El vuelo de Lima a Buenos Aires llega a las siete de la mañana. Un viajero desprevenido podría pensar que la parte más odiosa del viaje son las casi cuatro horas en el avión o los trámites burocráticos que debe sortear para salir de Ezeiza. Pero recién allí comienza el tramo más lento y contrariado de la travesía: por muy presuroso que sea el conductor de taxi, quedará empantanado en una ciénaga interminable de autos, en esa gran miasma metálica que es la avenida general Paz. Y es allí, bajo el sol impiadoso de la mañana, cuando el viajero, estragado por la mala noche, tratando de bloquear los rayos de sol con una bufanda que cuelga de la ventana, soportando la cháchara de un chofer lenguaraz, es allí cuando se prometerá una vez más que pasará un año entero sin subirse a un avión. Una hora y media después, llegará a casa desesperado por dormir todo lo que no ha dormido en muchas noches breves.
Que es exactamente como llegué el lunes al departamento en San Isidro, en la calle Sáenz Peña, con vista al campo de rugby, al barrio laberíntico de casas antiguas y al río marrón que invita a la melancolía.
Fue entonces cuando ocurrió la primera emboscada del azar, porque los contratiempos precedentes estaban todos más o menos calculados, dado que un lunes de cada mes llego a Buenos Aires a morir un poco en ese cementerio móvil y humoso que es la general Paz: después de despedirme del taxista, traté de abrir la puerta de calle del edificio, pero todos mis esfuerzos, un tanto crispados por la fatiga del viaje, resultaron inútiles, pues al cabo de diez minutos de forcejear la cerradura acabé pateando la puerta y timbrando al portero, que al parecer había salido o estaba dormido.
Evidentemente, habían cambiado la cerradura.
Extenuado como me hallaba, hice rodar mi maleta por las seis cuadras empedradas que separaban aquel edificio impenetrable de un antiguo y señorial hotel de San Isidro, el hotel del Casco, frente a la catedral. A pesar del cansancio y la irritación, me asaltó un ramalazo de alegría al caminar por esas calles y reconocer las caras inconfundibles del barrio: la pareja de lesbianas de la bodega, el gordo parlanchín del lavadero, los remiseros en corbata, el viejo cegatón del quiosco, las chicas en mandil que fuman en la puerta de la farmacia, la camarera que me ve en la tele y sabe todos los ratings. Es aquí, me dije, donde quiero venir a morir. Y seguí haciendo rodar la maleta, en busca de una cama.
Tuve suerte: el recepcionista del hotel me dijo que tenía libre la habitación que más me gustaba, la del segundo piso, con una vista esquinada a la catedral. El joven no hizo preguntas (lo que siempre se agradece), me ayudó con la maleta y me recordó que en media hora retirarían el desayuno.
Traté de dormir, pero el recuerdo del espléndido desayuno que servían en ese hotel conspiró contra tan noble propósito, así que tomé dos analgésicos para mitigar el dolor de cabeza y bajé al patio a darme un atracón de medialunas, quesos, jamones, frutas y yogures, uno de esos desayunos que te dejan sin hambre el día entero y con la sospecha de que nunca nadie volverá a desearte. Pocos son los placeres ciertos, indudables, y comer bien sigue siendo uno de ellos, y devorar el desayuno de un hotel que viene incluido en el precio de la habitación puede que sea uno de los placeres más subestimados en los tiempos modernos. En ese trance desmesurado me hallaba, comiendo mucho y sin hambre, sacando un provecho vicioso del desayuno gratuito, cuando alguien me saludó:
-Jaimito, dónde venimos a encontrarnos.
Era Carlos García, Carlitos, el mejor amigo que tuve en los años alucinados de la universidad, argentino, hijo de argentinos, residente en Lima en los ochentas hasta que sus padres se fueron a vivir a los Estados Unidos y él se fue con ellos y dejé de verlo desde entonces, desde que se mudó a Denver, Colorado. Hombre noble y bueno si los hay, cultor del ocio creativo o del ocio a secas, cuarentón como yo, el gran Carlitos fue quien me inició en el amor por la marihuana, el rock argentino y la vida argentina. Protegido por unas gafas oscuras, Carlitos me dijo que estaba en Buenos Aires porque su madre había muerto. Lo dijo con naturalidad, sin hacer ningún drama: -Se murió mi mamá. Tenía cáncer. Sufrió mucho. Vinimos a enterrarla acá, como ella quería. Este fue su barrio de niña.
¿Te acuerdas cuando vinimos y nos quedamos en la casa de mis abuelos? Aquel fue, con apenas veinte años, es decir veinte años atrás, uno de los mejores viajes de mi vida, un mes en Buenos Aires con Carlitos, instalados en una gran casa de sus abuelos maternos cerca del río, comiendo excesivamente, fumando marihuana con fervor religioso, durmiendo juntos en una vieja cama que chirriaba y nos hacía reír, mientras sus abuelos, maravillosos anfitriones, dormían recatadamente en un cuarto lleno de imágenes religiosas y retratos familiares entre los que sobresalía, bella, radiante, angelical, la señora Milagros, madre de Carlitos.
Al terminar el desayuno, fuimos a su habitación y encendió un porro. Hacía algún tiempo que yo no fumaba; parecía la ocasión propicia para corregir ese descuido. Fumamos juntos, como en los viejos tiempos, en una cama vieja de una casona vieja de un barrio viejo al norte de Buenos Aires. Luego me sorprendió:
-¿Vamos a la catedral a rezar por mi madre?
Naturalmente, lo acompañé. No me pareció prudente decirle que soy agnóstico: si Dios no habita las catedrales, alguien tiene que habitarlas por Él. Solos los dos en una severa banca de la catedral, vi a Carlitos arrodillarse, persignarse, cerrar los ojos y orar en silencio. Confortado por los auxilios de aquella hierba matinal, y aunque sospechaba que mis plegarias merecían ser desatendidas, recé por la madre de Carlitos, por sus abuelos también fallecidos, por mi padre enfermo, por mi madre, por el doble milagro de mis hijas, por el bello Luisito, por su hermana.
Después me distraje, decayó algo mi fe y recé para que Kevin Johansen y Calamaro siguieran cantando, para que la llave fallida abriese otras puertas impensadas y para que Carlitos no volviera a irse a Colorado.
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