17.11.06

:: La novia fugitiva

Es sábado. Camila, mi hija mayor, quiere ir a una fiesta.
-Puedes ir, pero sólo hasta las diez de la noche -le dice Sandra, su madre.
-Entonces no voy -se molesta Camila-. O me dan permiso hasta las doce o no voy.
Luego camina a su cuarto y cierra la puerta.
Más tarde, abro el celular de Camila, llamo a Valeria y Michelle, sus amigas, y les pido que vengan a buscar a mi hija. Aceptan encantadas. Media hora después, llegan a la casa, entran al cuarto de Camila y la encuentran viendo televisión. Camila se sorprende. Valeria y Michelle la abrazan y la convencen para ir a la fiesta. Sin perder tiempo, las llevo en la camioneta. Camila está feliz. Me mira como sólo ella sabe mirarme. Antes de bajarse, me da un beso y me dice:
-Yo sé que tú las llamaste. Gracias.
Vuelvo a la casa. Ya ha oscurecido.
A las diez, llama Camila. Quiere que vaya a buscarla. Está aburrida. Quiere irse a otra fiesta.
Salgo sin demora. Manejo a toda prisa por una avenida recién remozada. De pronto, un auto frena bruscamente porque el semáforo pasa a rojo sin que aparezca la luz amarilla. Hundo el pie en el pedal del freno. Es tarde. La camioneta chilla, patina un poco y se estrella contra la parte trasera del auto. Bajo, ofuscado. Es un auto viejo, de colección. Es un auto matrimonial. Hay una novia en el auto.
-No puede ser -me digo-. Qué mala suerte. He chocado el auto de una novia. El chofer baja, malhumorado, me grita un par de cosas, me reconoce, se calma un poco, le pido disculpas, le digo que pagaré los daños.
-Cómo le hace esto a la novia, oiga -me dice él.
La novia golpea la ventanilla. Hace señas al chofer. Quiere bajar.
El chofer le abre la puerta. La novia está sola. Me mira, sorprendida. Está llorando. Las lágrimas se deslizan como pescaditos por el maquillaje.
-Te pido mil disculpas -le digo-.
Soy un imbécil. Ella saca un pañuelo y se alivia delicadamente la nariz. Es joven, de pelo negro y ojos almendrados, muy delgada, con un aire ausente, como si fuera a desmayarse.
-No te preocupes, Jaimito -me dice-. Todo pasa por algo. Me sorprende (y alivia) que me llame así, en diminutivo. Luego vuelve a llorar, cubriéndose el rostro con las manos.
-No llores -la consuelo, y me inclino hacia ella y le tomo levemente la mano-. Por favor, no llores. Todo va a estar bien.
-Qué barbaridad, cómo le malogra su noche a la novia, oiga -dice el chofer.
-Fíjate si arranca el auto -le digo. La novia sigue llorando, desconsolada. No entiendo por qué llora tanto. Es sólo un choque menor. El chofer trata de encender el auto, pero no lo consigue. Maldice su suerte.
-Bueno, entonces llévame tú -me dice la novia.
Luego baja del auto, la ayudo con los pliegues interminables del vestido, y sube a la camioneta, pero no al asiento trasero, como le ofrezco, sino adelante, a mi lado. Le doy mi tarjeta al chofer, tomo nota de sus datos y le prometo que lo llamaré. Subo a la camioneta y me alejo del lugar.
-¿Adónde vamos? -le pregunto a la novia.
-No sé -dice ella, con la mirada perdida.
-¿No sabes dónde te casas? -le pregunto.
-Sí sé -dice ella-. Pero no sé si quiero ir. Se hace un silencio. Ella baja la cabeza y vuelve a llorar.
-Si no quieres ir, no vayas -le digo.
-Es que no sé -dice ella-. Tengo miedo. No sé si realmente debo casarme. Y de repente chocamos. Es una señal de que no debo casarme. Por algo me chocaste.
No sé qué decirle. Me quedo callado.
Ella sigue hablando como consigo misma:
-El es bueno, pero me ha presionado mucho para casarnos, y yo soy muy joven, no me siento preparada. El quiere que nos casemos porque le han ofrecido trabajo afuera, en Venezuela, y quiere que nos vayamos casados, pero yo no sé si quiero irme a vivir a Venezuela.
-Yo a Venezuela no iría ni loco -digo.
-Yo le digo que vaya él primero, que pruebe, que vea si le gusta, y después puedo ir a visitarlo, pero él no quiere, me ha presionado mucho, quiere que nos casemos y nos vayamos juntos, y para mí es mucha presión -se queja la novia accidentada, y su maquillaje sigue diluyéndose entre riachuelos de lágrimas.
Se hace un silencio. Luego le digo:
-Yo te llevo adonde tú quieras.
Ella me mira como si ya lo hubiera decidido:
-A la iglesia por favor no me lleves.
Me río. Ella sonríe, por fin.
-Me alegro de que el choque sirva de algo -le digo-. Perdóname por el mal momento.
-No me pidas perdón, Jaimito -me dice ella-.
Me has hecho un favor. La novia sonríe y respira más tranquila. En los semáforos detenidos, los vendedores ambulantes me saludan y me hacen señas de aliento, suponiendo que es mi novia y que nos aguarda una noche de placeres desmesurados.
-¿Sabes adónde vamos? -le pregunto.
-No -dice ella-. Ni idea. Es problema tuyo. Nos reímos.
-¿Te molesta si pasamos a buscar a mi hija y luego decidimos? -pregunto.
-No, para nada, Jaimito.
Yo, feliz. Poco después, me detengo en una calle tranquila y llamo a Camila por el celular.
-Ya salgo -me dice ella. Camila entra a la camioneta, saluda y mira a la novia sin entender nada.
-Hola -le digo-.
¿Qué tal tu fiesta?
-Malaza -dice ella, con su adorable acento limeño.
-Te presento a mi novia. Nos vamos a casar. ¿Vienes con nosotros? La novia, cuyo nombre ignoro, suelta una carcajada. Camila me mira asombrada, pero luego sonríe porque se da cuenta de que estoy bromeando.
-Bueno, ¿adónde vamos? -pregunto.
-Yo no sé -dice la novia.
-Yo, a mi otra fiesta -dice Camila-. Ustedes si quieren van, se casan y luego vienen a buscarme a las doce. La novia se ríe, encantada.
-Bueno -digo-. Vamos a casarnos. Y la novia se ríe de nuevo, aliviada, sabiendo que no perderá su libertad y que nadie la llevará a vivir a Venezuela.

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