vago soy para los trajines del amor.
21.11.06
:: La noche que peleaste conmigo
Cuando leímos en un periódico que los Pet Shop Boys darían un concierto en Miami, él dijo con ilusión:
-No me lo puedo perder. Al día siguiente fuimos al teatro a comprar las entradas.
En la camioneta -yo, con el aire encendido en 80 grados; él, bajando el aire de su lado hasta 70-, discutimos. Él me dijo: -Si no quieres venir, no vengas. Yo voy solo. -Me provoca acompañarte –respondí–.
Me gustan los Pet Shop Boys. Cuando era joven, escuchaba sus canciones en Lima. Él me miró inexplicablemente irritado y dijo:
-Contigo nunca se sabe. Nunca sé cuándo me dices la verdad y cuándo estás mintiendo.
Yo me quedé en silencio, sin argumentos para rebatir la acusación.
Pensé: yo tampoco sé cuándo miento, son tantas mentiras que ya se me confunde todo. El día del concierto amanecí fatal. Me dolía la cabeza. A duras penas podía estar en pie. Tuve que quedarme en cama. Él se enojó inexplicablemente:
-Siempre que tenemos un plan, te enfermas. Seguro que no vas a venir al recital. Salí a comprar la comida. Discutí con una odiosa señora venezolana que criticó, impertinente, mi programa. No debí contestarle. Pero estaba enfermo y fatigado y caí en la trampa de decirle:
-No me diga que es “una crítica constructiva”, señora. Si no le gusta mi programa, no lo vea. Pero déjeme en paz. No me interesa su “crítica constructiva”. Y no sé qué es lo que construye su “crítica constructiva”. Al volver a casa, me dio un ataque de tos. Él me miró disgustado y dijo:
-Otro enfermo más en la familia. Dijo eso porque su hermana, con sólo veintinueve años y una hija pequeña, tiene cáncer. Yo me quedé callado y volví a la cama.
Al final de la tarde, me di una ducha y me vestí para el concierto. No podía estropear la noche. Me tomé dos coca colas y pensé, como los toreros, que Dios reparta suerte. Llegamos puntualmente. No fue complicado encontrar parqueo. Tampoco tuvimos que hacer muchas filas para llegar a nuestros asientos en la mezanine. Enseguida fuimos al bar. Pedí dos copas de vino blanco californiano.
-¿Vas a tomar? -se sorprendió él. -Sí -dije-.
Creo que voy a emborracharme.
Hacía mucho que no tomaba. Pero estaba tenso, exhausto, maltrecho, y necesitaba escapar un poco de mi cuerpo y volver al pasado, a aquellas noches infinitas en que me agité felizmente, en compañía de unos amigos que ahora están lejos o que ya no están o que ya no son mis amigos, al ritmo de los Pet Shop Boys. Fue un concierto memorable. Perdí la cuenta de las veces que regresé al bar por una copa más.
No nos pusimos de pie, no bailamos, pero cantamos esas canciones eternas y nos miramos sonriendo y nos burlamos de algunos vecinos exaltados y sentí que todo estaba bien, que, gracias al vino californiano y a la magia de la música, había sido una noche feliz, a pesar de todo.
Entonces cometí un error: la banda se despidió, el público pidió aplaudiendo que volviera al escenario, regresaron como era previsible y, seguro de que, ahora sí, era la última canción de la noche, le dije:
-Yo voy saliendo. Te espero en la camioneta.
Él me miró irritado y dijo:
-¿No puedes quedarte hasta el final?
-No me gusta salir con todo el gentío. Prefiero salir ahora. Pero tranquilo, no te apures, yo te espero en la camioneta. Me puse de pie y, para mi sorpresa, él salió conmigo. Bajando por las escaleras mecánicas, dijo:
-¿Quién te crees que eres, Susana Giménez? ¿No podías salir al final, como todo el mundo? -Pero yo no te dije que salieras conmigo -me defendí-.
Quédate, yo te espero afuera, no hay apuro. Ya era tarde. Él estaba furioso:
-Tenías que malograrlo todo con tus caprichos de diva. Siempre hay algo que te molesta: el aire acondicionado, la gente, el ruido. Tenías que malograrlo todo. Caminaba bruscamente.
Yo tenía que apurarme para no perderle el paso. Le pregunté si quería comer. Dijo que no tenía hambre. Subimos a la camioneta. Seguíamos molestos. Él dijo:
-No te aguanto más. Me voy mañana a Buenos Aires. Hacía tiempo lo venía pensando.
-Nadie te obliga a quedarte. Eres libre. Haz lo que quieras.
-No puedo vivir con un tipo que está todo el día enfermo, en la cama.
-Lo siento. Pero yo no puedo fingir que no me siento mal sólo para hacerte feliz.
Me sentía mal y aun así vine al concierto.
-No hubieras venido. Mejor hubiese venido solo.
-Es la última vez que voy a un concierto contigo. Siempre termino arrepentido.
-No vengas. Quédate en la cama. Pero por tus hijas sí haces cualquier cosa. Yo no quiero vivir con un hombre que tenga hijas.
-No te compares con mis hijas. Es un error. Son amores distintos. -No te soporto más. Estás todo el día hablando de política. Te vistes todos los días con la misma ropa. No tienes amigos. No sales a ningún lado. ¿Crees que es divertido vivir contigo en ese aburrimiento mortal que es Key Biscayne?
Me quedé en silencio. Necesitaba una copa más. Llegando a casa, cada uno se encerró en su cuarto. Pasé la noche desvelado, recordando cada momento de la pelea, cada palabra hiriente.
Al día siguiente hubo gestos amables que atenuaron el daño, pero él hizo sus maletas, llamó un taxi y partió a Buenos Aires. Antes de irse, me abrazó y dijo:
-Si quieres, vuelvo en un tiempo. Pero yo sentí que estaba mintiendo porque le daba pena verme llorar.
Cuando el auto negro se alejó, salí a comprar una botella de vino.
-No me lo puedo perder. Al día siguiente fuimos al teatro a comprar las entradas.
En la camioneta -yo, con el aire encendido en 80 grados; él, bajando el aire de su lado hasta 70-, discutimos. Él me dijo: -Si no quieres venir, no vengas. Yo voy solo. -Me provoca acompañarte –respondí–.
Me gustan los Pet Shop Boys. Cuando era joven, escuchaba sus canciones en Lima. Él me miró inexplicablemente irritado y dijo:
-Contigo nunca se sabe. Nunca sé cuándo me dices la verdad y cuándo estás mintiendo.
Yo me quedé en silencio, sin argumentos para rebatir la acusación.
Pensé: yo tampoco sé cuándo miento, son tantas mentiras que ya se me confunde todo. El día del concierto amanecí fatal. Me dolía la cabeza. A duras penas podía estar en pie. Tuve que quedarme en cama. Él se enojó inexplicablemente:
-Siempre que tenemos un plan, te enfermas. Seguro que no vas a venir al recital. Salí a comprar la comida. Discutí con una odiosa señora venezolana que criticó, impertinente, mi programa. No debí contestarle. Pero estaba enfermo y fatigado y caí en la trampa de decirle:
-No me diga que es “una crítica constructiva”, señora. Si no le gusta mi programa, no lo vea. Pero déjeme en paz. No me interesa su “crítica constructiva”. Y no sé qué es lo que construye su “crítica constructiva”. Al volver a casa, me dio un ataque de tos. Él me miró disgustado y dijo:
-Otro enfermo más en la familia. Dijo eso porque su hermana, con sólo veintinueve años y una hija pequeña, tiene cáncer. Yo me quedé callado y volví a la cama.
Al final de la tarde, me di una ducha y me vestí para el concierto. No podía estropear la noche. Me tomé dos coca colas y pensé, como los toreros, que Dios reparta suerte. Llegamos puntualmente. No fue complicado encontrar parqueo. Tampoco tuvimos que hacer muchas filas para llegar a nuestros asientos en la mezanine. Enseguida fuimos al bar. Pedí dos copas de vino blanco californiano.
-¿Vas a tomar? -se sorprendió él. -Sí -dije-.
Creo que voy a emborracharme.
Hacía mucho que no tomaba. Pero estaba tenso, exhausto, maltrecho, y necesitaba escapar un poco de mi cuerpo y volver al pasado, a aquellas noches infinitas en que me agité felizmente, en compañía de unos amigos que ahora están lejos o que ya no están o que ya no son mis amigos, al ritmo de los Pet Shop Boys. Fue un concierto memorable. Perdí la cuenta de las veces que regresé al bar por una copa más.
No nos pusimos de pie, no bailamos, pero cantamos esas canciones eternas y nos miramos sonriendo y nos burlamos de algunos vecinos exaltados y sentí que todo estaba bien, que, gracias al vino californiano y a la magia de la música, había sido una noche feliz, a pesar de todo.
