19.12.06

:: El último helado

En mayo del año pasado, en vísperas de cumplir setenta, mi padre me escribió un correo electrónico invitándome a su cumpleaños en un balneario al sur de Lima. Llevábamos años sin vernos ni hablarnos (y una vida o dos jugando una encarnizada partida de ajedrez en la que ambos habíamos perdido la reina y sabíamos que era imposible ganar, pero sin querer resignarnos a sellar las tablas). No tuve la nobleza de contestarle aquel correo breve pero afectuoso a su manera. Sería su último cumpleaños en buena forma. No estuve a su lado aquellos días en Paracas. En mayo de este año tampoco lo acompañé ni lo saludé a la distancia. Ya entonces estaba minado por la quimioterapia. Hace un mes o poco más, informado por mi madre de que su salud se hallaba gravemente deteriorada, fui a visitarlo a la clínica. Me costó trabajo golpear la puerta y entrar en su cuarto después de tanto tiempo sin vernos. Sentí, sin embargo, que era mi deber, que en la hora final lo que correspondía era tener un gesto de afecto con él y deponer las hostilidades del pasado. No por culpa de nadie, o por culpa mía en todo caso, la nuestra había sido, desde mis primeros recuerdos, una relación trabada por desencuentros, malentendidos y orgullos excesivos, y viciada por la expectativa de que el otro debía ser uno distinto del que era naturalmente. Aquel encuentro fue cordial (le di un beso en la frente al entrar y otro antes de irme) y mi padre fue amable y generoso conmigo, pero en algún momento, cuando mi madre habló de la televisión, él expresó ciertos reparos, muy a su manera, sobre mi programa, y dijo que no lo veía o que prefería no verlo (aunque mi madre lo desmintió enseguida), y yo escribí luego una crónica recreando esa visita cargada de emoción, en la que no pude omitir el momento en que él tomó distancia de ciertas cosas que yo había hecho en televisión. Aunque la crónica era sentida y afectuosa y terminaba rememorando un viaje que hicimos juntos cantando rancheras en su auto cuando era niño, supe luego que le había disgustado o contrariado aquella columna que publiqué en el periódico, lo que me entristeció. Hace unos días, mi madre me llamó por teléfono y, con admirable tranquilidad -la paz de los que tienen fe, una paz que siempre me fue esquiva-, me dijo que mi padre quería verme, que estaba preguntando por mí, que debía darme prisa porque la situación era grave y le quedaban pocos días de vida. Abrumado por los recuerdos, fui a la clínica al día siguiente. Mi padre tenía la muerte dibujada en el rostro. A duras penas podía hablar. Hizo un gran esfuerzo para sostener una breve conversación conmigo. Se interesó por mis asuntos con una generosidad que me impresionó. Al parecer, estaba orgulloso porque Shakira me había saludado en su concierto en Lima y había dicho que somos amigos. También veía con simpatía que hubiese apoyado a un amigo suyo en las elecciones a la alcaldía de San Isidro. Cuando le conté que tenía un pequeño problema de salud, se interesó vivamente, me hizo preguntas (ignorando a la enfermera que le pedía que no hablase tanto) y me recomendó que me atendiese con un médico amigo suyo. Me impresionó el esfuerzo que hizo para describir tan detalladamente el tratamiento que debía seguir para aliviarme de esa molestia. Por eso le dije: -Qué bueno ver que estás tan bien de la cabeza. Mi padre me guiñó el ojo, sonriendo, y dijo: -El lunes estaré en la casa. Fue sorprendente que me guiñase el ojo con tanto afecto y picardía, como nunca antes lo había hecho. Fue un momento entrañable, que me dejó conmovido y en silencio. A pesar de que su cuerpo estaba casi paralizado por la enfermedad, con sólo mover levemente una pestaña me había dicho que todo estaba bien entre nosotros, que no estaba molesto, que tal vez, al final, después de tantos desencuentros y extravíos, se sentía orgulloso de mí, o al menos en paz conmigo, y que esa secreta complicidad que existía entre nosotros cuando me llevaba al colegio y me daba un dinero diciéndome que era “un fondo de emergencia” por si me pasaba algo malo (sabiendo que gastaría ese dinero en un helado a la salida, una emergencia que se repetía cada tarde) y ese pozo de amor que había en su mirada cuando me decía “sólo gástate la plata si tienes una emergencia” (sabiendo que a la mañana siguiente me diría lo mismo) todavía nos unían, a pesar de todo. Poco después, la enfermera le pidió que comiese algo y él dijo que no tenía hambre, pero, como ella insistió, él pidió un helado de chocolate y una coca cola. La enfermera recomendó que comprásemos una coca light, pero mi padre me hizo saber con la mirada que prefería la cocacola de verdad. Bajé a la cafetería con Javier, mi hermano, y compramos un helado de fresa, porque no había de chocolate, y dos coca colas, una regular y otra light. Mi padre, por supuesto, bebió la coca cola más fuerte. Cuando mi madre le dio el helado en la boca, no pude evitar pensar cuántos helados le debía a papá, cuán tardío e insuficiente era este último helado. Un día antes de que muriese, nos quedamos un momento a solas y le pedí perdón por no haber podido ser el hijo que él merecía. Mi padre ya no podía hablar. El lunes, como él me dijo, volvió a su casa, pero ya estaba muerto. Al día siguiente, en el funeral, me incliné, besé el ataúd y le pedí perdón en silencio, por última vez. Ahora, cuando lo recuerdo, lo veo sonriendo, guiñándome el ojo. Así lo recordaré siempre.

