21.1.07

:: Soy tu fan

Todo comenzó con un correo electrónico. Al llegar a casa después del programa, me senté a leer mis correos, como todas las noches, y encontré uno cuyo encabezado o título era inquietante: “Soy tu fan”.
Alarmado, abrí el correo. Lo había escrito Karina. Era venezolana, vivía en Miami. Decía que le gustaba mucho mi programa, que no se lo perdía, que había leído varias novelas mías y que tenía mucha ilusión de venir una noche al estudio para ver mi programa en vivo como parte de la audiencia. Contesté enseguida. No debí hacerlo. Le pedí que me dijera qué noche quería venir para anotarla en la lista de invitados y que me mandase una foto para reconocerla.
A los pocos minutos, Karina volvió a escribirme diciéndome que quería venir al día siguiente y que vendría sola porque vivía cerca del estudio, en Aventura. No me mandó la foto. Le escribí diciendo que la esperaba en el estudio a las nueve y media de la noche, le di la dirección y la anoté en la lista. La noche siguiente conocí a Karina. Era bastante gorda, de unos treinta y tantos años, tenía el pelo pintado de rubio y estaba cargada de regalos para mí. Después de abrazarme con emoción, mirándome con ojos ardientes, me entregó un libro de poemas que había escrito (titulado “La vida es bella y yo también”), una camiseta Ralph Lauren talla extra large (bastaba con que fuera large), un perfume Lacoste, una caja de chocolates Godiva y un disco de Ricardo Arjona.
A pesar de que faltaban pocos minutos para comenzar el programa, me tomó del brazo, me clavó una mirada intensa, perturbadora, dijo que ese era el momento más feliz de su vida y reveló algo que me dejó perplejo: -Somos almas gemelas, papito.
No pude hacer bien el programa porque sentía su mirada sofocante, sus aplausos excesivos, su respiración agitada, su desmesurada felicidad instalada en esa silla precaria de metal. Al terminar, saltó sobre mí, haciendo crujir el tabladillo de madera, y me obligó a firmarle tres novelas. Como no quería repetirme, escribí “Para Karina, con todo mi cariño”, “Para Karina, gracias por leerme” y (aquí me equivoqué gravemente) “Para Karina, con la ilusión de verte otra vez”.
Luego ella le pidió a un camarógrafo que nos hiciera fotos, me abrazó con virulencia y, mientras nos retrataban, me susurró al oído: -Por fin he encontrado al hombre de mis sueños. Todo esto naturalmente perturbó mis sueños. Como no podía dormir, bajé a leer mis correos y encontré varios de Karina, preguntándome si había leído sus poemas, si me quedaba bien la camiseta, si estaban ricos los chocolates.
Fui a la cocina, abrí la caja de Godiva y descubrí que faltaba una trufa. Al parecer, ella la había robado, víctima de un antojo comprensible. Me reí, comí un par de trufas y le escribí: “Gracias por tantos regalos, eres un amor”.
Ella contestó enseguida diciéndome que estaba dichosa, que vendría al día siguiente con más regalos, que no me preocupase porque nunca más estaría solo, pues ella me cuidaría con devoción. Antes de despedirse, decía: “Te he buscado toda mi vida. Por fin te encontré.
Te amo”. Solté una carcajada y no le contesté. A la mañana siguiente encontré un correo de Karina que decía: “Hicimos el amor toda la noche. Eres todo un hombre, papito.
Me has hecho gozar demasiado. Estoy loca por ti”. Asustado, le escribí diciéndole que no podría verla esa noche en el estudio porque ya no había cupo, que lo sentía, que nos veríamos en otra ocasión. No se dio por aludida. Escribió sin demora: “Tengo más regalos para ti. Nos vemos esta noche, papichulo”. Llegando al estudio, entregué la lista de invitados al portero y le rogué que no dejara pasar a nadie más. Por suerte, Karina no apareció en el estudio. Hice el programa tranquilo. Pero, al salir, estaba esperándome detrás de las rejas, en su auto, acompañada del guardia de seguridad. Al verla, no pude escapar. Bajé de la camioneta, se abalanzó sobre mí y me abrazó de un modo abusivo y brutal, que dejó sorprendido al portero. Me disculpé por no dejarla entrar, alegando que ya no había sitio para ella. Sin embargo, no parecía ofendida: me dio más regalos (alfajores, chocolates, un libro de Coelho, una corbata de flores), me dejó su tarjeta (era agente inmobiliaria, debajo de su foto había escrito su lema: “Nada es imposible para mí”) y me invitó a comer:
-Te voy a llevar a comer chuchi, papito. Dijo “chuchi”, no “sushi”, lo que me dejó aterrado, y por eso me disculpé, diciéndole que no tenía hambre, que prefería regresar a casa.
-Bueno, vamos a tu casa y nos tomamos un vinito -dijo ella, encantada.
-No, no puedo, lo siento -dije-. Tengo que escribir.
Se le torció la sonrisa, dio un paso atrás y dijo: -Me había olvidado de que eres un literato. Anda nomás, papito. Entré a la camioneta, suspiré aliviado y la dejé atrás. Ya en la autopista, me pareció que un auto me seguía.
Aceleré y confirmé mis sospechas. Era ella, Karina, al timón de un auto japonés, persiguiéndome a una velocidad imprudente, a riesgo de su vida y de la mía.
Recién entonces me asusté y me di cuenta de que estaba en apuros. Empecé a correr como un lunático, salí por un desvío cualquiera, pasé varios semáforos en rojo y terminé en un barrio que no conocía, pero al menos conseguí perderla de vista sin perder la vida.
Al llegar a casa, me había escrito desde su blackberry varios correos. En orden cronológico, decían: “No huyas de nuestro amor”, “No tengas miedo, no muerdo, sólo chupo rico”, “Yo te voy a sacar el hombre que siempre has sido” y “Cuando me pruebes, vas a saber lo que es el amor”. Irritado como estaba, escribí: “Cachalote malparida, horca asesina, déjame en paz. Si vuelves a seguirme, llamaré a la policía”.
No volvió a escribirme ni se apareció por el estudio.
Una semana después o poco más, mi madre me llamó por teléfono y me felicitó por mi nueva novia. Sorprendido, le pregunté de qué estaba hablando. Me dijo que se había hecho muy amiga de Karina, mi novia venezolana, que la llamaba todos los días a Lima a contarle lo felices que éramos en Miami. Me quedé helado.
Le pregunté cómo Karina había conseguido su teléfono en Lima. Me dijo que pensó que se lo había dado yo, que un día llamó Karina y se presentó como mi novia y que le pareció una chica encantadora, buenísima, un amor, y que se notaba que me quería mucho porque llamaba todas las tardes a contarle cosas lindas de mí. -Ojalá puedas traerla a Lima para presentarme a tu Karinita que tanto te quiere, mi Jaimín -dijo mi madre, con ilusión. Le dije indignado que no estaba con Karina, que era una loca peligrosa, que me seguía y me acosaba, que no le contestase más el teléfono, pero mi madre dijo: -Tú siempre tan misterioso, amor. Pero yo soy tu mami y te conozco mejor que nadie y sé que te desvives por tu Karina. Apenas corté el teléfono, busqué la tarjeta de Karina y le escribí un correo. No pude evitar ser vulgar: -Gorda de mierda, si vuelves a llamar a mi madre, te voy a romper el culo. En cuestión de minutos, ella contestó: -Papichulo, rómpemelo cuando quieras, mi culo es tuyo. Te amo. Karina ha conseguido lo que se propuso. No puedo dejar de pensar en ella.

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