14.11.06

:: Cómo ser un escritor de prestigio

Columna de Jaime Bayley
18 de septiembre de 2006

Cosas que un escritor en busca de prestigio entre sus torturados colegas y los críticos más o menos insidiosos nunca debería hacer, para evitar que lo tachen de frívolo, liviano, vendido al mercado y oportunista:
Vivir en Miami o, peor aún, decir que le gusta vivir en Miami o que no desprecia a quienes viven en esa ciudad.
Viajar en clase ejecutiva o, peor aún, tener amigos ejecutivos o, esto ya es catastrófico, decir que no acepta invitaciones en clase económica para vuelos largos y quizá ni siquiera para vuelos cortos: un verdadero intelectual debe viajar siempre atrás, en económica, en asientos bien angostos, para que le duelan las miserias del mundo.
Ir al gimnasio o, peor aún, decir que es capaz de ir al gimnasio y, sin embargo, o gracias a eso, escribir todos los días.
Blanquearse los dientes o, peor aún, sonreír a menudo enseñando esos dientes pulquérrimos en los que ha invertido las regalías literarias de varios meses: algunos de sus colegas le dirán, con el ceño fruncido y los ojos atacados de melancolía (que es como posan para los sombríos retratos que aparecen en sus libros no menos sombríos, aunque luego se emborrachen y rían a gritos, escandalosamente), que un verdadero intelectual nunca debe sonreír, pues sólo los tontos son felices.
Ir a los programas de televisión o, peor aún, hacer bromas en esos programas o, esto ya es indefendible, un atentado al recato y el recogimiento moral que se espera de un escritor, ese apóstol laico cuya vocación ha de estar reñida con toda forma de humor, dar algún beso escandaloso en televisión.
Leer (sería más exacto decir: hojear) la revista española Hola! o, peor aún, decir que lee Hola! o, esto ya es devastador, salir retratado en esa revista de princesas desdichadas y millonarios aburridos, diciendo que, a pesar de todo (es decir, a pesar de sus padres), es razonablemente feliz.
Pronunciarse políticamente de un modo claro y enfático o, peor aún, pronunciarse contra los héroes morales de la progresía latinoamericana, es decir Castro y Chávez, ese par de matones, o, esto ya es un abuso, un brote siniestro de racismo, pronunciarse contra Evo Morales, el procónsul asustadizo del megalómano Chávez.
Decir que no conoce Bolivia porque, en honor a la verdad, basta de hipocresías, no arde en deseos de conocerla, o, peor aún, decir que Bolivia no puede reclamar como suyos unos territorios que perdió en una guerra hace más de un siglo, porque casi todos los mapas se han trazado luego de guerras injustas y porque el mundo sería un caos si tuviésemos que volver a las fronteras que existían antes de cada guerra.
Votar en su país de origen, aunque viva la mayor parte del tiempo en otros países, y decir sin ambigüedades por quién votó.
Decir que quienes votaron en el Perú por un ex capitán que secuestró, torturó y mató, actuando como sicario del ejército corrupto de un dictador felón, son unos tontos que desprecian o ignoran el valor de la libertad y la democracia, y que tamaña estupidez, la de confiar en un matón enmascarado que admira a otros matones como Castro y Chávez, quizá no sea culpa de ellos sino del aturdimiento o la confusión que a veces ocurre cuando se respira poco oxígeno en las alturas peruanas, donde ese candidato de ideas trasnochadas recogió la mayor parte de sus votos: algunos escritores o periodistas, que poco o nada hicieron para evitar el triunfo de ese candidato impresentable, rodeado de pillos y oportunistas, saldrán a insultarlo con ferocidad.
Hacerse ciudadano de los Estados Unidos o, peor aún, decir que admira a los Estados Unidos. Ir con sus hijos a Disney o, peor aún, decir que pasó unos días felices con sus hijos en Disney: un verdadero intelectual debe repudiar toda forma masiva de alegría humana (o toda forma de alegría, incluso si no es humana) y llevar a los niños a lugares como El Museo del Holocausto o el Museo de la Santa Inquisición.
Aspirar a un premio literario o, peor aún, ganar un premio literario: todos los premios son un fraude, salvo los que ganan los amigos o conceden los editores amigos.
Publicar en la editorial Planeta o, peor aún, ganar el premio Planeta o, esto ya causa un daño irreparable, integrar el jurado del premio Planeta.
Decir que no bebe alcohol ni fuma tabaco: sus pares desconfiarán inmediatamente de él y lo verán como un enemigo, pues un escritor de raza debe ser un borracho legendario y un fumador impenitente, que odie cualquier forma de vida saludable (y, a ser posible, cualquier forma de vida).
Ir al concierto de Shakira o, peor aún, bailar en ese concierto.
Ir al concierto de Madonna o, peor aún, decir cuánto pagó por asistir a ese concierto odioso.
Decir que duerme al menos ocho horas consecutivas: un escritor con algún mínimo talento tiene que dormir mal o hacer todo lo posible para dormir mal y jactarse de ello.
Odiar las corridas de toros o, peor aún, decir que las odia.
Publicar un libro cada dos años o, peor aún, publicar cada dos años libros que venden bastante bien: un escritor debe sufrir prolongadas sequías creativas y evitar así, con admirable sensibilidad ecológica, la deforestación de los bosques.
Vivir en una casa con piscina (los críticos se ensañarán con el detalle de la piscina y no se lo perdonarán: un escritor está moralmente impedido de bañarse en una piscina, un goce frívolo que lo descalificará para siempre), conducir un auto de lujo (mucho peor si es de transmisión automática) o mandar a sus hijos a un buen colegio: esas son señales inequívocas de que dicho escritor es, en realidad, un impostor, un mercenario, un mamarracho, porque todo artista de genuino talento tiene que reconocer las incomprendidas virtudes de la pobreza y obligar a sus hijos a que las descubran igualmente. Ponerse a dieta o, peor aún, confesarlo en alguna entrevista.
Que son todas cosas que he hecho y, me temo, seguiré haciendo, aunque algunos escritores prestigiosos me critiquen por eso.

No hay comentarios.: