<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768</id><updated>2011-06-14T02:21:43.203-05:00</updated><title type='text'>El mundo de Jaimito Bayley</title><subtitle type='html'>Un peruano que sale de su patria odiado por amigos y familiares, pero que es admirado en cada rincón por el que pasa la tropa de ciudadanos del mundo. Aquí recogemos algunas de sus columnas que ya se han publicado en los diferentes países del mundo y que no busca m´s que juntarlas para que no se pierdan en los archivos mundanos.</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>46</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-5970051455121956620</id><published>2008-09-24T15:15:00.001-05:00</published><updated>2008-09-24T15:16:29.922-05:00</updated><title type='text'>Estoy enojado con Jaimito</title><content type='html'>Estoy enojado con Jaimito....&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-5970051455121956620?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/5970051455121956620/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=5970051455121956620' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/5970051455121956620'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/5970051455121956620'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2008/09/estoy-enojado-con-jaimito.html' title='Estoy enojado con Jaimito'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-3552108745069652483</id><published>2007-09-11T17:01:00.000-05:00</published><updated>2007-09-11T17:03:02.338-05:00</updated><title type='text'>:: Celos (27/08)</title><content type='html'>Un tal Gonzalo Briones me escribe un correo electrónico que dice: “Sólo necesito me expliques hasta dónde llegó tu relación con mi mujer. Espero honestidad de tu parte por respeto a mis hijos”.&lt;br /&gt;No sé quién es Gonzalo Briones. No lo conozco. Si lo conocí, no lo recuerdo. No sé quién es su mujer. Si la conocí, tampoco la recuerdo. Si no los conozco o no los recuerdo, mi relación con la mujer de Gonzalo Briones no existió, salvo en la imaginación afiebrada de Gonzalo Briones, o si existió no llegó a ninguna parte, o a ninguna de las partes que, envenenado por los celos y el rencor, imagina el pobre Gonzalo Briones.&lt;br /&gt;Por la dirección de su correo electrónico, puedo suponer que Gonzalo Briones es chileno, aunque podría no serlo o podría incluso no llamarse así. Como no sé quién es Gonzalo Briones ni a qué mujer alude, y como parece penoso que invoque a sus hijos para investigar indebidamente la conducta íntima de su mujer, y como además parece abusivo que me escriba sin conocerme pidiéndome una confesión sobre mi vida sexual o mis supuestos amores furtivos, decido prudentemente no escribirle.&lt;br /&gt;Pero Gonzalo Briones está poseído por la fiebre de los celos, esa enfermedad miserable y humana, que suele ensañarse con los más débiles, y no quiere o no puede tolerar mi silencio. Por eso vuelve a escribirme en ese tono seco y agresivo que es el suyo: “Explícame esto. Esto me sorprende dado (sic) tu condición de homosexual o bisexual. ¿Tuviste sexo con mi mujer? Espero tu respuesta”.&lt;br /&gt;Luego reproduce dos correos: uno que me escribió Francisca Correa, su mujer, y otro que yo le escribí a Francisca. Al leerlos, descubro por fin quién es la mujer de Gonzalo Briones, la mujer que él sospecha que se acostó conmigo. La conocí hace seis o siete años en Santiago de Chile. Trabajaba en televisión. Era simpática, ocurrente, un poco loca. Quería escribir un libro de cuentos. Me había leído. Le di mi correo electrónico.&lt;br /&gt;Me escribió. Gonzalo Briones copia uno de esos correos que me escribió Francisca, su mujer: “Mi entrañable y más querido guapo: El embarazo me tiene invernando. No voy a lugares de moda y cada día me da más pereza aparecer en la tele. El matrimonio como siempre en altos y bajos. A veces pienso que mi marido es un ángel por su paciencia. Créeme que a veces no le hablo, le ladro. No porque no lo quiera, sino porque soy mañosa y lo reconozco. Pero lo extraño de esta relación es que cuando me siento enamorada, con ganas de tirar rico, es él quien se aleja, se abstrae. Pero cuando yo me alejo, no quiero estar con él y me cae realmente mal, anda baboso detrás de mí. El mundo anda al revés y al parecer, estoy condenada a una relación inestable.&lt;br /&gt;Ahora te toca a ti. Dónde estás, cuándo vienes, qué escribes y cuánto me quieres. Te extraño mucho, muchos besos, Fran”. Enseguida Gonzalo Briones copia un correo que le escribí a su mujer: “Mi niña linda: Te amé mucho leyendo tu mail. Estoy en Lima. Llegué esta madrugada con las niñas y regreso esta noche a Miami porque quiero seguir con la novela. Hace un mes que no escribo y eso me inquieta mucho. Ando medio aturdido por el viaje, pero sólo quiero decirte que te quiero y que tu bebé tiene mucha suerte de tenerte como mamá. Besos”.&lt;br /&gt;Gonzalo Briones cree o quiere creer que su mujer y yo fuimos amantes y esos dos correos le sirven como prueba. Su mujer me dice “mi más querido guapo” y “dime cuánto me quieres”. Yo le digo “mi niña linda” y “te amé mucho” y “te quiero”. Estoy condenado. Gonzalo Briones ha espiado los correos de su mujer (quién podría reprocharle esa humana debilidad) y parece convencido de que su mujer lo engañó conmigo. Aunque sé que sería mejor no escribirle y mantenerme al margen de esa triste querella doméstica, le escribo: “Estimado Gonzalo: Lamento el tono y la urgencia de tus correos porque supongo que estás pasándola mal.&lt;br /&gt;Sólo una persona que ama con desesperación (como a veces inevitablemente es el amor) haría lo que has hecho tú, que es escribirme con una aspereza innecesaria, pidiéndome unas explicaciones que no tendría por qué darte, pero que elijo darte porque no quiero que sufras más de lo que en apariencia ya estás sufriendo. No, nunca tuve ninguna aventura sexual con Francisca.&lt;br /&gt;Fuimos brevemente amigos de escribirnos mails cariñosos, nada más que eso. Creo que no debiste escribirme en ese tono tan violento, pero no pasa nada, el amor es así y uno hace locuras a veces. Te deseo lo mejor. Espero que encuentres serenidad y sabiduría para comprender y perdonar los defectos de los otros, que a veces son más pequeños que los nuestros. Que pase el mal momento. Abrazos”. Pensé que Gonzalo Briones me agradecería por escribirle unas líneas amables que bien podría haberme ahorrado. Me equivoqué.&lt;br /&gt;No tardó en escribirme: “Creo que actuaste de forma justa al responderme. De todas formas obras mal al aprovecharte de tu fama haciéndote dueño de la debilidad de algunos. Sacas lucro de esto sin medir los daños para familias e hijos que no tienen por qué vivir la inmundicia de mundo en el cual te manejas. Quizá para ti son actos furtivos sin mayor importancia pero para el resto es la vida. Mídelos porque tarde o temprano alguien te pasará una cuenta muy cara que no podrás pagar.&lt;br /&gt; Espero nunca más ni yo ni Francisca sepamos de ti”. Ofuscado porque su respuesta mezquina y amenazante me confirmó que no debí escribirle una sola palabra, le escribí: “Me dices que mi vida es ”una inmundicia“. En efecto, lo es. Nunca limpio las casas en las que vivo. Están llenas de polvo y arañas. Me gusta vivir así. Me he acostumbrado a la inmundicia.&lt;br /&gt;Soy felizmente inmundo. Si algún día quieres ayudarme a limpiar la inmundicia que me rodea, prometo comprar dos escobas, una para ti y otra para mí. Te espero con todo mi cariño y mi inmundicia”. Por fortuna, Gonzalo Briones no volvió a escribirme. Pero Francisca, su mujer, que no me había escrito en años, me sorprendió: “Disculpa el malentendido.&lt;br /&gt;Me avergüenza, sobre todo al tener la certeza de que nuestros mails fueron sólo de cariño, e incluso más mío que tuyo. Además, hace tantos años que no sé de ti. Como te podrás imaginar las cosas por mi lado no andan tan bien como me gustaría y tú no tienes nada que ver en este baile. En fin, te pido disculpas nuevamente”. No pude evitar la odiosa tentación de amonestar cordialmente a Francisca. Por eso le escribí: “No te preocupes, no es culpa tuya. Pero una persona inteligente, o cuando menos bondadosa, no escribiría las cosas que este pobre hombre me escribió. Puedo entender los celos, pero no la estupidez. Lo siento por ti. Besos, todo lo mejor”. Francisca me escribió de vuelta: “Nuevamente me avergüenza todo esto. La verdad es que él perdió la perspectiva de las cosas. Nadie tiene derecho a referirse de esa manera a tu persona. Te pido disculpas”.&lt;br /&gt;Gonzalo Briones no ha vuelto a escribirme. Es una lástima. Mi vida, que, como él advirtió con perspicacia, ya era una inmundicia sin sus correos, es todavía más sucia y hedionda cuando no me escribe. Ahora que Gonzalo Briones lea su nombre impreso en esta página que otros leerán y me odie un poco más, quizá vuelva a escribirme. Me encantaría. Después de todo, ¿para qué escribimos las personas inmundas, si no para fastidiar a los espíritus limpios, inmaculados, impolutos como el de Gonzalo Briones?&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-3552108745069652483?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/3552108745069652483/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=3552108745069652483' title='3 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/3552108745069652483'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/3552108745069652483'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2007/09/celos-2708.html' title=':: Celos (27/08)'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-4508081044022559126</id><published>2007-09-11T16:51:00.000-05:00</published><updated>2007-09-11T17:00:57.372-05:00</updated><title type='text'>:: Las leyes del fútbol (20/08)</title><content type='html'>En el fútbol no hay individuos, hay “individualidades”. Es de presumir que una individualidad es un individuo de notables cualidades. En una cancha de fútbol están las individualidades y están los demás, que son la mayoría. Curiosamente, si bien hay individualidades, no hay colectividades. La suma de individualidades no hace una colectividad. Nunca un equipo de fútbol es una colectividad. Hay, sí, colectivos, en los que se desplazan las individualidades y los demás. Por fortuna existen jugadores que “desequilibran”, pero no existen los que equilibran o si existen nadie los menciona porque son eclipsados por los que desequilibran. Los futbolistas que desequilibran son “cerebrales”. Sólo las individualidades pueden ser cerebrales. Es de suponer que son llamadas así porque usan el cerebro durante el juego (y quizá también antes y después, aunque eso ya no está claro). Los demás, los que no desequilibran, al parecer juegan sin usar el cerebro o usándolo mal. Un gol muy vistoso no será nunca una novela o un cuento, pero sí “un poema”. Del mismo modo, un gol muy bello podría ser “una pintura” o “una pinturita”, pero nunca una escultura. A un gol que es “un poema” habría que “ponerle un marco”, pero a un gol que ya tiene marco nunca habría que escribirle un poema. Un “cirujano” es alguien que hace daño físico a las personas, nunca alguien que las deja mejor de lo que estaban. Los espectadores violentos son “desadaptados”, pero se ignora a qué se han adaptado los pacíficos (o si esa adaptación será duradera o es sólo provisional). No parece fácil que un desadaptado se adapte, pero sí que un adaptado se desadapte (para lo cual sólo hace falta que el árbitro sancione un penal inexistente a los ojos del espectador adaptado). Cuando un jugador se arroja al césped “se tira a la piscina”, pero cuando lo arrojan no “cae a la piscina”. Si bien suele decirse que un equipo que se defiende “juega al contragolpe”, nunca se dice que uno que ataca “juega al golpe”.&lt;br /&gt;Hay equipos, sin embargo, que juegan, al mismo tiempo, al golpe y al contragolpe, lo que parecería una contradicción pero no lo es. Si un equipo “matemáticamente” tiene opción de seguir en la competencia, podemos considerar que sus opciones son ínfimas o nulas. Las matemáticas tienen muy mala fama en el fútbol.&lt;br /&gt;Cuando alguien pierde un gol que prometía ser muy hermoso, ciertos locutores suelen decir “si lo hacía, cerrábamos el estadio”. Sin embargo, cuando se marca un gol vistoso, esos locutores, ofuscados por la emoción, se olvidan de pedir que se cierre de inmediato el estadio. Es frecuente que los jugadores que han perdido digan que el árbitro les robó el partido. No lo es que los que han ganado digan que el árbitro les regaló el partido. Cuando un jugador no suelta la pelota, “se engolosina” con ella. Pero si la suelta, no puede decirse que ha compartido la golosina.&lt;br /&gt; Si un jugador “va al choque” y golpea al rival, se dice que “no entró con malas intenciones”. Sin embargo, no entrar con malas intenciones no equivale a entrar con buenas intenciones. Equivale a entrar sin intenciones, de modo que el golpe resulta un accidente, no un cálculo deliberado. Las intenciones sólo son evidentes en el fútbol, no en las demás actividades humanas. Una “pelota dividida” no es una pelota partida o fragmentada, a ser repartida entre varios, sino una cuya disputa propicia un forcejeo o cierta aspereza física. A veces, una “pelota dividida” deja dividido, o casi, el cuerpo del atleta.&lt;br /&gt;Un penal indudable es aquel que favorece al equipo de nuestras simpatías; uno dudoso es aquel que favorece a los demás. Si un futbolista “hace una chilena”, no quiere decir que ha procreado a una mujer de esa nacionalidad, sino que ha ejecutado una complicada pirueta de espaldas al arco rival. La chilena goza de excelente reputación en el fútbol. Es la nacionalidad más admirada.&lt;br /&gt;Todos los días, muchas personas hacen chilenas (a veces ejecutando piruetas complicadas), pero la mayor parte de ellas no podrían “hacer una chilena” en un campo de fútbol (y no por razones de pudor). El fútbol no parece un juego homofóbico. Si un varón “le hace un túnel” a otro, esa circunstancia será muy elogiada y aplaudida.&lt;br /&gt;Lo mismo ocurrirá si “le hace un caño”, que probablemente se trata de una perforación menos ancha. El diámetro del orificio suele ser estudiado, precisado y celebrado por los locutores. Pero el hecho mismo de que un varón busque y ensanche el orificio del adversario es considerado un acto admirable, por lo arduo y peligroso de su ejecución. Se presume que el árbitro es un ladrón hasta que no demuestre lo contrario.&lt;br /&gt;Sólo puede demostrarlo favoreciendo solapada o descaradamente al equipo de nuestras simpatías. El fervor religioso se multiplica en las tribunas cuando se cobra un penal.&lt;br /&gt; En los instantes previos a su ejecución, los ateos y agnósticos virtualmente desaparecen y no son pocos los que reanudan un diálogo encendido con Dios, hecho de súplicas, ruegos y promesas.&lt;br /&gt;Unos elevan sus plegarias para que el penal se convierta en gol; otros rezan desesperados para evitarlo. Un jugador “pecho frío” es repudiado por su serenidad. Se espera que los futbolistas tengan el pecho caliente o, mejor todavía, ardiendo. El aplomo no está bien visto en el fútbol. Se lo considera un defecto. Es un gran mérito que alguien haga “una palomita”. Los futbolistas que hacen palomitas son muy admirados. No lo son, en cambio, quienes las hacen en las puertas de los cines. La “lotería de los penales” es la única en el mundo en la que los participantes tienen un cincuenta por ciento de probabilidades de ganar. Sin embargo, nadie quiere jugar esa lotería.&lt;br /&gt;Si un futbolista “está concentrado”, no significa que está pensando, meditando o reflexionando, sino que se encuentra durmiendo fuera de su casa, en un hotel. Los aficionados suelen exigir que los jugadores “suden la camiseta”. Por lo general se considera que un jugador malo suda poco o no suda nada. La excesiva transpiración, que en otras actividades humanas sería indeseable, una señal de mala salud, es vista en el fútbol como una muestra de ética profesional.&lt;br /&gt;Pero esa copiosa sudoración debe confinarse a la parte superior del atleta, si quiere ser admirado. Pues si hubiera alguno que, en lugar de sudar la camiseta, sudase el pantalón, no merecería ya los mismos elogios y quizá sería víctima de reproches y suspicacias. No se recuerda a nadie pidiéndole a un jugador que sude más el pantalón. Se dice que los futbolistas juegan “por amor a la camiseta”, pero acabado el juego, cambian de camiseta con los rivales. Es un amor efímero e intercambiable. Un partido dura noventa minutos. Nunca dura una hora y media. Dura noventa minutos, que no es lo mismo. Un futbolista virtuoso es “un poeta”, nunca un narrador.&lt;br /&gt;A un jugador alto se le pide que “vaya bien por arriba”, pero a uno bajo no se le pide que “vaya bien por abajo”. Cuando alguien simula estar golpeado y exagera cierto dolor para ganar tiempo, se dice que “está haciendo teatro”, nunca que está haciendo cine o televisión, a pesar de que muchas veces está actuando en televisión.&lt;br /&gt;En el fútbol, las cosas no ocurren, no suceden, no se ejecutan, no se cumplen: las cosas “se dan”. Cuando un equipo gana, “se dieron” las cosas. Cuando pierde, “no se dieron”. Se ignora quién da las cosas y por qué las da o deja de dar. A eso se le llama “la magia del fútbol”.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-4508081044022559126?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/4508081044022559126/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=4508081044022559126' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/4508081044022559126'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/4508081044022559126'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2007/09/las-leyes-del-ftbol-2008.html' title=':: Las leyes del fútbol (20/08)'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-1478401772474160239</id><published>2007-09-11T16:50:00.000-05:00</published><updated>2007-09-11T16:51:33.472-05:00</updated><title type='text'>:: Dinero (13/08)</title><content type='html'>Cuando era niño, robaba dinero de la billetera de mi padre, mientras él se duchaba. No lo hacía porque necesitase el dinero (aunque tampoco venía mal para comprarme dulces, bebidas y helados en el quiosco del colegio).&lt;br /&gt;Robaba por puro placer. Nunca me pilló, nunca me dijo que le faltaba dinero, nunca sospechó de mí (o, si lo hizo, no me lo dijo). Cuando llegábamos al colegio, después de un viaje largo y enredado por carretera, que duraba una hora o poco más, sacaba su billetera si estaba de buen humor y me daba dinero por si me pasaba algo malo.&lt;br /&gt;“Es un fondo de emergencia”, decía. Yo me sentía mal porque ya tenía escondido en las medias el billete que le había robado.&lt;br /&gt;Mi padre no era un hombre rico pero vivía como si lo fuera porque así lo habían acostumbrado desde niño sus padres, que tenían mucho dinero gracias a su habilidad para los negocios y una disciplina de hierro.&lt;br /&gt;Vivíamos en una mansión de película en las afueras de la ciudad, una casa de jardines interminables sobre diez mil metros cuadrados, que mi padre no había comprado, pues le fue regalada por su padre. Antes habíamos vivido en un departamento frente al club de golf, que mi abuelo también le regaló. Cuando me preguntaban en el colegio a qué se dedicaba mi padre, yo decía: “Es gerente”.&lt;br /&gt;Lo decía porque esa palabra sonaba bien y porque era verdad. Fue gerente de una compañía de autos norteamericana, la General Motors, hasta que la compañía decidió irse del Perú y él, ya con muchos hijos, decidió quedarse. Fue gerente de un banco; de una compañía sueca de autos, la Volvo; de una fábrica de explosivos; y de un club hípico, el Jockey.&lt;br /&gt;Ya enfermo de cáncer, trabajó en una compañía minera gracias a la generosidad de su cuñado, un hombre de inmensa fortuna que tuvo la nobleza de ayudarlo en aquellos momentos difíciles, a pesar de que en otros tiempos habían tenido ciertos desencuentros. No siendo mi padre un hombre de espíritu empresarial, pues tal vez carecía de confianza en sí mismo para correr riesgos y fundar un negocio propio, era honrado, disciplinado y laborioso, virtudes que sus jefes no tardaban en reconocer, y contaba con un apellido de prestigio en el mundo de los negocios, que le había sido legado por su padre, que se llamaba como él y era muy respetado por los banqueros y empresarios de la ciudad.