9.2.07

:: El borracho feliz (29/01)

Llegando a Lima al amanecer, manejo cien kilómetros por la autopista al sur.
No he dormido nada en el avión. Estoy exhausto. Enciendo la radio y bajo la ventana para mantenerme despierto y no acabar rodando por un acantilado. Voy a toda prisa, todo lo que me permite la camioneta, 140 kilómetros por hora. Si paso de esa velocidad, tiembla el timón y siento que la camioneta se va a romper. No tengo dinero peruano al pasar el primer peaje.
Por suerte aceptan dólares. Tengo que dejar dos dólares, uno por el peaje y otro de donativo o comisión para el controlador que me saluda con cariño y me hace notar que he engordado.
Más allá me detiene la policía. Es una camioneta moderna que aparece de la nada y enciende la sirena. El oficial me pide mi licencia de conducir. Le entrego la licencia de Miami. Me pide amablemente la licencia peruana. Le digo que no la tengo conmigo. Me pregunta dónde está, por qué no la llevo conmigo. Le digo la verdad, que no tengo licencia de conducir peruana porque nunca la obtuve en primer lugar, nunca apliqué siquiera a ella. Me mira con extrañeza, pero también con picardía. Me pregunta mi edad. Le digo que pronto cumpliré 42 años y que manejo desde los 18. Me pregunta asombrado por qué nunca he sacado una licencia peruana en el casi cuarto de siglo que llevo manejando ilegalmente. Le digo la verdad: Debido a mi carácter pusilánime, oficial. Lo bueno de usar palabras raras es que no te entienden y te dan un cierto prestigio.
El policía me devuelve mi licencia de Miami y me pide un autógrafo. Firmo: “Para mi querido amigo Henry García, con todo mi afecto y gratitud, por estos 24 años manejando sin brevete”. El oficial lee, sonríe y me corrige. Es Jenry, con jota. Le pregunto por qué escribe así su nombre.
Me dice que así lo inscribieron en el registro cuando nació y así nomás quedó su nombre. Tacho Henry y escribo Jenry. Luego me sugiere que saque una licencia peruana para no tener problemas más adelante. Le digo que no se preocupe, que ya tengo una licencia de conducir. Me mira, sorprendido. Le digo que soy conductor de televisión, que es una manera más complicada de conducir, y además en público. Me mira sin entenderme. Le digo que siendo ya un conductor de televisión, parece innecesario y hasta redundante sacar una licencia de conducir, porque basta con mirar mi programa para saber que sé conducir.
Me gusta tu estilo de conducir, Jaimito, me dice el oficial, y me deja ir sin pedirme una retribución económica. Cuando llego a la casa, Sandra y las niñas ya están despiertas.
Les doy sus regalos, desayunamos juntos y me voy a dormir. Despierto bruscamente tres horas después. Alguien ha tirado un huevo a la ventana de mi cuarto. Salgo a la terraza, pero ya no hay nadie a la vista. Los chicos malos de la playa se divierten tirándome huevos y llamando al teléfono de la casa a decir que me llama “mi enamorado”.
No llamo a la caseta de seguridad a quejarme porque me divierte que los chicos malos piensen tanto en mí. Gisela me sirve un jugo de naranja recién exprimido y me echa protector en la espalda. Como Gisela estudia fisioterapia y rehabilitación, le pido que me haga un rápido masaje en la espalda. Lo hace encantada, con una reciedumbre y una obstinación que me hacen sospechar que quizá me odia en secreto.
Le digo que sus clases de fisioterapia no son en vano porque nadie me masajea la espalda mejor que ella. Se ríe tímidamente porque ella, que es un encanto, hace todo tímidamente, salvo los masajes en la espalda. Bajo a la playa.
Las niñas me esperan en el mar. Es lunes. La playa está desierta. A lo lejos un salvavidas con camiseta amarilla y bañador rojo vigila a mis hijas. Me zambullo en el agua. Salgo con la cara llena de arena porque el mar de esa playa es muy arenoso. Cuando me retiro del mar, veo que se acerca un hombre en pantalón y camisa, descalzo, a paso vacilante, zigzagueando casi, como si estuviera borracho o muy cansado.
El tipo no vive en la playa y parece haber venido de lejos. Mira el mar con una mezcla de júbilo y asombro. Al pasar a mi lado, me pregunta con la lengua pastosa y los ojos alunados si soy la persona a cargo de alquilar las carpas, las sombrillas y las tumbonas. Le digo que no, pero que, como no hay nadie en la playa, puede buscar la sombra y la comodidad que mejor le convengan sin pagar nada.
Me reconoce enseguida. Me saluda con gran ceremonia. Mis repetos, don Jaimito, me dice, y me da un abrazo despanzurrado que es casi una manera de echarse a dormir en mis brazos. Le siento el aliento áspero a alcohol, a una o muchas noches desmesuradas, escapando de algo o de alguien.
Es un hombre pobre, mal vestido, sin zapatos, y no se entiende de dónde ha venido ni cómo ha llegado a esa playa, pero parece extrañamente feliz de estar allí, un lunes a mediodía, hablando a solas con el mar, contemplándolo con reverencia y excitación, como si fuera el cuerpo de la mujer más bella que hayan visto nunca sus ojos fatigados que navegan en aguardiente.
El borracho feliz no tarda en meterse al mar sin sacarse la ropa, con el pantalón que se le cae y la camisa raída, y grita de frío o de felicidad o de ambas cosas, y luego ejecuta una danza alucinante, los brazos al cielo, lanzando gritos incomprensibles, celebrando con euforia su improbable presencia allí, en el mar del kilómetro cien, mientras yo lo miro con curiosidad y envidia, porque nunca había visto a nadie más extrañamente feliz en esa playa ni en ninguna playa. Sin entender por qué lo asalta tanta alegría, por qué da esos brincos y alaridos, quién es este extraño visitante alcoholizado que ahora se emborracha con cada pequeña ola que le baja los pantalones y le descubre el culo, me acerco a él con cierta fascinación, pensando que algún día debería beber las cosas que este señor ha bebido y bañarme en el mar con aquella pueril algarabía, y le pregunto si se siente bien, si no necesita nada, si no querrá ponerse protector de sol en la cara.
El tipo me mira sin entender nada y me dice: Mis respetos, don Jaimito. Luego se echa en la orillita y sigue chapoteando como un niño. No puedo más y le pregunto:
-¿Por qué está tan feliz, caballero? El tipo se sube el pantalón que se le cae de todos modos y responde:
-Porque recién lo conozco al mar. Luego salta y se echa más agua.
Le pregunto de dónde viene. Me dice que de la sierra, de muy lejos, y que su sueño fue siempre conocer el mar.
-¿Y qué te parece el mar? -le pregunto.
Se queda pensativo un momento y responde:
-Es algo de la parinpamputa.
Enseguida se baja el pantalón y comienza a mear con toda naturalidad.

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