11.9.07

:: Vergüenza (23/07)

Estoy sentado en el inodoro. Mi suegra abre la puerta del baño. No sé qué clase de sonrisa resulta apropiada para esa circunstancia. He cumplido treinta y cinco años. He dado una gran fiesta. Amanece. Mi ex esposa y yo terminamos en su cama. Hemos bebido mucho. Queremos hacer el amor. No puedo. No se me pone dura. Releo mi segunda novela, Fue ayer y no me acuerdo. Releo ciertas páginas de La mujer de mi hermano. Releo algunos poemas de Aquí no hay poesía. Vuelvo a Washington. Paso por la clínica donde quise que ella abortase. Recuerdo las cosas terribles que le dije. Recuerdo que le prometí llevarla de viaje si se deshacía del bebé. Recuerdo todo lo que la hice llorar. Veo a mi hija sonriendo. No olvido que existe a pesar de mí. Estoy entrevistando a algún famoso en televisión. Estoy resfriado. He tomado un jarabe expectorante. Hablo con dificultad. Me arde la garganta. Toso. No puedo evitarlo. Una flema sale disparada y cae sobre la mesa. Todos la hemos visto. El famoso también la ha visto. No me dice nada al respecto, pero sé que no volverá al programa. Mi amiga le miente a su esposo y viene a verme a escondidas. Me trae chocolates rellenos de dulce de guayaba. Subimos a mi cuarto. Es bella. Es deliciosa. Es adorable. Pero no puedo. No se me pone dura. No hay disculpas que valgan. Estoy en el banco, sacando dinero del cajero automático. Siento la urgencia de soltar una discreta ventosidad. Calculo que no producirá ruido alguno. Calculo mal. Lanzo una flatulencia escandalosa. Todo el mundo me mira, me reconoce, se sorprende de mi vulgaridad. No sé qué clase de sonrisa resulta apropiada para esa circunstancia. Tengo dieciocho años. Salgo todas las noches en televisión. Entrevisto a un escritor famoso. Trato de decir la palabra “recóndito”. Supongo que quiero impresionarlo. Me enredo. Me trabo. La digo mal tres veces. Tartamudeo. Nunca más la digo en televisión ni fuera de ella. La empleada de mis hijas me pregunta si soy del otro equipo, si de verdad me gusta besar hombres. No sé qué responderle. Una amiga me muestra su espalda. Tiene un tatuaje con mi nombre. Te vas a arrepentir, le digo. Estoy entrevistando a un músico famoso. El músico se acomoda y dispara una sucesión de pedos bulliciosos. Apesta. No le digo nada. Me distraigo. No sé qué preguntarle. Llego al aeropuerto. Le pido al maletero que me ayude. Me dice que no es maletero, que es capitán de un avión, fumando un cigarro. Salgo a cenar con una amiga muy linda. Bebemos vino. Le digo que esa tarde tuve un sueño erótico con ella. Es verdad. He soñado que hacíamos el amor. Ella se incomoda. Me dice que no le gusto, que sólo podemos ser amigos. Me invitan a un programa de televisión. La anfitriona me pregunta cuántos pares de medias llevo puestos. No espera mi respuesta. Me levanta bruscamente el pantalón y las cuenta. Son tres pares de medias. Se me ven las piernas velludas. El público en el estudio se ríe. Estoy con mis hijas en el supermercado. Al llegar a la caja, ven un tabloide que ha publicado mi foto en portada y un titular que dice: ¡Soy una hembra! Estoy con mis hijas en el auto. Se acerca un vendedor de periódicos. Nos muestra uno que ha publicado mi foto en portada y un titular que dice: ¡Cabrazo! Un televidente me manda un correo electrónico con la copia de la multa que pagué en la corte por robar corbatas en una tienda de lujo cuando tenía veinte años. Veo mis viejos programas de televisión. Veo Qué hay de nuevo. Veo La noche es virgen. Me repele ese sujeto que soy yo y que ahora me resulta un extraño. No entiendo por qué habla tan atropelladamente, por qué trata de ser gracioso de ese modo tan obviamente falso. Estoy en una fiesta. Tengo veinte años. Me ha invitado la hermana de un amigo. Es su fiesta de promoción. He tomado mucha cocaína. Estoy muy duro. Traen la comida. No puedo comer. Ella me lleva a bailar. Tampoco puedo bailar. Me quedo parado, sin poder moverme. Estoy besando a una chica en mi auto. Estamos en la puerta de su casa. Llega su padre. Nos ve. Mi amante trata de poseerme. No se le pone dura. No puede hacerme el amor. Pero me ama. O al menos dice que me ama. Acaba de salir mi primera novela. Es un escándalo. Escapo de la ciudad. Subo a un avión. Reparten gratuitamente cierta revista. En la portada aparece mi foto en traje de baño con un titular que dice: Bisexualidad. Me veo con el torso desnudo, multiplicado en decenas de revistas abiertas. Quiero bajar del avión. Ya es tarde. Una amiga me invita en su avión privado. Le pregunto si puedo llevar champú o si me lo van a quitar en el aeropuerto. Ella se ríe. Mi hija escribe el nombre de su padre en google. Ya no hay más secretos. Mi padre me mira sonriendo desde el retrato que me regalaron cuando murió. Doy vuelta al retrato. No puedo mirarlo a los ojos. Me despiden de un canal de televisión. Me dicen que me pagarán lo que falta para terminar el contrato a condición de que no haga más televisión con ellos. Prefieren pagarme para que no trabaje. Mi amante lee mis correos electrónicos. Descubre mis mentiras. Mi esposa encuentra un calzoncillo de mi amante. Me pregunta de quién es. Leo las viejas columnas que escribía cuando tenía dieciocho años en el periódico que quebró. Releo la advertencia en mi primera novela, No se lo digas a nadie: Las historias que aquí se narran sólo ocurrieron en la imaginación del autor. Releo la dedicatoria de Los amigos que perdí: A mi padre, el amigo que no perdí. Releo el final de El huracán lleva tu nombre: mi amante me promete que me enseñará a patinar, algún día me gustaría patinar con mi hija. Mi amante y yo estamos desnudos en la piscina. Llegan el jardinero y su asistente, que entran por la puerta lateral, sin avisar. Nos ven. Se ríen. La empleada de mis hijas y yo estamos viendo televisión en la cocina. Pasan las imágenes en cámara lenta del beso que le di a un amigo en la televisión española. Ella se tapa la boca, horrorizada. Usted se pasa, joven, me dice. Le dan un premio a una de mis novelas. La noche de la premiación, un miembro del jurado dice que no merezco el premio, que la novela es muy mala. Después leo sus novelas. Me parecen muy buenas. Estoy cenando con mis padres y mis hermanos, celebrando mis treinta y cinco años. Me piden que diga unas palabras. Les pido perdón a mis padres por ser quien soy, por no haber podido ser quien ellos quisieron que fuese. Envío el manuscrito de mi primera novela a tres editoriales españolas. Una de ellas me manda una carta diciéndome que la novela no merece ser publicada, que no tengo madera de escritor. Mi hija me baja el pantalón en una tienda de alquiler de películas. No llevo calzoncillos. Entrevisto a un político muy famoso. Antes me reúno a solas con él. Le adelanto algunas de las preguntas. Veo las películas basadas en mis novelas. Releo cualquier página que he publicado. Veo los programas de antes. No entiendo el origen de esas muecas raras, el constante jugueteo con la lengua, esa voz tan aguda y falsa. Miro mis fotos viejas. Me miro desnudo en el espejo.

No hay comentarios.: