7.3.07

:: La vecina española (19/02)

No debí dar mi correo electrónico en el programa. Lo hice porque quería que el público pudiese ir al estudio a verlo en directo. La española leyó el correo, me escribió y me dijo que vivíamos en la misma calle, que había leído mis libros, que me veía caminar en las tardes rumbo al gimnasio y quería conocerme. Me dijo el número de la casa en que vivía, 728, y me invitó a tomar el té.
No respondí. Pero esa tarde, caminando al gimnasio, pasé frente a su casa, apenas a media cuadra de la mía, y eché una mirada. Era de dos pisos, de aire decadente, y combinaba con cierta temeridad los rojos y azules opacos. Las ventanas estaban abiertas y la brisa invernal mecía las cortinas transparentes. Me sorprendió que hubiese tantos autos en la cochera, cinco, todos deportivos, convertibles y de colores llamativos. Había algo raro en ese lugar.
A primera vista algo chirriaba entre la descuidada vejez de la casa y la modernidad de los autos. Cada noche, al llegar a casa, ya tarde, me sentaba a leer los correos y encontraba sin falta uno de la española, diciéndome qué cosas le habían gustado o disgustado del programa, qué invitados le habían parecido encantadores, aburridos o repugnantes. Eran textos cortos, bien escritos, salpicados de ironía, en el tono virulento y despiadado que uno puede permitirse cuando es crítico anónimo. Por lo general, estaba de acuerdo con ella. Los personajes que la española encontraba odiosos, embusteros o cobardes también me lo parecían a mí, aunque, claro, yo no podía decirlo en la televisión. Todas las mujeres que venían al programa le caían mal.
Me exigía que fuese implacable con ellas. Era tremenda. “Tengo mucha mala leche”, me dijo en uno de sus correos. “Por eso me caes bien, porque estás lleno de mala leche como yo”, añadió. Yo solía contestar esos correos breve y afectuosamente, en dos o tres líneas, por ejemplo “gracias, me hiciste reír, eres un amor”, o “estás loca, eres genial, no dejes de escribirme”, o “no podría estar más de acuerdo contigo, adoro tu mala leche”, cosas así, que escribía sólo para halagarla.
Una noche me mandó una foto y me pidió que le dijera si la encontraba atractiva. “Sé que tienes novio”, me decía. “Pero también sé que te han gustado algunas mujeres y quiero saber si yo podría llegar a gustarte”. Abrí la foto. Era muy bella, joven, sorprendentemente joven, de unos treinta años y cierta belleza gitana, el pelo negro y largo, los ojos melancólicos, almendrados, el rostro traspasado por una melancolía extraña, que no se adivinaba en sus correos, tan rotundos.
Le escribí enseguida: “Eres muy guapa. Pensé que eras mucho mayor. No se te nota la mala leche. Sabes posar”. Ella escribió: “Estoy casada y amo a mi esposo, y sé que tienes un novio, te he visto con él, pero algún día me gustaría saltarme las reglas y jugar contigo”.
Escribí sin demora: “Siempre me ha gustado saltarme las reglas”. Extrañamente, ella dejó de escribirme varios días. Pensé que se había asustado, que sólo quería flirtear y que, ante la inminencia de un encuentro, se había replegado, temerosa: después de todo, era una mujer casada y tenía que ser prudente. De pronto, la española regresó bruscamente a mi vida. Encontré de madrugada un correo suyo:
“Debo confesarte que hice trampa. La foto que te mandé me la tomaron hace veinte años.
¿Me perdonas? ¿Todavía quieres conocerme?”. No le contesté. No me gustó que me hubiese mentido. Pensé que no debía escribirle más, que era una loca peligrosa. Enojada porque no le escribía, ella siguió enviándome todas las noches sus correos llenos de mala leche. Ya no me hacían tanta gracia. Era evidente que estaba despechada y que odiaba a cualquier mujer que fuese más joven o guapa que ella. La española era una señora rica, loca, casada e infeliz, llena de tiempo libre y frustraciones, como muchas de mis vecinas. Debí cambiar de ruta al gimnasio.
Fui un tonto, me dejé emboscar. Una tarde pasé frente a su casa y ella salió corriendo, cruzó la calle, se plantó frente a mí y me dijo que estaba pasando unos días terribles por mi culpa. Le pregunté por qué me culpaba de su infelicidad. Me dijo: “Porque no me has escrito desde que te dije que esa foto tenía veinte años”. Mientras decía eso, yo pensaba que la foto podía tener no veinte sino treinta años de antigüedad, porque la española lucía el rostro estropeado por tantas cirugías inútiles, que lo habían convertido en una mueca tensa, en el remedo triste de lo que fue, en la caricatura desfigurada de aquella foto en la que todavía tenía una cara verdadera y no esta máscara de ahora. “Lo siento, no he tenido tiempo de escribirte”, dije.
“Me estás haciendo sufrir mucho”, me reprochó. “Eres un mal tío”, dijo. “Esto no se la hace a una dama”.
Pensé: Es que no eres una dama. Pero no se lo dije. Me puse serio y dije con voz cortante: “No tengo tiempo para estas cosas. Estoy apurado”. Y seguí caminando hacia el gimnasio. Al final de la tarde, me eché a dormir la siesta. Desperté asustado, poco después. Alguien golpeaba la puerta de calle. Me puse de pie y acerqué a la escalera. No podía verla, pero escuché su voz llamando mi nombre. Era la vecina española. Volví a la cama y pensé que se cansaría de tocar la puerta.
Me equivoqué. De pronto, la puerta se abrió y sentí su voz dentro de la casa, llamándome. No entendí cómo podía haber entrado, por lo visto había dejado la puerta abierta. La española estaba gritando en mi casa y yo me escondía entre las sombras del segundo piso. “No te escondas, sé que estás arriba, no me obligues a subir”, gritó. Un ramalazo de miedo me recorrió de la cabeza a los pies. Pensé que había venido a matarme o, peor aún, a violarme. Entonces la mala leche se apoderó de mí y me hizo encender la luz de la escalera y gritarle: “¿Qué haces en mi casa, vieja de mierda? Vete ahora mismo, que ya llamé a la policía”. Ella se asomó a la escalera y, para mi sorpresa, mostró unos libros que traía en las manos y me dijo, llorosa: “Sólo quería que me firmaras tus libros”. No me inspiró lástima. “No me da la gana de firmarte nada porque no tienes derecho de meterte así en mi casa”. Ella se quedó allí, mirándome con cara de víctima. “¿No te gusto?”, me preguntó, con la voz quebrada, aguantando el llanto.
“No, nada”, le dije. De pronto ella recuperó el aire regio, me miró con mala cara y sentenció: “¿Sabes por qué no te gusto? Porque no te gustan las mujeres. Tú eres mariquita. Yo no te creo ese cuento de que eres bisexual. Tú eres mariquita y te gusta que te den por el culo”. Ahora la española estaba gritando y me miraba con una mala leche de siglos. Luego tiró mis libros al suelo y gritó: “Y estos libros son una mierda”. Y se marchó haciendo sonar los tacos, dejando la puerta abierta, sabiendo que la policía no llegaría nunca ni yo iría a denunciarla.

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