&lt;br /&gt;Al morir su padre, no pudo recibir, como hubiera querido, la parte de la herencia que le correspondía. Tuvo que esperar a que su madre, una mujer bondadosa, que lo quería mucho, muriese también. Recién entonces pudo heredar el dinero que necesitaba para sentirse más tranquilo y no tener que ir a trabajar todas las mañanas como gerente de alguien. Nadie esperó que hiciera lo que hizo: dividió la mitad de su herencia en diez partes iguales, la repartió entre sus diez hijos y anunció que seguiría trabajando como gerente porque no quería quedarse todo el día en la casa, aburrido de no hacer nada.&lt;br /&gt;Sus hijos, sorprendidos, recibimos ese dinero como “adelanto de herencia”, así lo llamó mi padre.&lt;br /&gt;En aquel momento yo vivía en Washington, estaba escribiendo mi primera novela y no quería saber nada de mi padre, no contestaba sus llamadas, estaba furioso con él. Sin embargo, depositó en mi cuenta bancaria la parte de la herencia anticipada que había decidido regalarme. No le agradecí. Algún tiempo después, mi novela salió publicada.&lt;br /&gt;Gracias al dinero que me regaló mi padre, pude terminar de escribirla. Irónicamente, él fue uno de los principales damnificados de la novela, pues uno de los personajes se le parecía mucho. Sin leerla, me había pedido que no la publicase. Sabía que sería un escándalo que él quería ahorrarle a la familia. Quería salvar el prestigio del apellido que yo estaba a punto de mancillar.&lt;br /&gt;Cuando, para mi sorpresa, la novela se convirtió en un éxito de ventas en España y empecé a recibir las regalías, decidí devolverle el dinero que me había dado como herencia. De paso por Lima, lo envié a su casa, con una nota que decía: “Creo que no merezco quedarme con esta plata. Es tuya”.&lt;br /&gt;No me agradeció. Nunca me dijo una palabra sobre eso. Años más tarde, mi padre fue acusado, como gerente del Jockey Club, de firmar unas facturas sobrevaluadas. Lo enjuiciaron. Negó que hubiera hecho algo indebido. Dijo que se limitó a firmar los papeles que le pidieron que firmase y que nunca obtuvo un beneficio ilícito a cambio de eso. Enterado de sus dificultades, lo llamé y le ofrecí la ayuda de mi abogado, un amigo muy querido. Nos reunimos con varios abogados, ante los cuales mi padre tuvo que pasar por el trance bochornoso de explicar, sentado a mi lado, los enredos de las facturas sospechosas, y finalmente decidió contratar los servicios de mi amigo.&lt;br /&gt;Le dije que yo pagaría los honorarios de su abogado, durase lo que durase su defensa legal. Me agradeció, conmovido. No nos abrazamos. Nunca nos abrazamos. Pero quizá en ese momento estuvimos cerca de abrazarnos. El juicio fue largo y lleno de ramificaciones complicadas.&lt;br /&gt;Al final, gracias a la astucia de su abogado, mi padre fue absuelto de todos los cargos. Fue un gran triunfo para él. Me sentí en parte responsable de esa victoria.&lt;br /&gt;Ya no recuerdo cuál fue la naturaleza del escándalo que volvió a distanciarnos, pero probablemente tuvo que ver con mi renuencia a esconder o disimular mi bisexualidad, un tema que le incomodaba y del que prefería no hablar (quizá porque sentía que yo no era tal cosa y hacía alarde de ella para humillarlo). Lo cierto es que, tras largo tiempo sin hablarnos, me escribió un correo electrónico contándome que había vendido la mansión campestre de mi infancia y preguntándome si quería que me devolviese el dinero que le había pagado a su abogado por prestarle esos valiosos servicios.&lt;br /&gt;Debí decirle que ese dinero había sido una contribución desinteresada y que no tenía que devolverme nada. Pero, como estaba ofuscado con él, le escribí diciéndole que me parecía justo que me devolviese la mitad de lo que le había pagado a su abogado y que debía entregarle esa suma a la madre de mis hijas.&lt;br /&gt;A los pocos días, me escribió diciéndome que mi madre no estaba de acuerdo con lo que yo había pedido, pues ella pensaba que los honorarios del abogado no habían sido un préstamo sino una contribución generosa de mi parte y por lo tanto no cabía que me devolvieran nada. Aunque no me lo dijo (y eché de menos que lo dijera), pareció que él estaba de acuerdo con ella. Desde entonces, y hasta los días previos a su muerte, dejamos de hablarnos.&lt;br /&gt;Ahora creo que fue una mezquindad pedirle que le diese a mi ex esposa la mitad de lo que yo le había pagado a su abogado. No necesitaba ese dinero, como no lo necesitaba cuando lo sacaba de su billetera. Sólo quería que, en ese largo forcejeo de orgullos y vanidades que fue nuestra historia, él, por una vez, cediera ante mí.&lt;br /&gt;Tres días antes de morir, en la cama de una clínica, mi padre pidió un helado. Bajé a comprárselo y lo llevé a su cama. Mientras lo saboreaba lentamente, me miró con cariño y me preguntó: “¿Te debo algo?”. No me debía nada, por supuesto. Era yo quien le debía el abrazo que nunca pude darle.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-1478401772474160239?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/1478401772474160239/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=1478401772474160239' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/1478401772474160239'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/1478401772474160239'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2007/09/dinero-1308.html' title=':: Dinero (13/08)'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-3375258996220593091</id><published>2007-09-11T16:42:00.000-05:00</published><updated>2007-09-11T16:43:18.211-05:00</updated><title type='text'>:: Extrañas formas de sabiduría (06/08)</title><content type='html'>Vuelvo a Buenos Aires después de cinco semanas. Los diarios anuncian días helados. No me preocupa demasiado. Al pie de la cama tengo una estufa portátil que sopla aire caliente (robada de un hotel chileno y a la que llamo “soplapollas”), que es como mi mascota y me previene de resfriarme. Le digo al chofer que me lleve a San Isidro, pero no por la general Paz, que a esa hora, las ocho de la mañana, suele ser un enredo intransitable, sino por una ruta alternativa, Gaona y Camino del Buen Ayre. El chofer me dice que me costará veinte pesos más. Le digo que no importa y que acelere. Me dice que nos pueden tomar una foto y multarnos. Le digo que en ese caso pagaré la multa. Salvo el cansancio, nada me exige llegar pronto a casa. Pero llevo la prisa del viajero frecuente, que, sin pensarlo, impulsado por una antigua costumbre, quiere ser el primero en salir del avión, pasar los controles, subir al taxi y llegar a casa, como si fuese una competencia con los demás pasajeros o con uno mismo, como si quisiera batir una marca personal. Después, al llegar a casa, desaparece esa inexplicable premura, esa urgencia ciega, y puedo pasar una hora frente a la computadora, leyendo diarios y correos que tal vez no debería leer. Duermo pocas horas. Sueño con celebridades. Es una extraña y alarmante costumbre la de soñar con celebridades. Al despertar, llamo al restaurante alemán, digo que estaré allí en quince minutos y pido la comida. De todos los restaurantes que he visitado, es el que más feliz me ha hecho. Se llama “Charlie’s Fondue”. Está en Libertador y Alem. Cuando estoy en San Isidro, almuerzo allí todos los días, y a veces también voy a cenar. Después de almorzar, voy a cortarme el pelo con Walter. Atiende en “Walter Pariz”, con zeta, en la calle Martín y Omar, casi esquina con Rivadavia. Me hice su cliente en otra peluquería, pero tuvo el valor de abrir su propio negocio y no dudé en acompañarlo. Es un joven amable y emprendedor. Me habla de su hija, me muestra fotos de ella. Me habla de San Lorenzo, su otra pasión. Me corta el pelo mejor que ningún peluquero de Miami o Nueva York. Me cobra doce pesos, veinte incluyendo la propina. Le digo que nos veremos en tres semanas, cuando regrese al barrio. Paso por la clínica San Lucas. Me acompaña Martín, mi amigo más querido. Su hermana Candy sigue enferma, batallando contra un cáncer que no cede. Entramos a la habitación. Sus padres me saludan con cariño. Candy está muy delgada. Tiene un calefactor encendido a su lado, en la cama. Me impresiona su lucidez. Hablamos de viajes, del que hizo a Río con Martín, a Sudáfrica con su hermana, del que su padre hizo a Londres. La televisión está prendida en un programa de chismes. De pronto, se queja de estar así, postrada y entubada en un sanatorio, con sondas y sueros y toda clase de dolores y molestias inenarrables por los que una mujer de su edad, apenas treinta años, no debería pasar. Sin quebrarse ni compadecerse de su propia suerte, con una firmeza y un coraje admirables, dice: “Quiero que me saquen todo esto y me dejen volver a casa. Si me voy a morir, prefiero morirme antes. No tiene sentido vivir así, para que puedan venir a visitarme”. Se hace un silencio. Nadie sabe qué decir. Yo la admiro sin reservas. Al despedirme, le doy un beso y le digo que la quiero mucho. Es muy difícil creer en Dios cuando el destino embosca a una mujer tan joven y se ensaña con ella. Los días siguientes grabo mis entrevistas de televisión. No deja de ser una ironía que aparezcan en un programa de modas y glamour, dos asuntos que desconozco por completo. Voy con la misma ropa todos los días, el mismo traje, la misma corbata, los mismos zapatos viejos de liquidación. Llevo tres pares de medias, por el frío, que no da tregua. Lo que más me gusta de ir a la televisión es conversar con las señoras de maquillaje. Son tres y poseen extrañas formas de sabiduría, además de un número no menor de chismes. Me cuentan el más reciente: una diva, harta de esperar a una actriz joven, que demoró una hora en llegar a las grabaciones, entró al cuarto de maquillaje, le gritó a la actriz: “¡Sos una negra culosucio!” y la abofeteó. Ellas, que presenciaron la escena, le dan la razón a la diva. Lo que menos me gusta de ir a la televisión es que me maquillen con esas esponjas sucias, trajinadas, olorosas, impregnadas de cientos de rostros célebres y ajados, bellos y estirados, falsos y admirados. Me digo en silencio que en mi próximo viaje llevaré mis propias esponjas, pues parece riesgoso que a uno le pasen por la cara tantas horas de televisión, tantas partículas diminutas de tantos egos colosales que terminan confundidas en mi cara de tonto, junto con la base, el polvo y la sonrisa más o menos impostada. Pero los mejores momentos no son los que ocurren en la televisión sino en mi barrio de San Isidro, por el que, a pesar del frío y una llovizna persistente, me gusta caminar sin saber adónde ir, dejando que me sorprenda el azar. Voy al almacén de la esquina a comprar cosas que no necesito, sólo para conversar con las chicas empeñosas que allí atienden. Paso por la tienda de discos a comprar discos que no voy a escuchar, sólo para hablar con los chicos suaves que me saludan con cariño. Entro a la tienda de medias polares y me quejo del frío y me llevo varios pares más, deben de pensar que voy a esquiar. Compro champús franceses, sólo para darme el placer de preguntarle a la señora francesa muy mayor, que no para de fumar, qué champú le vendría mejor a mi tipo de pelo, y ella da una bocanada, echa humo, tose, pierde felizmente un poco de vida, me toca el pelo grasoso y recomienda el Kérastase gris, que es el que peor me va, pero el que me llevo obediente, porque me encanta que me toque el pelo con sus viejas, viejísimas manos. Me detengo en el negocio de computadoras y me siento a imprimir unos cuentos innecesarios, prescindibles, sólo porque quiero mirar a, y conversar con, el chico tan lindo, tan abusiva e inquietantemente lindo, que despacha tras el mostrador. Estos son los momentos caprichosos y felices que, cuando me voy de Buenos Aires, echo de menos, sin contar, por supuesto, los otros, los que paso con Martín, que espero que no lea esta crónica y se entere de la verdadera razón por la que cada tarde tengo algo urgente que imprimir en el negocio de las computadoras de la calle Martín y Omar. De madrugada, todavía a oscuras, subo al taxi, rumbo al aeropuerto. El chofer me cuenta que tiene diez hijos pequeños y hace poco nació uno más, todos con la misma mujer. Le digo que debe de ser muy lindo tener una familia tan numerosa.&lt;br /&gt;Me dice: “No. No es lindo. Pasa que llego a casa tan cansado, a las siete de la mañana, que siempre me olvido de ponerme forro”. Nos reímos. Hay en su risa enloquecida una extraña forma de sabiduría. Sólo en Buenos Aires uno encuentra gente así. P&lt;br /&gt;or eso quiero irme a vivir a esa ciudad.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-3375258996220593091?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/3375258996220593091/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=3375258996220593091' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/3375258996220593091'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/3375258996220593091'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2007/09/extraas-formas-de-sabidura-0608.html' title=':: Extrañas formas de sabiduría (06/08)'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-2427547270119253966</id><published>2007-09-11T16:41:00.000-05:00</published><updated>2007-09-11T16:42:34.664-05:00</updated><title type='text'>:: La feliz quietud del verano (30/07)</title><content type='html'>Tres semanas con mis hijas en el verano de Miami, sin viajes ni programas de televisión en la agenda, sin empleadas que las sirvan ni familiares que las amonesten, sin horarios ni obligaciones de ningún tipo, son una promesa segura de ocio feliz para mí, no sé si para ellas también.&lt;br /&gt;Debo dar gracias a quien corresponda por el hecho afortunado de que las niñas heredasen de mis genes, y no de los de su madre, que es una mujer hacendosa y emprendedora, una cierta disposición natural a la vagancia, a asociar el placer con el ocio, la felicidad con la vida sedentaria y la pereza con la virtud.&lt;br /&gt;No por eso dejamos de hacer un número de planes antes de llegar a la casa en Miami, pero, como no tardaría en manifestarse nuestro espíritu haragán y una severa fatiga crónica que al parecer viene desde muy lejos, presumo que desde mis bisabuelos irlandeses que llegaron embriagados o extraviados a las costas peruanas, esos planes no pudieron hacerse realidad, porque para ello hacían falta una energía y una laboriosidad de las que carecíamos por completo.&lt;br /&gt;Dijimos que iríamos a Washington a visitar los museos, los parques, el hospital donde nació mi hija mayor, las casas donde vivimos, pero les dije que no debíamos correr tan alto riesgo porque en las noticias de la televisión habían advertido que los terroristas estaban tramando un nuevo atentado y parecía imprudente, casi suicida, subirnos a un avión o acercarnos a un aeropuerto. Dijimos que iríamos un fin de semana a los parques de diversiones de Orlando, pero les dije que en julio hace tanto calor que la gente se desmaya, y las filas de gente esperando los juegos son tan largas que los que no se desmayan por el calor lo hacen por esperar horas de pie, y los que sobreviven al calor y a las filas y consiguen entrar a los juegos a menudo se desmayan o incluso mueren de asfixia, vértigo, taquicardia o ataques de pánico, según pude leer en los periódicos, que contaban que alguien murió en la montaña rusa y alguien más en la casa del terror, con lo cual mis hijas entendieron que era casi una certeza estadística que, si cometíamos la terrible imprudencia de visitar los juegos de Disney, uno de los tres no regresaría vivo. Dijimos que iríamos a un parque acuático al norte de la ciudad, pero les dije que ese parque había sido clausurado porque muchos niños, incontables niños murieron ahogados allí. Nunca supe de qué parque hablaban mis hijas ni dónde quedaba, pero les conté tantas historias truculentas que perdieron todo interés en deslizarse por los toboganes gigantes y jugar con las olas artificiales.&lt;br /&gt; Dijimos que iríamos al gimnasio todas las tardes, un gimnasio en el que estoy inscrito y por cuyo uso he pagado un año entero, pero no fuimos una sola tarde porque podía llover y no teníamos paraguas y además había demasiados mosquitos que podían picarnos en el camino. Dijimos que saldríamos a montar bicicleta, pero las cuatro bicicletas tenían las llantas desinfladas y les dije que era demasiado esfuerzo llevarlas al grifo, pues no cabían todas en la camioneta y había que llevarlas en varios viajes, una idea que me resultaba extenuante, de modo que las bicicletas quedaron tiradas, con las llantas bajas y las cadenas oxidadas. Dijeron que verían a sus amigas que también estaban de vacaciones en la ciudad, pero yo dejaba el teléfono desconectado sin que ellas se enterasen y así nunca sonaba el teléfono y nadie las invitaba a ninguna parte y ellas no entendían por qué se habían vuelto tan impopulares y yo les decía que la vida es así, un desengaño tras otro, y que ninguna amistad dura para siempre. Dijimos que iríamos a la playa, pero yo les decía que era más seguro quedarnos en la piscina de la casa, porque no hacía mucho una raya clavó su aguijón venenoso en los pies de un amigo que estaba metiéndose en el mar de la isla donde vivimos, y ellas recordaban que el último verano en el que fuimos a la playa nos encontramos nadando a pocos metros de un manatí y salimos corriendo aterrados, así que nos convencimos de que era mejor refrescarnos en la piscina de la casa y enterarnos de la fascinante vida marina viendo los documentales de la televisión. Dijimos que saldríamos a pasear en un yate alquilado, pero les dije que, debido al vertiginoso aumento del precio de los combustibles, nos costaría una fortuna, así que ellas salieron a pasear en el yate de sus tíos, quienes, por suerte, muy generosos, pagaron la travesía, lo que multiplicó mi cariño por ellos, del que aquí quiero dejar constancia.&lt;br /&gt;Puede decirse entonces, sin exagerar, que no hicimos ninguna de las actividades o excursiones que habíamos planeado, que la prudencia y la pereza conspiraron contra todos los eventos familiares que imaginamos antes de viajar.&lt;br /&gt;Pero reconocer que aquellos planes quedaron en palabras y no se ejecutaron, ni siquiera uno solo, no nos entristeció: al contrario, nos confirmó que fueron unas vacaciones completamente inútiles y, al mismo tiempo, o por eso mismo, completamente felices. Sería atropellado e inexacto saltar a la conclusión de que mis hijas y yo no hicimos nada memorable en las tres semanas que pasamos juntos. Es verdad que todos nuestros planes fueron desechados, pero no es menos cierto que, dadas las circunstancias, supimos improvisar, apegándonos siempre a dos leyes básicas del haragán sin culpa: no te agites y respeta la rutina. Lo que ahora mismo, al final del verano familiar, recuerdo con más orgullo, porque me confirma que no se puede conseguir nada sin una cierta disciplina, es el ahínco o tesón adolescente que depositaron mis hijas en la empresa común de dormir todos los días hasta las dos de la tarde como mínimo, lo que nos permitía levantarnos tan embriagados o dopados de sueño que, luego de un breve desayuno, volvíamos a la cama a descansar del cansancio de haber dormido tanto. T&lt;br /&gt;ambién me emociona recordar lo mucho que disfrutamos viendo todas las noches, desde las once y media hasta la una y media, los programas de David Letterman y Craig Ferguson, y el modo descarado en que mis hijas se rieron comparando esos programas estupendos con los esperpentos que hago en televisión. No puedo olvidar la alegría que sentíamos mientras nos burlábamos, criticábamos o imitábamos a nuestros parientes, la euforia que me provocaba arrojarle piedras o agua con cloro al gato del vecino y la gratificante sensación del deber cumplido que nos invadía al ver los libros del colegio que debían leer y no habían leído ni pensaban leer porque ya me encargaría de leerlos por ellas. Como buen padre, me ocupé de cocinar para ellas, procurándoles una dieta balanceada, consistente en leche con cereales de desayuno, pan con jamón y queso de almuerzo, y pan con queso y jamón de cena, acompañados de coca cola, todo en platos y vasos de plástico desechables para no tener que lavar la vajilla.