Entonces cometí un error: la banda se despidió, el público pidió aplaudiendo que volviera al escenario, regresaron como era previsible y, seguro de que, ahora sí, era la última canción de la noche, le dije:
-Yo voy saliendo. Te espero en la camioneta.
Él me miró irritado y dijo:
-¿No puedes quedarte hasta el final?
-No me gusta salir con todo el gentío. Prefiero salir ahora. Pero tranquilo, no te apures, yo te espero en la camioneta. Me puse de pie y, para mi sorpresa, él salió conmigo. Bajando por las escaleras mecánicas, dijo:
-¿Quién te crees que eres, Susana Giménez? ¿No podías salir al final, como todo el mundo? -Pero yo no te dije que salieras conmigo -me defendí-.
Quédate, yo te espero afuera, no hay apuro. Ya era tarde. Él estaba furioso:
-Tenías que malograrlo todo con tus caprichos de diva. Siempre hay algo que te molesta: el aire acondicionado, la gente, el ruido. Tenías que malograrlo todo. Caminaba bruscamente.
Yo tenía que apurarme para no perderle el paso. Le pregunté si quería comer. Dijo que no tenía hambre. Subimos a la camioneta. Seguíamos molestos. Él dijo:
-No te aguanto más. Me voy mañana a Buenos Aires. Hacía tiempo lo venía pensando.
-Nadie te obliga a quedarte. Eres libre. Haz lo que quieras.
-No puedo vivir con un tipo que está todo el día enfermo, en la cama.
-Lo siento. Pero yo no puedo fingir que no me siento mal sólo para hacerte feliz.
Me sentía mal y aun así vine al concierto.
-No hubieras venido. Mejor hubiese venido solo.
-Es la última vez que voy a un concierto contigo. Siempre termino arrepentido.
-No vengas. Quédate en la cama. Pero por tus hijas sí haces cualquier cosa. Yo no quiero vivir con un hombre que tenga hijas.
-No te compares con mis hijas. Es un error. Son amores distintos. -No te soporto más. Estás todo el día hablando de política. Te vistes todos los días con la misma ropa. No tienes amigos. No sales a ningún lado. ¿Crees que es divertido vivir contigo en ese aburrimiento mortal que es Key Biscayne?
Me quedé en silencio. Necesitaba una copa más. Llegando a casa, cada uno se encerró en su cuarto. Pasé la noche desvelado, recordando cada momento de la pelea, cada palabra hiriente.
Al día siguiente hubo gestos amables que atenuaron el daño, pero él hizo sus maletas, llamó un taxi y partió a Buenos Aires. Antes de irse, me abrazó y dijo:
-Si quieres, vuelvo en un tiempo. Pero yo sentí que estaba mintiendo porque le daba pena verme llorar.
Cuando el auto negro se alejó, salí a comprar una botella de vino.
18.11.06
:: La diva y la rata
Llego al estudio de televisión, en un barrio desangelado al norte de Miami, y saludo al guardia colombiano, embutido en su uniforme color café y su sombrero de ala ancha, que antes me quería y por eso me contaba chistes malos y ahora me odia y se limita a gruñir una exclamación que es como el aborto de un saludo.
Bajo de la camioneta, saludo a los guardias afro-americanos, uniformados como la policía montada canadiense, que también me odian y siempre me odiaron sin razón aparente, y paso por el salón vip, donde suelen esperar los invitados al programa.
Todavía no ha llegado nadie. Saco una banana y una barra de granola. De pronto, escucho unos ruidos extraños, como los de un animal rasguñando una pared o caminando en el techo.
Pienso: deben ser gatos techeros o pequeños roedores que vienen por la comida. Voy al cuarto de maquillaje. Etián, un cubano guapo y musculoso que vivió en Alemania y alguna vez maquilló a Robbie Williams en Colonia, me maquilla con esmero, muy suavemente. Es lo mejor de salir en televisión: que alguien te acaricie el rostro con tan exquisita delicadeza, como ya nadie te lo acaricia en la vida misma, mientras te cuenta chismes envenenados sobre los famosos que conoció o dice haber conocido.
Poco después llega la invitada. Es una mujer bella y famosa. Es cantante y actriz. La acompaña un séquito de asistentes, peluqueros, publicistas y socorristas de asuntos ínfimos.
Uno de ellos lleva varios vestidos como si llevara un tesoro incalculable. La diva elegirá, llegado el momento, cuál se pondrá esa noche en el programa. Esa incertidumbre crea una tensión que se puede respirar en el aire. Uno podría preguntarse por qué la bella dama no eligió el vestido en su casa o en la suite del hotel.
La respuesta parece obvia: si alguien no le cargase los vestidos con tan conmovedora devoción, quizá no sería una diva o no lo parecería, que es tan importante como serlo. Saludo a la bella dama.
Le digo que la admiro mucho. Puede que esté exagerando. Ella me dice lo mismo. Sospecho que exagera también.
Es la televisión. Todo es mentira. La naturaleza misma del encuentro es de una falsedad innegable. Ella y yo simularemos un considerable interés por la vida del otro, pero el propósito verdadero que anima el encuentro es uno bien distinto del afecto o la curiosidad periodística: el de ella, promocionarse, que la vean muchas personas, que compren su disco, y el mío, cobrar. Si no estuviéramos frente a las cámaras, si no me pagasen, ¿nos haría tanta ilusión conversar las mismas cosas en un café, a solas? ¿Nos diríamos tantas lisonjas y zalamerías? ¿Nos juraríamos un próximo encuentro a sabiendas de que nunca ocurrirá? Me temo que no.
De cualquier modo, la invitada es un encanto y por eso no necesito recurrir a mis fatigadas dotes histriónicas para hacerle saber que me cae bien. Quizá podría tomar un café con ella a solas y reírme sin fingir una sola risa.
Ahora estamos en el salón vip. Comemos cosas grasosas que engordan, a pesar de que también han servido abundante comida japonesa, a pedido de la diva o de sus representantes, quienes parecen más ávidos por comer y beber que su patrocinada. La diva y yo, masticando doritos, nos decimos mentiras dulces, convenientes.
Persiste, inquietante, el ruido de algo que sólo podría ser un animal inquieto y casi tan hambriento como las señoras publicistas de la diva. Poco después, ella, la bella dama en cuestión, la estrella de la noche, se enfrenta a la decisión crucial de la noche, lo único que de verdad parece preocuparle: qué vestido ponerse, con qué aretes acompañarlo, cuál sería entonces el matiz apropiado del colorete en sus labios.
Sus áulicos y turiferarios esperan el momento con un comprensible estremecimiento.
Algo, sin embargo, se interpone en el camino entre la diva y sus vestidos relucientes (y sin asomo de arruga alguna). Es una rata, que ha salido de su madriguera, debajo del sillón de cuero gastado, y mira fijamente a la diva sin el afecto o la devoción que nosotros le prodigamos.
Es una rata grande, gorda, insolente, desafiante. Puede incluso que no sea una rata, que sea pariente de una rata, alguna criatura bastarda y aviesa de la familia de las ratas. La diva, como era de esperarse, da un alarido de espanto y deja caer un rollo de comida japonesa (palta, queso cremoso, langostino), aterrada por la aparición del voluminoso roedor.
La rata chilla, pero no huye. Al parecer hambrienta, se acerca al enrollado y lo olfatea. Los asistentes gritan, llenos de pavor, y salen corriendo con los vestidos agitándose y acaso arrugándose.
En un momento de rabia, pierdo el control y le arrojo una lata de coca-cola a la intrusa. Para mi mala suerte, no le acierto. La rata, al verse agredida, nos mira como nunca me había mirado una rata, es decir, con un aire de superioridad física o moral, y decide atacarnos.
Naturalmente, como es una rata, y como odia la belleza, ataca a la diva, mordiéndola en el tobillo descalzo. La diva no puede tolerar esa imagen escalofriante, la de una rata gorda y peluda hincando sus dientes bucaneros en la piel suavísima de sus pies, que ella ha cuidado con tanta minuciosidad.
Luego la rata huye y la diva se desmaya en el sillón de cuero gastado y alguien llama a la emergencia médica.
Poco después, cuando la diva recobra el conocimiento y es confortada por los socorristas médicos y abanicada por su delicado séquito de eunucos, pronuncia unas palabras secas y memorables:
-¡Una rata de mierda no va a joder mi carrera! ¡Tráiganme los vestidos!
Bajo de la camioneta, saludo a los guardias afro-americanos, uniformados como la policía montada canadiense, que también me odian y siempre me odiaron sin razón aparente, y paso por el salón vip, donde suelen esperar los invitados al programa.