11.12.06

:: La reputación en llamas

Corrían los turbulentos años ochenta. Yo estudiaba leyes en una universidad de Lima que se jactaba de ser católica. Ignoraba, en mi infinita candidez, que las leyes en mi país eran una ficción –una ficción pomposa, enrevesada e inútil– y que años más tarde, expulsado de aquella universidad, terminaría dedicado a otras formas más nobles de ficción, como la de escribir mentiras o decirlas en televisión. Ignoraba asimismo, entre muchas otras cosas, que debía desconfiar de cualquier institución o persona que se jactase de ser católica, y que sólo tenía sentido, si acaso, estudiar en una universidad laica y agnóstica que se atreviese a cuestionar los dogmas, prejuicios, supercherías y antiguallas de esa religión o de cualquier otra, que eran, por cierto, unas formas más innobles e insidiosas de urdir ficciones. Lo que habría de salvarme de aquel extravío o malentendido en el que me hallaba era el mundo grotesco, desmesurado y carnavalesco de la televisión, que me permitió un conocimiento más exacto de las dimensiones bochornosas de mi inteligencia y mi hombría. Por circunstancias azarosas, había terminado trabajando en las noches, después de asistir a clases en la universidad de los curas, en un canal de televisión de Lima, como presentador de un programa en directo en el que entrevistaba a políticos, politicastros, pilluelos, pillarajos y otra gente encantadora, gente con la que me entendía naturalmente bien y a la que no era difícil cazar mintiendo o poner en aprietos.
Una noche, esperando un taxi para ir a la televisión, vestido de traje y corbata, cargando un maletín lleno de papeles, soñando con que algún día diría mentiras de hermosa sonoridad en alguna plaza pública, ensayando mis discursos grandilocuentes como congresista o candidato presidencial, no advertí, distraído por asuntos tan graves, que un tío distinguido y encantador pasó en su auto guinda y verificó sin querer mi seca condición de peatón, promesa política y naciente estrella de televisión.
Al día siguiente, tan noble tío llamó a la casa de mis abuelos maternos, en la que yo vivía refugiado, y me dijo que quería hablar conmigo, que fuese a visitarlo a su oficina. Por supuesto, acudí sin demora. Fumando un habano, vestido con impecable corrección británica, saltando con gracia entre el español y el inglés, exhalando un perfume embriagador, mi tío hizo tres cosas igualmente inverosímiles: me regaló un pañuelo de seda Burberrys, me comunicó que me había suscrito a la revista The Economist (“si quieres ser presidente, tienes que ir a la escuela de gobierno de Harvard y leer The Economist”) y me ofreció un préstamo de diez mil dólares, a pagar sin intereses y en un plazo laxo e impreciso, para comprarme un carro nuevo o usado, lo que quedaba a mi elección (“una estrella de televisión como tú no puede andar en taxi, Jimmyboy”).
Con el dinero que tan generosa e imprudentemente me prestó mi tío, compré a los pocos días un auto Fiat, modelo Brava, color gris plata, fabricado el año 1980, con treinta mil kilómetros recorridos, cinco velocidades, asientos de cuero y aire acondicionado. A mi querido tío le prometí que en diez meses, como mucho, le pagaría la deuda, pues a finales de cada mes iría sin falta a su oficina a dejarle un sobre con mil dólares en efectivo. Ni él ni yo sabíamos que el dinero que se ganaba en la televisión peruana era también una ficción, una quimera, una cosa inasible, de perfiles gaseosos, y que el legendario dueño del canal que me había contratado solía decir entre risas, con sabiduría: “Las deudas nuevas hay que dejarlas envejecer. Y las deudas viejas nunca se pagan”.
Como fueron pasando los meses y yo no cobraba mi sueldo y tampoco visitaba a mi tío en su oficina a pagar las cuotas mensuales ni tenía siquiera la cortesía de llamarlo a pedirle disculpas, él, comprensiblemente irritado, se dirigió a la casa de mis abuelos, tocó el timbre y pidió hablar conmigo. Desde mi cuarto en el segundo piso, le rogué a mi abuelo, un hombre bondadoso, que le dijera al tío ofuscado que yo no estaba. Mi abuelo, un amor, mintió para protegerme. Mi tío dejó una nota que decía: “Me has decepcionado. Un caballero siempre paga sus deudas”.
Cuánta razón tenía mi querido tío. Pero ya entonces yo no me sentía un caballero, por mucho que tratase. Me inquietaba ya la oscura certeza de que el destino no había reservado para mí el papel de caballero británico que mi tío cumplía con tan admirable precisión. Confundido en el circo lujurioso de la televisión peruana, trabajando –es un decir– entre enanos aventajados, gordas de risa apocalíptica, cómicos borrachos, boquitas pintadas y mujeres con voz ronca y testículos, maravillado por todas esas suaves formas del pecado que mi madre y los curas del Opus me habían ocultado, yo no podía sentirme un caballero. Nunca le pagué un centavo a mi querido tío.
No lo llamé por teléfono a disculparme ni le di explicaciones ciertas o mentirosas ni le mandé saludos por televisión (una forma de pago que se conoce como “canje” y que he usado con dentistas, aerolíneas y vendedores de autos). Al día de hoy, le debo diez mil dólares sin intereses. Le pido disculpas públicas, si de algo valen. Tengo el firme propósito de ponerme al día y saldar esa deuda oprobiosa, pero una crisis de liquidez o “caja chica” me impide cumplir con mi conciencia.
Dos años después de comprarlo, en un viaje que hice con un amigo a los desiertos del sur peruano, el Fiat Brava de cinco velocidades, que había alojado en sus confortables asientos de cuero unas formas de amar que yo ignoraba cuando lo hice mío, ardió inesperadamente en llamas y quedó reducido a un amasijo de fierros humosos y negruzcos, mientras mi amigo y yo, las narices llenas de cierto polvillo blanco, contemplábamos extasiados ese espectáculo, el de un auto que se quemaba en medio del desierto (y con él, mi reputación o lo que quedaba de ella).

