18.6.07

:: La fotógrafa y la loca

Hace años, Joaquín llega a Santiago de Chile a presentar una novela. Son los años en que todavía tiene cierto prestigio como escritor.
Después ese prestigio va a decaer (no necesariamente porque escriba libros peores sino por un número de accidentes que podemos atribuir al azar), pero él no lo sabe ni puede predecirlo en aquel momento.
Joaquín presenta su novela en un hotel. Habla con cierta gracia, cuenta historias divertidas que está seguro de haber contado antes en otras presentaciones igualmente inútiles, se deja retratar por fotógrafos de eventos sociales y despliega todos sus encantos para seducir a los invitados que lo acompañan esa noche de invierno.
En medio de tantas sonrisas y halagos excesivos, Joaquín conoce a una mujer. Es muy guapa, el pelo negro, la mirada chispeante, el perfil aguileño, pero no es tanto su belleza como su insolencia lo que llama la atención del escritor.
Ella le da la mano, dice su nombre, María, y le pregunta: -Si te gustan los hombres, ¿por qué te casaste con una mujer? La pregunta no está hecha en tono brusco o agresivo.
Hay en ella una cierta complicidad que suaviza la aparente aspereza de las palabras. Joaquín se queda sorprendido.
La mira a los ojos, fascinado por el modo en que ella se ha presentado, y le dice:
-Te lo cuento más tarde, si me dejas que te invite a comer. Esa noche, cuando todos se marchan, Joaquín y María van al restaurante del hotel y se cuentan sus secretos, no todos, sólo algunos. Ella le cuenta que está casada, que ama a Ricardo, su marido, pero que ha tenido y tiene algunos amantes escondidos y que su pasión es la fotografía. El le cuenta que estuvo casado porque amó y todavía ama a esa mujer, pero que también le gustan los hombres, aunque no se ha enamorado nunca, no todavía, de uno. Ella le cuenta que también es bisexual, que le gustan más los hombres pero que ocasionalmente puede gustarle una mujer, aunque nunca se ha enamorado de una.
Cuando terminan de cenar, ella le propone subir a la habitación a fumar un porro, porque tiene marihuana en el bolso. Fuman mirando la noche de Santiago.
Luego suena el celular. Es Ricardo. Ella le miente, dice que está con una amiga, y se va corriendo.
Al día siguiente, María vuelve al hotel y le pide hacerle fotos. Están en la habitación. Joaquín acepta. Ella le pide que no sonría, que mire a la cámara con la seriedad o tristeza con que suele mirar honestamente. Luego le pide que se quite la ropa, que se quede en calzoncillos, aunque le promete que sólo tomará fotos hasta el ombligo, no más abajo. Joaquín obedece, se deja guiar, encuentra un extraño placer sometiéndose a la voluntad de esa mujer que le hace fotos. Ese juego o intercambio de vanidades le produce una cierta crispación erótica que no intenta disimular. Ella lo advierte, deja la cámara y, siempre al mando, le hace el amor. Desde aquella tarde, se hacen amantes y gozan y ríen y hacen maldades divertidas y se cuentan cosas impúdicas. Ella lee los libros que él ha publicado. El contempla maravillado las fotos que ella ha exhibido, los retratos que ha hecho de sí misma. Como María está casada, diseña un plan audaz: decirle a Ricardo que Joaquín es su amigo, su íntimo amigo, pero que no tiene por qué preocuparse, pues es gay y tiene novio. María le cuenta el plan a su amante. Aunque con ciertos temores, él acepta. María le recuerda:
-Cuando estés con Ricardo, tienes que ser muy loca. Así no va a sospechar nunca.
María organiza una cena en su casa en honor al escritor visitante. Joaquín conoce a Ricardo. Lo saluda de un modo muy suave y afectado, tratando de acentuar su lado femenino. Le cuenta que tiene un novio en Miami (un cubano joven y pujante) y otro a escondidas en Lima (un actor con fama de mujeriego).
Todo es mentira, pero Ricardo parece convencido de que Joaquín es un homosexual descarado y feliz. Al final de la noche, María le pide permiso a su esposo para llevar a Joaquín al hotel. Ricardo acepta sin problemas. María lleva a Joaquín al hotel, sube al cuarto con él y le hace el amor con una maestría que él no olvidará. En los meses siguientes, Joaquín vuelve a Santiago a ver a su amante. No puede vivir lejos de ella. Necesita sus besos, sus caricias, sus bromas insolentes, la educación sentimental y musical a la que ella lo somete. Para ser más libres, la invita a viajar. Ricardo aprueba los viajes de su mujer. Joaquín y María van a Buenos Aires, a Lima y Cuzco, a Miami y Nueva York.
Ella parece feliz engañando a su marido con ese amante que es a ratos también su amiga. El se siente culpable de abusar de la confianza de Ricardo, pero eso no le impide disfrutar del amor que ha encontrado en esa mujer. Joaquín piensa que ese amor durará lo que le quede de vida. Pero una mañana en Miami suena el teléfono. Es ella, María. Está llorando. Está embarazada. No sabe si el bebé es de Ricardo, de Joaquín o de un actor chileno. Joaquín le pregunta si va a tenerlo. María dice que sí, que no puede abortar.
Ya tiene dos hijos con Ricardo, ama ser madre, no puede interrumpir una vida por cobardía. Joaquín la apoya, le dice palabras dulces, le promete que estará con ella, pase lo que pase.
Pero María lo sorprende: le dice que va a tener al bebé, pero que va a decirle a Ricardo que es suyo. Joaquín piensa que es un error, que no debe mentirle a Ricardo ni al bebé, que debe tenerlo y hacer discretamente unas pruebas genéticas y, si resulta siendo de Ricardo, se queda callada, pero si es hijo suyo o del actor, entonces tiene que decir la verdad, no puede imponerle a su hijo un padre que no es el suyo de verdad.
María no está de acuerdo. Le dice que no puede hacerle eso a Ricardo, que si tiene al bebé diciéndole que es suyo, no puede luego decirle un buen día que no es suyo si la prueba genética lo confirma, que eso traería mucha infelicidad y dolor. Joaquín le dice que la entiende, pero piensa que está equivocada, que debe ser más valiente.
Unos días después, María lo llama y le dice que no pueden verse más, que va a tratar de ser feliz con Ricardo, que va a tener el hijo como si fuera de él y que no puede seguir siéndole infiel. Joaquín entiende, acepta, le desea suerte, le promete que siempre estará con ella, esperándola, pero se queda desolado. Pasan los meses y Joaquín no sabe nada de María.
No vuelve a Santiago. No quiere estar en esa ciudad sin ver a su chica secreta, a la mujer a la que todavía ama. María tiene el bebé y convence a Ricardo de llamarlo Joaquín, en honor al amigo de la pareja.
María y Ricardo le piden a Joaquín, el escritor, que sea el padrino de bautizo de Joaquín, el niño chileno que podría ser su hijo. Joaquín acepta, conmovido. El día del bautizo, mira al niño, lo besa en la frente y se pregunta si alguna vez sabrá si ese niño es su hijo.

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