Todavía no ha llegado nadie. Saco una banana y una barra de granola. De pronto, escucho unos ruidos extraños, como los de un animal rasguñando una pared o caminando en el techo.
Pienso: deben ser gatos techeros o pequeños roedores que vienen por la comida. Voy al cuarto de maquillaje. Etián, un cubano guapo y musculoso que vivió en Alemania y alguna vez maquilló a Robbie Williams en Colonia, me maquilla con esmero, muy suavemente. Es lo mejor de salir en televisión: que alguien te acaricie el rostro con tan exquisita delicadeza, como ya nadie te lo acaricia en la vida misma, mientras te cuenta chismes envenenados sobre los famosos que conoció o dice haber conocido.
Poco después llega la invitada. Es una mujer bella y famosa. Es cantante y actriz. La acompaña un séquito de asistentes, peluqueros, publicistas y socorristas de asuntos ínfimos.
Uno de ellos lleva varios vestidos como si llevara un tesoro incalculable. La diva elegirá, llegado el momento, cuál se pondrá esa noche en el programa. Esa incertidumbre crea una tensión que se puede respirar en el aire. Uno podría preguntarse por qué la bella dama no eligió el vestido en su casa o en la suite del hotel.
La respuesta parece obvia: si alguien no le cargase los vestidos con tan conmovedora devoción, quizá no sería una diva o no lo parecería, que es tan importante como serlo. Saludo a la bella dama.
Le digo que la admiro mucho. Puede que esté exagerando. Ella me dice lo mismo. Sospecho que exagera también.
Es la televisión. Todo es mentira. La naturaleza misma del encuentro es de una falsedad innegable. Ella y yo simularemos un considerable interés por la vida del otro, pero el propósito verdadero que anima el encuentro es uno bien distinto del afecto o la curiosidad periodística: el de ella, promocionarse, que la vean muchas personas, que compren su disco, y el mío, cobrar. Si no estuviéramos frente a las cámaras, si no me pagasen, ¿nos haría tanta ilusión conversar las mismas cosas en un café, a solas? ¿Nos diríamos tantas lisonjas y zalamerías? ¿Nos juraríamos un próximo encuentro a sabiendas de que nunca ocurrirá? Me temo que no.
De cualquier modo, la invitada es un encanto y por eso no necesito recurrir a mis fatigadas dotes histriónicas para hacerle saber que me cae bien. Quizá podría tomar un café con ella a solas y reírme sin fingir una sola risa.
Ahora estamos en el salón vip. Comemos cosas grasosas que engordan, a pesar de que también han servido abundante comida japonesa, a pedido de la diva o de sus representantes, quienes parecen más ávidos por comer y beber que su patrocinada. La diva y yo, masticando doritos, nos decimos mentiras dulces, convenientes.
Persiste, inquietante, el ruido de algo que sólo podría ser un animal inquieto y casi tan hambriento como las señoras publicistas de la diva. Poco después, ella, la bella dama en cuestión, la estrella de la noche, se enfrenta a la decisión crucial de la noche, lo único que de verdad parece preocuparle: qué vestido ponerse, con qué aretes acompañarlo, cuál sería entonces el matiz apropiado del colorete en sus labios.
Sus áulicos y turiferarios esperan el momento con un comprensible estremecimiento.
Algo, sin embargo, se interpone en el camino entre la diva y sus vestidos relucientes (y sin asomo de arruga alguna). Es una rata, que ha salido de su madriguera, debajo del sillón de cuero gastado, y mira fijamente a la diva sin el afecto o la devoción que nosotros le prodigamos.
Es una rata grande, gorda, insolente, desafiante. Puede incluso que no sea una rata, que sea pariente de una rata, alguna criatura bastarda y aviesa de la familia de las ratas. La diva, como era de esperarse, da un alarido de espanto y deja caer un rollo de comida japonesa (palta, queso cremoso, langostino), aterrada por la aparición del voluminoso roedor.
La rata chilla, pero no huye. Al parecer hambrienta, se acerca al enrollado y lo olfatea. Los asistentes gritan, llenos de pavor, y salen corriendo con los vestidos agitándose y acaso arrugándose.
En un momento de rabia, pierdo el control y le arrojo una lata de coca-cola a la intrusa. Para mi mala suerte, no le acierto. La rata, al verse agredida, nos mira como nunca me había mirado una rata, es decir, con un aire de superioridad física o moral, y decide atacarnos.
Naturalmente, como es una rata, y como odia la belleza, ataca a la diva, mordiéndola en el tobillo descalzo. La diva no puede tolerar esa imagen escalofriante, la de una rata gorda y peluda hincando sus dientes bucaneros en la piel suavísima de sus pies, que ella ha cuidado con tanta minuciosidad.
Luego la rata huye y la diva se desmaya en el sillón de cuero gastado y alguien llama a la emergencia médica.
Poco después, cuando la diva recobra el conocimiento y es confortada por los socorristas médicos y abanicada por su delicado séquito de eunucos, pronuncia unas palabras secas y memorables:
-¡Una rata de mierda no va a joder mi carrera! ¡Tráiganme los vestidos!
17.11.06
:: La novia fugitiva
Es sábado. Camila, mi hija mayor, quiere ir a una fiesta.
-Puedes ir, pero sólo hasta las diez de la noche -le dice Sandra, su madre.
-Entonces no voy -se molesta Camila-. O me dan permiso hasta las doce o no voy.
Luego camina a su cuarto y cierra la puerta.
Más tarde, abro el celular de Camila, llamo a Valeria y Michelle, sus amigas, y les pido que vengan a buscar a mi hija. Aceptan encantadas. Media hora después, llegan a la casa, entran al cuarto de Camila y la encuentran viendo televisión. Camila se sorprende. Valeria y Michelle la abrazan y la convencen para ir a la fiesta. Sin perder tiempo, las llevo en la camioneta. Camila está feliz. Me mira como sólo ella sabe mirarme. Antes de bajarse, me da un beso y me dice:
-Yo sé que tú las llamaste. Gracias.
Vuelvo a la casa. Ya ha oscurecido.
A las diez, llama Camila. Quiere que vaya a buscarla. Está aburrida. Quiere irse a otra fiesta.
Salgo sin demora. Manejo a toda prisa por una avenida recién remozada. De pronto, un auto frena bruscamente porque el semáforo pasa a rojo sin que aparezca la luz amarilla. Hundo el pie en el pedal del freno. Es tarde. La camioneta chilla, patina un poco y se estrella contra la parte trasera del auto. Bajo, ofuscado. Es un auto viejo, de colección. Es un auto matrimonial. Hay una novia en el auto.
-No puede ser -me digo-. Qué mala suerte. He chocado el auto de una novia. El chofer baja, malhumorado, me grita un par de cosas, me reconoce, se calma un poco, le pido disculpas, le digo que pagaré los daños.
-Cómo le hace esto a la novia, oiga -me dice él.
La novia golpea la ventanilla. Hace señas al chofer. Quiere bajar.
El chofer le abre la puerta. La novia está sola. Me mira, sorprendida. Está llorando. Las lágrimas se deslizan como pescaditos por el maquillaje.
-Te pido mil disculpas -le digo-.
Soy un imbécil. Ella saca un pañuelo y se alivia delicadamente la nariz. Es joven, de pelo negro y ojos almendrados, muy delgada, con un aire ausente, como si fuera a desmayarse.
-No te preocupes, Jaimito -me dice-. Todo pasa por algo. Me sorprende (y alivia) que me llame así, en diminutivo. Luego vuelve a llorar, cubriéndose el rostro con las manos.
-No llores -la consuelo, y me inclino hacia ella y le tomo levemente la mano-. Por favor, no llores. Todo va a estar bien.
-Qué barbaridad, cómo le malogra su noche a la novia, oiga -dice el chofer.
-Fíjate si arranca el auto -le digo. La novia sigue llorando, desconsolada. No entiendo por qué llora tanto. Es sólo un choque menor. El chofer trata de encender el auto, pero no lo consigue. Maldice su suerte.
-Bueno, entonces llévame tú -me dice la novia.
Luego baja del auto, la ayudo con los pliegues interminables del vestido, y sube a la camioneta, pero no al asiento trasero, como le ofrezco, sino adelante, a mi lado. Le doy mi tarjeta al chofer, tomo nota de sus datos y le prometo que lo llamaré. Subo a la camioneta y me alejo del lugar.
-¿Adónde vamos? -le pregunto a la novia.
-No sé -dice ella, con la mirada perdida.
-¿No sabes dónde te casas? -le pregunto.
-Sí sé -dice ella-. Pero no sé si quiero ir. Se hace un silencio. Ella baja la cabeza y vuelve a llorar.
