Un peruano que sale de su patria odiado por amigos y familiares, pero que es admirado en cada rincón por el que pasa la tropa de ciudadanos del mundo. Aquí recogemos algunas de sus columnas que ya se han publicado en los diferentes países del mundo y que no busca m´s que juntarlas para que no se pierdan en los archivos mundanos.
11.9.07
:: El chico de sus sueños (16/07)
En julio y agosto, todo el que puede se va de Miami. Para Joaquín y sus hijas, que están de vacaciones en esa ciudad, es una buena razón para quedarse. Martín, el amante de Joaquín, ha llegado de visita. Es un viaje breve, porque su hermana está muy enferma. Volverá en una semana a Buenos Aires para acompañarla en su cumpleaños. Joaquín, sus hijas y Martín van a una tienda de ropa. Una de las niñas dice, al llegar: -La última vez que vinimos acá fue con Manuel. No se da cuenta de que ha dicho algo que tendrá unas consecuencias devastadoras sobre el ánimo de Martín. Tendría que haber recordado lo que su padre le ha contado: que Martín y Manuel se detestan, que Martín odia que Joaquín vea a Manuel. Joaquín le había prometido a Martín que no vería más a Manuel, pero ahora Martín se ha enterado de que no hace mucho salieron de compras con Manuel, y se siente traicionado, siente que Joaquín es un mentiroso, que no puede confiar en él. Martín le pregunta si es verdad lo que ha dicho la niña, que hace poco fueron a esa tienda con Manuel, y Joaquín, mientras sus hijas miran ropa con aire distraído, se resigna a decir la verdad: -Sí, vinimos con Manuel cuando estabas en Buenos Aires. -¿Y por qué no me lo contaste? -pregunta Martín. -Porque tú odias a Manuel y no quería tener una pelea contigo -se defiende Joaquín. -Me mentiste -dice Martín-. Me dijiste que no verías más a Manuel. -No puedes prohibirme que vea a un amigo al que aprecio -dice Joaquín-. No tiene sentido que odies a Manuel. No te ha hecho nada malo. -Manuel me odia. Te habló mal de mi libro. Me tiene celos. Le gustaría ser tu chico, por eso me odia. -No puedes estar seguro de eso. -Estoy seguro. Es obvio que ese tipo está obsesionado con vos. Es tu stalker. ¿No te das cuenta de que quiere que nos peleemos para que él pueda ocupar mi lugar? -Eso es imposible, y él lo sabe. Yo lo conocí mucho antes de conocerte y nunca pasó nada entre nosotros y le dije que sólo podíamos ser amigos, que no me gustaba. -Ya no sé si creerte, Joaquín. Mentís tanto que ya no sé si creerte. -No te mentí. No te conté que salimos con Manuel para no lastimarte. Pero no decir algo no equivale a mentir. -Pero me dijiste que no verías más a Manuel. Sabés que ese pibe me odia y no te importa verlo. Si de verdad me quisieras, no saldrías con un tipo que habla mal de mí. -A mí nunca me habla mal de ti. -Pero vos sabés que cuando publiqué mi libro mandó un montón de mails a la editorial hablando mal de mí. -No puedes estar seguro de eso. -Era un colombiano. ¿Quién más va a ser? ¡Era Manuel! -Eres un perseguido. -Da igual. Ya me cansé de tus mentiras. No sé para qué vine. Quedate con tu Manuel. Yo me vuelvo a Buenos Aires mañana. Esa noche, Martín llama a la línea aérea y adelanta la fecha de su viaje de regreso. Joaquín le pide que no se vaya, que no haga esa locura. Le explica que no hizo nada contra él, que sólo vio a Manuel y no se lo contó, pero Martín está dolido, siente que Joaquín es un mentiroso, que es desleal, que es capaz de ser amigo de personas que lo detestan, como Manuel, como Andrea, la chica que se hizo un tatuaje en la espalda con el nombre de Joaquín. -Yo