10.7.07

:: Bello y torturado (25/06)

Hace seis años, una tarde de agosto en Buenos Aires, Martín va a casa de Juan a hacerle una entrevista. Martín es editor de una revista de modas. Juan es un famoso periodista argentino de radio y televisión. Martín es muy joven, tiene apenas veintitrés años, y admira a Juan, aunque no se lo dice por pudor. Juan es guapo, inteligente y exitoso, y tiene sólo treinta años.
Martín le pregunta si no le molesta que otro famoso periodista de radio, Fernando, diga en su programa, una y otra vez, con su habitual espíritu impúdico y provocador, que Juan es homosexual. Juan le confiesa que sí le molesta y que es verdad que es homosexual:
-No soy puto -le dice-. Soy re puto.
Por primera vez, Juan reconoce en una entrevista que le gustan los hombres. Es una liberación, un acto de afirmación personal. Nunca más tendrá que fingir o simular que es lo que en verdad no es. Durante más de dos horas, le cuenta a Martín, ya emancipado del temor de decir la verdad, cómo descubrió, siendo adolescente, que le gustaban los hombres, cómo intentó en vano desear a ciertas mujeres con las que salió como novio atormentado, cómo se impuso sobre su destino la oscura certeza de que era homosexual. Martín escucha conmovido y, a ratos, levemente turbado por una bien disimulada crispación erótica.
Cuando la revista aparece en los quioscos, estalla el escándalo. La prensa del espectáculo no se ahorra detalles. Todos se enteran de que Juan es homosexual y ya estaba harto de vivir en la penumbra del armario, mintiendo, escondiéndose, ocultando esa verdad que tanto lo define frente al mundo. Curiosamente (y esto quizá sorprende a Juan como a los mojigatos que lo critican), luego de salir del armario su carrera periodística no entra en crisis ni decae su audiencia, sino que, por el contrario, el público que lo sigue se multiplica y su prestigio profesional se consolida.
Un año después, una tarde de agosto en Buenos Aires, Martín va a un hotel en el centro a entrevistar a Joaquín, un escritor peruano de dudosa reputación. Joaquín no oculta que le gustan los hombres. Martín todavía no ha salido del armario. Joaquín lo seduce. Se enamoran. Martín pierde el miedo y se asume como homosexual. Se lo cuenta a sus padres, a sus hermanos, a sus amigos. Todos reciben la noticia con buen humor.
En abril del siguiente año, Joaquín se instala un par de meses en Buenos Aires para presentar un monólogo de humor en un teatro de la calle Corrientes. La obra, si podemos llamarla así, es una visión ácida y atormentada sobre el tardío descubrimiento de su homosexualidad, su salida del armario (con novela bajo el brazo) y las repercusiones escandalosas que ella provocó en su muy religiosa familia y en la ciudad donde nació, Lima. Es primavera en Buenos Aires. Florecen los bosques de Palermo. Joaquín alquila un departamento en la calle Gutiérrez, esquina República de la India, frente al zoológico.
Con el propósito de llevar gente al teatro, Joaquín se resigna a conceder algunas entrevistas. En una de ellas, la presentadora de un programa de televisión le pregunta cuál es su tipo de hombre. Joaquín menciona a Juan, el famoso periodista. Minutos después, Juan, que al parecer estaba grabando en un estudio contiguo, aparece sorpresivamente en el programa, se abraza con Joaquín, le despeina el flequillo y le dice piropos traviesos. El encuentro provoca cierto escándalo en la prensa del espectáculo, que reproduce en cámara lenta las escenas afectuosas entre ambos (Juan despeinándole el flequillo, Joaquín abrazándolo y besándolo en la mejilla) y sugiere que ha nacido un romance entre ambos.