-Si no quieres ir, no vayas -le digo.
-Es que no sé -dice ella-. Tengo miedo. No sé si realmente debo casarme. Y de repente chocamos. Es una señal de que no debo casarme. Por algo me chocaste.
No sé qué decirle. Me quedo callado.
Ella sigue hablando como consigo misma:
-El es bueno, pero me ha presionado mucho para casarnos, y yo soy muy joven, no me siento preparada. El quiere que nos casemos porque le han ofrecido trabajo afuera, en Venezuela, y quiere que nos vayamos casados, pero yo no sé si quiero irme a vivir a Venezuela.
-Yo a Venezuela no iría ni loco -digo.
-Yo le digo que vaya él primero, que pruebe, que vea si le gusta, y después puedo ir a visitarlo, pero él no quiere, me ha presionado mucho, quiere que nos casemos y nos vayamos juntos, y para mí es mucha presión -se queja la novia accidentada, y su maquillaje sigue diluyéndose entre riachuelos de lágrimas.
Se hace un silencio. Luego le digo:
-Yo te llevo adonde tú quieras.
Ella me mira como si ya lo hubiera decidido:
-A la iglesia por favor no me lleves.
Me río. Ella sonríe, por fin.
-Me alegro de que el choque sirva de algo -le digo-. Perdóname por el mal momento.
-No me pidas perdón, Jaimito -me dice ella-.
Me has hecho un favor. La novia sonríe y respira más tranquila. En los semáforos detenidos, los vendedores ambulantes me saludan y me hacen señas de aliento, suponiendo que es mi novia y que nos aguarda una noche de placeres desmesurados.
-¿Sabes adónde vamos? -le pregunto.
-No -dice ella-. Ni idea. Es problema tuyo. Nos reímos.
-¿Te molesta si pasamos a buscar a mi hija y luego decidimos? -pregunto.
-No, para nada, Jaimito.
Yo, feliz. Poco después, me detengo en una calle tranquila y llamo a Camila por el celular.
-Ya salgo -me dice ella. Camila entra a la camioneta, saluda y mira a la novia sin entender nada.
-Hola -le digo-.
¿Qué tal tu fiesta?
-Malaza -dice ella, con su adorable acento limeño.
-Te presento a mi novia. Nos vamos a casar. ¿Vienes con nosotros? La novia, cuyo nombre ignoro, suelta una carcajada. Camila me mira asombrada, pero luego sonríe porque se da cuenta de que estoy bromeando.
-Bueno, ¿adónde vamos? -pregunto.
-Yo no sé -dice la novia.
-Yo, a mi otra fiesta -dice Camila-. Ustedes si quieren van, se casan y luego vienen a buscarme a las doce. La novia se ríe, encantada.
-Bueno -digo-. Vamos a casarnos. Y la novia se ríe de nuevo, aliviada, sabiendo que no perderá su libertad y que nadie la llevará a vivir a Venezuela.
-Puedes ir, pero sólo hasta las diez de la noche -le dice Sandra, su madre.
-Entonces no voy -se molesta Camila-. O me dan permiso hasta las doce o no voy.
Luego camina a su cuarto y cierra la puerta.
Más tarde, abro el celular de Camila, llamo a Valeria y Michelle, sus amigas, y les pido que vengan a buscar a mi hija. Aceptan encantadas. Media hora después, llegan a la casa, entran al cuarto de Camila y la encuentran viendo televisión. Camila se sorprende. Valeria y Michelle la abrazan y la convencen para ir a la fiesta. Sin perder tiempo, las llevo en la camioneta. Camila está feliz. Me mira como sólo ella sabe mirarme. Antes de bajarse, me da un beso y me dice:
-Yo sé que tú las llamaste. Gracias.
Vuelvo a la casa. Ya ha oscurecido.
A las diez, llama Camila. Quiere que vaya a buscarla. Está aburrida. Quiere irse a otra fiesta.
Salgo sin demora. Manejo a toda prisa por una avenida recién remozada. De pronto, un auto frena bruscamente porque el semáforo pasa a rojo sin que aparezca la luz amarilla. Hundo el pie en el pedal del freno. Es tarde. La camioneta chilla, patina un poco y se estrella contra la parte trasera del auto. Bajo, ofuscado. Es un auto viejo, de colección. Es un auto matrimonial. Hay una novia en el auto.
-No puede ser -me digo-. Qué mala suerte. He chocado el auto de una novia. El chofer baja, malhumorado, me grita un par de cosas, me reconoce, se calma un poco, le pido disculpas, le digo que pagaré los daños.
-Cómo le hace esto a la novia, oiga -me dice él.
La novia golpea la ventanilla. Hace señas al chofer. Quiere bajar.
El chofer le abre la puerta. La novia está sola. Me mira, sorprendida. Está llorando. Las lágrimas se deslizan como pescaditos por el maquillaje.
-Te pido mil disculpas -le digo-.
Soy un imbécil. Ella saca un pañuelo y se alivia delicadamente la nariz. Es joven, de pelo negro y ojos almendrados, muy delgada, con un aire ausente, como si fuera a desmayarse.
-No te preocupes, Jaimito -me dice-. Todo pasa por algo. Me sorprende (y alivia) que me llame así, en diminutivo. Luego vuelve a llorar, cubriéndose el rostro con las manos.
-No llores -la consuelo, y me inclino hacia ella y le tomo levemente la mano-. Por favor, no llores. Todo va a estar bien.
-Qué barbaridad, cómo le malogra su noche a la novia, oiga -dice el chofer.
-Fíjate si arranca el auto -le digo. La novia sigue llorando, desconsolada. No entiendo por qué llora tanto. Es sólo un choque menor. El chofer trata de encender el auto, pero no lo consigue. Maldice su suerte.
-Bueno, entonces llévame tú -me dice la novia.
Luego baja del auto, la ayudo con los pliegues interminables del vestido, y sube a la camioneta, pero no al asiento trasero, como le ofrezco, sino adelante, a mi lado. Le doy mi tarjeta al chofer, tomo nota de sus datos y le prometo que lo llamaré. Subo a la camioneta y me alejo del lugar.
-¿Adónde vamos? -le pregunto a la novia.
-No sé -dice ella, con la mirada perdida.
-¿No sabes dónde te casas? -le pregunto.
-Sí sé -dice ella-. Pero no sé si quiero ir. Se hace un silencio. Ella baja la cabeza y vuelve a llorar.
-Si no quieres ir, no vayas -le digo.
-Es que no sé -dice ella-. Tengo miedo. No sé si realmente debo casarme. Y de repente chocamos. Es una señal de que no debo casarme. Por algo me chocaste.
No sé qué decirle. Me quedo callado.
Ella sigue hablando como consigo misma:
-El es bueno, pero me ha presionado mucho para casarnos, y yo soy muy joven, no me siento preparada. El quiere que nos casemos porque le han ofrecido trabajo afuera, en Venezuela, y quiere que nos vayamos casados, pero yo no sé si quiero irme a vivir a Venezuela.
-Yo a Venezuela no iría ni loco -digo.
-Yo le digo que vaya él primero, que pruebe, que vea si le gusta, y después puedo ir a visitarlo, pero él no quiere, me ha presionado mucho, quiere que nos casemos y nos vayamos juntos, y para mí es mucha presión -se queja la novia accidentada, y su maquillaje sigue diluyéndose entre riachuelos de lágrimas.
Se hace un silencio. Luego le digo:
-Yo te llevo adonde tú quieras.
Ella me mira como si ya lo hubiera decidido:
-A la iglesia por favor no me lleves.
Me río. Ella sonríe, por fin.
-Me alegro de que el choque sirva de algo -le digo-. Perdóname por el mal momento.
-No me pidas perdón, Jaimito -me dice ella-.
Me has hecho un favor. La novia sonríe y respira más tranquila. En los semáforos detenidos, los vendedores ambulantes me saludan y me hacen señas de aliento, suponiendo que es mi novia y que nos aguarda una noche de placeres desmesurados.
-¿Sabes adónde vamos? -le pregunto.
-No -dice ella-. Ni idea. Es problema tuyo. Nos reímos.
-¿Te molesta si pasamos a buscar a mi hija y luego decidimos? -pregunto.
-No, para nada, Jaimito.
Yo, feliz. Poco después, me detengo en una calle tranquila y llamo a Camila por el celular.
-Ya salgo -me dice ella. Camila entra a la camioneta, saluda y mira a la novia sin entender nada.
-Hola -le digo-.
¿Qué tal tu fiesta?
-Malaza -dice ella, con su adorable acento limeño.
-Te presento a mi novia. Nos vamos a casar. ¿Vienes con nosotros? La novia, cuyo nombre ignoro, suelta una carcajada. Camila me mira asombrada, pero luego sonríe porque se da cuenta de que estoy bromeando.
