Al llegar al estudio, el guardia de seguridad, un colombiano de baja estatura, con voz de locutor de radio, me cuenta un chiste malo, como todas las noches, y yo me río falsamente, sin ganas, como todas las noches, y le digo que se abrigue porque un frente frío se ha abatido insidiosamente sobre esta ciudad.
Me gustaría entrevistar al guardia colombiano, que ha sido guardia o portero casi toda su vida en Nueva York, donde conoció celebridades y se retrató con ellas (y por eso ciertas noches, además de contarme el chiste malo de rigor, me enseña aquellas fotos con Sinatra, con Eastwood, con Aznavour, con la Streisand, en las que él aparece idéntico, tieso, muy serio, escondiendo su vocación de comediante frustrado), y así se lo he dicho en varias ocasiones, pero sus jefes le han prohibido que me dé la entrevista, alegando que pondría en riesgo la seguridad del estudio.
En el cuarto de maquillaje me espera La Mora, una mujer cubana, negra, de pelo rizado, que no sé cómo se llama, porque todos le dicen La Mora, y que está feliz porque acaba de conseguir el permiso oficial para abrir una escuela de maquillaje y porque se ha salvado de la última ola de despidos en el canal, que le costó el puesto a Ethian, el joven cubano que me maquillaba como si estuviera acariciándome o seduciéndome, mientras contaba arrobado cómo maquilló cierta vez a David Beckham en Alemania, donde él vivía (aunque, a diferencia del guardia colombiano, Ethian no puede exhibir fotos que confirmen la veracidad de esa historia). De pronto entra al cuarto de maquillaje un hombre mayor, delgado, canoso, de anteojos, vestido con traje oscuro y corbata. Tras saludarnos secamente, se sienta a mi lado, frente al espejo excesivamente iluminado por decenas de bombillos amarillentos que dan un aire a camerino de diva marchita, y espera su turno para ser maquillado por La Mora.
El hombre ha sido invitado a un programa político que está por comenzar en quince o veinte minutos y que será emitido en directo, antes de mi programa. Al reconocerme, me dice que debería cortarme el pelo, que llevarlo tan largo me resta credibilidad como periodista. Le agradezco la sugerencia y le digo que no aspiro a ser periodista ni a tener credibilidad, pero él me mira muy serio y me dice en tono grave que esa noche va a soltar una bomba, y luego se aferra a un sobre amarillo, extrae con manos temblorosas unas fotos en blanco y negro, mal impresas, y me dice que esas son las pruebas de que Fidel está muerto.
Miro las fotos (si a esas manchas podemos llamarlas fotos), sin que el caballero me permita tomar con mis manos aquellos papeles que, en su opinión, constituyen prueba irrebatible de la primicia que se dispone a lanzar al mundo, que el longevo dictador ha muerto, y veo desilusionado lo que ya me habían pasado por internet, unas fotos mortuorias de Fidel con los ojos cerrados dentro de un ataúd, y le pregunto cuándo, si acaso, murió el dictador, y él responde, sin ápice de duda, que el 8 de diciembre, y que desde entonces se ha contratado a un “doble” para que cada tanto aparezca haciendo precarios ejercicios en un buzo Adidas o arengando a Chávez con el propósito de simular que Fidel vive aún. Le digo en tono risueño que su teoría me parece inverosímil, que esas fotos no prueban nada, que yo creo que Fidel sigue vivo, por desgracia. El hombre se enfurece, se exalta, agita sus papeles, me llama ignorante, levanta la voz, dice a gritos que el dictador está muerto.
-¡Fidel murió el 8 de diciembre, coño! -grita. -Si usted tiene razón, que Dios lo bendiga o, como dicen en La Habana, que le dé un hijo macho -le digo, sólo por decir una travesura tonta, sin reparar en la idiotez que acabo de decir, porque el hombre debe tener setenta y tantos años y no parece estar en condiciones de seguir teniendo hijos, si alguna vez los tuvo.
-¡Fidel está muerto, coño, y yo lo voy a demostrar! -grita el hombre, furioso porque no le creo y porque La Mora, a juzgar por su mirada maliciosa (que es su mirada de siempre), tampoco. Entonces el hombre deja sus papeles, mira el reloj y pide un café, pero La Mora le dice que en el canal no hay cafetería, que tendrá que contentarse con agua.
Como el hombre está impaciente y lleva apuro, le sugiero a La Mora que deje de maquillarme y lo atienda enseguida. Ella se desplaza con rapidez, mueve sus utensilios y empieza a pasar una esponja impregnada de base por el rostro ajado del panelista.
De pronto, el hombre hace unos ruidos muy raros, guturales, cavernosos, como si fuera a toser o a escupir, y cierra los ojos y se desmaya hacia un costado, de un modo tan violento que cae de la silla y se da de bruces contra el suelo de baldosas blancas por el que tantas veces hemos visto pasar roedores sigilosos. La Mora lanza un alarido sin soltar su esponja y yo me quedo sentado sin atinar a hacer nada. El hombre yace en el suelo, inmóvil, la boca abierta, los ojos cerrados, la cara a medio maquillar, las fotos de Fidel muerto desperdigadas a su alrededor. En ese momento entra el microfonista y pregunta quién es el invitado para ponerle el micrófono y La Mora señala el cuerpo del panelista colapsado y dice: -¡Llama al Rescue! -¡Mejor llámalo tú, porque no tengo crédito en el celular! -responde el microfonista. -¡Ve a llamar a Ligia Elena! -le ordena La Mora. El microfonista sale corriendo, aterrado. La Mora se hinca de rodillas y, agitando las fotos de Fidel, le echa aire al panelista, tratando de reanimarlo, pero, como no da señales de vida, deja los papeles, saca su esponja y sigue maquillándolo.
-¿Pero qué haces, Morita? -le pregunto, perplejo. -Mejor lo termino de maquillar -dice ella, toda una profesional-. Si revive, ya está ready para el show de Ligia Elena. Y si sigue muerto, ya lo dejo preparadito para el velorio.
En medio de un barullo de voces, y rodeada de un séquito de productores y aspirantes a productores, aparece en el cuarto de maquillaje, agitada pero impecable, la famosa periodista Ligia Elena, cuyo programa está por comenzar. Al ver a su invitado tendido en el piso, ordena:
-¡Que venga el Rescue! ¡Y traigan una cámara y filmen todo esto! Luego dice, como hablando consigo misma: -Qué pena que esto no pasó en el programa. Tremendo rating hubiéramos hecho.
-¡Tres minutos para salir al aire, Ligia Elena! -grita alguien. La periodista se marcha presurosa, rumbo al estudio.
Mientras comienza su programa, en el que no se hace alusión alguna al incidente del panelista colapsado, llegan los paramédicos e intentan reanimar al pobre hombre, pero todos los esfuerzos son en vano. Ha muerto.
Ha muerto minutos antes de anunciar la muerte del hombre al que más ha odiado en su vida, al que ha odiado medio siglo. Y ahora La Mora se inclina reverente, le pone colorete en los labios y un poco de polvo en las mejillas y cubre el rostro del finado con los papeles de Fidel muerto.
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