&lt;br /&gt;Eso nos permitió mantener un sano equilibrio entre proteínas, carbohidratos y lácteos. Si me preguntasen qué podrían haber aprendido mis hijas en estas semanas de vacaciones, no dudaría en decir un puñado de cosas: que si duermen hasta tarde los días suelen ser más placenteros, que mis programas de televisión son una desgracia, que Craig Ferguson es más divertido que Letterman, que el pan con jamón y queso no facilita la digestión y que la felicidad a veces consiste en inventarse un buen pretexto para no salir de casa, ni siquiera a la piscina. No es poco.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-2427547270119253966?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/2427547270119253966/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=2427547270119253966' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/2427547270119253966'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/2427547270119253966'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2007/09/la-feliz-quietud-del-verano-3007.html' title=':: La feliz quietud del verano (30/07)'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-2644610193845011357</id><published>2007-09-11T16:40:00.002-05:00</published><updated>2007-09-11T16:41:24.430-05:00</updated><title type='text'>:: Vergüenza (23/07)</title><content type='html'>Estoy sentado en el inodoro. Mi suegra abre la puerta del baño. No sé qué clase de sonrisa resulta apropiada para esa circunstancia. He cumplido treinta y cinco años. He dado una gran fiesta. Amanece. Mi ex esposa y yo terminamos en su cama. Hemos bebido mucho. Queremos hacer el amor. No puedo. No se me pone dura. Releo mi segunda novela, Fue ayer y no me acuerdo. Releo ciertas páginas de La mujer de mi hermano. Releo algunos poemas de Aquí no hay poesía. Vuelvo a Washington. Paso por la clínica donde quise que ella abortase. Recuerdo las cosas terribles que le dije. Recuerdo que le prometí llevarla de viaje si se deshacía del bebé. Recuerdo todo lo que la hice llorar. Veo a mi hija sonriendo. No olvido que existe a pesar de mí. Estoy entrevistando a algún famoso en televisión. Estoy resfriado. He tomado un jarabe expectorante. Hablo con dificultad. Me arde la garganta. Toso. No puedo evitarlo. Una flema sale disparada y cae sobre la mesa. Todos la hemos visto. El famoso también la ha visto. No me dice nada al respecto, pero sé que no volverá al programa. Mi amiga le miente a su esposo y viene a verme a escondidas. Me trae chocolates rellenos de dulce de guayaba. Subimos a mi cuarto. Es bella. Es deliciosa. Es adorable. Pero no puedo. No se me pone dura. No hay disculpas que valgan. Estoy en el banco, sacando dinero del cajero automático. Siento la urgencia de soltar una discreta ventosidad. Calculo que no producirá ruido alguno. Calculo mal. Lanzo una flatulencia escandalosa. Todo el mundo me mira, me reconoce, se sorprende de mi vulgaridad. No sé qué clase de sonrisa resulta apropiada para esa circunstancia. Tengo dieciocho años. Salgo todas las noches en televisión. Entrevisto a un escritor famoso. Trato de decir la palabra “recóndito”. Supongo que quiero impresionarlo. Me enredo. Me trabo. La digo mal tres veces. Tartamudeo. Nunca más la digo en televisión ni fuera de ella. La empleada de mis hijas me pregunta si soy del otro equipo, si de verdad me gusta besar hombres. No sé qué responderle. Una amiga me muestra su espalda. Tiene un tatuaje con mi nombre. Te vas a arrepentir, le digo. Estoy entrevistando a un músico famoso. El músico se acomoda y dispara una sucesión de pedos bulliciosos. Apesta. No le digo nada. Me distraigo. No sé qué preguntarle. Llego al aeropuerto. Le pido al maletero que me ayude. Me dice que no es maletero, que es capitán de un avión, fumando un cigarro. Salgo a cenar con una amiga muy linda. Bebemos vino. Le digo que esa tarde tuve un sueño erótico con ella. Es verdad. He soñado que hacíamos el amor. Ella se incomoda. Me dice que no le gusto, que sólo podemos ser amigos. Me invitan a un programa de televisión. La anfitriona me pregunta cuántos pares de medias llevo puestos. No espera mi respuesta. Me levanta bruscamente el pantalón y las cuenta. Son tres pares de medias. Se me ven las piernas velludas. El público en el estudio se ríe. Estoy con mis hijas en el supermercado. Al llegar a la caja, ven un tabloide que ha publicado mi foto en portada y un titular que dice: ¡Soy una hembra! Estoy con mis hijas en el auto. Se acerca un vendedor de periódicos. Nos muestra uno que ha publicado mi foto en portada y un titular que dice: ¡Cabrazo! Un televidente me manda un correo electrónico con la copia de la multa que pagué en la corte por robar corbatas en una tienda de lujo cuando tenía veinte años. Veo mis viejos programas de televisión. Veo Qué hay de nuevo. Veo La noche es virgen. Me repele ese sujeto que soy yo y que ahora me resulta un extraño. No entiendo por qué habla tan atropelladamente, por qué trata de ser gracioso de ese modo tan obviamente falso. Estoy en una fiesta. Tengo veinte años. Me ha invitado la hermana de un amigo. Es su fiesta de promoción. He tomado mucha cocaína. Estoy muy duro. Traen la comida. No puedo comer. Ella me lleva a bailar. Tampoco puedo bailar. Me quedo parado, sin poder moverme. Estoy besando a una chica en mi auto. Estamos en la puerta de su casa. Llega su padre. Nos ve. Mi amante trata de poseerme. No se le pone dura. No puede hacerme el amor. Pero me ama. O al menos dice que me ama. Acaba de salir mi primera novela. Es un escándalo. Escapo de la ciudad. Subo a un avión. Reparten gratuitamente cierta revista. En la portada aparece mi foto en traje de baño con un titular que dice: Bisexualidad. Me veo con el torso desnudo, multiplicado en decenas de revistas abiertas. Quiero bajar del avión. Ya es tarde. Una amiga me invita en su avión privado. Le pregunto si puedo llevar champú o si me lo van a quitar en el aeropuerto. Ella se ríe. Mi hija escribe el nombre de su padre en google. Ya no hay más secretos. Mi padre me mira sonriendo desde el retrato que me regalaron cuando murió. Doy vuelta al retrato. No puedo mirarlo a los ojos. Me despiden de un canal de televisión. Me dicen que me pagarán lo que falta para terminar el contrato a condición de que no haga más televisión con ellos. Prefieren pagarme para que no trabaje. Mi amante lee mis correos electrónicos. Descubre mis mentiras. Mi esposa encuentra un calzoncillo de mi amante. Me pregunta de quién es. Leo las viejas columnas que escribía cuando tenía dieciocho años en el periódico que quebró. Releo la advertencia en mi primera novela, No se lo digas a nadie: Las historias que aquí se narran sólo ocurrieron en la imaginación del autor. Releo la dedicatoria de Los amigos que perdí: A mi padre, el amigo que no perdí. Releo el final de El huracán lleva tu nombre: mi amante me promete que me enseñará a patinar, algún día me gustaría patinar con mi hija. Mi amante y yo estamos desnudos en la piscina. Llegan el jardinero y su asistente, que entran por la puerta lateral, sin avisar. Nos ven. Se ríen. La empleada de mis hijas y yo estamos viendo televisión en la cocina. Pasan las imágenes en cámara lenta del beso que le di a un amigo en la televisión española. Ella se tapa la boca, horrorizada. Usted se pasa, joven, me dice. Le dan un premio a una de mis novelas. La noche de la premiación, un miembro del jurado dice que no merezco el premio, que la novela es muy mala. Después leo sus novelas. Me parecen muy buenas. Estoy cenando con mis padres y mis hermanos, celebrando mis treinta y cinco años. Me piden que diga unas palabras. Les pido perdón a mis padres por ser quien soy, por no haber podido ser quien ellos quisieron que fuese. Envío el manuscrito de mi primera novela a tres editoriales españolas. Una de ellas me manda una carta diciéndome que la novela no merece ser publicada, que no tengo madera de escritor. Mi hija me baja el pantalón en una tienda de alquiler de películas. No llevo calzoncillos. Entrevisto a un político muy famoso. Antes me reúno a solas con él. Le adelanto algunas de las preguntas. Veo las películas basadas en mis novelas. Releo cualquier página que he publicado. Veo los programas de antes. No entiendo el origen de esas muecas raras, el constante jugueteo con la lengua, esa voz tan aguda y falsa. Miro mis fotos viejas. Me miro desnudo en el espejo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-2644610193845011357?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/2644610193845011357/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=2644610193845011357' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/2644610193845011357'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/2644610193845011357'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2007/09/vergenza-2307.html' title=':: Vergüenza (23/07)'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-5180870283006122986</id><published>2007-09-11T16:40:00.001-05:00</published><updated>2007-09-11T16:40:50.881-05:00</updated><title type='text'>:: El chico de sus sueños (16/07)</title><content type='html'>En julio y agosto, todo el que puede se va de Miami. Para Joaquín y sus hijas, que están de vacaciones en esa ciudad, es una buena razón para quedarse. Martín, el amante de Joaquín, ha llegado de visita. Es un viaje breve, porque su hermana está muy enferma. Volverá en una semana a Buenos Aires para acompañarla en su cumpleaños. Joaquín, sus hijas y Martín van a una tienda de ropa. Una de las niñas dice, al llegar: -La última vez que vinimos acá fue con Manuel. No se da cuenta de que ha dicho algo que tendrá unas consecuencias devastadoras sobre el ánimo de Martín. Tendría que haber recordado lo que su padre le ha contado: que Martín y Manuel se detestan, que Martín odia que Joaquín vea a Manuel. Joaquín le había prometido a Martín que no vería más a Manuel, pero ahora Martín se ha enterado de que no hace mucho salieron de compras con Manuel, y se siente traicionado, siente que Joaquín es un mentiroso, que no puede confiar en él. Martín le pregunta si es verdad lo que ha dicho la niña, que hace poco fueron a esa tienda con Manuel, y Joaquín, mientras sus hijas miran ropa con aire distraído, se resigna a decir la verdad: -Sí, vinimos con Manuel cuando estabas en Buenos Aires. -¿Y por qué no me lo contaste? -pregunta Martín. -Porque tú odias a Manuel y no quería tener una pelea contigo -se defiende Joaquín. -Me mentiste -dice Martín-. Me dijiste que no verías más a Manuel. -No puedes prohibirme que vea a un amigo al que aprecio -dice Joaquín-. No tiene sentido que odies a Manuel. No te ha hecho nada malo. -Manuel me odia. Te habló mal de mi libro. Me tiene celos. Le gustaría ser tu chico, por eso me odia. -No puedes estar seguro de eso. -Estoy seguro. Es obvio que ese tipo está obsesionado con vos. Es tu stalker. ¿No te das cuenta de que quiere que nos peleemos para que él pueda ocupar mi lugar? -Eso es imposible, y él lo sabe. Yo lo conocí mucho antes de conocerte y nunca pasó nada entre nosotros y le dije que sólo podíamos ser amigos, que no me gustaba. -Ya no sé si creerte, Joaquín. Mentís tanto que ya no sé si creerte. -No te mentí. No te conté que salimos con Manuel para no lastimarte. Pero no decir algo no equivale a mentir. -Pero me dijiste que no verías más a Manuel. Sabés que ese pibe me odia y no te importa verlo. Si de verdad me quisieras, no saldrías con un tipo que habla mal de mí. -A mí nunca me habla mal de ti. -Pero vos sabés que cuando publiqué mi libro mandó un montón de mails a la editorial hablando mal de mí. -No puedes estar seguro de eso. -Era un colombiano. ¿Quién más va a ser? ¡Era Manuel! -Eres un perseguido. -Da igual. Ya me cansé de tus mentiras. No sé para qué vine. Quedate con tu Manuel. Yo me vuelvo a Buenos Aires mañana. Esa noche, Martín llama a la línea aérea y adelanta la fecha de su viaje de regreso. Joaquín le pide que no se vaya, que no haga esa locura. Le explica que no hizo nada contra él, que sólo vio a Manuel y no se lo contó, pero Martín está dolido, siente que Joaquín es un mentiroso, que es desleal, que es capaz de ser amigo de personas que lo detestan, como Manuel, como Andrea, la chica que se hizo un tatuaje en la espalda con el nombre de Joaquín. -Yo jamás podría ser amigo de alguien que te odia -le dice-. Y vos sabés que Manuel y Andrea me odian. Y te chupa un huevo. Y seguís viéndolos igual. Y te escriben tres mails diarios. Y les escribís otros tres mails diarios. Y te dicen que te quieren, que te aman. Y les decís que los querés, que los amás. Y los ves a escondidas. Y me decís que sólo son tus amigos, pero contigo nunca se sabe, Joaquín. -Te prometo que no veré más a Manuel ni a Andrea -dice Joaquín-. Pero por favor no te vayas mañana. No tiene sentido pelearnos por algo tan ridículo. No me has encontrado en la cama con Manuel. Joaquín y Manuel se conocieron en una farmacia de Miami Beach, hace diez años. Joaquín no conocía a Martín, no se había enamorado de él. Joaquín y Manuel nunca fueron amantes, sólo amigos de verse ocasionalmente. Joaquín hizo que Martín y Manuel se conocieran en un restaurante de Miami, hace cinco años. Se reunieron pocas veces más. Fue evidente desde el principio que Manuel y Martín no se entendían, no se veían con simpatía, se rechazaban naturalmente. Siempre que hablaban de él, Martín le decía a Joaquín: -Ese pibe es un nabo atómico. No sé qué hace viviendo solo en Miami. Debería volver a Bogotá y conseguirse un novio. Pero ahora Manuel se ha convertido en una causa de guerra para Martín, en la razón para irse bruscamente de regreso a Buenos Aires, en el fantasma que agita sus propias dudas y temores sobre la conveniencia de seguir con Joaquín, ese hombre mayor, gordo, cansado, predecible, aburrido, ensimismado, que se pasa los días tirado en la cama, durmiendo, tratando de dormir, hablando de lo mal que ha dormido, de lo bien que dormía antes de conocerlo. -Todo esto me pasa por ser demasiado bueno -le dice Joaquín, exhausto, con dolor de cabeza, a las tres de la mañana, mientras sus hijas duermen y él piensa si debe tomar el Alplax de 0.25 para asegurarse siete horas de sueño sin interrupciones-. Debería pasar mis vacaciones sólo con mis hijas. -Por eso me voy mañana -dice Martín-. Para no ser un estorbo en tu vida familiar. A la mañana siguiente, todos han dormido bien. Es un milagro. Joaquín lo atribuye a su laboriosidad: bloqueó las salidas del aire acondicionado en su cuarto y su baño, pegando una servilleta de tela y una lámina de papel platino con cinta adhesiva, de modo que los cuartos de las niñas y Martín se mantuviesen fríos, como a ellos les gusta, pero el suyo, calentito, como él necesita para no dormir tan mal. Joaquín abraza a Martín, lo besa en la mejilla, le pide perdón, le dice que lo ama, que es el chico de sus sueños, que por favor no se vaya. Martín tiene las maletas hechas, dice que tiene que irse a la noche. Pero Joaquín lo convence de ir a almorzar al restaurante mexicano que tanto les gusta. Comen fajitas, quesadillas. Toman cerveza Corona. Se emborrachan levemente. Se miran sonriendo. Se perdonan en silencio. Van luego a comer helados. Martín se ríe, borracho y feliz, con sus bermudas holgadas y sus sandalias de jebe y su camiseta sin mangas que muestra los brazos bien trabajados en el gimnasio, y Joaquín siente que nunca ha amado ni amará a nadie como ama a ese chico alto, flaco, frívolo, depresivo, callado y caprichoso, ese chico que algunas señoras confunden con su hijo y al que de ninguna manera dejará ir esa noche al aeropuerto, aunque tenga que pedirle perdón y prometer que nunca más verá a Manuel ni a Andrea ni a nadie que él, Martincito lindo, el chico de sus sueños, odie con razón o sin ella&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-5180870283006122986?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/5180870283006122986/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=5180870283006122986' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/5180870283006122986'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/5180870283006122986'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2007/09/el-chico-de-sus-sueos-1607.html' title=':: El chico de sus sueños (16/07)'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-2786768091103513835</id><published>2007-07-10T21:59:00.000-05:00</published><updated>2007-07-10T22:00:17.694-05:00</updated><title type='text'>:: Bello y torturado (25/06)</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif;font-size:78%;"&gt;&lt;span id="texto"&gt; Hace seis años, una tarde de agosto en Buenos Aires, Martín va a casa de Juan a hacerle una entrevista. Martín es editor de una revista de modas. Juan es un famoso periodista argentino de radio y televisión. Martín es muy joven, tiene apenas veintitrés años, y admira a Juan, aunque no se lo dice por pudor. Juan es guapo, inteligente y exitoso, y tiene sólo treinta años.&lt;br /&gt;Martín le pregunta si no le molesta que otro famoso periodista de radio, Fernando, diga en su programa, una y otra vez, con su habitual espíritu impúdico y provocador, que Juan es homosexual. Juan le confiesa que sí le molesta y que es verdad que es homosexual:&lt;br /&gt;-No soy puto -le dice-. Soy re puto.&lt;br /&gt;Por primera vez, Juan reconoce en una entrevista que le gustan los hombres. Es una liberación, un acto de afirmación personal. Nunca más tendrá que fingir o simular que es lo que en verdad no es. Durante más de dos horas, le cuenta a Martín, ya emancipado del temor de decir la verdad, cómo descubrió, siendo adolescente, que le gustaban los hombres, cómo intentó en vano desear a ciertas mujeres con las que salió como novio atormentado, cómo se impuso sobre su destino la oscura certeza de que era homosexual. Martín escucha conmovido y, a ratos, levemente turbado por una bien disimulada crispación erótica.&lt;br /&gt;Cuando la revista aparece en los quioscos, estalla el escándalo. La prensa del espectáculo no se ahorra detalles. Todos se enteran de que Juan es homosexual y ya estaba harto de vivir en la penumbra del armario, mintiendo, escondiéndose, ocultando esa verdad que tanto lo define frente al mundo. Curiosamente (y esto quizá sorprende a Juan como a los mojigatos que lo critican), luego de salir del armario su carrera periodística no entra en crisis ni decae su audiencia, sino que, por el contrario, el público que lo sigue se multiplica y su prestigio profesional se consolida.&lt;br /&gt;Un año después, una tarde de agosto en Buenos Aires, Martín va a un hotel en el centro a entrevistar a Joaquín, un escritor peruano de dudosa reputación. Joaquín no oculta que le gustan los hombres. Martín todavía no ha salido del armario. Joaquín lo seduce. Se enamoran. Martín pierde el miedo y se asume como homosexual. Se lo cuenta a sus padres, a sus hermanos, a sus amigos. Todos reciben la noticia con buen humor.&lt;br /&gt;En abril del siguiente año, Joaquín se instala un par de meses en Buenos Aires para presentar un monólogo de humor en un teatro de la calle Corrientes. La obra, si podemos llamarla así, es una visión ácida y atormentada sobre el tardío descubrimiento de su homosexualidad, su salida del armario (con novela bajo el brazo) y las repercusiones escandalosas que ella provocó en su muy religiosa familia y en la ciudad donde nació, Lima. Es primavera en Buenos Aires. Florecen los bosques de Palermo. Joaquín alquila un departamento en la calle Gutiérrez, esquina República de la India, frente al zoológico.&lt;br /&gt;Con el propósito de llevar gente al teatro, Joaquín se resigna a conceder algunas entrevistas. En una de ellas, la presentadora de un programa de televisión le pregunta cuál es su tipo de hombre. Joaquín menciona a Juan, el famoso periodista. Minutos después, Juan, que al parecer estaba grabando en un estudio contiguo, aparece sorpresivamente en el programa, se abraza con Joaquín, le despeina el flequillo y le dice piropos traviesos. El encuentro provoca cierto escándalo en la prensa del espectáculo, que reproduce en cámara lenta las escenas afectuosas entre ambos (Juan despeinándole el flequillo, Joaquín abrazándolo y besándolo en la mejilla) y sugiere que ha nacido un romance entre ambos.