-Bueno, ¿adónde vamos? -pregunto.
-Yo no sé -dice la novia.
-Yo, a mi otra fiesta -dice Camila-. Ustedes si quieren van, se casan y luego vienen a buscarme a las doce. La novia se ríe, encantada.
-Bueno -digo-. Vamos a casarnos. Y la novia se ríe de nuevo, aliviada, sabiendo que no perderá su libertad y que nadie la llevará a vivir a Venezuela.
16.11.06
:: Toda llave abre una puerta
El vuelo de Lima a Buenos Aires llega a las siete de la mañana. Un viajero desprevenido podría pensar que la parte más odiosa del viaje son las casi cuatro horas en el avión o los trámites burocráticos que debe sortear para salir de Ezeiza. Pero recién allí comienza el tramo más lento y contrariado de la travesía: por muy presuroso que sea el conductor de taxi, quedará empantanado en una ciénaga interminable de autos, en esa gran miasma metálica que es la avenida general Paz. Y es allí, bajo el sol impiadoso de la mañana, cuando el viajero, estragado por la mala noche, tratando de bloquear los rayos de sol con una bufanda que cuelga de la ventana, soportando la cháchara de un chofer lenguaraz, es allí cuando se prometerá una vez más que pasará un año entero sin subirse a un avión. Una hora y media después, llegará a casa desesperado por dormir todo lo que no ha dormido en muchas noches breves.
Que es exactamente como llegué el lunes al departamento en San Isidro, en la calle Sáenz Peña, con vista al campo de rugby, al barrio laberíntico de casas antiguas y al río marrón que invita a la melancolía.
Fue entonces cuando ocurrió la primera emboscada del azar, porque los contratiempos precedentes estaban todos más o menos calculados, dado que un lunes de cada mes llego a Buenos Aires a morir un poco en ese cementerio móvil y humoso que es la general Paz: después de despedirme del taxista, traté de abrir la puerta de calle del edificio, pero todos mis esfuerzos, un tanto crispados por la fatiga del viaje, resultaron inútiles, pues al cabo de diez minutos de forcejear la cerradura acabé pateando la puerta y timbrando al portero, que al parecer había salido o estaba dormido.
Evidentemente, habían cambiado la cerradura.
Extenuado como me hallaba, hice rodar mi maleta por las seis cuadras empedradas que separaban aquel edificio impenetrable de un antiguo y señorial hotel de San Isidro, el hotel del Casco, frente a la catedral. A pesar del cansancio y la irritación, me asaltó un ramalazo de alegría al caminar por esas calles y reconocer las caras inconfundibles del barrio: la pareja de lesbianas de la bodega, el gordo parlanchín del lavadero, los remiseros en corbata, el viejo cegatón del quiosco, las chicas en mandil que fuman en la puerta de la farmacia, la camarera que me ve en la tele y sabe todos los ratings. Es aquí, me dije, donde quiero venir a morir. Y seguí haciendo rodar la maleta, en busca de una cama.
Tuve suerte: el recepcionista del hotel me dijo que tenía libre la habitación que más me gustaba, la del segundo piso, con una vista esquinada a la catedral. El joven no hizo preguntas (lo que siempre se agradece), me ayudó con la maleta y me recordó que en media hora retirarían el desayuno.
Traté de dormir, pero el recuerdo del espléndido desayuno que servían en ese hotel conspiró contra tan noble propósito, así que tomé dos analgésicos para mitigar el dolor de cabeza y bajé al patio a darme un atracón de medialunas, quesos, jamones, frutas y yogures, uno de esos desayunos que te dejan sin hambre el día entero y con la sospecha de que nunca nadie volverá a desearte. Pocos son los placeres ciertos, indudables, y comer bien sigue siendo uno de ellos, y devorar el desayuno de un hotel que viene incluido en el precio de la habitación puede que sea uno de los placeres más subestimados en los tiempos modernos. En ese trance desmesurado me hallaba, comiendo mucho y sin hambre, sacando un provecho vicioso del desayuno gratuito, cuando alguien me saludó:
-Jaimito, dónde venimos a encontrarnos.
Era Carlos García, Carlitos, el mejor amigo que tuve en los años alucinados de la universidad, argentino, hijo de argentinos, residente en Lima en los ochentas hasta que sus padres se fueron a vivir a los Estados Unidos y él se fue con ellos y dejé de verlo desde entonces, desde que se mudó a Denver, Colorado. Hombre noble y bueno si los hay, cultor del ocio creativo o del ocio a secas, cuarentón como yo, el gran Carlitos fue quien me inició en el amor por la marihuana, el rock argentino y la vida argentina. Protegido por unas gafas oscuras, Carlitos me dijo que estaba en Buenos Aires porque su madre había muerto. Lo dijo con naturalidad, sin hacer ningún drama: -Se murió mi mamá. Tenía cáncer. Sufrió mucho. Vinimos a enterrarla acá, como ella quería. Este fue su barrio de niña.
¿Te acuerdas cuando vinimos y nos quedamos en la casa de mis abuelos? Aquel fue, con apenas veinte años, es decir veinte años atrás, uno de los mejores viajes de mi vida, un mes en Buenos Aires con Carlitos, instalados en una gran casa de sus abuelos maternos cerca del río, comiendo excesivamente, fumando marihuana con fervor religioso, durmiendo juntos en una vieja cama que chirriaba y nos hacía reír, mientras sus abuelos, maravillosos anfitriones, dormían recatadamente en un cuarto lleno de imágenes religiosas y retratos familiares entre los que sobresalía, bella, radiante, angelical, la señora Milagros, madre de Carlitos.
Al terminar el desayuno, fuimos a su habitación y encendió un porro. Hacía algún tiempo que yo no fumaba; parecía la ocasión propicia para corregir ese descuido. Fumamos juntos, como en los viejos tiempos, en una cama vieja de una casona vieja de un barrio viejo al norte de Buenos Aires. Luego me sorprendió:
-¿Vamos a la catedral a rezar por mi madre?
Naturalmente, lo acompañé. No me pareció prudente decirle que soy agnóstico: si Dios no habita las catedrales, alguien tiene que habitarlas por Él. Solos los dos en una severa banca de la catedral, vi a Carlitos arrodillarse, persignarse, cerrar los ojos y orar en silencio. Confortado por los auxilios de aquella hierba matinal, y aunque sospechaba que mis plegarias merecían ser desatendidas, recé por la madre de Carlitos, por sus abuelos también fallecidos, por mi padre enfermo, por mi madre, por el doble milagro de mis hijas, por el bello Luisito, por su hermana.
Después me distraje, decayó algo mi fe y recé para que Kevin Johansen y Calamaro siguieran cantando, para que la llave fallida abriese otras puertas impensadas y para que Carlitos no volviera a irse a Colorado.
Que es exactamente como llegué el lunes al departamento en San Isidro, en la calle Sáenz Peña, con vista al campo de rugby, al barrio laberíntico de casas antiguas y al río marrón que invita a la melancolía.
Fue entonces cuando ocurrió la primera emboscada del azar, porque los contratiempos precedentes estaban todos más o menos calculados, dado que un lunes de cada mes llego a Buenos Aires a morir un poco en ese cementerio móvil y humoso que es la general Paz: después de despedirme del taxista, traté de abrir la puerta de calle del edificio, pero todos mis esfuerzos, un tanto crispados por la fatiga del viaje, resultaron inútiles, pues al cabo de diez minutos de forcejear la cerradura acabé pateando la puerta y timbrando al portero, que al parecer había salido o estaba dormido.
Evidentemente, habían cambiado la cerradura.
Extenuado como me hallaba, hice rodar mi maleta por las seis cuadras empedradas que separaban aquel edificio impenetrable de un antiguo y señorial hotel de San Isidro, el hotel del Casco, frente a la catedral. A pesar del cansancio y la irritación, me asaltó un ramalazo de alegría al caminar por esas calles y reconocer las caras inconfundibles del barrio: la pareja de lesbianas de la bodega, el gordo parlanchín del lavadero, los remiseros en corbata, el viejo cegatón del quiosco, las chicas en mandil que fuman en la puerta de la farmacia, la camarera que me ve en la tele y sabe todos los ratings. Es aquí, me dije, donde quiero venir a morir. Y seguí haciendo rodar la maleta, en busca de una cama.
Tuve suerte: el recepcionista del hotel me dijo que tenía libre la habitación que más me gustaba, la del segundo piso, con una vista esquinada a la catedral. El joven no hizo preguntas (lo que siempre se agradece), me ayudó con la maleta y me recordó que en media hora retirarían el desayuno.
