14.3.07

:: El milagro de los vestidos

Hace un año o poco más, los médicos le dijeron a Cristina que tenía un cáncer muy avanzado en el estómago, grado cuatro, y que sólo le quedaban tres meses de vida, a menos que se sometiera a una quimioterapia masiva, lo que tampoco garantizaba nada. Cristina tenía entonces veintiocho años y una hija de dos, Carolina.
Con una fortaleza insospechada en ella –una mujer de contextura muy delgada y maneras refinadas–, vivió sin quejarse la pesadilla de múltiples quimioterapias, tres operaciones y numerosos internamientos en clínicas de Buenos Aires, acompañada de María, su madre, que no la dejó dormir sola ni una noche. En diciembre pasado, tras una cuarta operación para examinar los avances de esa cruel seguidilla de inyecciones venenosas que hundían inexorablemente a Cristina en severas crisis de náuseas y abatimiento, los médicos le dijeron que por el momento estaba a salvo, que habían conseguido extirpar los más minúsculos rastros de esa enfermedad. Estaba curada, o al menos eso le dijeron, aunque el cáncer podía regresar en cualquier momento. Con ganas de celebrar esa buena noticia (que era, a la vez, un alivio y una amenaza latente), Martín, su hermano, dos años menor que ella (y mi amigo más íntimo y querido), la invitó a Río para tratar de olvidar el calvario por el que ella había pasado tan digna y estoicamente.
Viajaron a mediados de diciembre, un mal momento para viajar, y tuvieron que soportar los previsibles maltratos, incomodidades y retrasos de una aerolínea brasilera de bajo costo. A pesar de ello, pasaron una semana razonablemente feliz.
Se bañaron en el mar de Buzios, se hicieron fotos en la playa (Cristina sólo podía usar trajes de baño de una pieza, por las cicatrices de tantas operaciones), recorrieron los centros comerciales, no les robaron nada y (esto fue lo mejor del viaje, según me contó Martín) pudieron hablar de sus vidas, de su familia, de cuando eran chicos y se adoraban, no sin que Cristina se emocionase, llorase y lamentase que ciertas cosas no hubiesen salido todo lo bien que ella esperaba cuando era niña y no sabía lo que ahora ya conocía de sobra, que la vida era una sucesión de emboscadas, trampas y caídas de las que nadie se recuperaba del todo. Los primeros días de enero, Cristina volvió a su trabajo como administradora de una boutique de ropa en San Isidro. Le costaba estar en pie, atender a las clientas, sonreír en cualquier caso, pero quería sentir que, de nuevo, podía llevar una vida normal.
Martín viajó a Miami. La directora de una revista de modas le había ofrecido un puesto en esa publicación. Después de pasar por varias pruebas y entrevistas, y tras una larga espera que supo sobrellevar con paciencia, Martín recibió la noticia de que le habían dado el trabajo con el que había soñado tanto tiempo: editor de aquella lujosa revista que, desde muy joven, él leía con devoción, y cuyas ediciones en distintos idiomas guardaba en la sala de su departamento en Buenos Aires, como si fueran un tesoro de incalculable valor. Eran días felices. Cristina se sentía mejor, podía jugar con su hija, llevarla a la piscina del club, atender los asuntos de la boutique.
Martín salía de casa muy temprano, impecablemente vestido, de buen ánimo, y gozaba ejerciendo su nuevo trabajo como pequeño dictador de esa revista de papel satinado, la biblia de la moda y el buen vivir (aunque a veces discutíamos, porque todo lo que pregonaba aquella revista no me parecía un buen modo de vivir). Una tarde, sin que nada hiciera presagiar que aquella precaria alegría de verano sería tan corta, Cristina sufrió unos dolores tremendos, se desmayó y fue llevada de urgencia al hospital. La operaron sin demora y descubrieron que el cáncer había regresado, se había multiplicado y comprometía gravemente su vida. María, su madre, llamó a Martín a Miami y le dijo, llorando, que los médicos le daban cuarenta y ocho horas de vida a Cristina. Martín quiso viajar esa misma noche, pero no encontró cupo, el vuelo de Lan estaba lleno y los de American también. Cuando pidió permiso en la revista, le dijeron que eran días de cierre, que sólo lo autorizaban a viajar tres días, no más. Sorprendido y decepcionado, Martín dijo que se iría a Buenos Aires indefinidamente para acompañar a su hermana todo lo que hiciera falta. La directora le dijo: “La única diva de esta revista soy yo, y no puedo tolerar otras divas”. Martín renunció y estuvo a punto de arrojar a la directora por la ventana. Como tenía que esperar un día para viajar y lo devoraban la rabia y la impotencia, Martín fue a un centro comercial y compró ropa para Carolina, la hija de Cristina, de quien era padrino. Llenó una maleta de vestidos, camisetas, zapatillas, zapatos, calzones, trajes de baño y toda clase de combinaciones de verano y de invierno para su rolliza ahijada. Lo hizo por amor a ella, claro está, pero también porque presentía que, si llegaba a tiempo y la encontraba viva, Cristina se pondría muy contenta al ver toda esa ropa tan linda para su hija. Al llegar a Buenos Aires, aturdido por los somníferos que le abreviaron el vuelo, Martín corrió a la clínica en Belgrano y encontró a su hermana todavía respirando, consciente, luchando por sobrevivir. Los médicos se negaban a operarla una vez más, resignados a que la batalla se había perdido ya. Entonces Martín abrió la maleta y fue enseñándole cada prenda, cada conjunto, cada delicado vestido que había comprado para Carolina, su ahijada. Cristina se llenó de vida imaginando a su hija luciendo ropa tan espléndida. Luego Martín le contó que se quedaría en Buenos Aires con ella, que nunca más se iría, que volverían a ser íntimos, inseparables, como cuando eran chicos. Al día siguiente, inexplicablemente, las heridas internas que estaban envenenándola empezaron a sanar. Ante la perplejidad de los médicos, Cristina salvó la vida, se recuperó lentamente, volvió a comer y pudo dejar la clínica una semana después. Algunos creen que se trata de un discreto milagro que obró el padre sanador que, llevado por María en un momento de desesperación, visitó a Cristina en el hospital, en vísperas de que llegase Martín. Otros, más descreídos sobre los poderes benéficos de los curas sanadores (y entre ellos debe contárseme), sospechan que el milagro se produjo cuando Cristina, desde su cama, entubada y agonizante, vio a su bella hija haciéndole un desfile de modas en el cuarto, exhibiendo, una y otra vez, felizmente indiferente a la muerte y sus sombras, la ropa suave, luminosa, prometedora, que le llevó su padrino Martín.

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