El hombre haragán organiza su vida, sus trabajos, sus asuntos familiares, sus precarios compromisos de toda índole, alrededor de una idea no negociable, que es el pilar de su supervivencia o bienestar: debe dormir por lo menos ocho horas y mejor si son diez.
Temeroso de que interrumpan esas horas sagradas, duerme con los teléfonos desconectados. Su ex esposa le ha dicho que es un acto innoble apagar los teléfonos por tantas horas, que alguien cercano a la familia podría morir y ella no tendría cómo darle la infausta noticia. Pero él piensa, y así se lo ha dicho, que si alguien muere es mejor enterarse unas horas después, ya reposado.
El hombre haragán ha perdido todo interés en el amor y el sexo.
No tiene pareja ni desea tenerla. Le resulta una fatiga seducir a alguien –un proceso laborioso en el que no puede evitar mentir, simular ser alguien mejor de quien en verdad es, encubrir el rasgo más conspicuo de su carácter, la pereza– y más todavía vivir con esa persona y aceptar sus caprichos. Ya lo intentó una vez, cuando estuvo casado, y sabe que el amor es un esfuerzo trabajoso y del todo innecesario. Prefiere, cuando está urgido –lo que a sus cuarenta y tantos años es algo infrecuente–, aliviarse a solas, pensando en un cuerpo que se entrega y se somete a sus caprichos y luego se marcha sin decir palabra ni exigir nada. El hombre haragán trabaja pero detesta hacerlo y sólo lo hace animado por una secreta ilusión, la de reunir suficiente dinero como para no tener que trabajar más. No trabaja entonces con ganas, disfrutándolo, encontrando en ello alguna forma de dignidad o nobleza que lo redima de su abrumadora mediocridad.
Trabaja resignadamente, porque no hay más remedio, porque otea en el horizonte un premio todavía borroso: vivir sin trabajar, vivir de sus rentas, pasarse el día entero en una casa a solas, haciendo nada. El hombre haragán está inscrito en un gimnasio. Tiene una credencial con su fotografía. Cuando despierta de la siesta (porque aun cuando ha dormido diez horas, intenta también dormir la siesta, por si le hubiera faltado un tramo final en el único empeño al que se entrega trabajosamente: dormir), sale al gimnasio y camina dos cuadras, la distancia que separa su casa de ese gimnasio moderno, lleno de gente optimista (que lo irrita) y estremecido por aquellos ritmos vocingleros que escupen los parlantes (que lo irritan más aún). Por lo general, llega a la puerta del gimnasio, echa una mirada pusilánime y decide no entrar, no contaminarse de esa vitalidad sudorosa, volver a casa arrastrando su pereza, que es, a sus ojos, una manera de preservar su dignidad. El hombre haragán quiere a su madre y a sus hermanos, pero no los ve con frecuencia porque le resulta arduo desplazarse por la ciudad, reunirse con ellos, fingir que es feliz, esquivar los temas conflictivos (que son los únicos de los que le interesa hablar, pero de los que no se habla con ellos) y recordar todos los cumpleaños, aniversarios y eventos de la tribu. El hombre haragán viaja todas las semanas de un país a otro.
Podría parecer, por el ritmo vertiginoso en que se desplaza, que es todo menos haragán. Pero sería una percepción engañosa. Lo hace porque, si bien es un esfuerzo no menor, lo anima el deseo escondido de ahorrar suficiente dinero para no tener que trabajar ni viajar más, y sólo viajando ahora cree que podrá llegar pronto a ese oasis de ocio absoluto que es, en su mente adormecida, la idea más pura de la felicidad. Además, sabe que en el avión, arrullado por el rumor de las turbinas y cubierto por tres mantas, dormirá con una profundidad que le resulta esquiva en tierra firme, en alguna de sus camas de paso. De modo que, cuando se dirige a un aeropuerto, piensa esperanzado en las horas de sueño que encontrará en el avión, lo que en cierto modo mitiga el esfuerzo de salir de casa.
El hombre haragán no quiere aprender o educarse o hablar otros idiomas o saber la historia de la humanidad.
Prefiere divertirse. Antes leía ensayos, libros de historia, biografías políticas para saber quién gobernó de tal año a tal año, qué ideas políticas prevalecieron, quién ganó y quién perdió en la lucha perpetua por la gloria y el poder. Ahora nada de eso le interesa. No lee para aprender sino para obtener alguna forma de placer o goce. Por eso suele leer novelas que cuenten las vidas de gente ordinaria como él, pero a menudo las deja, vencido por el cansancio. Nunca intenta seguir leyendo cuando se le entrecierran los ojos. No hay placer superior que el de evadirse de la realidad, no ya leyendo sino durmiendo y esperando con curiosidad las historias que vivirá en sus sueños, en las que suele ser un hombre seductor, aventurero, valiente, todo lo contrario de lo que es en la vida misma. El hombre haragán tiene dos hijas –que, por supuesto, le fueron dadas por una mujer que quiso hacer de él un hombre emprendedor y fracasó–, pero no intenta educarlas o enseñarles nada o darles nociones de disciplina o rectitud moral, asuntos sobre los que no tiene la más vaga idea. Cuando está con ellas, intenta hacerlas reír haciendo bromas tontas –lo que no le cuesta ningún esfuerzo–, hablando en acentos pintorescos –especialmente como cubano–, simulando ser un idiota redomado –algo que le sale natural– y dejando que hagan los que les dé la gana –aun si eso implica mentir o hacer trampa o fastidiar a alguien.
El hombre haragán ve con cierta perplejidad que una afición de su primera juventud, la de ver partidos de fútbol por televisión, ha regresado a su vida y se ha instalado en su rutina con nuevos bríos. Salvo dormir, nada le interesa más que sentarse en un sillón reclinable a ver cualquier partido de fútbol, preferentemente de la liga argentina o española, pero también de las copas europeas o sudamericanas, del torneo inglés, italiano o chileno, o incluso, en sus momentos más abyectos –que le producen una sensación de repugnancia de ser quien es, ese hombre fofo que mira una pelota–, partidos del dantesco campeonato peruano. El hombre haragán quiso ser político en su juventud, pero ahora ve con horror la idea de servir a los demás cuando es tanto más razonable y gratificante servirse a uno mismo, dado que los demás siempre terminan enojados, insatisfechos y culpando de sus males a quienes han intentado servirles, y en cambio uno mismo, si aprende a servirse debidamente, suele quedar satisfecho, en paz, y sin deseos de que quien lo ha servido, o sea uno mismo, vaya a la cárcel.
Luego quiso ser escritor –y quizá todavía está poseído por esa forma elegante de ejercitar la vanidad–, pero ahora piensa que sólo está dispuesto a seguir publicando ficciones de dudoso valor si nadie le obliga a defenderlas o explicarlas, a dar incontables entrevistas inútiles, a dejarse retratar, participar en congresos, foros o seminarios de los que sólo recuerda la pueril vanidad de quienes allí se lisonjean o enemistan, a viajar en giras de promoción y ser esclavo mediático de la editorial. Prefiere quedarse en casa, encender una de las tantas estufas –que él, sin razón alguna, llama soplapollas–, tumbarse en la cama con los teléfonos apagados y esperar el momento redentor del sueño, viendo cansinamente un partido de fútbol –y maravillándose cuando una pierna se le mueve sola, como queriendo patear la pelota.
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