&lt;br /&gt;Esa noche, Joaquín recuerda que años atrás entrevistó a Juan para un programa piloto que se grabó en Buenos Aires y nunca salió al aire. En aquella entrevista, deslumbrado por la belleza de Juan, por sus ojos hechiceros, Joaquín rozó el tema del amor entre hombres y Juan, valiente como siempre, no lo esquivó. Después, al salir de la grabación, Joaquín le dio su teléfono, esperanzado en volver a verlo, pero Juan no lo llamó.&lt;br /&gt;En vísperas del estreno de su monólogo, y todavía divertido por las conjeturas e insinuaciones que se hacen en la televisión tras el encuentro sorpresivo con Juan, Joaquín recibe una llamada. Es Juan. Quiere entrevistarlo para su programa de televisión. Joaquín acepta encantado.&lt;br /&gt;Juan y Joaquín se encuentran en un restaurante de Palermo, una tarde de abril. Juan viste una camiseta ajustada que pone énfasis en sus músculos. Está acompañado de su novio. Joaquín llega con Martín. Toman unos tragos. Hace calor. Se sientan en la terraza. Los técnicos acomodan las luces, los cables, los micrófonos. Juan y Joaquín se sientan uno frente al otro. Sus novios observan en silencio. Juan luce bello y atormentado, bello y nervioso, bello y angustiado. Joaquín se pregunta en silencio por qué Juan está tan inquieto. Intuye la razón. Ha escuchado rumores. Ha tomado esos polvos cuando era joven. Sabe reconocer sus efectos.&lt;br /&gt;Durante una hora o poco más, Juan lo somete a un cuestionario inteligente y atrevido, que por supuesto aborda el tema de la homosexualidad. Joaquín, liberado años atrás de los miedos y las vergüenzas que impone la vida en el armario (tan común y celebrada en Lima, donde a decir la verdad es una bajeza y esconderla, un acto noble, virtuoso y elegante), cuenta con franqueza y sin falsos pudores cómo se casó, cómo tuvo dos hijas, cómo se divorció, cómo se enamoró de Martín. Al terminar la entrevista, invita a Juan y su novio al teatro. Juan promete ir a verlo.&lt;br /&gt;Por razones que Joaquín nunca conoció ni probablemente conocerá, la entrevista que le hizo Juan no llegó a ser emitida en televisión. Quizá Juan, al verla, se vio demasiado turbado o estimulado. Quizá le pareció que Joaquín era un idiota. Quizá pensó que esas confesiones íntimas eran todo menos novedosas. Lo cierto es que la entrevista nunca salió al aire.&lt;br /&gt;El día del estreno, Joaquín, que nunca había sentido tanto miedo como aquella noche en que debía hablar durante dos horas sin olvidarse de nada y haciendo reír al público, se alegró de ver entrar en la sala, ya comenzada la función, a Juan y su novio. Poco le duró la alegría. Diez minutos después, se pusieron de pie y se retiraron bruscamente, al parecer decepcionados de la calidad del espectáculo, y ante la mirada incrédula de Martín, que no podía creer tamaño desaire.&lt;br /&gt;Joaquín quedó dolido por la brevísima visita de Juan (y ya estaba apenado porque la entrevista que le hizo nunca se emitió), pero prefirió atribuir ambos percances o malentendidos a los sobresaltos derivados del vicio privado que su amigo practicaba, la inhalación de ciertos polvos estimulantes que, bien lo sabía él (porque los había aspirado cuando era joven), secuestraban toda forma de paz, imponían una vida vertiginosa y alteraban la percepción de la realidad.&lt;br /&gt;Aquella noche fue la última vez que lo vio: Juan poniéndose de pie y retirándose deprisa del teatro, Joaquín preguntándose en silencio qué había hecho tan mal para que su bello y atormentado amigo se marchase a los diez minutos de haber llegado.&lt;br /&gt;Meses después, en febrero, Joaquín despierta en la habitación de un hotel en Amsterdam. Hace frío. Enciende la computadora y entra a la página de La Nación. No puede creerlo: Juan ha caído del balcón de su departamento en Palermo y está en coma. Muere a los pocos días, con sólo treinta y tres años. Joaquín abre la ventana, enciende un porro y llora en silencio, recordando al hombre bello y torturado que salió del armario para caer del balcón&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-2786768091103513835?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/2786768091103513835/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=2786768091103513835' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/2786768091103513835'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/2786768091103513835'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2007/07/bello-y-torturado-2506.html' title=':: Bello y torturado (25/06)'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-4904776290686178956</id><published>2007-07-05T10:25:00.000-05:00</published><updated>2007-07-05T10:28:01.948-05:00</updated><title type='text'>El ladrón de la intimidad (18/06)</title><content type='html'>Una semana de finales de junio en Lima puede parecer un año. Las noches son heladas y culposas; en las mañanas una niebla espesa lo difumina todo, incluso la certeza o la esperanza de que te irás pronto; las horas y los días pasan con una lentitud sañuda, exasperante, como si uno estuviese privado de su libertad, confinado en una cárcel de techo gris en la que nació, de la que siempre quiso escapar y a la que acaba volviendo resignadamente, porque no queda más remedio.&lt;br /&gt;Debo pasar una semana en Lima porque mi hija menor cumple doce años un miércoles (y nada, ni siquiera mi condición de reo o presidiario en esta gran mazmorra polvorienta a orillas del Pacífico, justifica ausentarme de su fiesta el día en que ella celebra su existencia) y porque tengo que grabar unos programas para irme con mis hijas un mes de vacaciones al país donde ellas nacieron, donde escribí casi todas mis novelas (con excepción de La mujer de mi hermano, la peor de todas, que sospechosamente fue perpetrada en el cuarto de un hotel con vista a un cerro árido de los suburbios de Lima, y la última, Y de repente, un ángel, que fue escrita en un departamento de Buenos Aires con vista a la cancha de rugby de San Isidro) y donde somos vulgarmente felices cuando nos bañamos en la piscina, bajo las sombras que nos conceden las palmeras.&lt;br /&gt;Las celebraciones de mi hija menor se dividen sabiamente, porque así lo ha dispuesto ella, en una fiesta adolescente con sus amigas y amigos del colegio, en un inevitable lonche familiar (que ella espera con cierta aburrida resignación, aunque con la curiosidad de ver cómo me tratarán algunas personas de la familia que me detestan cordialmente) y en un desayuno con su hermana y sus padres, a una hora cruel para mí, las siete de la mañana, en que abre bostezando sus regalos (todos los cuales ella ha comprado por internet, enviado a mi casa en Miami y visto a escondidas conmigo, apenas llegué a Lima) fingiendo sorpresa y alegría. Su fiesta es un éxito ruidoso y eso me provoca alarma y pavor.&lt;br /&gt;Un número inesperadamente alto de muchachos inesperadamente altos desborda la pista de baile: muchos de ellos no han sido invitados y se han metido a la casa haciendo trampa, mintiendo, burlando al hombre de seguridad, diciendo nombres que no son los suyos pero que están en la lista de invitados, lo que confunde al pobre guardia, que nunca sabe quién es el invitado y quién el impostor, y por eso, aturdido y humillado por los modales prepotentes de esos jovencitos de otros colegios que ni siquiera conocen a mi hija, deja entrar a todos. Mi hija quiere echar a los intrusos, pero yo le aconsejo que no lo haga, que se olvide de ellos y disfrute de la fiesta.&lt;br /&gt;Uno de los intrusos se burla de la fealdad de una chica (le grita “Betty, Betty”, por Betty la fea) y ella se harta y le da una bofetada. Todas las canciones, si podemos llamarlas así, pertenecen a ese género esperpéntico y atroz llamado reggaetón, que mi hija adora y baila con frenesí, pero que a mí me parece una agresión acústica insoportable, lo que provoca las justificadas quejas de los vecinos, hartos de esas letras pendencieras, chatas, obscenas, calenturientas, que los parlantes del jardín expulsan a un volumen despiadado y no los dejan descansar.&lt;br /&gt;Le pido al hombre que hemos contratado para que se ocupe de la música que por favor ponga algo decente (Shakira, Juan Luis Guerra, algo que se pueda bailar pero que tenga buen gusto, un mínimo de refinamiento), pero él responde a los gritos, con cara de trastornado, que sólo tiene reggaetón, que mi hija sólo quiere reggaetón, que si no pone reggaetón lo van a pifiar y echar a patadas.&lt;br /&gt;Me siento en una esquina, los pies al lado de la estufa, y veo a lo lejos a mi bellísima hija bailando esos ritmos grotescos con una gracia y una aparente felicidad que le da sentido a todo, incluso a la creciente sospecha de que las señoras que comen sanguchitos me odian en silencio y muy educadamente porque digo en televisión que me gustan los hombres y porque me permito decir incluso los hombres que me gustan o me han gustado, lo que para ellas, que comen tan atropellada y felizmente esos sanguchitos que yo he pagado para que sigan engordando sus lindas pancitas, es una cosa de un mal gusto atroz, aunque no tanto como moverse al ritmo del perreo. El lonche familiar resulta inesperadamente divertido. Mi ex suegra me saluda con sorprendente cariño.&lt;br /&gt;Luce bella, delgada y encantadora. Atribuye su eterna juventud a ciertas raíces, aceites, brebajes, semillas y hojas de la Amazonía que ella se aplica religiosamente y que no duda en recomendar, a riesgo de aumentar la potencia sexual de los consumidores de dichas maravillas curativas.&lt;br /&gt;Mi ex mujer luce bella, delgada y encantadora. Se ha liberado de un conjuro malvado que alguien tramó contra ella.&lt;br /&gt;Sospecha de una mujer que la envidia. Ha visitado a un chamán o curandero, un hombre de corta estatura, aliento alcohólico y mirada extraviada, y le ha pedido que rompa el conjuro, que neutralice la emboscada insidiosa de su enemiga, que la proteja y purifique del hechizo torvo.&lt;br /&gt;El curandero le ha pedido que se desnude. Mi ex mujer ha preguntado, con comprensible alarma: ¿Del todo? El chamán ha respondido, con comprensible rigor: Del todo, mamita. Si no te calateas, no puedo pasarte el cuy. Mi ex mujer se ha tendido desnuda en una camilla maloliente.&lt;br /&gt;El curandero ha frotado por su espalda y sus nalgas un cuy vivo de pelambre marrón.&lt;br /&gt;De pronto, ha gritado: ¡Carajo, se ha muerto el cuy! Luego ha explicado que el pobre roedor ha expirado por absorber toda la energía negativa depositada dentro del cuerpo de mi ex mujer, como consecuencia del conjuro urdido maléficamente contra ella.&lt;br /&gt;Mi ex mujer ha sospechado (y yo la he acompañado en esa sospecha) que el curandero ha estrangulado al cuy, sólo para impresionarla y probar de un modo histriónico su discutible eficacia. Luego, el hombre, tras deshacerse del animal, ha echado agua con pétalos de rosas sobre el cuerpo de mi ex mujer. Ella ha creído ver que algo, no precisamente un cuy, se abultaba y movía entre las piernas del chamán.&lt;br /&gt;Después le ha pagado y se ha sentido radiante, liberada del hechizo maléfico, purificada y optimista, como debió de sentirse cuando se divorció de mí con un buen gusto irreprochable. Al día siguiente, muy temprano, mis hijas y mi ex mujer han salido al aeropuerto, rumbo a Miami. Nos veremos allá en pocos días.&lt;br /&gt;Me he quedado en Lima con el espíritu avinagrado, soportando de mala gana la niebla, la garúa, la conmovedora idiotez de los patriotas y los moralistas, los ladridos de los perros de mis hijas, que esperan que les tire más salchichas.&lt;br /&gt;Desolado, he abierto la agenda de mi ex mujer, he llamado al curandero y le he pedido que me pase el cuy.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-4904776290686178956?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/4904776290686178956/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=4904776290686178956' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/4904776290686178956'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/4904776290686178956'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2007/07/el-ladrn-de-la-intimidad-1806.html' title='El ladrón de la intimidad (18/06)'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-493816944985831018</id><published>2007-06-25T15:00:00.000-05:00</published><updated>2007-06-25T15:02:29.924-05:00</updated><title type='text'>:: Mediocridad (11/06)</title><content type='html'>Me considero un hombre de éxito porque nunca pasé una noche en la cárcel. Mi mayor ambición es que no me arreste la policía. El éxito para mí consiste en permanecer en libertad. Soy escritor porque no se me ocurre otra manera de ganar dinero quedándome en casa. Salgo en televisión no por cariño al público sino para ganar suficiente dinero que me permita alejarme de él. Todos los escritores que he leído me parecen mejores que yo, especialmente aquellos que dicen no haberme leído o aquellos que dicen que soy un mal escritor.&lt;br /&gt; No creo en Dios, pero rezo por las dudas.&lt;br /&gt;Lo hago sin convicción, como cuando compro un boleto de la lotería. Sólo me persigno sin dudarlo cuando estoy en un avión a punto de despegar. Me siento un buen hijo si veo a mi madre tres veces al año: en navidad, en su cumpleaños y en el día de la madre. Mi obligación como padre se limita a darles de comer a mis hijas, pero no a obligarlas a comer. No me siento obligado a vestirlas ni educarlas. Si no aprenden nada en el colegio ni aprenden a vestirse, se parecerán más a mí y tal vez nos llevaremos mejor.&lt;br /&gt;No aspiro a tener amigos. Prefiero tener empleados. Me tratan con más cariño y no vienen a verme a la casa. Mis enemigos no son muy distintos de mí. Me reconozco en ellos. Son mediocres como yo. Saben que no pueden ser mis amigos y se resignan a odiarme. Es mejor tener amigos que animales. No tengo que darles de comer ni recoger sus cacas. Pero mejor todavía es tener enemigos. No tengo que verlos nunca y escriben de mí en el periódico. No me gusta hablar en inglés.&lt;br /&gt; Siento que estoy traduciéndome a mí mismo y nadie me paga por ese trabajo. Me perdono olvidar los cumpleaños de mis familiares y mis amigos, pero no les perdono que se olviden del mío. Me perdono no darles regalos, pero no que dejen de dármelos a mí. De niño quería ser futbolista, pero, como era malo jugando al fútbol, decidí ser árbitro para conocer a los futbolistas famosos. Después desistí porque me di cuenta de que a los árbitros a menudo les pegan.&lt;br /&gt; Si un libro mío se vende cien años después de mi muerte, habré triunfado. Si la edición es pirata, el triunfo será indiscutible. Mi oficio es hablar. Me pagan por hablar. Me pagan incluso cuando estoy en silencio, escuchando. Es el mejor oficio del mundo. Te sientas, sonríes y hablas una hora o dos. Ni siquiera tienes que saber lo que estás diciendo. Sólo tienes que hablar como si tuvieras la razón.&lt;br /&gt;No me gusta hablar por teléfono porque ya me acostumbré a que me paguen por hablar. Cuando hablo por teléfono, siento que alguien me estafa o que me queda debiendo dinero. Si no me pagan, prefiero estar en silencio. No es que haga preguntas en televisión porque tenga curiosidad sino porque debo llenar los silencios. Si alguien me pagase por estar una hora sentado en silencio, dejaría de hacer preguntas. Mi idea de la felicidad se reduce a cagar siempre en el baño de mi casa. Eso me obliga a pasar la mayor parte del tiempo en mi casa. Por eso me hice escritor, para cagar en casa. No es cierto que se aprende mucho viajando. Se aprende más estando quieto en un lugar. Pero lo mejor es no aprender nada estando quieto en un lugar.&lt;br /&gt;En mi caso el colegio y la universidad no sirvieron para nada. No recuerdo siquiera vagamente las cosas que me enseñaron. Las olvidé porque eran inútiles o porque soy un inútil. No me interesa que mis hijas vayan a la universidad y obtengan un grado académico.&lt;br /&gt;Me sentiría más orgulloso de ellas si no van a la universidad.&lt;br /&gt;Así no pierden su tiempo y me ahorran el dinero. Mi única ilusión como padre es que mis hijas sean sexualmente felices, que es la única forma concreta de felicidad que conozco. Me alegro cuando alguien pierde dinero en la bolsa de valores, especialmente si es de mi familia y tiene más dinero que yo. Cuando muera, sólo aspiro a no dejar deudas y a que ningún cura venga a mis funerales. No sé por qué tendría que querer especialmente a las personas que nacieron en el país en que nací, si ellas, que yo sepa, tampoco me quieren especialmente por esa razón ni por ninguna. He ahorrado algún dinero porque comprar cosas o hacer negocios requiere un esfuerzo del que me siento incapaz. Todo lo que espero de la ropa es que sea suave, que no ajuste, que abrigue y que no sea roja o amarilla. Si cumple esos requisitos, puedo ponerme cualquier cosa, incluso si tiene huecos, mejor aún si tiene huecos.&lt;br /&gt;Mis planes para el futuro son dormir todo lo que pueda, viajar lo menos posible y escribir sólo lo que sea inevitable. Cuando escribo una novela, sigo una técnica simple: llenar trescientas páginas con lo primero que se me ocurra, sin pensar mucho ni investigar nada. La trama termina cuando me doy cuenta de que ya pasé las trescientas páginas. La nobleza no sirve para escribir. El rencor me resulta más útil. Nunca seré un buen escritor. Prefiero ver un buen partido de fútbol que leer una buena novela.&lt;br /&gt;Prefiero ver un buen clásico que leer un clásico. Todos los escritores que ganan más dinero que yo son mis enemigos. Por esa misma razón, todos los que ganan menos dinero que yo tienen derecho a considerarse mis enemigos. Por consiguiente, todos los escritores son mis enemigos. Compro el periódico para leer las defunciones con la esperanza de encontrar en ellas los nombres de mis enemigos.&lt;br /&gt;Me he vuelto sexualmente pasivo no porque lo disfrute más sino porque ser activo es una responsabilidad histriónica que me abruma. He bajado algo de peso porque me agobia salir a comprar la comida al mercado. La pereza es, aunque no lo parezca, una buena dieta. Me da igual verme más gordo o menos gordo porque no aspiro a que nadie me toque.&lt;br /&gt;Prefiero tocarme yo mismo.&lt;br /&gt; Como lo hago a oscuras, no veo si estoy más gordo o menos gordo. No necesito que alguien me ame. Me basta con que me desee. No sé si me apenaría ser impotente. No cambiaría mucho mi vida. Tendría un problema menos. Tratar de ser bueno es un esfuerzo. Ser egoísta me resulta más cómodo. Admiro a la gente que se casa. Si pudiera, me divorciaría de mí mismo.&lt;br /&gt;Me alegra hacer una promesa sabiendo que voy a incumplirla. No deja de sorprenderme que tanta gente incauta todavía crea en mí. Me gusta que me pidan plata para negarla con mentiras educadas y recordar el placer de sentirme mezquino. Mi odio a los gatos se origina en la sospecha de que son más inteligentes que yo.&lt;br /&gt;No quisiera morirme sin envenenar a uno de los gatos del vecino que vienen a cagar en la puerta de mi casa. No sueño con un mundo mejor. Sueño con dormir mejor. Cuando duermo mejor, el mundo me parece mejor.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-493816944985831018?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/493816944985831018/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=493816944985831018' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/493816944985831018'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/493816944985831018'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2007/06/mediocridad-1106.html' title=':: Mediocridad (11/06)'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-5972076447254357740</id><published>2007-06-18T09:08:00.000-05:00</published><updated>2007-06-18T09:09:45.231-05:00</updated><title type='text'>:: El actor y el escritor</title><content type='html'>El actor y el escritor se conocen cuando son muy jóvenes y, sin embargo, ya famosos.