Traté de dormir, pero el recuerdo del espléndido desayuno que servían en ese hotel conspiró contra tan noble propósito, así que tomé dos analgésicos para mitigar el dolor de cabeza y bajé al patio a darme un atracón de medialunas, quesos, jamones, frutas y yogures, uno de esos desayunos que te dejan sin hambre el día entero y con la sospecha de que nunca nadie volverá a desearte. Pocos son los placeres ciertos, indudables, y comer bien sigue siendo uno de ellos, y devorar el desayuno de un hotel que viene incluido en el precio de la habitación puede que sea uno de los placeres más subestimados en los tiempos modernos. En ese trance desmesurado me hallaba, comiendo mucho y sin hambre, sacando un provecho vicioso del desayuno gratuito, cuando alguien me saludó:
-Jaimito, dónde venimos a encontrarnos.
Era Carlos García, Carlitos, el mejor amigo que tuve en los años alucinados de la universidad, argentino, hijo de argentinos, residente en Lima en los ochentas hasta que sus padres se fueron a vivir a los Estados Unidos y él se fue con ellos y dejé de verlo desde entonces, desde que se mudó a Denver, Colorado. Hombre noble y bueno si los hay, cultor del ocio creativo o del ocio a secas, cuarentón como yo, el gran Carlitos fue quien me inició en el amor por la marihuana, el rock argentino y la vida argentina. Protegido por unas gafas oscuras, Carlitos me dijo que estaba en Buenos Aires porque su madre había muerto. Lo dijo con naturalidad, sin hacer ningún drama: -Se murió mi mamá. Tenía cáncer. Sufrió mucho. Vinimos a enterrarla acá, como ella quería. Este fue su barrio de niña.
¿Te acuerdas cuando vinimos y nos quedamos en la casa de mis abuelos? Aquel fue, con apenas veinte años, es decir veinte años atrás, uno de los mejores viajes de mi vida, un mes en Buenos Aires con Carlitos, instalados en una gran casa de sus abuelos maternos cerca del río, comiendo excesivamente, fumando marihuana con fervor religioso, durmiendo juntos en una vieja cama que chirriaba y nos hacía reír, mientras sus abuelos, maravillosos anfitriones, dormían recatadamente en un cuarto lleno de imágenes religiosas y retratos familiares entre los que sobresalía, bella, radiante, angelical, la señora Milagros, madre de Carlitos.
Al terminar el desayuno, fuimos a su habitación y encendió un porro. Hacía algún tiempo que yo no fumaba; parecía la ocasión propicia para corregir ese descuido. Fumamos juntos, como en los viejos tiempos, en una cama vieja de una casona vieja de un barrio viejo al norte de Buenos Aires. Luego me sorprendió:
-¿Vamos a la catedral a rezar por mi madre?
Naturalmente, lo acompañé. No me pareció prudente decirle que soy agnóstico: si Dios no habita las catedrales, alguien tiene que habitarlas por Él. Solos los dos en una severa banca de la catedral, vi a Carlitos arrodillarse, persignarse, cerrar los ojos y orar en silencio. Confortado por los auxilios de aquella hierba matinal, y aunque sospechaba que mis plegarias merecían ser desatendidas, recé por la madre de Carlitos, por sus abuelos también fallecidos, por mi padre enfermo, por mi madre, por el doble milagro de mis hijas, por el bello Luisito, por su hermana.
Después me distraje, decayó algo mi fe y recé para que Kevin Johansen y Calamaro siguieran cantando, para que la llave fallida abriese otras puertas impensadas y para que Carlitos no volviera a irse a Colorado.
15.11.06
:: La vida no es bella
Es muy caro salir a comer todos los días en algún lugar de la isla policial, católica y heterosexual de Key Biscayne, donde inexplicablemente vivo.
El problema es que no sé cocinar, ni siquiera un arroz con huevo frito, porque el arroz me sale mojado, y no tengo quién me cocine en casa, ni siquiera una cocinera que me visite una vez por semana, porque cobran fortunas y soy un tacaño y creo que me van a robar algo o me van a envenenar siguiendo órdenes de Chávez o de Humala. Ya es hora, me temo, de aprender a cocinar cuatro cosas.
Compro, por eso, unas pechugas de pollo congeladas, veinte pechuguitas por cinco dólares, las meto todas en el horno, algo apiñadas en la bandeja, aprieto unos botones al azar y veo, maravillado, que el horno se enciende. Fantástico.
Pienso (si eso califica como pensar): Desde hoy comeré en casa una pechuguita con plátano rebanado y mermelada de fresa. Me siento Martha Stewart (después de ir a la cárcel). Pienso: No en vano soy primo del gran Rafael Osterling, artista de la cocina. Luego me voy al gimnasio, al banco, al correo, y me olvido de las pechugas en el horno. Vuelvo a casa una hora después o poco más. Hay un camión de bomberos en la puerta. Suena una alarma aguda e intermitente. Un bombero con casco colorado, como los de las películas, me pregunta si es mi casa. Le digo que sí. Me dice que abra la puerta enseguida, que hay un incendio.
Pienso: que se queme todo, menos las fotos de mis hijas y mi pasaporte norteamericano, mis papeles más preciados.
Abro la puerta torpemente, porque la llave siempre se atraca, y entro a toda prisa con los bomberos.
La casa está llena de humo. Hay una pestilencia a carne quemada. La alarma no deja de sonar.
Del techo caen ordenadas e inútiles ráfagas de agua. Pero por suerte no hay fuego, sólo una densa humareda. -Es el pollo en el horno -le digo al bombero en un inglés deleznable, y pongo cara de Martha Stewart (camino a la prisión o enterada de los ratings de su programa). Abro el horno respirando a duras penas, saco la bandeja, me quemo la mano, doy un grito de dolor, las pechugas negras, carbonizadas, caen al piso, apago el horno, empiezo a toser y salgo corriendo al jardín porque allí adentro no se puede respirar.
Los bomberos verifican que nada se ha quemado, salvo las pechuguitas que ahora yacen en el suelo de la cocina como si hubiese practicado un oscuro ritual de santería para que muera Fidel, abren las ventanas y las puertas para que el humo se disipe, me amonestan cordialmente y se retiran a seguir vigilando la isla para que no arda entera por culpa de algún tonto insigne como yo. Dado que no puedo entrar en la casa, pues la humareda me lo impide, me quito la ropa y me meto en calzoncillos en la piscina y rescato a un sapito que estaba ahogándose y entonces me siento mejor.
Curiosamente, no puedo ser compasivo con mis padres, pero sí con los sapitos, arañas, escarabajos y lagartijas que caen en la piscina. Como el humo se resiste a dejar la casa, tengo que entrar corriendo, subir a mi habitación, sacar mi ropa de televisión y salir corriendo al jardín para no morir asfixiado. Me pongo el traje azul, que apesta a humo o que apesta a secas porque tiene mil horas de televisión encima. Al llegar al estudio, mis productores me dicen que huelo raro, a humo, a quemado.
-Estuve fumando una hierba colombiana todo el día -les digo, y no saben si reírse o si estoy un poco loco. A las diez en punto comienza el programa. Poco después entrevisto (que es una manera de fingir interés a cambio de dinero) a una bellísima actriz cubana que está de moda por una telenovela y por un enredo sentimental, o sea por tomarse muy a pecho las telenovelas.
De pronto nos interrumpe bruscamente una risa frenética, chillona, delirante, contagiosa, que brota de un micrófono colgado del techo, sobre nuestras cabezas. No podemos seguir hablando. Nos reímos de aquella risa impertinente, pero yo estoy irritado. Mando comerciales. Nunca en mis veintitantos años de televisión en directo me había pasado algo tan extraño y cómico: que un muñeco anónimo, activado por unas manos anónimas e insidiosas, se largue a reír escandalosamente de mi programa, sin que nadie pueda (o quiera) detenerlo. Pienso: el muñeco tiene toda la razón. Yo también me reiría como él. Mi programa es risible. Mi pelo es risible. Mis pechugas carbonizadas son risibles. Mi vida toda es risible. Es natural que un esperpento agazapado detrás de las cortinas no pueda dejar de reírse.
Después del programa, apestando a humo, humillado por las risas del nuevo muñeco Elmo, manejando con la mano izquierda porque la derecha la tengo lastimada por las quemaduras, pongo en el auto el disco en homenaje a Calamaro y busco la voz maravillosa del gran Kevin Johansen y acelero porque me aburre manejar tan despacio como ordena la ley.
Y entonces, para completar un día signado por el infortunio, veo relampaguear las luces del auto de la policía y me detengo, resignado.