jamás podría ser amigo de alguien que te odia -le dice-. Y vos sabés que Manuel y Andrea me odian. Y te chupa un huevo. Y seguís viéndolos igual. Y te escriben tres mails diarios. Y les escribís otros tres mails diarios. Y te dicen que te quieren, que te aman. Y les decís que los querés, que los amás. Y los ves a escondidas. Y me decís que sólo son tus amigos, pero contigo nunca se sabe, Joaquín. -Te prometo que no veré más a Manuel ni a Andrea -dice Joaquín-. Pero por favor no te vayas mañana. No tiene sentido pelearnos por algo tan ridículo. No me has encontrado en la cama con Manuel. Joaquín y Manuel se conocieron en una farmacia de Miami Beach, hace diez años. Joaquín no conocía a Martín, no se había enamorado de él. Joaquín y Manuel nunca fueron amantes, sólo amigos de verse ocasionalmente. Joaquín hizo que Martín y Manuel se conocieran en un restaurante de Miami, hace cinco años. Se reunieron pocas veces más. Fue evidente desde el principio que Manuel y Martín no se entendían, no se veían con simpatía, se rechazaban naturalmente. Siempre que hablaban de él, Martín le decía a Joaquín: -Ese pibe es un nabo atómico. No sé qué hace viviendo solo en Miami. Debería volver a Bogotá y conseguirse un novio. Pero ahora Manuel se ha convertido en una causa de guerra para Martín, en la razón para irse bruscamente de regreso a Buenos Aires, en el fantasma que agita sus propias dudas y temores sobre la conveniencia de seguir con Joaquín, ese hombre mayor, gordo, cansado, predecible, aburrido, ensimismado, que se pasa los días tirado en la cama, durmiendo, tratando de dormir, hablando de lo mal que ha dormido, de lo bien que dormía antes de conocerlo. -Todo esto me pasa por ser demasiado bueno -le dice Joaquín, exhausto, con dolor de cabeza, a las tres de la mañana, mientras sus hijas duermen y él piensa si debe tomar el Alplax de 0.25 para asegurarse siete horas de sueño sin interrupciones-. Debería pasar mis vacaciones sólo con mis hijas. -Por eso me voy mañana -dice Martín-. Para no ser un estorbo en tu vida familiar. A la mañana siguiente, todos han dormido bien. Es un milagro. Joaquín lo atribuye a su laboriosidad: bloqueó las salidas del aire acondicionado en su cuarto y su baño, pegando una servilleta de tela y una lámina de papel platino con cinta adhesiva, de modo que los cuartos de las niñas y Martín se mantuviesen fríos, como a ellos les gusta, pero el suyo, calentito, como él necesita para no dormir tan mal. Joaquín abraza a Martín, lo besa en la mejilla, le pide perdón, le dice que lo ama, que es el chico de sus sueños, que por favor no se vaya. Martín tiene las maletas hechas, dice que tiene que irse a la noche. Pero Joaquín lo convence de ir a almorzar al restaurante mexicano que tanto les gusta. Comen fajitas, quesadillas. Toman cerveza Corona. Se emborrachan levemente. Se miran sonriendo. Se perdonan en silencio. Van luego a comer helados. Martín se ríe, borracho y feliz, con sus bermudas holgadas y sus sandalias de jebe y su camiseta sin mangas que muestra los brazos bien trabajados en el gimnasio, y Joaquín siente que nunca ha amado ni amará a nadie como ama a ese chico alto, flaco, frívolo, depresivo, callado y caprichoso, ese chico que algunas señoras confunden con su hijo y al que de ninguna manera dejará ir esa noche al aeropuerto, aunque tenga que pedirle perdón y prometer que nunca más verá a Manuel ni a Andrea ni a nadie que él, Martincito lindo, el chico de sus sueños, odie con razón o sin ella
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