&lt;br /&gt;El actor es famoso porque sale en telenovelas. El escritor es famoso porque hace entrevistas en televisión. Sólo son famosos en su país de origen, pero ellos se sienten famosos y caminan como famosos. El escritor entrevista al actor en televisión. Se hacen amigos. Se hacen amantes.&lt;br /&gt;Son amantes a escondidas porque tienen miedo de que la gente que los ve en televisión deje de verlos si lo sabe. Nadie sabe que son amantes, ni siquiera sus amigos, sus familias ni, por supuesto, sus novias. El actor ha sido amante de otros hombres. Es más joven que el escritor, pero tiene más experiencia en el amor a los hombres.&lt;br /&gt;También tiene más experiencia en ocultar ese amor. Por eso suele viajar a ciertos países donde puede permitirse amar a otros hombres sin que se enteren en la ciudad en la que vive, donde tiene fama de mujeriego. El escritor no tiene fama de mujeriego, pero ciertas mujeres lo persiguen porque les inspira ternura.&lt;br /&gt;Ha tratado de enamorarse de una mujer, pero todavía no lo ha conseguido porque sus primeras experiencias con mujeres fueron traumáticas y porque cree que sólo podrá enamorarse de un hombre. El actor es su primer hombre. Se entrega a él. Se enamora de él. Siente que ninguna mujer podría gustarle como él. El actor y el escritor son amantes furtivos.&lt;br /&gt;No viven juntos. Viven cerca. Se ven muy tarde en la noche, después de trabajar, después de estar con sus novias.&lt;br /&gt;Tienen miedo de que alguien los descubra. Pero no pueden dejar de verse. Tal vez están enamorados y no lo saben. Tal vez no están enamorados y lo que los atrae es la complicidad que surge del secreto que los une. El escritor le promete que algún día escribirá una película en la que el actor será la estrella. El actor se ríe, no le cree. El actor le confiesa que su sueño es ser un cantante famoso. El escritor le cree. El escritor le dice que quiere irse a otro país y vivir con él sin tener que ocultar el secreto. El actor le dice que eso es imposible, que nunca podrán vivir juntos y amarse sin esconderlo. El escritor se cansa de vivir mintiendo y se va a vivir a otro país.&lt;br /&gt;Se siente libre, pero extraña al actor. Le pide que vaya a vivir con él.&lt;br /&gt;El actor va a visitarlo, pero vuelve a su país. Le da miedo romper el secreto. Cree que si la gente se entera de que le gustan los hombres, se quedará sin trabajo, dejarán de ofrecerle papeles en la televisión. El escritor le dice que está equivocado, que le ofrecerán papeles más interesantes, pero el actor no le cree.&lt;br /&gt; El escritor se muda a una ciudad más fría. No quiere volver a la televisión. Tiene unos ahorros. Puede escribir. Escribe. Escribe de las cosas que más le duelen. Escribe del amor a los hombres.&lt;br /&gt;Escribe del hombre al que amó, el actor. Cambia los nombres, lo presenta como una novela, pero, cuando el libro es publicado, mucha gente en su país reconoce al actor y al escritor que están tan obviamente agazapados tras los personajes ficticios que los encubren mal. El escritor ha roto el secreto.&lt;br /&gt;El actor se siente traicionado. Todos saben o sospechan que fueron amantes. El escritor aclara que el libro es ficción, pero nadie le cree, la gente no es tonta. El actor se esconde, no da entrevistas, niega todo, odia al escritor, al que considera malvado y traidor. El escritor se casa y tiene hijos. El actor se casa y tiene hijos. El escritor se divorcia y reconoce que le gustan los hombres. El actor se divorcia y no reconoce que le gustan los hombres. El escritor tiene cierto éxito, a pesar de que reconoce que le gustan los hombres o debido a eso. El actor tiene cierto éxito, a pesar de que no reconoce que le gustan los hombres o debido a eso. El escritor publica varios libros en los que aparece la sombra del actor. El actor le dice a la prensa que no ha leído esos libros. El escritor sabe que es mentira. No pocos años pasan sin que se vean o se escriban o se hablen. En realidad se han visto alguna vez en un aeropuerto, pero se han ignorado.&lt;br /&gt;El actor está más gordo, se deja barba, tiene fama de alcohólico y depresivo, deja amantes despechados en varios países.&lt;br /&gt;El escritor está más gordo, escribe peor, tiene fama de drogadicto y ermitaño, se pelea con las pocas personas que todavía lo quieren. Cuando publica una nueva novela, el escritor va a un programa de televisión. Le preguntan por el actor. Dice que fueron amantes, que lo recuerda con cariño, que lo extraña, que le gustaría volver a verlo. Es un escándalo, uno más en su carrera. Tiempo después, el actor le escribe un correo electrónico. Le dice que quiere verlo. Le da su teléfono. El escritor lo llama. Hablan por fin. Se hablan con cariño.&lt;br /&gt;Han pasado casi veinte años y están hablando con la complicidad de cuando eran amantes. Quieren verse.&lt;br /&gt; Necesitan verse. Acuerdan verse al día siguiente, viernes, en el departamento del escritor. El escritor le dice que lo llamará para darle la dirección. El actor le dice que estará esperando la llamada.&lt;br /&gt;Al día siguiente, viernes, el escritor decide no llamarlo. No tiene una razón para no llamarlo. Quiere verlo. Pero decide no llamarlo. Quizá lo hace porque ama a otro hombre y no quiere engañarlo, no quiere hacer nada que pueda lastimarlo o poner en peligro ese amor. Quizá lo hace porque es cruel.&lt;br /&gt;El actor se queda esperando la llamada. A medianoche, le escribe un correo electrónico lleno de insultos. El escritor se sorprende del odio que recorre esas palabras. Le contesta que tuvo un día complicado, que por eso no lo llamó, pero que nada justifica los insultos y que es mejor que no se vean si todavía hay tanto odio. Pasan no pocos años sin que se vean o se escriban o se hablen.&lt;br /&gt;Un reportero le pregunta al actor si algún día irá al programa de televisión del escritor. El actor se enfurece, trata mal al reportero, se niega a contestar.&lt;br /&gt;El reportero y sus colegas van con el cuento donde el escritor. Le dicen que el actor se molesta cuando mencionan su nombre. El escritor les dice que siempre recordará con cariño al actor, que alguna vez fueron amigos muy íntimos y que le encantaría volver a verlo.&lt;br /&gt; El reportero y sus colegas van con el cuento donde el actor. (Veinte años atrás, el actor y el escritor hablaban desnudos en una cama, fumando marihuana. Ahora se mandan mensajes con reporteros de espectáculos).&lt;br /&gt;El actor responde que no quiere ver más al escritor, que no lo considera su amigo, que nunca fue su amigo muy íntimo ni íntimo ni nada.&lt;br /&gt;El escritor enciende la televisión y ve al actor cantando en una publicidad de detergentes. Luego viaja y se reúne con su novio, el hombre al que ama. Su novio, que es muy cínico, le dice: -Qué raro. No tiene huevos para salir del closet, pero sí para hacer un comercial de detergentes. El escritor se ríe y piensa que algún día escribirá una película en la que el actor será la estrella. O que ambos harán un comercial de detergentes.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-5972076447254357740?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/5972076447254357740/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=5972076447254357740' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/5972076447254357740'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/5972076447254357740'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2007/06/el-actor-y-el-escritor.html' title=':: El actor y el escritor'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-4977300780179542114</id><published>2007-06-18T09:07:00.000-05:00</published><updated>2007-06-18T09:08:32.805-05:00</updated><title type='text'>:: Los amantes contrariados</title><content type='html'>Joaquín llega a Buenos Aires a pasar una semana con Martín. No se han visto en un mes. Al llegar al departamento, Joaquín trata de no hacer ruidos, pero Martín se despierta de todos modos. Se abrazan. Martín quiere hacer el amor. Joaquín sólo quiere dormir.&lt;br /&gt;Ha sido un vuelo largo, está extenuado. Martín se queda triste, siente que ya no es como antes, cuando se conocieron. Joaquín duerme todo el día. A la noche, de mejor humor, dice que quiere ir al cine. Martín dice que hace frío, que mejor se quedan viendo el programa de bailes en la televisión. Joaquín dice que prefiere ir al cine, que en ese caso irá solo. Martín se alista y lo acompaña. Van en taxi. Todavía no les han entregado el auto nuevo que han pagado hace dos meses. Martín odia ir en taxi, odia que Joaquín hable con los conductores. Joaquín lo sabe y por eso va callado. Ven en función de medianoche una película policial, la historia de un asesino en serie.&lt;br /&gt; Martín odia la película, dice que le da miedo, que le recuerda a su hermana enferma, a la muerte. Quiere irse del cine, pero Joaquín le pide que se quede hasta el final. Al salir, suben a un taxi. El chofer estornuda, tose, carraspea. Martín se cubre el rostro con el suéter. Es un asco, me está tosiendo en la cara, dice. No exageres, no es para tanto, le dice Joaquín. Llegando a la casa, Joaquín le dice que hubiera preferido ir al cine solo. Martín cierra bruscamente la puerta de su cuarto y se va a dormir sin despedirse. Al día siguiente hace más frío. Joaquín despierta cansado, de mal humor. Va al oculista, necesita anteojos nuevos. Martín lo acompaña, le dice: “No sé para qué venís a verme, si estás todo el día de mal humor”. Joaquín se queda en silencio, no le habla. Martín se va sin despedirse. A la tarde, después de la siesta, caminan al cine. Joaquín quiere ver una película sobre un hombre rico y malvado que le dispara a su mujer. Martín no parece muy animado. Mientras caminan, le pregunta si algún día van a vivir juntos. Joaquín le dice que no sabe, que ya se verá más adelante. Martín se molesta y, llegando al cine, dice que prefiere irse. Se va sin despedirse. Joaquín ve la película a solas y la disfruta.&lt;br /&gt; Saliendo del cine, encuentra a Martín, que lo espera. Se abrazan. La noche siguiente, Martín ya tiene el auto nuevo.&lt;br /&gt;Joaquín propone ir al cine a una función de medianoche. Quiere ver una película francesa, la vida de una cantante famosa. Martín dice que hace frío, seis grados, cuatro de sensación térmica.&lt;br /&gt;Joaquín dice que nunca ha podido saber la diferencia entre la temperatura oficial y la sensación térmica y que, aunque haga frío, irá al cine de todos modos. Como tiene el auto nuevo, Martín decide acompañarlo. Cuando llegan a la cochera, suena una alarma escandalosa. No saben desactivarla. No pueden sacar el auto. Lo intentan varias veces, pero la alarma los espanta. Se marchan derrotados. Van caminando a un restaurante oriental. La comida es cara y les cae mal. Joaquín se queda triste, pensando que la noche se frustró porque ahora, con el auto nuevo, todo es más complicado. La vida era más simple cuando nos movíamos en taxi, piensa. Ahora hay que pagar cocheras, seguros, patentes, alarmas. Pero no dice nada porque no quiere otra pelea con Martín. El jueves Joaquín quiere ver un partido de fútbol en televisión pero no puede porque tiene que ir a un casamiento con Martín. Es la boda de una amiga, que se casa en el hotel más elegante de la ciudad. Joaquín se niega a ir a la iglesia.&lt;br /&gt;Es agnóstico y no está dispuesto a hacer ese teatro religioso. Van a la fiesta.&lt;br /&gt;Tienen suerte: llegan tarde, pero justo en el momento en que están sirviendo el primer plato. La cena es espléndida. Joaquín conversa con sus vecinos de mesa, a quienes acaba de conocer. Martín está encantado. Le dice a Joaquín que algún día le gustaría casarse allí con él. Joaquín le dice que él no se va a casar de nuevo (porque hace años estuvo casado con una mujer). Martín se queda triste, toma vino blanco, no habla con nadie. Joaquín habla con unos diseñadores de modas. Cuando ponen música disco, Martín dice para ir a bailar. Joaquín dice que bailar es una vulgaridad. Martín piensa que Joaquín es un idiota. Va a bailar solo. Joaquín lo mira y piensa que Martín baila lindo. El viernes almuerzan con una amiga que ha llegado de Madrid. Joaquín le regala una de sus novelas porque ella cumplirá años en pocos días. No sabe qué firmarle. Ella les ha contado que le divierte una expresión española: “total-sensacional”. Joaquín le escribe: “Eres total-sensacional. Con todo mi amor, J”. Martín lee la dedicatoria y piensa que Joaquín no ha debido escribir la palabra “amor”.&lt;br /&gt;Le molesta que Joaquín esté siempre tratando de seducir a las mujeres guapas, no importa si son sus amigas. Cuando ella se va, se lo dice, le dice que no era apropiado escribirle “con todo mi amor” a una amiga. Joaquín le dice que no exagere, que es un amor de amigo, no un amor sexual. A la noche, después de la siesta, Joaquín dice que quiere ir a ver la película francesa que no pudieron ver la otra noche. También dice que están invitados a un musical. Martín dice que prefiere ir al musical. Joaquín no tiene ganas de ir a un musical, pero cede. Van en el auto, oyendo el nuevo disco de Bosé. Se ríen con la canción de Bosé y Ricky Martin, cuando ambos cantan “yo me la como”, dando lugar a interpretaciones risueñas. Llegando a la calle Corrientes, sufren para encontrar un estacionamiento que no sea demasiado horrendo. Entran al teatro. Joaquín dice que, si el musical es aburrido, se irán en media hora. Martín acepta. Pero, al comenzar, una de las actrices saluda a Joaquín, a quien ha reconocido desde el escenario. Joaquín le manda un beso volado. Luego susurra al oído de su amigo: “Nos jodimos, tenemos que quedarnos hasta el final”. El musical dura dos horas. Se aburren. Joaquín piensa que debió ir a ver la película francesa, que hizo una concesión a su amigo y ahora se arrepiente. Saliendo del teatro, comen algo deprisa.&lt;br /&gt;Joaquín insiste en ir a ver la película francesa a la una de la mañana. Martín tiene frío y está cansado, pero cede. Ya en la sala, se queja, se mueve mucho, bosteza, dice que está quedándose dormido. A mitad de la película, Joaquín dice que mejor se van.&lt;br /&gt;Su amigo acepta encantado. Pero Joaquín se queda triste porque no pudo terminar de ver la película. Suben al auto. Joaquín prefiere manejar porque Martín se cae de sueño.&lt;br /&gt;Maneja rápido, demasiado rápido para su amigo, que se queja. Joaquín no le hace caso, va a toda prisa. Martín está en silencio, ofuscado. Llegando a la casa, Martín se va a dormir. Se despiden fríamente.&lt;br /&gt; Joaquín hace maletas, llama a un taxi, duerme apenas una hora y sale al aeropuerto. Antes de salir, escribe una nota que dice: “Gracias por todo. Nos vemos en un mes. Besos”. Camino al aeropuerto, le dice al chofer que lo lleve a un hotel en el centro. Va a quedarse unos días secretamente en la ciudad. Quiere estar solo. Quiere ver muchas películas. No quiere hablar con nadie.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-4977300780179542114?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/4977300780179542114/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=4977300780179542114' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/4977300780179542114'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/4977300780179542114'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2007/06/los-amantes-contrariados.html' title=':: Los amantes contrariados'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-6507013103962444952</id><published>2007-06-18T09:06:00.000-05:00</published><updated>2007-06-18T09:07:33.078-05:00</updated><title type='text'>:: La fotógrafa y la loca</title><content type='html'>Hace años, Joaquín llega a Santiago de Chile a presentar una novela. Son los años en que todavía tiene cierto prestigio como escritor.&lt;br /&gt; Después ese prestigio va a decaer (no necesariamente porque escriba libros peores sino por un número de accidentes que podemos atribuir al azar), pero él no lo sabe ni puede predecirlo en aquel momento.&lt;br /&gt;Joaquín presenta su novela en un hotel. Habla con cierta gracia, cuenta historias divertidas que está seguro de haber contado antes en otras presentaciones igualmente inútiles, se deja retratar por fotógrafos de eventos sociales y despliega todos sus encantos para seducir a los invitados que lo acompañan esa noche de invierno.&lt;br /&gt;En medio de tantas sonrisas y halagos excesivos, Joaquín conoce a una mujer. Es muy guapa, el pelo negro, la mirada chispeante, el perfil aguileño, pero no es tanto su belleza como su insolencia lo que llama la atención del escritor.&lt;br /&gt; Ella le da la mano, dice su nombre, María, y le pregunta: -Si te gustan los hombres, ¿por qué te casaste con una mujer? La pregunta no está hecha en tono brusco o agresivo.&lt;br /&gt; Hay en ella una cierta complicidad que suaviza la aparente aspereza de las palabras. Joaquín se queda sorprendido.&lt;br /&gt;La mira a los ojos, fascinado por el modo en que ella se ha presentado, y le dice:&lt;br /&gt;-Te lo cuento más tarde, si me dejas que te invite a comer. Esa noche, cuando todos se marchan, Joaquín y María van al restaurante del hotel y se cuentan sus secretos, no todos, sólo algunos. Ella le cuenta que está casada, que ama a Ricardo, su marido, pero que ha tenido y tiene algunos amantes escondidos y que su pasión es la fotografía. El le cuenta que estuvo casado porque amó y todavía ama a esa mujer, pero que también le gustan los hombres, aunque no se ha enamorado nunca, no todavía, de uno. Ella le cuenta que también es bisexual, que le gustan más los hombres pero que ocasionalmente puede gustarle una mujer, aunque nunca se ha enamorado de una.&lt;br /&gt;Cuando terminan de cenar, ella le propone subir a la habitación a fumar un porro, porque tiene marihuana en el bolso. Fuman mirando la noche de Santiago.&lt;br /&gt; Luego suena el celular. Es Ricardo. Ella le miente, dice que está con una amiga, y se va corriendo.&lt;br /&gt;Al día siguiente, María vuelve al hotel y le pide hacerle fotos. Están en la habitación. Joaquín acepta. Ella le pide que no sonría, que mire a la cámara con la seriedad o tristeza con que suele mirar honestamente. Luego le pide que se quite la ropa, que se quede en calzoncillos, aunque le promete que sólo tomará fotos hasta el ombligo, no más abajo. Joaquín obedece, se deja guiar, encuentra un extraño placer sometiéndose a la voluntad de esa mujer que le hace fotos. Ese juego o intercambio de vanidades le produce una cierta crispación erótica que no intenta disimular. Ella lo advierte, deja la cámara y, siempre al mando, le hace el amor. Desde aquella tarde, se hacen amantes y gozan y ríen y hacen maldades divertidas y se cuentan cosas impúdicas. Ella lee los libros que él ha publicado. El contempla maravillado las fotos que ella ha exhibido, los retratos que ha hecho de sí misma. Como María está casada, diseña un plan audaz: decirle a Ricardo que Joaquín es su amigo, su íntimo amigo, pero que no tiene por qué preocuparse, pues es gay y tiene novio. María le cuenta el plan a su amante. Aunque con ciertos temores, él acepta. María le recuerda:&lt;br /&gt;-Cuando estés con Ricardo, tienes que ser muy loca. Así no va a sospechar nunca.&lt;br /&gt;María organiza una cena en su casa en honor al escritor visitante. Joaquín conoce a Ricardo. Lo saluda de un modo muy suave y afectado, tratando de acentuar su lado femenino. Le cuenta que tiene un novio en Miami (un cubano joven y pujante) y otro a escondidas en Lima (un actor con fama de mujeriego).&lt;br /&gt;Todo es mentira, pero Ricardo parece convencido de que Joaquín es un homosexual descarado y feliz. Al final de la noche, María le pide permiso a su esposo para llevar a Joaquín al hotel. Ricardo acepta sin problemas. María lleva a Joaquín al hotel, sube al cuarto con él y le hace el amor con una maestría que él no olvidará. En los meses siguientes, Joaquín vuelve a Santiago a ver a su amante. No puede vivir lejos de ella. Necesita sus besos, sus caricias, sus bromas insolentes, la educación sentimental y musical a la que ella lo somete. Para ser más libres, la invita a viajar. Ricardo aprueba los viajes de su mujer. Joaquín y María van a Buenos Aires, a Lima y Cuzco, a Miami y Nueva York.