Esa noche, Joaquín recuerda que años atrás entrevistó a Juan para un programa piloto que se grabó en Buenos Aires y nunca salió al aire. En aquella entrevista, deslumbrado por la belleza de Juan, por sus ojos hechiceros, Joaquín rozó el tema del amor entre hombres y Juan, valiente como siempre, no lo esquivó. Después, al salir de la grabación, Joaquín le dio su teléfono, esperanzado en volver a verlo, pero Juan no lo llamó.
En vísperas del estreno de su monólogo, y todavía divertido por las conjeturas e insinuaciones que se hacen en la televisión tras el encuentro sorpresivo con Juan, Joaquín recibe una llamada. Es Juan. Quiere entrevistarlo para su programa de televisión. Joaquín acepta encantado.
Juan y Joaquín se encuentran en un restaurante de Palermo, una tarde de abril. Juan viste una camiseta ajustada que pone énfasis en sus músculos. Está acompañado de su novio. Joaquín llega con Martín. Toman unos tragos. Hace calor. Se sientan en la terraza. Los técnicos acomodan las luces, los cables, los micrófonos. Juan y Joaquín se sientan uno frente al otro. Sus novios observan en silencio. Juan luce bello y atormentado, bello y nervioso, bello y angustiado. Joaquín se pregunta en silencio por qué Juan está tan inquieto. Intuye la razón. Ha escuchado rumores. Ha tomado esos polvos cuando era joven. Sabe reconocer sus efectos.
Durante una hora o poco más, Juan lo somete a un cuestionario inteligente y atrevido, que por supuesto aborda el tema de la homosexualidad. Joaquín, liberado años atrás de los miedos y las vergüenzas que impone la vida en el armario (tan común y celebrada en Lima, donde a decir la verdad es una bajeza y esconderla, un acto noble, virtuoso y elegante), cuenta con franqueza y sin falsos pudores cómo se casó, cómo tuvo dos hijas, cómo se divorció, cómo se enamoró de Martín. Al terminar la entrevista, invita a Juan y su novio al teatro. Juan promete ir a verlo.
Por razones que Joaquín nunca conoció ni probablemente conocerá, la entrevista que le hizo Juan no llegó a ser emitida en televisión. Quizá Juan, al verla, se vio demasiado turbado o estimulado. Quizá le pareció que Joaquín era un idiota. Quizá pensó que esas confesiones íntimas eran todo menos novedosas. Lo cierto es que la entrevista nunca salió al aire.
El día del estreno, Joaquín, que nunca había sentido tanto miedo como aquella noche en que debía hablar durante dos horas sin olvidarse de nada y haciendo reír al público, se alegró de ver entrar en la sala, ya comenzada la función, a Juan y su novio. Poco le duró la alegría. Diez minutos después, se pusieron de pie y se retiraron bruscamente, al parecer decepcionados de la calidad del espectáculo, y ante la mirada incrédula de Martín, que no podía creer tamaño desaire.
Joaquín quedó dolido por la brevísima visita de Juan (y ya estaba apenado porque la entrevista que le hizo nunca se emitió), pero prefirió atribuir ambos percances o malentendidos a los sobresaltos derivados del vicio privado que su amigo practicaba, la inhalación de ciertos polvos estimulantes que, bien lo sabía él (porque los había aspirado cuando era joven), secuestraban toda forma de paz, imponían una vida vertiginosa y alteraban la percepción de la realidad.
Aquella noche fue la última vez que lo vio: Juan poniéndose de pie y retirándose deprisa del teatro, Joaquín preguntándose en silencio qué había hecho tan mal para que su bello y atormentado amigo se marchase a los diez minutos de haber llegado.
Meses después, en febrero, Joaquín despierta en la habitación de un hotel en Amsterdam. Hace frío. Enciende la computadora y entra a la página de La Nación. No puede creerlo: Juan ha caído del balcón de su departamento en Palermo y está en coma. Muere a los pocos días, con sólo treinta y tres años. Joaquín abre la ventana, enciende un porro y llora en silencio, recordando al hombre bello y torturado que salió del armario para caer del balcón

