El avión del magnate mexicano nos espera en un aeropuerto privado. Llego puntualmente, cargado de caramelos.
Los pilotos y el mecánico, todos mexicanos, me saludan con cierta frialdad porque no me conocen, verifican que estoy en la lista de invitados y siguen tomando café como si fueran extras de un culebrón de Televisa. Estoy preocupado porque en mi maletín de mano llevo champú, pasta de dientes, colonia y desodorante, cosas que con seguridad me quitarían en el aeropuerto regular de vuelos comerciales, pero que, como es la primera vez que vuelo en avión privado, no sé si me dejarán llevar conmigo o confiscarán al pasar algún control de seguridad. No comparto esa inquietud con los pilotos mexicanos porque no quiero delatar mi condición de advenedizo, intruso y debutante en las grandes ligas aéreas.
Los otros invitados, en total ocho, van llegando sin atropellarse, distraídamente, como quien llega a la casa de un amigo, y llevan consigo equipajes minúsculos, ultralivianos, porque siempre hay alguien que les carga la ropa en un vuelo regular. Todos se entretienen manipulando un aparato pequeño, negro, en el que reciben y envían correos electrónicos, al mismo tiempo que escuchan canciones en sus ipods, no sé si canciones de ellos porque algunos son cantantes famosos.
Yo no tengo ipod ni blackberry ni laptop ni equipaje ultraliviano, yo viajo a la antigua, con dos maletas impresentables de cuarenta dólares compradas en liquidación en la avenida Collins, los periódicos del día, un libro aburrido y, para matizar, un ejemplar de la revista Hola! Pero ninguno de ellos tiene caramelos de limón o fresa o manzana verde y yo sí, y eso me hace extremadamente popular, eso y el hecho curioso, celebrado por todos, de que llevo puestos cinco pares de calcetines y cinco suéters de la misma talla y color, como si estuviésemos viajando a Alaska cuando en realidad nos dirigimos a Panamá, donde el concepto del sauna resulta una redundancia, porque uno suda a cántaros en cualquier esquina, y donde los zancudos son tan grandes que parecen cucarachas voladoras capaces de hincar sus aguijones traspasando las cinco capas de ropa que me protegen de un frío completamente imaginario, pero que siento sin la menor duda.
En el avión, todos van ensimismados en sus asuntos, preparando discursos, revisando agendas, firmando afiches, camisetas y gorros, leyendo libros con un audífono (es decir, oyendo la voz de un relator que lee el libro por ellos) y recurriendo a mí cuando quieren otro caramelo de manzana verde, los favoritos.
Sólo hay dos brevísimos momentos de tensión: cuando uno de los famosos quiere encender un cigarrillo y el piloto lo amonesta y le dice que está prohibido fumar y entonces el famoso lo ignora con una gracia de veras poética y se va a fumar al baño; y cuando el peluquero de una de las famosas, un italiano canoso y delgado, insiste en cantar a gritos las canciones que escucha en su ipod, lo que provoca que su clienta y protectora, que intenta dormir arropada bajo una manta, le pida suavemente, con los mejores modales, que nos dé tregua y deje de canturrear, que es algo –la sola idea del silencio– que al parecer provoca cierto grado de sufrimiento en el alma bullanguera del peluquero italiano.
Pero, fuera de esos dos momentos de tensión en verdad muy menores, el vuelo es un agrado, a pesar de que voy en un asiento de espaldas a los pilotos, como nunca antes había viajado en un avión, es decir mirando la cola (del avión, y ocasionalmente también de los famosos) y gracias a que nadie decomisó mis artículos de higiene personal.
De pronto, el avión es sacudido por una turbulencia inoportuna y todas las luces se apagan y esa joya voladora que vale no sé cuántos millones se desliza por los aires como si estuviese planeando con los motores muertos y por unos pocos segundos que parecen eternos todos nos miramos aterrados en medio de la oscuridad y pensamos que ha llegado el momento final, que nos espera una muerte horriblemente brusca y glamorosa, que varias leyendas de la música acabarán despanzurradas en algún paraje agreste de la selva panameña y que (si esto sirve de consuelo) saldremos todos juntos (yo también, aunque sin foto) en el próximo número de Hola! Yo espero la muerte con gallarda resignación y hasta con modesta gratitud, porque no podría imaginar una manera más bella, cinematográfica y perfecta de morir, rodeado de celebridades, en el avión de un magnate, tarde en la noche, hojeando Hola!, en algún punto incierto del Caribe y en medio de un viaje benéfico para ayudar a los niños. Por suerte, las luces y los motores se encienden y todos recobramos el aliento y nos miramos aliviados y algunos interrumpen sus rezos y, para hacerlos reír, digo, al tiempo que reparto más caramelos, que hubiera sido una ironía espléndida que se cayera el avión de la fundación “Alas”.
Luego les recuerdo una escena de Almost famous, cuando el avión de los rockeros está a punto de caer y todos gritan sus últimas confesiones (uno revela que es gay), pero luego el avión no se cae y más de uno se arrepiente de haber contado sus secretos más bochornosos.
Y entonces jugamos a que cada uno cuente algún secreto y yo me resisto a contar el mío, que debajo de los suéters tengo una camiseta con el bello rostro de una de las criaturas famosas que vuelan en ese avión, y termino contando algo desatinado que no debí decir: que no me sé la letra de ninguna de las canciones de ninguno de los artistas famosos que viajan esa noche conmigo, porque nunca pude aprenderme una canción completa.
Y entonces se instala un silencio ominoso y alguien dice que está bien, que no pasa nada, que nadie en ese avión (ni siquiera el peluquero italiano) ha leído mis libros, con lo cual estamos a mano.
Y en ese instante quiero que se caiga el avión, pero ya es tarde. Y enseguida comprendo que nunca más me subiré a un avión tan lindo, invitado por mis amigos famosos. Y dos días después, en un vuelo de Copa, sentado al lado de una señora que viaja con una tapa de plástico de un inodoro sobre sus piernas, lloro porque no hay justicia en esta vida y porque en lugar de ser escritor debí ser cantante o al menos escritora.
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