&lt;br /&gt;Ella parece feliz engañando a su marido con ese amante que es a ratos también su amiga. El se siente culpable de abusar de la confianza de Ricardo, pero eso no le impide disfrutar del amor que ha encontrado en esa mujer. Joaquín piensa que ese amor durará lo que le quede de vida. Pero una mañana en Miami suena el teléfono. Es ella, María. Está llorando. Está embarazada. No sabe si el bebé es de Ricardo, de Joaquín o de un actor chileno. Joaquín le pregunta si va a tenerlo. María dice que sí, que no puede abortar.&lt;br /&gt;Ya tiene dos hijos con Ricardo, ama ser madre, no puede interrumpir una vida por cobardía. Joaquín la apoya, le dice palabras dulces, le promete que estará con ella, pase lo que pase.&lt;br /&gt;Pero María lo sorprende: le dice que va a tener al bebé, pero que va a decirle a Ricardo que es suyo. Joaquín piensa que es un error, que no debe mentirle a Ricardo ni al bebé, que debe tenerlo y hacer discretamente unas pruebas genéticas y, si resulta siendo de Ricardo, se queda callada, pero si es hijo suyo o del actor, entonces tiene que decir la verdad, no puede imponerle a su hijo un padre que no es el suyo de verdad.&lt;br /&gt; María no está de acuerdo. Le dice que no puede hacerle eso a Ricardo, que si tiene al bebé diciéndole que es suyo, no puede luego decirle un buen día que no es suyo si la prueba genética lo confirma, que eso traería mucha infelicidad y dolor. Joaquín le dice que la entiende, pero piensa que está equivocada, que debe ser más valiente.&lt;br /&gt;Unos días después, María lo llama y le dice que no pueden verse más, que va a tratar de ser feliz con Ricardo, que va a tener el hijo como si fuera de él y que no puede seguir siéndole infiel. Joaquín entiende, acepta, le desea suerte, le promete que siempre estará con ella, esperándola, pero se queda desolado. Pasan los meses y Joaquín no sabe nada de María.&lt;br /&gt; No vuelve a Santiago. No quiere estar en esa ciudad sin ver a su chica secreta, a la mujer a la que todavía ama. María tiene el bebé y convence a Ricardo de llamarlo Joaquín, en honor al amigo de la pareja.&lt;br /&gt;María y Ricardo le piden a Joaquín, el escritor, que sea el padrino de bautizo de Joaquín, el niño chileno que podría ser su hijo. Joaquín acepta, conmovido. El día del bautizo, mira al niño, lo besa en la frente y se pregunta si alguna vez sabrá si ese niño es su hijo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-6507013103962444952?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/6507013103962444952/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=6507013103962444952' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/6507013103962444952'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/6507013103962444952'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2007/06/la-fotgrafa-y-la-loca.html' title=':: La fotógrafa y la loca'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-1148339256270370216</id><published>2007-06-18T09:01:00.000-05:00</published><updated>2007-06-18T09:02:16.458-05:00</updated><title type='text'>:: El hombre haragán (07/05)</title><content type='html'>El hombre haragán organiza su vida, sus trabajos, sus asuntos familiares, sus precarios compromisos de toda índole, alrededor de una idea no negociable, que es el pilar de su supervivencia o bienestar: debe dormir por lo menos ocho horas y mejor si son diez.&lt;br /&gt;Temeroso de que interrumpan esas horas sagradas, duerme con los teléfonos desconectados. Su ex esposa le ha dicho que es un acto innoble apagar los teléfonos por tantas horas, que alguien cercano a la familia podría morir y ella no tendría cómo darle la infausta noticia. Pero él piensa, y así se lo ha dicho, que si alguien muere es mejor enterarse unas horas después, ya reposado.&lt;br /&gt; El hombre haragán ha perdido todo interés en el amor y el sexo.&lt;br /&gt;No tiene pareja ni desea tenerla. Le resulta una fatiga seducir a alguien –un proceso laborioso en el que no puede evitar mentir, simular ser alguien mejor de quien en verdad es, encubrir el rasgo más conspicuo de su carácter, la pereza– y más todavía vivir con esa persona y aceptar sus caprichos. Ya lo intentó una vez, cuando estuvo casado, y sabe que el amor es un esfuerzo trabajoso y del todo innecesario. Prefiere, cuando está urgido –lo que a sus cuarenta y tantos años es algo infrecuente–, aliviarse a solas, pensando en un cuerpo que se entrega y se somete a sus caprichos y luego se marcha sin decir palabra ni exigir nada. El hombre haragán trabaja pero detesta hacerlo y sólo lo hace animado por una secreta ilusión, la de reunir suficiente dinero como para no tener que trabajar más. No trabaja entonces con ganas, disfrutándolo, encontrando en ello alguna forma de dignidad o nobleza que lo redima de su abrumadora mediocridad.&lt;br /&gt;Trabaja resignadamente, porque no hay más remedio, porque otea en el horizonte un premio todavía borroso: vivir sin trabajar, vivir de sus rentas, pasarse el día entero en una casa a solas, haciendo nada. El hombre haragán está inscrito en un gimnasio. Tiene una credencial con su fotografía. Cuando despierta de la siesta (porque aun cuando ha dormido diez horas, intenta también dormir la siesta, por si le hubiera faltado un tramo final en el único empeño al que se entrega trabajosamente: dormir), sale al gimnasio y camina dos cuadras, la distancia que separa su casa de ese gimnasio moderno, lleno de gente optimista (que lo irrita) y estremecido por aquellos ritmos vocingleros que escupen los parlantes (que lo irritan más aún). Por lo general, llega a la puerta del gimnasio, echa una mirada pusilánime y decide no entrar, no contaminarse de esa vitalidad sudorosa, volver a casa arrastrando su pereza, que es, a sus ojos, una manera de preservar su dignidad. El hombre haragán quiere a su madre y a sus hermanos, pero no los ve con frecuencia porque le resulta arduo desplazarse por la ciudad, reunirse con ellos, fingir que es feliz, esquivar los temas conflictivos (que son los únicos de los que le interesa hablar, pero de los que no se habla con ellos) y recordar todos los cumpleaños, aniversarios y eventos de la tribu. El hombre haragán viaja todas las semanas de un país a otro.&lt;br /&gt;Podría parecer, por el ritmo vertiginoso en que se desplaza, que es todo menos haragán. Pero sería una percepción engañosa. Lo hace porque, si bien es un esfuerzo no menor, lo anima el deseo escondido de ahorrar suficiente dinero para no tener que trabajar ni viajar más, y sólo viajando ahora cree que podrá llegar pronto a ese oasis de ocio absoluto que es, en su mente adormecida, la idea más pura de la felicidad. Además, sabe que en el avión, arrullado por el rumor de las turbinas y cubierto por tres mantas, dormirá con una profundidad que le resulta esquiva en tierra firme, en alguna de sus camas de paso. De modo que, cuando se dirige a un aeropuerto, piensa esperanzado en las horas de sueño que encontrará en el avión, lo que en cierto modo mitiga el esfuerzo de salir de casa.&lt;br /&gt;El hombre haragán no quiere aprender o educarse o hablar otros idiomas o saber la historia de la humanidad.&lt;br /&gt;Prefiere divertirse. Antes leía ensayos, libros de historia, biografías políticas para saber quién gobernó de tal año a tal año, qué ideas políticas prevalecieron, quién ganó y quién perdió en la lucha perpetua por la gloria y el poder. Ahora nada de eso le interesa. No lee para aprender sino para obtener alguna forma de placer o goce. Por eso suele leer novelas que cuenten las vidas de gente ordinaria como él, pero a menudo las deja, vencido por el cansancio. Nunca intenta seguir leyendo cuando se le entrecierran los ojos. No hay placer superior que el de evadirse de la realidad, no ya leyendo sino durmiendo y esperando con curiosidad las historias que vivirá en sus sueños, en las que suele ser un hombre seductor, aventurero, valiente, todo lo contrario de lo que es en la vida misma. El hombre haragán tiene dos hijas –que, por supuesto, le fueron dadas por una mujer que quiso hacer de él un hombre emprendedor y fracasó–, pero no intenta educarlas o enseñarles nada o darles nociones de disciplina o rectitud moral, asuntos sobre los que no tiene la más vaga idea. Cuando está con ellas, intenta hacerlas reír haciendo bromas tontas –lo que no le cuesta ningún esfuerzo–, hablando en acentos pintorescos –especialmente como cubano–, simulando ser un idiota redomado –algo que le sale natural– y dejando que hagan los que les dé la gana –aun si eso implica mentir o hacer trampa o fastidiar a alguien.&lt;br /&gt;El hombre haragán ve con cierta perplejidad que una afición de su primera juventud, la de ver partidos de fútbol por televisión, ha regresado a su vida y se ha instalado en su rutina con nuevos bríos. Salvo dormir, nada le interesa más que sentarse en un sillón reclinable a ver cualquier partido de fútbol, preferentemente de la liga argentina o española, pero también de las copas europeas o sudamericanas, del torneo inglés, italiano o chileno, o incluso, en sus momentos más abyectos –que le producen una sensación de repugnancia de ser quien es, ese hombre fofo que mira una pelota–, partidos del dantesco campeonato peruano. El hombre haragán quiso ser político en su juventud, pero ahora ve con horror la idea de servir a los demás cuando es tanto más razonable y gratificante servirse a uno mismo, dado que los demás siempre terminan enojados, insatisfechos y culpando de sus males a quienes han intentado servirles, y en cambio uno mismo, si aprende a servirse debidamente, suele quedar satisfecho, en paz, y sin deseos de que quien lo ha servido, o sea uno mismo, vaya a la cárcel.&lt;br /&gt;Luego quiso ser escritor –y quizá todavía está poseído por esa forma elegante de ejercitar la vanidad–, pero ahora piensa que sólo está dispuesto a seguir publicando ficciones de dudoso valor si nadie le obliga a defenderlas o explicarlas, a dar incontables entrevistas inútiles, a dejarse retratar, participar en congresos, foros o seminarios de los que sólo recuerda la pueril vanidad de quienes allí se lisonjean o enemistan, a viajar en giras de promoción y ser esclavo mediático de la editorial. Prefiere quedarse en casa, encender una de las tantas estufas –que él, sin razón alguna, llama soplapollas–, tumbarse en la cama con los teléfonos apagados y esperar el momento redentor del sueño, viendo cansinamente un partido de fútbol –y maravillándose cuando una pierna se le mueve sola, como queriendo patear la pelota.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-1148339256270370216?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/1148339256270370216/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=1148339256270370216' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/1148339256270370216'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/1148339256270370216'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2007/06/el-hombre-haragn-0705.html' title=':: El hombre haragán (07/05)'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-2425492265384801560</id><published>2007-06-18T08:59:00.000-05:00</published><updated>2007-06-18T09:01:17.522-05:00</updated><title type='text'>El hijo que no pudo ser (30/04)</title><content type='html'>Apenas termino el programa en Miami, enciendo el celular y recibo una llamada. Es Ximena, mi mejor amiga y productora de mi programa peruano, llamándome desde Lima.&lt;br /&gt;Me dice que acaba de presentarse en un programa de alta audiencia, en directo, a las nueve de la noche, un muchacho que dice ser mi hijo. Se llama Felipe, dice tener veinte años o poco más y asegura que nunca me ha visto personalmente, pero que su madre, que trabajó como empleada doméstica en casa de mis padres hace muchos años, cuando yo era joven, y que ahora vive en alguna ciudad española, le dijo recientemente que yo soy su padre, que la dejé embarazada cuando ella trabajaba como empleada doméstica.&lt;br /&gt;Al parecer, según lo que ha contado Felipe, su madre, de visita en Lima, estaba viendo mi programa un domingo y de pronto le dijo a Felipe, señalándome: -Ese señor de la televisión es tu papá. Ximena me cuenta todo esto con cierta preocupación y espera que yo le diga algo que alivie la gravedad del asunto. Le pregunto si el muchacho que dice ser mi hijo se parece a mí.&lt;br /&gt;-Más o menos -dice ella-.&lt;br /&gt;Tiene un aire. Pero me han llamado varias amigas diciéndome que es igualito a ti, que como nada es tu hijo. Le digo que es altamente improbable que el muchacho sea mi hijo porque, aunque mi memoria no es de fiar y mi honestidad tampoco, no recuerdo haber tenido intimidad amorosa ni comercio sexual alguno con ninguna empleada doméstica en casa de mis padres.&lt;br /&gt;Ella me dice que la historia no tiene pies ni cabeza, que si yo hubiese dejado embarazada a una empleada hace veinte años, ¿por qué ella habría esperado tanto tiempo para tratar de comunicarse conmigo o hacerlo público? Yo le digo que no se preocupe, que es una broma pesada de algún oportunista con ansias de protagonismo, que le sacaremos provecho en nuestro programa del domingo. Lo que no le cuento a Ximena es que alguna vez, siendo muy joven, con apenas trece años, tuve un amor delirante y contrariado por una empleada de mis padres, una joven de tez morena y nalgas poderosas que me tenía afiebrado, en estado baboso y suplicante, pero que nunca accedió a mis requerimientos, ignorándome con gran simpatía, como si estuviese bailando un alcatraz, mientras yo la perseguía por la cocina, derritiéndome a sus espaldas, que eran todavía mejores que las de las chicas que jugaban en la selección de voley y cuyos partidos olímpicos no me perdía por televisión, aun cuando fuesen de madrugada, por razones claramente extradeportivas.&lt;br /&gt;Lo cierto es que aquella morena, de nombre Flor, que hacía honor a su nombre, pudo, de haber sido más indulgente o descuidada, haber quedado embarazada de mí, pero, por suerte para ella, no ocurrió tal cosa, y nunca más sucumbí a los encantos de otra empleada de mis padres, no sólo porque ninguna volvió a gustarme como Flor sino porque a los catorce años me fui a vivir con los abuelos. Le pido a Ximena que invite a Felipe, el joven que cree ser mi hijo o que desea serlo, a mi programa del domingo, y que tenga todo listo por si tuviera que hacerme una prueba genética para demostrar que no es mi hijo (o que mi memoria está en ruinas).&lt;br /&gt;Luego llamo a mis hijas.&lt;br /&gt;Hablo con la menor, que está en casa. Ya está enterada del escándalo. Me dice que vio el programa con las empleadas, que el chico que dice ser mi hijo no se parece nada a mí, que se han reído mucho.&lt;br /&gt;Le digo que no se preocupe, que no es mi hijo. -Ya te fregaste, tienes que hacerte la prueba de ADN porque nadie te va a creer -me dice ella. Luego llamo a mi hija mayor. Está en una fiesta. Contesta el celular. Se oye una de esas canciones atroces que están de moda.&lt;br /&gt;Mi hija adora esas canciones y las baila con pasión. Le cuento el escándalo de mi supuesto hijo con una empleada de mis padres que no recuerdo. Ella no sabía nada. Le digo que no se preocupe, que no es mi hijo. -¿Estás seguro?- me pregunta, muy seria. Le digo que sí, que nunca tuve relaciones sexuales con una empleada de mis padres. -¿Estás seguro? -vuelve a preguntarme, levemente desconfiada. Le digo que sí, que estoy seguro, y ella me dice que me cree, pero me parece que, si bien quiere creerme, algo en ella le dice que quizá, sólo quizá, el muchacho es mi hijo y ella, de pronto, con sólo trece años, ha descubierto en una fiesta, entre un baile y otro, que tiene un medio hermano de veintitantos.&lt;br /&gt;Desde el aeropuerto de Miami, llamo a la madre de mis hijas, que también está en una fiesta. Por suerte está tranquila, se ríe del asunto, ya le habían contado el chisme. Me pregunta:&lt;br /&gt;-¿No será hijo de alguno de tus hermanos?&lt;br /&gt;-Ni idea - le digo.&lt;br /&gt;-Quizá no sea tu hijo, pero sí tu sobrino -me dice, riéndose. Llegando a Lima, duermo unas horas. Apenas despierto, llamo a Ximena. Está reunida con Felipe, el joven que dice ser mi hijo.&lt;br /&gt;Me dice, bajando la voz, que me llamará en un momento. Espero con impaciencia. Por fin llama Ximena.&lt;br /&gt;Me dice que está en la oficina con Felipe y su padre. -¿Pero su padre no soy yo? -pregunto, asombrado.&lt;br /&gt;-No -dice ella-. El padre vio a Felipe por televisión y se molestó porque él lo negó y dijo que es tu hijo.&lt;br /&gt;-¿Y por qué Felipe hizo eso? -le pregunto.&lt;br /&gt;-Porque dice que todo el mundo en la calle le dice que es igualito a ti y pensó que podíamos contratarlo como tu imitador.&lt;br /&gt;-Increíble. -Y por eso le aconsejaron que fuera a la tele y dijera que es tu hijo y se inventara el cuento de que su mamá era empleada doméstica y tú la dejaste embarazada.&lt;br /&gt;-Notable.&lt;br /&gt;-O sea que mintió porque quiere ser tu imitador en televisión, sólo que ahora su papá está molesto con él. -¿Están dispuestos a venir al programa?&lt;br /&gt;-Sí. -¿Ambos? ¿También el padre? -Sí.&lt;br /&gt;-Genial. Enseguida llamo a mi madre. Por supuesto, está enterada del escándalo. Le digo que no se preocupe, que el muchacho no es mi hijo.&lt;br /&gt;-Yo sabía que no podía ser tu hijo, amor -me dice ella, muy tranquila. Me quedo en silencio, recordando a Flor, la morena irresistible, y pensando que mi madre no me conoce del todo.&lt;br /&gt;-Pero te confieso que estoy triste -me dice mamá-.&lt;br /&gt;Porque todo esto me ha dejado pensando que sería lindo que tuvieras un hijo, Jaime.&lt;br /&gt;-Sí, sería lindo -le digo, porque no sé qué otra cosa decir.&lt;br /&gt;-Bueno, tú ya sabes lo que debes hacer y con quién debes tenerlo -me dice ella, que suele decir cosas así, memorables e inesperadas.&lt;br /&gt;Esa noche, a solas, desvelado, recuerdo a una mujer a la que amé, que ahora vive en Madrid y que, con toda razón, no quiere verme más, y me pregunto cómo habría cambiado mi vida, nuestras vidas, si ella y yo hubiésemos tenido el coraje del que carecimos entonces, veinte años atrás, cuando decidimos, acobardados, que ese bebé no merecía tener dos padres tan confundidos como nosotros, que no era justo imponerle un destino tan sombrío e incierto. No es entonces del todo inexacto decir que siempre pesará sobre mi espíritu el recuerdo de un hijo negado.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-2425492265384801560?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/2425492265384801560/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=2425492265384801560' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/2425492265384801560'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/2425492265384801560'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2007/06/el-hijo-que-no-pudo-ser-3004.html' title='El hijo que no pudo ser (30/04)'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-8620726874522385744</id><published>2007-04-26T20:31:00.000-05:00</published><updated>2007-04-26T20:34:09.820-05:00</updated><title type='text'>Un mosquito en la nariz (16/04)</title><content type='html'>Joaquín llega a Buenos Aires para celebrar el cumpleaños de su amigo más querido, Martín, que cumple veintinueve, trece años menos que él.&lt;br /&gt;Se conocen hace cinco años. Cuando está en confianza, Martín dice que Joaquín es su marido. Joaquín prefiere decir que es su mejor amigo. No viven juntos, pero se ven con frecuencia y ocasionalmente permiten que la amistad se desborde al territorio más peligroso de la intimidad. Martín no quiere celebrar su cumpleaños. Está triste porque su hermana se encuentra muy enferma.