4.12.06

:: El lago del celular perdido

Solía jactarme de no llevar conmigo un teléfono celular, hasta que las mediocres circunstancias que rodean mi vida me obligaron a traicionarme una vez más y comprar un celular en Miami para atender los asuntos siempre urgentes –y casi siempre irrelevantes– del programa de televisión que presento en esa ciudad.
Compré un aparato caro y sofisticado, ultraliviano, de color negro, con un número de funciones que nunca sería capaz de comprender, y, a pesar de la insistencia de la vendedora venezolana, me negué a firmar un contrato con la compañía. Preferí adquirir el teléfono, cargarlo con una tarjeta de cien dólares y continuar usando esa modalidad, la de comprar tarjetas cuando el crédito estuviese por expirar, pues ese sistema, conocido como “prepago”, me concedió el dudoso placer, en medio de la vergüenza y el fastidio que me asaltaron al convertirme en un rehén más de la cultura celular, de sentirme algo menos prisionero.
Me resultó enormemente difícil elegir el tono musical que debía sonar cuando me llamasen, la imagen que serviría como telón de fondo en la pantalla, el idioma en que aparecerían las palabras (estuve tentado de usar el mandarín) y el nombre del usuario (siempre me ha parecido que Jaime es un nombre chato, seco, desangelado, pusilánime, lo que por otra parte me hace justicia y revela cuán perspicaces fueron mis padres en adivinar mi carácter).
Semanas después, llegué con mis dos hijas a Buenos Aires un martes de primavera. El viaje consistió en dos tramos que duraron casi lo mismo: Lima-Buenos Aires, en avión, y Ezeiza-San Isidro, en taxi, por la avenida general Paz, a las siete y media de la mañana. Esa tarde, tras descansar unas horas, fuimos caminando a una tienda de telefonía móvil y compramos un “chip” que nos permitiese usar mi celular también en Buenos Aires, con un número local y cargándolo con tarjetas. Al salir de la tienda con mi celular activado, me sentí socio de Microsoft o de Google o de Youtube.
Me maravilló que mi vida hubiese dado ese salto tecnológico alucinante. Luego llamé a mi productor en Miami, me contó apesadumbrado que una entrevista que dejé grabada había salido sin audio, provocando la comprensible indignación del público, y recordé las minúsculas, bochornosas dimensiones de mi existencia. Del mismo modo que en Miami, sólo usaba el celular en Buenos Aires cuando era estrictamente inevitable, pulsando la tecla de altavoz y alejándolo todo lo que fuese posible de mi cabeza, pues estaba convencido de que las ondas que irradiaba ese adminículo impertinente me provocaban dolores de cabeza, a menos que usara el altavoz y lo mantuviese a cierta distancia de mis orejas.
