11.9.07

:: La feliz quietud del verano (30/07)

Tres semanas con mis hijas en el verano de Miami, sin viajes ni programas de televisión en la agenda, sin empleadas que las sirvan ni familiares que las amonesten, sin horarios ni obligaciones de ningún tipo, son una promesa segura de ocio feliz para mí, no sé si para ellas también.
Debo dar gracias a quien corresponda por el hecho afortunado de que las niñas heredasen de mis genes, y no de los de su madre, que es una mujer hacendosa y emprendedora, una cierta disposición natural a la vagancia, a asociar el placer con el ocio, la felicidad con la vida sedentaria y la pereza con la virtud.
No por eso dejamos de hacer un número de planes antes de llegar a la casa en Miami, pero, como no tardaría en manifestarse nuestro espíritu haragán y una severa fatiga crónica que al parecer viene desde muy lejos, presumo que desde mis bisabuelos irlandeses que llegaron embriagados o extraviados a las costas peruanas, esos planes no pudieron hacerse realidad, porque para ello hacían falta una energía y una laboriosidad de las que carecíamos por completo.
Dijimos que iríamos a Washington a visitar los museos, los parques, el hospital donde nació mi hija mayor, las casas donde vivimos, pero les dije que no debíamos correr tan alto riesgo porque en las noticias de la televisión habían advertido que los terroristas estaban tramando un nuevo atentado y parecía imprudente, casi suicida, subirnos a un avión o acercarnos a un aeropuerto. Dijimos que iríamos un fin de semana a los parques de diversiones de Orlando, pero les dije que en julio hace tanto calor que la gente se desmaya, y las filas de gente esperando los juegos son tan largas que los que no se desmayan por el calor lo hacen por esperar horas de pie, y los que sobreviven al calor y a las filas y consiguen entrar a los juegos a menudo se desmayan o incluso mueren de asfixia, vértigo, taquicardia o ataques de pánico, según pude leer en los periódicos, que contaban que alguien murió en la montaña rusa y alguien más en la casa del terror, con lo cual mis hijas entendieron que era casi una certeza estadística que, si cometíamos la terrible imprudencia de visitar los juegos de Disney, uno de los tres no regresaría vivo. Dijimos que iríamos a un parque acuático al norte de la ciudad, pero les dije que ese parque había sido clausurado porque muchos niños, incontables niños murieron ahogados allí. Nunca supe de qué parque hablaban mis hijas ni dónde quedaba, pero les conté tantas historias truculentas que perdieron todo interés en deslizarse por los toboganes gigantes y jugar con las olas artificiales.
Dijimos que iríamos al gimnasio todas las tardes, un gimnasio en el que estoy inscrito y por cuyo uso he pagado un año entero, pero no fuimos una sola tarde porque podía llover y no teníamos paraguas y además había demasiados mosquitos que podían picarnos en el camino. Dijimos que saldríamos a montar bicicleta, pero las cuatro bicicletas tenían las llantas desinfladas y les dije que era demasiado esfuerzo llevarlas al grifo, pues no cabían todas en la camioneta y había que llevarlas en varios viajes, una idea que me resultaba extenuante, de modo que las bicicletas quedaron tiradas, con las llantas bajas y las cadenas oxidadas. Dijeron que verían a sus amigas que también estaban de vacaciones en la ciudad, pero yo dejaba el teléfono desconectado sin que ellas se enterasen y así nunca sonaba el teléfono y nadie las invitaba a ninguna parte y ellas no entendían por qué se habían vuelto tan impopulares y yo les decía que la vida es así, un desengaño tras otro, y que ninguna amistad dura para siempre. Dijimos que iríamos a la playa, pero yo les decía que era más seguro quedarnos en la piscina de la casa, porque no hacía mucho una raya clavó su aguijón venenoso en los pies de un amigo que estaba metiéndose en el mar de la isla donde vivimos, y ellas recordaban que el último verano en el que fuimos a la playa nos encontramos nadando a pocos metros de un manatí y salimos corriendo aterrados, así que nos convencimos de que era mejor refrescarnos en la piscina de la casa y enterarnos de la fascinante vida marina viendo los documentales de la televisión. Dijimos que saldríamos a pasear en un yate alquilado, pero les dije que, debido al vertiginoso aumento del precio de los combustibles, nos costaría una fortuna, así que ellas salieron a pasear en el yate de sus tíos, quienes, por suerte, muy generosos, pagaron la travesía, lo que multiplicó mi cariño por ellos, del que aquí quiero dejar constancia.
Puede decirse entonces, sin exagerar, que no hicimos ninguna de las actividades o excursiones que habíamos planeado, que la prudencia y la pereza conspiraron contra todos los eventos familiares que imaginamos antes de viajar.
Pero reconocer que aquellos planes quedaron en palabras y no se ejecutaron, ni siquiera uno solo, no nos entristeció: al contrario, nos confirmó que fueron unas vacaciones completamente inútiles y, al mismo tiempo, o por eso mismo, completamente felices. Sería atropellado e inexacto saltar a la conclusión de que mis hijas y yo no hicimos nada memorable en las tres semanas que pasamos juntos. Es verdad que todos nuestros planes fueron desechados, pero no es menos cierto que, dadas las circunstancias, supimos improvisar, apegándonos siempre a dos leyes básicas del haragán sin culpa: no te agites y respeta la rutina. Lo que ahora mismo, al final del verano familiar, recuerdo con más orgullo, porque me confirma que no se puede conseguir nada sin una cierta disciplina, es el ahínco o tesón adolescente que depositaron mis hijas en la empresa común de dormir todos los días hasta las dos de la tarde como mínimo, lo que nos permitía levantarnos tan embriagados o dopados de sueño que, luego de un breve desayuno, volvíamos a la cama a descansar del cansancio de haber dormido tanto. T
ambién me emociona recordar lo mucho que disfrutamos viendo todas las noches, desde las once y media hasta la una y media, los programas de David Letterman y Craig Ferguson, y el modo descarado en que mis hijas se rieron comparando esos programas estupendos con los esperpentos que hago en televisión. No puedo olvidar la alegría que sentíamos mientras nos burlábamos, criticábamos o imitábamos a nuestros parientes, la euforia que me provocaba arrojarle piedras o agua con cloro al gato del vecino y la gratificante sensación del deber cumplido que nos invadía al ver los libros del colegio que debían leer y no habían leído ni pensaban leer porque ya me encargaría de leerlos por ellas. Como buen padre, me ocupé de cocinar para ellas, procurándoles una dieta balanceada, consistente en leche con cereales de desayuno, pan con jamón y queso de almuerzo, y pan con queso y jamón de cena, acompañados de coca cola, todo en platos y vasos de plástico desechables para no tener que lavar la vajilla.
Eso nos permitió mantener un sano equilibrio entre proteínas, carbohidratos y lácteos. Si me preguntasen qué podrían haber aprendido mis hijas en estas semanas de vacaciones, no dudaría en decir un puñado de cosas: que si duermen hasta tarde los días suelen ser más placenteros, que mis programas de televisión son una desgracia, que Craig Ferguson es más divertido que Letterman, que el pan con jamón y queso no facilita la digestión y que la felicidad a veces consiste en inventarse un buen pretexto para no salir de casa, ni siquiera a la piscina. No es poco.

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