5.7.07

El ladrón de la intimidad (18/06)

Una semana de finales de junio en Lima puede parecer un año. Las noches son heladas y culposas; en las mañanas una niebla espesa lo difumina todo, incluso la certeza o la esperanza de que te irás pronto; las horas y los días pasan con una lentitud sañuda, exasperante, como si uno estuviese privado de su libertad, confinado en una cárcel de techo gris en la que nació, de la que siempre quiso escapar y a la que acaba volviendo resignadamente, porque no queda más remedio.
Debo pasar una semana en Lima porque mi hija menor cumple doce años un miércoles (y nada, ni siquiera mi condición de reo o presidiario en esta gran mazmorra polvorienta a orillas del Pacífico, justifica ausentarme de su fiesta el día en que ella celebra su existencia) y porque tengo que grabar unos programas para irme con mis hijas un mes de vacaciones al país donde ellas nacieron, donde escribí casi todas mis novelas (con excepción de La mujer de mi hermano, la peor de todas, que sospechosamente fue perpetrada en el cuarto de un hotel con vista a un cerro árido de los suburbios de Lima, y la última, Y de repente, un ángel, que fue escrita en un departamento de Buenos Aires con vista a la cancha de rugby de San Isidro) y donde somos vulgarmente felices cuando nos bañamos en la piscina, bajo las sombras que nos conceden las palmeras.
Las celebraciones de mi hija menor se dividen sabiamente, porque así lo ha dispuesto ella, en una fiesta adolescente con sus amigas y amigos del colegio, en un inevitable lonche familiar (que ella espera con cierta aburrida resignación, aunque con la curiosidad de ver cómo me tratarán algunas personas de la familia que me detestan cordialmente) y en un desayuno con su hermana y sus padres, a una hora cruel para mí, las siete de la mañana, en que abre bostezando sus regalos (todos los cuales ella ha comprado por internet, enviado a mi casa en Miami y visto a escondidas conmigo, apenas llegué a Lima) fingiendo sorpresa y alegría. Su fiesta es un éxito ruidoso y eso me provoca alarma y pavor.
Un número inesperadamente alto de muchachos inesperadamente altos desborda la pista de baile: muchos de ellos no han sido invitados y se han metido a la casa haciendo trampa, mintiendo, burlando al hombre de seguridad, diciendo nombres que no son los suyos pero que están en la lista de invitados, lo que confunde al pobre guardia, que nunca sabe quién es el invitado y quién el impostor, y por eso, aturdido y humillado por los modales prepotentes de esos jovencitos de otros colegios que ni siquiera conocen a mi hija, deja entrar a todos. Mi hija quiere echar a los intrusos, pero yo le aconsejo que no lo haga, que se olvide de ellos y disfrute de la fiesta.
Uno de los intrusos se burla de la fealdad de una chica (le grita “Betty, Betty”, por Betty la fea) y ella se harta y le da una bofetada. Todas las canciones, si podemos llamarlas así, pertenecen a ese género esperpéntico y atroz llamado reggaetón, que mi hija adora y baila con frenesí, pero que a mí me parece una agresión acústica insoportable, lo que provoca las justificadas quejas de los vecinos, hartos de esas letras pendencieras, chatas, obscenas, calenturientas, que los parlantes del jardín expulsan a un volumen despiadado y no los dejan descansar.
Le pido al hombre que hemos contratado para que se ocupe de la música que por favor ponga algo decente (Shakira, Juan Luis Guerra, algo que se pueda bailar pero que tenga buen gusto, un mínimo de refinamiento), pero él responde a los gritos, con cara de trastornado, que sólo tiene reggaetón, que mi hija sólo quiere reggaetón, que si no pone reggaetón lo van a pifiar y echar a patadas.
Me siento en una esquina, los pies al lado de la estufa, y veo a lo lejos a mi bellísima hija bailando esos ritmos grotescos con una gracia y una aparente felicidad que le da sentido a todo, incluso a la creciente sospecha de que las señoras que comen sanguchitos me odian en silencio y muy educadamente porque digo en televisión que me gustan los hombres y porque me permito decir incluso los hombres que me gustan o me han gustado, lo que para ellas, que comen tan atropellada y felizmente esos sanguchitos que yo he pagado para que sigan engordando sus lindas pancitas, es una cosa de un mal gusto atroz, aunque no tanto como moverse al ritmo del perreo. El lonche familiar resulta inesperadamente divertido. Mi ex suegra me saluda con sorprendente cariño.
Luce bella, delgada y encantadora. Atribuye su eterna juventud a ciertas raíces, aceites, brebajes, semillas y hojas de la Amazonía que ella se aplica religiosamente y que no duda en recomendar, a riesgo de aumentar la potencia sexual de los consumidores de dichas maravillas curativas.
Mi ex mujer luce bella, delgada y encantadora. Se ha liberado de un conjuro malvado que alguien tramó contra ella.
Sospecha de una mujer que la envidia. Ha visitado a un chamán o curandero, un hombre de corta estatura, aliento alcohólico y mirada extraviada, y le ha pedido que rompa el conjuro, que neutralice la emboscada insidiosa de su enemiga, que la proteja y purifique del hechizo torvo.
El curandero le ha pedido que se desnude. Mi ex mujer ha preguntado, con comprensible alarma: ¿Del todo? El chamán ha respondido, con comprensible rigor: Del todo, mamita. Si no te calateas, no puedo pasarte el cuy. Mi ex mujer se ha tendido desnuda en una camilla maloliente.
El curandero ha frotado por su espalda y sus nalgas un cuy vivo de pelambre marrón.
De pronto, ha gritado: ¡Carajo, se ha muerto el cuy! Luego ha explicado que el pobre roedor ha expirado por absorber toda la energía negativa depositada dentro del cuerpo de mi ex mujer, como consecuencia del conjuro urdido maléficamente contra ella.
Mi ex mujer ha sospechado (y yo la he acompañado en esa sospecha) que el curandero ha estrangulado al cuy, sólo para impresionarla y probar de un modo histriónico su discutible eficacia. Luego, el hombre, tras deshacerse del animal, ha echado agua con pétalos de rosas sobre el cuerpo de mi ex mujer. Ella ha creído ver que algo, no precisamente un cuy, se abultaba y movía entre las piernas del chamán.
Después le ha pagado y se ha sentido radiante, liberada del hechizo maléfico, purificada y optimista, como debió de sentirse cuando se divorció de mí con un buen gusto irreprochable. Al día siguiente, muy temprano, mis hijas y mi ex mujer han salido al aeropuerto, rumbo a Miami. Nos veremos allá en pocos días.
Me he quedado en Lima con el espíritu avinagrado, soportando de mala gana la niebla, la garúa, la conmovedora idiotez de los patriotas y los moralistas, los ladridos de los perros de mis hijas, que esperan que les tire más salchichas.
Desolado, he abierto la agenda de mi ex mujer, he llamado al curandero y le he pedido que me pase el cuy.