El jueves, día de acción de gracias, mis hijas y yo fuimos a los bosques de Palermo, caminamos por el rosedal y decidimos dar un paseo en bote por el lago de aguas verdosas. Tras pagar quince pesos y embutirnos en unos chalecos rojos salvavidas, subimos al botecito de madera y empezamos a remar con tanta torpeza como alegría. Fue un momento de intensa felicidad, quizá el mejor recuerdo que guardo ahora de aquel viaje. Nos hicimos fotos cegados por el sol de la tarde, alimentamos con dos alfajores Jorgito a un pato feo y encantador, remamos chapuceramente a ninguna parte, las niñas dijeron vulgaridades espléndidas que me hicieron reír y, cuando nos cansamos de remar, dejamos que las aguas mansas se ocupasen de mecer el precario botecito, mientras mi hija mayor me pedía que viniésemos a vivir un tiempo a Buenos Aires.
Luego volvimos al muelle con ganas de tomar un helado. Mis hijas bajaron con agilidad, tomadas de la mano por el administrador del negocio. Cuando llegó mi turno, me puse de pie, el bote se encabritó un poco, hamacándose peligrosamente, y conseguí dar un salto al muelle. Al hacerlo, algo se deslizó del bolsillo de mi pantalón, rebotó en el filo mismo del muelle y, caprichosamente, pudiendo haber quedado de nuestro lado, sobre los tablones de madera, cayó al agua ante la mirada atónita de mis hijas.
-¡Tu celular, papi! –gritaron.
Pero ya era tarde. El aparato negro se hundió de inmediato en esas aguas densas, misteriosas, y desapareció para siempre.
-Un celular más que se cae al lago –dijo el administrador–.
No sabés cuántos he visto hundirse. Debe haber como mil allá abajo. Mis hijas lamentaron el incidente, me llenaron de mimos y prometieron que me regalarían un celular nuevo, pero yo me sentía extrañamente aliviado y feliz, como si el destino o el azar o algún designio superior hubiese obrado un pequeño y oportuno milagro, el de arrebatarme suavemente ese aparato innecesario, recordándome las ventajas del silencio y, de paso, restaurando una cierta armonía que el celular, con sus constantes interrupciones, había quebrado.
-No volveré a comprar un celular –dije, mientras comíamos helados a la sombra–. He comprendido el mensaje del lago.
-Eres un tonto –me dijo mi hija mayor–.
No hay ningún mensaje. Se te cayó porque no lo guardaste bien.
No le eches la culpa al lago. Al final de la tarde, fuimos a los cines de la esquina de las calles Bulnes y Beruti, vimos una película alemana sobre una joven que enfrentó a los nazis y murió en la guillotina y luego, para celebrar el día de acción de gracias, cenamos pavo con puré en un hotel muy elegante, rodeados de comensales que hablaban en inglés y cuidaban con celo sus carteras y reían escandalosamente.
Como era el día de dar gracias, pensé que debía agradecer a quien correspondiese por haberme privado de seguir padeciendo la minuciosa tortura del celular.
Al llegar a casa, pasada la medianoche, había un mensaje de la madre de mis hijas en el contestador. Decía que la salud de mi padre había empeorado, que a duras penas podía hablar, que estaba allí en la clínica con él llamándome para que hablásemos un ratito, que me había llamado varias veces al celular pero nadie contestaba, que por favor llamase de vuelta porque mi padre quería hablar conmigo y no quedaba mucho tiempo.
El lago de Palermo se tragó esa conversación, que pudo ser la última.