Y cuando la mujer uniformada me ilumina en la cara excesivamente maquillada con una linterna de alta potencia y me pregunta si sé por qué me ha detenido, la respondo:
-Sí, claro. Porque hoy es mi día de mala suerte.
Y ella me ilumina con saña y me pide mis papeles para ver si soy ilegal y puede deportarme.
El problema es que no sé cocinar, ni siquiera un arroz con huevo frito, porque el arroz me sale mojado, y no tengo quién me cocine en casa, ni siquiera una cocinera que me visite una vez por semana, porque cobran fortunas y soy un tacaño y creo que me van a robar algo o me van a envenenar siguiendo órdenes de Chávez o de Humala. Ya es hora, me temo, de aprender a cocinar cuatro cosas.
Compro, por eso, unas pechugas de pollo congeladas, veinte pechuguitas por cinco dólares, las meto todas en el horno, algo apiñadas en la bandeja, aprieto unos botones al azar y veo, maravillado, que el horno se enciende. Fantástico.
Pienso (si eso califica como pensar): Desde hoy comeré en casa una pechuguita con plátano rebanado y mermelada de fresa. Me siento Martha Stewart (después de ir a la cárcel). Pienso: No en vano soy primo del gran Rafael Osterling, artista de la cocina. Luego me voy al gimnasio, al banco, al correo, y me olvido de las pechugas en el horno. Vuelvo a casa una hora después o poco más. Hay un camión de bomberos en la puerta. Suena una alarma aguda e intermitente. Un bombero con casco colorado, como los de las películas, me pregunta si es mi casa. Le digo que sí. Me dice que abra la puerta enseguida, que hay un incendio.
Pienso: que se queme todo, menos las fotos de mis hijas y mi pasaporte norteamericano, mis papeles más preciados.
Abro la puerta torpemente, porque la llave siempre se atraca, y entro a toda prisa con los bomberos.
La casa está llena de humo. Hay una pestilencia a carne quemada. La alarma no deja de sonar.
Del techo caen ordenadas e inútiles ráfagas de agua. Pero por suerte no hay fuego, sólo una densa humareda. -Es el pollo en el horno -le digo al bombero en un inglés deleznable, y pongo cara de Martha Stewart (camino a la prisión o enterada de los ratings de su programa). Abro el horno respirando a duras penas, saco la bandeja, me quemo la mano, doy un grito de dolor, las pechugas negras, carbonizadas, caen al piso, apago el horno, empiezo a toser y salgo corriendo al jardín porque allí adentro no se puede respirar.
Los bomberos verifican que nada se ha quemado, salvo las pechuguitas que ahora yacen en el suelo de la cocina como si hubiese practicado un oscuro ritual de santería para que muera Fidel, abren las ventanas y las puertas para que el humo se disipe, me amonestan cordialmente y se retiran a seguir vigilando la isla para que no arda entera por culpa de algún tonto insigne como yo. Dado que no puedo entrar en la casa, pues la humareda me lo impide, me quito la ropa y me meto en calzoncillos en la piscina y rescato a un sapito que estaba ahogándose y entonces me siento mejor.
Curiosamente, no puedo ser compasivo con mis padres, pero sí con los sapitos, arañas, escarabajos y lagartijas que caen en la piscina. Como el humo se resiste a dejar la casa, tengo que entrar corriendo, subir a mi habitación, sacar mi ropa de televisión y salir corriendo al jardín para no morir asfixiado. Me pongo el traje azul, que apesta a humo o que apesta a secas porque tiene mil horas de televisión encima. Al llegar al estudio, mis productores me dicen que huelo raro, a humo, a quemado.
-Estuve fumando una hierba colombiana todo el día -les digo, y no saben si reírse o si estoy un poco loco. A las diez en punto comienza el programa. Poco después entrevisto (que es una manera de fingir interés a cambio de dinero) a una bellísima actriz cubana que está de moda por una telenovela y por un enredo sentimental, o sea por tomarse muy a pecho las telenovelas.
De pronto nos interrumpe bruscamente una risa frenética, chillona, delirante, contagiosa, que brota de un micrófono colgado del techo, sobre nuestras cabezas. No podemos seguir hablando. Nos reímos de aquella risa impertinente, pero yo estoy irritado. Mando comerciales. Nunca en mis veintitantos años de televisión en directo me había pasado algo tan extraño y cómico: que un muñeco anónimo, activado por unas manos anónimas e insidiosas, se largue a reír escandalosamente de mi programa, sin que nadie pueda (o quiera) detenerlo. Pienso: el muñeco tiene toda la razón. Yo también me reiría como él. Mi programa es risible. Mi pelo es risible. Mis pechugas carbonizadas son risibles. Mi vida toda es risible. Es natural que un esperpento agazapado detrás de las cortinas no pueda dejar de reírse.
Después del programa, apestando a humo, humillado por las risas del nuevo muñeco Elmo, manejando con la mano izquierda porque la derecha la tengo lastimada por las quemaduras, pongo en el auto el disco en homenaje a Calamaro y busco la voz maravillosa del gran Kevin Johansen y acelero porque me aburre manejar tan despacio como ordena la ley.
Y entonces, para completar un día signado por el infortunio, veo relampaguear las luces del auto de la policía y me detengo, resignado.
Y cuando la mujer uniformada me ilumina en la cara excesivamente maquillada con una linterna de alta potencia y me pregunta si sé por qué me ha detenido, la respondo:
-Sí, claro. Porque hoy es mi día de mala suerte.
Y ella me ilumina con saña y me pide mis papeles para ver si soy ilegal y puede deportarme.
14.11.06
:: Cómo ser un escritor de prestigio
Columna de Jaime Bayley
18 de septiembre de 2006
Cosas que un escritor en busca de prestigio entre sus torturados colegas y los críticos más o menos insidiosos nunca debería hacer, para evitar que lo tachen de frívolo, liviano, vendido al mercado y oportunista:
Vivir en Miami o, peor aún, decir que le gusta vivir en Miami o que no desprecia a quienes viven en esa ciudad.
Viajar en clase ejecutiva o, peor aún, tener amigos ejecutivos o, esto ya es catastrófico, decir que no acepta invitaciones en clase económica para vuelos largos y quizá ni siquiera para vuelos cortos: un verdadero intelectual debe viajar siempre atrás, en económica, en asientos bien angostos, para que le duelan las miserias del mundo.
Ir al gimnasio o, peor aún, decir que es capaz de ir al gimnasio y, sin embargo, o gracias a eso, escribir todos los días.
Blanquearse los dientes o, peor aún, sonreír a menudo enseñando esos dientes pulquérrimos en los que ha invertido las regalías literarias de varios meses: algunos de sus colegas le dirán, con el ceño fruncido y los ojos atacados de melancolía (que es como posan para los sombríos retratos que aparecen en sus libros no menos sombríos, aunque luego se emborrachen y rían a gritos, escandalosamente), que un verdadero intelectual nunca debe sonreír, pues sólo los tontos son felices.
Ir a los programas de televisión o, peor aún, hacer bromas en esos programas o, esto ya es indefendible, un atentado al recato y el recogimiento moral que se espera de un escritor, ese apóstol laico cuya vocación ha de estar reñida con toda forma de humor, dar algún beso escandaloso en televisión.
Leer (sería más exacto decir: hojear) la revista española Hola! o, peor aún, decir que lee Hola! o, esto ya es devastador, salir retratado en esa revista de princesas desdichadas y millonarios aburridos, diciendo que, a pesar de todo (es decir, a pesar de sus padres), es razonablemente feliz.
Pronunciarse políticamente de un modo claro y enfático o, peor aún, pronunciarse contra los héroes morales de la progresía latinoamericana, es decir Castro y Chávez, ese par de matones, o, esto ya es un abuso, un brote siniestro de racismo, pronunciarse contra Evo Morales, el procónsul asustadizo del megalómano Chávez.
Decir que no conoce Bolivia porque, en honor a la verdad, basta de hipocresías, no arde en deseos de conocerla, o, peor aún, decir que Bolivia no puede reclamar como suyos unos territorios que perdió en una guerra hace más de un siglo, porque casi todos los mapas se han trazado luego de guerras injustas y porque el mundo sería un caos si tuviésemos que volver a las fronteras que existían antes de cada guerra.
Votar en su país de origen, aunque viva la mayor parte del tiempo en otros países, y decir sin ambigüedades por quién votó.
Decir que quienes votaron en el Perú por un ex capitán que secuestró, torturó y mató, actuando como sicario del ejército corrupto de un dictador felón, son unos tontos que desprecian o ignoran el valor de la libertad y la democracia, y que tamaña estupidez, la de confiar en un matón enmascarado que admira a otros matones como Castro y Chávez, quizá no sea culpa de ellos sino del aturdimiento o la confusión que a veces ocurre cuando se respira poco oxígeno en las alturas peruanas, donde ese candidato de ideas trasnochadas recogió la mayor parte de sus votos: algunos escritores o periodistas, que poco o nada hicieron para evitar el triunfo de ese candidato impresentable, rodeado de pillos y oportunistas, saldrán a insultarlo con ferocidad.
Hacerse ciudadano de los Estados Unidos o, peor aún, decir que admira a los Estados Unidos. Ir con sus hijos a Disney o, peor aún, decir que pasó unos días felices con sus hijos en Disney: un verdadero intelectual debe repudiar toda forma masiva de alegría humana (o toda forma de alegría, incluso si no es humana) y llevar a los niños a lugares como El Museo del Holocausto o el Museo de la Santa Inquisición.
Aspirar a un premio literario o, peor aún, ganar un premio literario: todos los premios son un fraude, salvo los que ganan los amigos o conceden los editores amigos.
Publicar en la editorial Planeta o, peor aún, ganar el premio Planeta o, esto ya causa un daño irreparable, integrar el jurado del premio Planeta.
Decir que no bebe alcohol ni fuma tabaco: sus pares desconfiarán inmediatamente de él y lo verán como un enemigo, pues un escritor de raza debe ser un borracho legendario y un fumador impenitente, que odie cualquier forma de vida saludable (y, a ser posible, cualquier forma de vida).
Ir al concierto de Shakira o, peor aún, bailar en ese concierto.
Ir al concierto de Madonna o, peor aún, decir cuánto pagó por asistir a ese concierto odioso.
Decir que duerme al menos ocho horas consecutivas: un escritor con algún mínimo talento tiene que dormir mal o hacer todo lo posible para dormir mal y jactarse de ello.
Odiar las corridas de toros o, peor aún, decir que las odia.
Publicar un libro cada dos años o, peor aún, publicar cada dos años libros que venden bastante bien: un escritor debe sufrir prolongadas sequías creativas y evitar así, con admirable sensibilidad ecológica, la deforestación de los bosques.
Vivir en una casa con piscina (los críticos se ensañarán con el detalle de la piscina y no se lo perdonarán: un escritor está moralmente impedido de bañarse en una piscina, un goce frívolo que lo descalificará para siempre), conducir un auto de lujo (mucho peor si es de transmisión automática) o mandar a sus hijos a un buen colegio: esas son señales inequívocas de que dicho escritor es, en realidad, un impostor, un mercenario, un mamarracho, porque todo artista de genuino talento tiene que reconocer las incomprendidas virtudes de la pobreza y obligar a sus hijos a que las descubran igualmente. Ponerse a dieta o, peor aún, confesarlo en alguna entrevista.
Que son todas cosas que he hecho y, me temo, seguiré haciendo, aunque algunos escritores prestigiosos me critiquen por eso.
18 de septiembre de 2006
Cosas que un escritor en busca de prestigio entre sus torturados colegas y los críticos más o menos insidiosos nunca debería hacer, para evitar que lo tachen de frívolo, liviano, vendido al mercado y oportunista:
Vivir en Miami o, peor aún, decir que le gusta vivir en Miami o que no desprecia a quienes viven en esa ciudad.
Viajar en clase ejecutiva o, peor aún, tener amigos ejecutivos o, esto ya es catastrófico, decir que no acepta invitaciones en clase económica para vuelos largos y quizá ni siquiera para vuelos cortos: un verdadero intelectual debe viajar siempre atrás, en económica, en asientos bien angostos, para que le duelan las miserias del mundo.
Ir al gimnasio o, peor aún, decir que es capaz de ir al gimnasio y, sin embargo, o gracias a eso, escribir todos los días.
Blanquearse los dientes o, peor aún, sonreír a menudo enseñando esos dientes pulquérrimos en los que ha invertido las regalías literarias de varios meses: algunos de sus colegas le dirán, con el ceño fruncido y los ojos atacados de melancolía (que es como posan para los sombríos retratos que aparecen en sus libros no menos sombríos, aunque luego se emborrachen y rían a gritos, escandalosamente), que un verdadero intelectual nunca debe sonreír, pues sólo los tontos son felices.
Ir a los programas de televisión o, peor aún, hacer bromas en esos programas o, esto ya es indefendible, un atentado al recato y el recogimiento moral que se espera de un escritor, ese apóstol laico cuya vocación ha de estar reñida con toda forma de humor, dar algún beso escandaloso en televisión.
Leer (sería más exacto decir: hojear) la revista española Hola! o, peor aún, decir que lee Hola! o, esto ya es devastador, salir retratado en esa revista de princesas desdichadas y millonarios aburridos, diciendo que, a pesar de todo (es decir, a pesar de sus padres), es razonablemente feliz.
Pronunciarse políticamente de un modo claro y enfático o, peor aún, pronunciarse contra los héroes morales de la progresía latinoamericana, es decir Castro y Chávez, ese par de matones, o, esto ya es un abuso, un brote siniestro de racismo, pronunciarse contra Evo Morales, el procónsul asustadizo del megalómano Chávez.
Decir que no conoce Bolivia porque, en honor a la verdad, basta de hipocresías, no arde en deseos de conocerla, o, peor aún, decir que Bolivia no puede reclamar como suyos unos territorios que perdió en una guerra hace más de un siglo, porque casi todos los mapas se han trazado luego de guerras injustas y porque el mundo sería un caos si tuviésemos que volver a las fronteras que existían antes de cada guerra.
Votar en su país de origen, aunque viva la mayor parte del tiempo en otros países, y decir sin ambigüedades por quién votó.
Decir que quienes votaron en el Perú por un ex capitán que secuestró, torturó y mató, actuando como sicario del ejército corrupto de un dictador felón, son unos tontos que desprecian o ignoran el valor de la libertad y la democracia, y que tamaña estupidez, la de confiar en un matón enmascarado que admira a otros matones como Castro y Chávez, quizá no sea culpa de ellos sino del aturdimiento o la confusión que a veces ocurre cuando se respira poco oxígeno en las alturas peruanas, donde ese candidato de ideas trasnochadas recogió la mayor parte de sus votos: algunos escritores o periodistas, que poco o nada hicieron para evitar el triunfo de ese candidato impresentable, rodeado de pillos y oportunistas, saldrán a insultarlo con ferocidad.
Hacerse ciudadano de los Estados Unidos o, peor aún, decir que admira a los Estados Unidos. Ir con sus hijos a Disney o, peor aún, decir que pasó unos días felices con sus hijos en Disney: un verdadero intelectual debe repudiar toda forma masiva de alegría humana (o toda forma de alegría, incluso si no es humana) y llevar a los niños a lugares como El Museo del Holocausto o el Museo de la Santa Inquisición.
Aspirar a un premio literario o, peor aún, ganar un premio literario: todos los premios son un fraude, salvo los que ganan los amigos o conceden los editores amigos.
Publicar en la editorial Planeta o, peor aún, ganar el premio Planeta o, esto ya causa un daño irreparable, integrar el jurado del premio Planeta.
Decir que no bebe alcohol ni fuma tabaco: sus pares desconfiarán inmediatamente de él y lo verán como un enemigo, pues un escritor de raza debe ser un borracho legendario y un fumador impenitente, que odie cualquier forma de vida saludable (y, a ser posible, cualquier forma de vida).
Ir al concierto de Shakira o, peor aún, bailar en ese concierto.
Ir al concierto de Madonna o, peor aún, decir cuánto pagó por asistir a ese concierto odioso.
Decir que duerme al menos ocho horas consecutivas: un escritor con algún mínimo talento tiene que dormir mal o hacer todo lo posible para dormir mal y jactarse de ello.
Odiar las corridas de toros o, peor aún, decir que las odia.
Publicar un libro cada dos años o, peor aún, publicar cada dos años libros que venden bastante bien: un escritor debe sufrir prolongadas sequías creativas y evitar así, con admirable sensibilidad ecológica, la deforestación de los bosques.
Vivir en una casa con piscina (los críticos se ensañarán con el detalle de la piscina y no se lo perdonarán: un escritor está moralmente impedido de bañarse en una piscina, un goce frívolo que lo descalificará para siempre), conducir un auto de lujo (mucho peor si es de transmisión automática) o mandar a sus hijos a un buen colegio: esas son señales inequívocas de que dicho escritor es, en realidad, un impostor, un mercenario, un mamarracho, porque todo artista de genuino talento tiene que reconocer las incomprendidas virtudes de la pobreza y obligar a sus hijos a que las descubran igualmente. Ponerse a dieta o, peor aún, confesarlo en alguna entrevista.
Que son todas cosas que he hecho y, me temo, seguiré haciendo, aunque algunos escritores prestigiosos me critiquen por eso.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)