&lt;br /&gt;Le parece que no debe alegrarse por el mero hecho de estar vivo y ser testigo de cómo se acrecienta su edad (lo que, por otra parte, alega, no constituye mérito alguno). Sin embargo, tras mucho insistir, Joaquín lo convence de organizar un almuerzo con sus mejores amigos en un hotel elegante de la ciudad. Martín acepta porque ama ese hotel en el que ambos se conocieron y en el que durmieron juntos por primera vez. El día de su cumpleaños, Joaquín no le regala nada porque, entre tantos apuros, ha olvidado comprarle algo a su amigo. Martín le dice que no importa, que da igual, pero se queda dolido y, aunque trata de disimularlo, piensa que es un descuido inaceptable, que debió recibir un regalo del hombre al que llama su marido y con el que desearía casarse si pudiera. Quizá en venganza por el desaire del que se siente víctima, Martín le dice a Joaquín, cuando van en el auto rumbo al hotel, que debió recortarse los pelos de la nariz, que le resulta muy desagradable ver esos pelos que asoman, impertinentes, odiosos, por los orificios nasales (unos orificios que, años atrás, cuando era joven, Joaquín usó para aspirar un polvo que lo hacía olvidar lo que ahora acepta con cierta serenidad: que estaba condenado a conocer el amor en la forma de un hombre). Joaquín detesta que su mejor amigo le haga ese tipo de comentarios: “qué asco, se te ven los pelos de la nariz”; “qué vergüenza, te has puesto la misma ropa de ayer”; “deberías cortarte el pelo, parecés futbolista con esa melena de villero”. Se siente agredido. Piensa que su amigo exagera, que no es tan grave tener dos o tres pelos que salen levemente de la nariz.&lt;br /&gt;Piensa decirle: “Yo odio que te maquilles para ir a comer con los amigos, pero no te digo nada. Si te molesta que no me corte los pelos de la nariz, podrías tener la delicadeza de quedarte callado”.&lt;br /&gt;No dice nada, sin embargo, porque no quiere pelear. Es el cumpleaños de su amigo. Quiere hacerlo feliz. En algún momento, Joaquín detiene el auto frente a una farmacia, baja sin la menor brusquedad, compra una tijera para pelos de orejas y nariz, regresa al auto, bromea con su amigo (fingiendo que no le ha molestado la crítica a su descuidada apariencia) y reanuda la marcha hacia el hotel.&lt;br /&gt; Llegando al Alvear, pasan por la puerta giratoria (un momento que Martín adora porque le recuerda a las tardes en que su abuela lo llevaba a tomar el té en ese hotel) y Joaquín va al baño enseguida.&lt;br /&gt;Ahora está a solas frente al espejo. Es un hombre fatigado, ojeroso, algo gordo. Saca la tijera de treinta pesos, hurga delicadamente con ella en las cavidades estragadas de su nariz y procura eliminar aquellos pelos que su amigo encuentra tan repugnantes. La operación no es sencilla y por eso la ejecuta con extremo cuidado. De pronto, introduce demasiado la tijera y se lastima la nariz. Le duele. Grita: “¡mierda!”. Está sangrando. Se moja la nariz, la seca a duras penas, pero no deja de sangrar.&lt;br /&gt;Usa un pañuelo que le regaló su padre antes de morir. Piensa que su padre estaría avergonzado de verlo usar aquel pañuelo en esas circunstancias. Se entristece. Sin pelos visibles en la nariz, pero sangrando levemente, regresa a la mesa donde su amigo lo espera. Procura disimular el percance, pero Martín no es tonto, advierte la herida en la nariz, se siente culpable, pide disculpas.&lt;br /&gt;Joaquín se jacta de ser un hombre calmado, incluso frío, y por eso finge que todo está bien, pero en realidad está pensando que no le conviene tener una relación tan íntima con un hombre que se maquilla para salir y que le hace un escándalo cuando no se recorta los pelos de la nariz. Los amigos van llegando con regalos (libros, discos, ropa), los camareros descorchan botellas de champagne y la reunión se anima.&lt;br /&gt;Todos parecen felices. Joaquín despliega sus encantos de buen anfitrión, simula estar disfrutando de esa tarde lluviosa. Algo, sin embargo, lo irrita en secreto: la nariz le sigue sangrando y un mosquito, uno de los tantos que han invadido la ciudad esos días de lluvia incesante, se posa sobre ella, al parecer atraído por ese hilillo de sangre que cae del orificio derecho, y, aunque él lo espanta, vuelve una y otra vez a chuparle aquella sangre tontamente derramada en nombre del amor.&lt;br /&gt;Desesperado, Joaquín aplasta al maldito mosquito, pero, al hacerlo, se lastima de nuevo la nariz, que vuelve a sangrar profusamente, al punto que lo obliga a regresar al baño, odiando en secreto a quien hace pocas horas era su mejor amigo y ahora es su más querido enemigo. Cuando vuelve a la mesa, espanta a otros mosquitos, pide una copa de champagne y trata de contar historias divertidas. (Joaquín piensa que la más clara señal de inteligencia no consiste en demostrar que uno posee la razón, lo cual es siempre fuente de conflictos y discusiones, sino en hacer reír a la gente, incluso a la gente que razona de un modo distinto al de uno).&lt;br /&gt;De pronto, una mujer de mediana edad se acerca a la mesa y saluda a Joaquín con una familiaridad que él encuentra excesiva, pero que se ve obligado a disculpar, dado que se gana la vida en la televisión de varios países. La mujer, que ha bebido y quizá por eso habla casi gritando, le dice que es su fan, que lo ama, que es un ídolo, cosas que él encuentra de un mal gusto atroz.&lt;br /&gt;Luego mira a Martín, que sufre en silencio porque detesta a la gente que saluda ruidosamente a su amigo, y le pregunta a Joaquín: -¿Es tu hijo? Joaquín no sabe qué contestar.&lt;br /&gt;Tras una duda fugaz, responde: -Sí, es mi hijo Martín.&lt;br /&gt;La mujer comenta: -Se parece a vos. ¿Qué edad tiene?&lt;br /&gt;Joaquín responde: -Veinte. Martín tiene veintinueve, pero podría parecer de veinte gracias a su cara (maquillada) de bebé. Encantado con esa conversación inverosímil, le dice a Joaquín con voz afectada de niño: -Papi, ¿puedo pedir un helado de chocolate? -Sí, hijo -dice Joaquín.&lt;br /&gt; Luego, para vengarse de la mujer, Martín le dice: -Me parece que tenés un mosquito en la cara. -¿Dónde? -pregunta ella, alarmada.&lt;br /&gt;-Allí, debajo de la boca -dice él.&lt;br /&gt;Ella se toca y dice, muy seria: -No es un mosquito, es un lunar. Martín dice: -Mil disculpas, cada día estoy más ciego.&lt;br /&gt;Luego no puede más y suelta una risotada cruel. La mujer se marcha, ofuscada. Joaquín mira a su amigo, se ríe con él y entonces olvida el incidente de la nariz, los pelos, la sangre y el mosquito y recuerda la razón por la que está allí, por la que siempre vuelve a esa ciudad: porque es feliz cuando ve sonreír a ese hombre con cara de niño.��&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-8620726874522385744?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/8620726874522385744/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=8620726874522385744' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/8620726874522385744'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/8620726874522385744'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2007/04/un-mosquito-en-la-nariz-1604.html' title='Un mosquito en la nariz (16/04)'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-8780084846771111669</id><published>2007-04-26T20:29:00.000-05:00</published><updated>2007-04-26T20:31:28.070-05:00</updated><title type='text'>Las lealtades más fugaces (09/04)</title><content type='html'>El escritor Martín Romaña le manda un fax al escritor Joaquín Camino, pidiéndole que firme una carta pública en la que varios escritores se solidarizan con el escritor Julián López, en respuesta a los ataques del escritor Carlos Gil. (López ha dicho públicamente que tiene cáncer y Gil se ha burlado, diciendo que es un cuento más de López). Romaña no es amigo de Camino, pero se conocen porque Camino lo ha entrevistado en varias ocasiones en su programa de televisión.&lt;br /&gt; La última de esas entrevistas tuvo lugar en Miami, ciudad a la que Romaña viajó desde Francia, invitado por el programa de Camino, con todos los gastos pagados, incluyendo boleto en primera y hotel cinco estrellas. Durante la entrevista, Camino elogió sin reservas a Romaña, a quien admira, y Romaña elogió los libros de Camino. Camino lee el fax y decide no firmar la carta de Romaña. Prefiere no tomar partido en la antigua pelea entre López y Gil (que son ambos, piensa, escritores de innegable talento).&lt;br /&gt;Recuerda que López y Gil lo han atacado en varias ocasiones y no encuentra razones para meterse en ese lío, defendiendo a uno y atacando al otro. No le contesta el fax a Romaña. Supone que entenderá su silencio como un modo elegante (o no tanto) de abstenerse de intervenir.&lt;br /&gt;Unos días después, Camino llama por teléfono a Gil para pedirle que el periódico que dirige dé cobertura a un asunto que él divulgará esa noche en su programa (el caso de un candidato presidencial que niega a su hija).&lt;br /&gt;Antes de despedirse, le cuenta que recibió un fax de Romaña pidiéndole que firmase una carta contra él, pero que prefirió abstenerse. Gil le pregunta qué otros escritores han firmado esa carta. Camino menciona dos o tres nombres. Los días siguientes, Gil ataca en su periódico a Romaña y a los escritores que han firmado el comunicado contra él, que aún no ha sido publicado. Camino lee esos ataques y piensa que son excesivos, injustos y venenosos, pero, al mismo tiempo, divertidos: es el estilo de Gil, y si Romaña y sus amigos pensaban atacarlo en un comunicado, debían esperar alguna respuesta de él, en ese tono tremendo y despiadado que es el suyo (y en el cual ha atacado también, en más de una ocasión, a Camino, llamándolo, por ejemplo, “hijo bastardo de la derecha peruana” o “escritor de libros de cincuenta céntimos”).&lt;br /&gt;El escritor Romaña y su amigo López se enojan con Camino y lo acusan de traición por haberle contado a Gil que estaba circulando esa carta y que se había negado a firmarla. Romaña ataca a Camino en cuanta ocasión puede. A pesar de que en el programa de Camino había dicho que le gustaban sus libros, ahora dice todo lo contrario. En una feria del libro en Lima, dice que los libros de Camino han envejecido y ya nadie los lee.&lt;br /&gt;En un periódico de Santiago (en el cual Camino escribe una columna semanal), dice que es un escritor frívolo, superficial, entregado a la televisión y la mercadotecnia. En una revista de Santiago, se declara amigo entrañable del padre de Camino (de quien nunca fue amigo) y dice que los libros de Camino contra su padre (que son novelas, pero Romaña, que es novelista, pasa por alto ese detalle) le han dolido mucho, porque él puede dar fe de que el padre de Camino es una gran persona. Camino no responde esos ataques.&lt;br /&gt;Siempre que le preguntan por Romaña, lo elogia sin reservas. Sin embargo, aunque no lo dice en público, está dolido. Piensa que Romaña ha actuado de un modo mezquino e injusto con él. Piensa que tenía derecho de no firmar ese comunicado y decírselo a Gil. Y piensa que no es responsable de las cosas virulentas que Gil escribió contra Romaña y los demás escritores que firmaron esa carta (que, en primer lugar, cree que nunca debieron publicar).&lt;br /&gt;Por lo demás, se pregunta: si Gil se hubiese enterado del comunicado leyéndolo en la prensa y no por teléfono, ¿acaso no hubiera atacado a sus enemigos con la misma ferocidad? En alguna feria del libro, Romaña y Camino coinciden pero no se saludan, se ven a lo lejos, se ignoran educadamente. Tiempo después, Camino se encuentra con Romaña en un evento que organiza la editorial en la que ambos publican sus libros. Camino improvisa un discurso, a pedido de la editorial. Elogia a Romaña, pide aplausos para él, lo aplaude con entusiasmo.&lt;br /&gt;Luego de los discursos, Romaña y Camino se reconcilian, se dicen cosas amables, se ríen, les hacen fotos. Camino se siente en paz porque siempre admiró a Romaña y le entristecía que por culpa de un malentendido (o un error: no contestar ese fax, disculpándose por no firmarlo, que habría sido lo educado, y luego quedarse callado, que habría sido lo prudente) las cosas se hubiesen agriado entre ambos. Tiempo después, la prensa descubre que Romaña ha publicado en un diario de Lima varios artículos con su firma, que antes habían sido publicados por otras personas en diarios y revistas de distintos países.&lt;br /&gt;Romaña (que ya había sido acusado de otro plagio) niega el plagio y culpa a su secretaria.&lt;br /&gt;Camino piensa que resulta arduo creer que la secretaria de Romaña, en un descuido repetido y sistemático, enviaba a un periódico de Lima artículos publicados por otras personas en ciertos periódicos y revistas, tomándose el trabajo de cambiar algunas palabras, y que esos artículos salían publicados con la firma y la foto de Romaña, pero él, que no los había escrito, no se tomaba la molestia de aclarar que estaban publicando como suyos unos textos que él no había escrito y que, según su versión, su secretaria enviaba por error, una y otra vez (debidamente retocados). Camino se ríe cuando lee la versión de Romaña y recuerda que hace tiempo un amigo le contó que Romaña no escribía los artículos que firmaba en Lima.&lt;br /&gt;De hecho, a Camino ya le había parecido, al leerlos, que esos artículos, tan serios, tan densos, tan llenos de estadísticas, no respondían para nada al estilo ingenioso, distraído y coloquial que hizo famoso al novelista Romaña.&lt;br /&gt;Camino decide no dar declaraciones al respecto. No quiere atacar a Romaña ni burlarse de él. Pero un diario de Santiago (en el cual escribe una columna semanal, el mismo en el cual Romaña lo atacó más de una vez) le pide una opinión sobre el escándalo.&lt;br /&gt;Camino responde que prefiere abstenerse. La periodista le dice que publicará que no quiso declarar.&lt;br /&gt;Camino cambia de opinión y declara: “Pasará el escándalo del plagio y quedarán las grandes novelas de Martín Romaña, que sigue siendo un escritor admirable”. Ese fin de semana, en su programa de televisión, Camino hace algunas bromas sobre el escándalo: presenta la foto de la secretaria (una vedette que no se distingue por su inteligencia) y la portada de la nueva novela de Romaña (“Un mundo para Google”). Días después, una amiga de Romaña se encuentra con Camino en un aeropuerto y le dice, indignada: “Qué barbaridad lo que le has hecho al pobre Martín”.&lt;br /&gt;Camino responde: “Sólo hice unas bromas tontas. En todo caso, la barbaridad no es que yo haga bromas, sino lo que hizo Martín”. Y se va deprisa a tomar un avión, pensando que las lealtades más fugaces suelen ser las de los escritores.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-8780084846771111669?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/8780084846771111669/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=8780084846771111669' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/8780084846771111669'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/8780084846771111669'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2007/04/las-lealtades-ms-fugaces-0904.html' title='Las lealtades más fugaces (09/04)'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-4584979819228054497</id><published>2007-04-26T20:28:00.000-05:00</published><updated>2007-04-26T20:29:48.330-05:00</updated><title type='text'>Los sueños esquivos (02/04)</title><content type='html'>Por razones familiares y de trabajo, Joaquín pasa en Lima los fines de semana. El resto del tiempo suele estar en Miami, donde trabaja y es infeliz, y en Buenos Aires, donde descansa, ve fútbol, se reúne con los amigos, compra libros y es feliz (tanto, que le da vergüenza, porque supone que un escritor, que es lo que él quisiera ser a pesar de sus libros, no debería ser tan feliz). Joaquín sueña con retirarse a vivir en Buenos Aires, pero un oscuro presentimiento le dice que nunca llegará a cumplir ese sueño, que antes se enfermará y morirá, o que cuando por fin se mude a esa ciudad, unos maleantes vestidos con camisetas de fútbol le pegarán un tiro en la cabeza para robarle cinco mil pesos a la salida de un cajero automático. Un domingo en Lima, extenuado como casi siempre (porque los vuelos semanales en avión lo dejan aturdido y odiando a la humanidad), Joaquín y su ex esposa, que estuvieron casados ocho años y ahora son amigos, almuerzan en casa de ella, que es una cocinera exquisita, y luego salen a ver casas, en compañía de una agente inmobiliaria. Quieren comprar una casa. En realidad, es ella, Sofía, su ex esposa y la madre de sus hijas, quien sueña con comprar una casa, porque aquella en la que vive ya le queda chica (o eso dice ella) y sus hijas adolescentes reclaman cuartos separados. Joaquín cree que se trata de un capricho, de un sueño desmesurado, aunque no se atreve a decírselo. No le parece necesario comprar una casa más grande para su ex mujer, pero ella y las niñas han insistido tanto, que, para no defraudarlas, ha acabado cediendo. Comprará la casa, la pondrá a su nombre, se reservará un cuarto y dormirá ocasionalmente allí, aunque lo más probable es que, cuando pase por Lima, siga refugiándose en su apartamento, un escondrijo oscuro y desaseado, lleno de libros apilados en las esquinas del piso, al que nunca entra nadie que no sea él mismo, ni siquiera sus hijas. Sofía y Joaquín recorren varias casas, soportando a la agente inmobiliaria, que&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-4584979819228054497?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/4584979819228054497/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=4584979819228054497' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/4584979819228054497'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/4584979819228054497'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2007/04/los-sueos-esquivos-0204.html' title='Los sueños esquivos (02/04)'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-8332007898746443571</id><published>2007-04-26T20:23:00.000-05:00</published><updated>2007-04-26T20:27:43.214-05:00</updated><title type='text'>La suerte del caminante (26/03)</title><content type='html'>Martín cumpliría pronto treinta años y quería un auto. Estaba harto de moverse en colectivo y en taxi. No quería seguir subiéndose a colectivos hacinados de gente y a taxis cuyos conductores le hablaban cuando él quería estar callado (Martín casi siempre quería estar callado: era un argentino raro). Hace años, Martín tuvo un auto, pero no era suyo del todo: sus padres compraron un Ford Ka nuevo, blanco, dos puertas, y se lo regalaron a él y a sus dos hermanas, Carolina y Candelaria. El día del estreno del auto, Candelaria quiso salir a pasear a Unicenter con Martín. Ella insistió en manejar. Saliendo en retroceso de la cochera del edificio chocó con una columna de concreto y dejó la parte trasera del Ka abollada. Martín lloró de rabia. Ya nada sería igual. El auto nuevo había perdido su esplendor, que tan poco le duró. Fue un presagio de lo que vendría: una seguidilla de problemas. Peleaban por los turnos para usarlo, le robaron el equipo de música y los faros, nadie se ocupaba de ponerle gasolina. Ahora era un auto desvencijado, lleno de heridas de guerra, que se movía a duras penas, y por eso nadie quería usarlo. Hace poco, Martín bajó de un taxi, harto de que el conductor le hablase a gritos de fútbol y mujeres (dos temas que a él no le interesaban), llamó a Joaquín y le dijo: “Ya no aguanto más, voy a comprarme un auto”. Joaquín le dijo: “Por favor no te lo compres. Yo te lo regalo. Espera a que llegue a Buenos Aires”. Martín aceptó la oferta. Por fin se daría el gusto de moverse en un auto nuevo, escuchando a las divas pop que tanto amaba. Cuando Joaquín llegó a Buenos Aires, encantado de volver a esa ciudad en la que se sentía extrañamente bien (y en la que soñaba con retirarse a escribir en una casa grande, sucia y desordenada), le dijo a su amigo que estaba dispuesto a comprar el auto (y por eso había llevado el dinero en efectivo, burlando ciertos controles aduaneros), pero con algunas condiciones: el auto debía ser japonés (en ningún caso argentino, pues desconfiaba de la industria local); automático (pues estaba desacostumbrado a los autos de transmisión manual); y de cuatro puertas, relativamente espacioso (pues quería que sus hijas pudiesen sentirse cómodas en él, cuando visitasen Buenos Aires). Martín aceptó las condiciones, aunque dijo que hubiese preferido un Ford Ka, un Fox o un Citroen, que eran sus favoritos (pero todos eran de dos puertas y caja manual). Luego vino la pesadilla previsible: visitar los concesionarios, negociar con los vendedores y tratar de entender el enrevesado sistema local. Fueron a varias casas de autos y les dijeron que tenían que pagar la totalidad del vehículo (haciendo un depósito en una cuenta bancaria) y esperar como mínimo un mes a que el auto saliese de la aduana y llegase al local. Joaquín se resignó a pagar y esperar, pero a Martín le pareció peligroso depositar el dinero y recibir un papel firmado y una promesa vaga. Como Martín insistió en que podían estafarlos, Joaquín se abstuvo de hacer el depósito y aceptó a regañadientes visitar otras casas de autos, aquellas en las que podían vender el coche que más le gustaba a su amigo, el Ford Ka. Resultó, sin embargo, que allí también debían pagar (claro que menos: el Ka costaba la mitad que un Honda) y esperar un mes, porque ese modelo estaba muy pedido. Esa noche, exhausto, con dolor de cabeza, Martín maldijo su país y se echó a llorar, porque, a pesar de todo, él quería quedarse a vivir en Buenos Aires, cerca de su hermana enferma y de su madre, a las que tanto amaba y con las que todas la tardes cumplía la ceremonia del té en una confitería de San Isidro. En vísperas de su partida (pues sus visitas a Buenos Aires eran siempre breves), Joaquín, para contentar a su amigo, fue a la casa Honda más cercana (en taxi, lo que le encantaba, pues le permitía conversar con los conductores, tan pintorescos y enfáticos), negoció el precio con un vendedor amable, le entregó el dinero en efectivo (el vendedor lo llevaría al banco), firmó los papeles, contrató el seguro (no sin antes decirle al vendedor que las compañías de seguros eran un fraude organizado, la manera más segura y legal de robarle a la gente) y fue informado de que el Honda, gris plata, cinco puertas, automático, le sería entregado, con suerte (el vendedor puso énfasis en la palabra suerte), en dos semanas. Luego fue a una cochera cercana a su casa y contrató un espacio en el tercer piso, que le costó doscientos pesos mensuales (porque el edificio donde vivía eran tan viejo que no tenía cochera). Un mes después (no las dos semanas prometidas: no hubo suerte), Martín salió manejando el Honda del concesionario. El auto estaba a su nombre y a nombre de su amigo. Por fin podía darse el lujo de prescindir del transporte público, tan odioso para él. Puso un disco de Gwen Stefani, encendió el aire acondicionado (era marzo, hacía calor) y pasó a buscar a su madre y a su hermana, para llevarlas a pasear. Estaba encantado. Era feliz (cosa rara en él, que con frecuencia decía que la vida no tenía sentido y que pensaba en matarse). Cumpliría treinta años con un auto nuevo, propio, que olía a ese olor delicioso que despiden los autos nuevos. Esa noche, tras recorrer la ciudad, Martín dejó el auto en la cochera, que le pareció horrible y deprimente, como todas las cocheras públicas de varios pisos. A la mañana siguiente, perfumado y con linda ropa de verano, fue a la cochera a sacar al auto para manejar hasta Highland, donde jugaría fútbol con sus amigos. Cuando vio el espacio vacío allí donde había dejado el Honda, pensó que se había equivocado de piso. Con el corazón que se le agolpaba en la garganta, corrió de un piso a otro, pero el auto no estaba. Habló con el vigilante, que estaba viendo Gran Hermano en un televisor en blanco y negro, con la antena rota. El custodio le respondió que ellos no respondían por robos, que eso era responsabilidad del cliente. Desesperado, llamó a Joaquín, le contó la desgracia y le preguntó si el seguro cubriría el robo. Joaquín le dijo que sí, que por supuesto, que no pasaba nada. Pero apenas llamaron a la compañía de seguros, les dijeron que habían contratado la póliza más económica, que no cubría casos de pérdida total. Cuando Martín se enteró de que el seguro no pagaría nada, se metió a la cama, tomó diez Alplax y esperó el final. Luego se durmió. Era un sábado por la tarde. Despertó el lunes por la mañana. Se moría, pero de hambre. Se dio una ducha y salió a caminar. El barrio le pareció más lindo. Un sol espléndido le daba brillo a las cosas. Martín sonrió, sorprendido de estar vivo, y pensó que, después de todo, no estaba tan mal volver a ser un caminante leve y distraído.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-8332007898746443571?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/8332007898746443571/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=8332007898746443571' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/8332007898746443571'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/8332007898746443571'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2007/04/la-suerte-del-caminante-2603.html' title='La suerte del caminante (26/03)'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-4415683487510916553</id><published>2007-04-26T20:21:00.000-05:00</published><updated>2007-04-26T20:22:08.476-05:00</updated><title type='text'>El gran amor de su vida (19/03)</title><content type='html'>Martín está triste en Buenos Aires porque su hermana se encuentra muy enferma. Extraña a su amante, que está en Miami, trabajando. No lo ve hace meses. No sabe cuándo volverá a verlo. Como lo extraña, y como su amante es famoso porque trabaja en televisión, escribe en Google su nombre, Joaquín Camino, y lee las cosas que se han publicado sobre él (más insidias que elogios). Luego entra en Youtube y, de nuevo, escribe el nombre de su amante y pierde el tiempo mirando videos de los programas que Joaquín hace en Miami y Buenos Aires. En uno de esos videos, que corresponde al programa que Joaquín presenta en Miami todas las noches (odiando cada una de esas noches en las que tiene que manejar una hora hasta un estudio en un barrio feo y peligroso), Joaquín anuncia que no va a entrevistar a nadie, pues se someterá a las preguntas del público que, en un número no mayor a cincuenta personas, ha acudido al estudio. Lo que no dice Joaquín (y esto lo sabe Martín) es que aquella noche se quedó sin invitado a último momento y por eso se resignó a dejarse entrevistar por el público, a sabiendas de que las preguntas serían peligrosas y rozarían el tema de su vida amorosa y el de su sexualidad (dos temas que, en su biografía íntima, corren separados y son raramente compatibles). Sentado frente a la computadora de su departamento en el barrio de San Isidro, Martín contempla, sorprendido, la escena que se ha emitido no hace mucho en la televisión de Miami: una mujer alta, obesa, con marcado acento venezolano, cuyo rostro no se alcanza a distinguir porque la cámara la enfoca prudentemente desde atrás, se pone de pie y le pregunta a Joaquín: -¿Cuál ha sido la relación que más te ha marcado en tu vida? Joaquín responde, aparentemente sin dudar (y con la certeza de que no miente o exagera): -El gran amor de mi vida ha sido y es Sofía, la madre de mi hijo Sebastián. Ya no vivo con ella, pero la sigo queriendo y la querré siempre. La mujer venezolana se resiste a dejar el micrófono y a sentarse en la silla metálica que le lastima el trasero. Como ha llevado una botella de vino blanco y un pan de jamón que ella misma ha horneado para Joaquín, se siente con derecho a preguntar: -¿Te gustaría volver con ella? Joaquín responde, aparentemente sin dudar (porque cuando habla en televisión no suele dudar): -Nunca digas nunca. Sofía es el gran amor de mi vida y lo será siempre. El público, integrado por señoras cubanas y venezolanas de una cierta edad, aplaude, conmovido. Pero Martín se siente traicionado por su amante, el hombre del que se enamoró hace cuatro años en un hotel del centro de Buenos Aires. Sin pensarlo, furioso, coge el teléfono, lo llama a Miami y le dice: -¿Así que Sofía es el gran amor de tu vida? Volvé con ella, si tanto la amás, boludo. No quiero verte más. Sos un mentiroso y un cobarde. No tenés los huevos de decir en televisión que sos puto y que tenés un novio. Y te hacés el machito sólo para que te aplaudan las viejas cubanas. Sos patético. Martín corta el teléfono, enciende un porro y se queda llorando porque quiere a Joaquín, a pesar de que lo considera un mentiroso y un cobarde. Joaquín no entiende nada porque no sabe que Martín acaba de ver ese video en youtube (ni siquiera sabe que ese video está en youtube) y porque ya ha olvidado aquella noche en que se sometió a las preguntas del público y dijo esas cosas sobre Sofía. Como hace televisión todas las noches, y como se entrega a ella sólo por dinero, suele olvidar las cosas que dice en sus programas con una muy conveniente facilidad. Casi al mismo tiempo que Martín ve el video y se molesta y entristece, Sofía, que está en el aeropuerto de Miami esperando un vuelo a Nueva York, entra a una tienda de libros y revistas y, curioseando, perdiendo el tiempo, ve el titular de una revista de chismes del espectáculo, que dice: “Joaquín Camino, sex símbolo gay”. Sofía hace entonces lo que sabe que no debería hacer: abre la revista, busca el artículo que alude al hombre con el que estuvo casada y lee, irritada, dolida, las cosas que allí se dicen, en las que no reconoce siquiera vagamente al hombre que amó años atrás. El reportero de esa revista de chismes le pregunta a Joaquín: -¿Estás enamorado? Joaquín responde, aparentemente sin dudar: -Sí. Amo a Martín, mi novio argentino. Estamos juntos hace cuatro años. El reportero insiste, porque para eso le pagan: -¿Martín es el gran amor de tu vida? Joaquín responde: -Sí. Martín es el gran amor de mi vida. El reportero elogia enseguida la honestidad de Joaquín y recuerda que por eso le darán un premio en Miami muy pronto, el premio a la “visibilidad gay”. Pero Sofía se siente traicionada por las declaraciones del hombre con el que se casó, sin saber que años después una revista de Miami lo llamaría “símbolo sexual gay”. Furiosa, dolida (más dolida que furiosa), piensa: “Qué ironía que elijan símbolo sexual a alguien tan poco sexual”. Luego abre el celular, marca el número de Joaquín y, cuando él contesta, le dice: -Mejor no vengas al aeropuerto. No tengo ganas de verte. Sorprendido, Joaquín, que va camino al aeropuerto para acompañar a Sofía mientras dure la espera (porque el vuelo a Nueva York está demorado por mal tiempo), le pregunta: -¿Por qué? ¿Qué ha pasado? Sofía responde secamente: -Porque eres un símbolo sexual gay. Y porque el gran amor de tu vida es un hombre. Luego corta el teléfono, se aleja de la gente y llora discretamente porque todavía le tiene cariño a Joaquín, a pesar de las cosas imprudentes que él dice a veces en la prensa. Joaquín no entiende nada porque no ha leído esa revista de chismes de Miami en la que le atribuyen aquellas declaraciones que en realidad nunca hizo (pues el reportero decidió inventarse la entrevista con mucho cariño, dado que Joaquín prefirió no concedérsela). Cuando regresa a su casa, hace lo que suele hacer cuando está muy abatido o en busca de paz: se quita la ropa, se mete desnudo a la piscina y se queda quieto, en silencio, mirando las nubes, los pájaros posados sobre los cables de luz, las lagartijas. Y, sin entender todavía por qué Martín y Sofía están furiosos con él, piensa que quizá sea hora de dejar al gran amor de su vida, la televisión.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-4415683487510916553?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/4415683487510916553/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=4415683487510916553' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/4415683487510916553'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/4415683487510916553'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2007/04/el-gran-amor-de-su-vida-1903.html' title='El gran amor de su vida (19/03)'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-8331422672486379903</id><published>2007-04-26T20:20:00.000-05:00</published><updated>2007-04-26T20:21:26.902-05:00</updated><title type='text'>La mujer casada (12/03)</title><content type='html'>La mujer casada le dice a su esposo que va al siquiatra, que volverá en un par de horas. Es mentira. Va a casa de su amante, que la espera sin entusiasmo y piensa escribirle un correo electrónico cancelando el encuentro, pero no lo hace. Si bien la mujer casada ama a su esposo, con quien tiene dos hijos, no soporta que esté todo el día en la casa desde que lo despidieron del trabajo. Era feliz cuando él se iba a trabajar por la mañana y ella se quedaba en la casa con los niños y la empleada colombiana. Se sentaba horas frente a la computadora, tratando de escribir una novela sobre su infancia en La Habana.&lt;br /&gt;Pero ahora no puede escribir (o fingir que escribe, mientras divaga en internet) porque su esposo está dando vueltas en la casa, hablando por teléfono, jugando con los niños, y su sola presencia la perturba e irrita secretamente. La mujer casada se despide de su esposo y sus hijos, sube a la camioneta que le regaló su esposo, conduce lentamente (porque sabe que conduce mal) y media hora después llega a la casa de su amante. Son las once en punto de la mañana. Es una hora inconveniente para su amante, que suele dormir hasta pasado el mediodía.&lt;br /&gt;Ha puesto la alarma a las diez, se ha levantado de mal humor, arrepentido de haber pactado esa cita furtiva, se ha dado una ducha fría y ha ordenado y limpiado un poco las cosas para que ella no le dé una reprimenda por vivir en condiciones tan descuidadas. Al salir de la ducha, ha pensado en llamar a la mujer casada y decirle que está enfermo, que no puede verla, pero no ha tenido valor para hacerlo y se ha resignado, como suele pasar en su vida, a que las circunstancias o el azar prevalezcan sobre su voluntad. Cuando ve a la mujer casada en la puerta de su casa, bajando de la camioneta, el amante se dice a sí mismo: “Menos mal que no cancelé la cita, había olvidado lo bella que es”.&lt;br /&gt;No se han visto hace un mes o poco más. La última vez que se vieron no pudieron besarse o acariciarse porque estaban en casa de la mujer casada, celebrando su cumpleaños, y naturalmente allí se encontraba también el esposo, que es amigo del amante o que al menos le tiene aprecio al amante y nunca pensaría que está acostándose con su mujer, principalmente porque supone que al amante le gustan los hombres (lo que es verdad) y sólo los hombres (lo que no es verdad). La mujer casada viste esa mañana unos pantalones ajustados y una blusa blanca. Su amante se ha puesto unos pantalones holgados y una camiseta ancha para encubrir su barriga. Se dan un beso. Pasan a la cocina. Ella pide agua. No hay botellas de agua. Su amante ha olvidado comprarlas. Le sirve agua del grifo de la cocina. Ella se molesta y dice que sólo toma agua de botella. El le ofrece jugo de naranja. Ella declina.&lt;br /&gt;Luego se levanta, coge un vaso y lo llena con agua de caño. Cuando se dispone a beber el agua, hace un gesto de asco. El vaso está manchado con minúsculos pedazos amarillentos de naranja que han quedado impregnados, resecos, en el vidrio. Ella le dice que es un cerdo, que los gérmenes de esas partículas putrefactas de naranja pueden dar cáncer. Su amante hace un gesto resignado y dice que todo da cáncer, que seguramente lavar los vasos con detergente también da cáncer. Luego le sirve uvas y pasta de guayaba y ella parece de mejor humor porque le encanta comer pasta de guayaba y dice que los besos de su amante saben a guayaba y a veces cuando están en la cama le dice “méteme guayaba”, que es una expresión que a él le encanta. La mujer casada le pregunta si ha leído su novela, el borrador de la novela que le entregó la noche de su cumpleaños.&lt;br /&gt;Su amante dice que sí la ha leído, que le ha gustado. No miente. Pero luego le dice que el título no le ha gustado y que el final podría mejorar. Ella come guayaba y escucha en silencio. El piensa que sólo les queda media hora (porque la cita con el siquiatra supuestamente dura una hora) y que es una pena que estén perdiendo el tiempo hablando de aquella novela que, si bien ha leído con interés, cree que no merece ser publicada tal como está (pero eso no se lo dice). Luego le dice que el final es demasiado feliz, que los buenos finales nunca son tan felices porque la felicidad sólo produce mala literatura y porque además en la vida nunca nadie tiene un final feliz, todos se mueren. Ella dice que no pensó mucho ese final, que simplemente se cansó de escribir.&lt;br /&gt;La mujer casada ignora el timbre de su celular. “Es mi marido, qué pesado”, dice. Luego le dice a su amante que la otra noche lo vio en la televisión y lo odió. “Eres un tonto y un ignorante”, le dice. Su amante sonríe, la abraza por detrás, le huele el cuello, la besa. Ella le dice que no soporta verlo en televisión, que no tiene gracia, que trata mal a sus invitados, que se cree más listo de lo que es. Su amante goza extrañamente siempre que ella lo critica (algo que ocurre con frecuencia) porque le recuerda que así se conocieron, una noche, a la salida del teatro, donde él presentó un monólogo de humor, cuando ella se le acercó, con una falda corta y botas blancas, y le dijo: “Devuélveme la plata, no me hiciste reír nada”.&lt;br /&gt; La mujer casada y su amante pasan a la habitación. El celular vuelve a sonar, pero ella lo ignora. Luego se quita con dificultad el pantalón ajustado, pero no la blusa, porque no le gustan sus pechos, dice que se le han caído después de amamantar a sus dos hijos.&lt;br /&gt;Su amante se saca el pantalón, pero no la camiseta, porque no le gusta su barriga, le da vergüenza. Aunque va al gimnasio todos los días y hace abdominales, su barriga no cede y amenaza con extender sus dominios. Se besan. Se tocan. En realidad, ella no hace nada, sólo se deja besar y tocar. Luego él va al baño y advierte que no tiene condones. Se lo dice. Ella se queda tendida en la cama y dice: “No importa. Mejor. Ya sabes lo que tienes que hacer”. Cuando terminan, vuelve a sonar el celular.&lt;br /&gt;La mujer casada contesta y le dice en inglés a su marido que está saliendo de la consulta del siquiatra, que lo ama, que está en camino. Luego se viste deprisa, se echa un perfume que saca del bolso y camina hasta la puerta. Su amante la acompaña en calzoncillos. Antes de irse, la mujer casada lo mira con un brillo malicioso y le dice: “Yo sé que no me amas. Yo tampoco te amo. Te estoy usando. Voy a acostarme contigo hasta que me ayudes a publicar la novela. Después no me verás más”. Su amante se ríe y la ve alejarse, pero sabe que no está bromeando.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-8331422672486379903?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/8331422672486379903/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=8331422672486379903' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/8331422672486379903'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/8331422672486379903'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2007/04/la-mujer-casada-1203.html' title='La mujer casada (12/03)'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-3146671333788258249</id><published>2007-03-14T08:03:00.000-05:00</published><updated>2007-03-14T08:05:12.871-05:00</updated><title type='text'>:: El milagro de los vestidos</title><content type='html'>Hace un año o poco más, los médicos le dijeron a Cristina que tenía un cáncer muy avanzado en el estómago, grado cuatro, y que sólo le quedaban tres meses de vida, a menos que se sometiera a una quimioterapia masiva, lo que tampoco garantizaba nada. Cristina tenía entonces veintiocho años y una hija de dos, Carolina.&lt;br /&gt;Con una fortaleza insospechada en ella –una mujer de contextura muy delgada y maneras refinadas–, vivió sin quejarse la pesadilla de múltiples quimioterapias, tres operaciones y numerosos internamientos en clínicas de Buenos Aires, acompañada de María, su madre, que no la dejó dormir sola ni una noche. En diciembre pasado, tras una cuarta operación para examinar los avances de esa cruel seguidilla de inyecciones venenosas que hundían inexorablemente a Cristina en severas crisis de náuseas y abatimiento, los médicos le dijeron que por el momento estaba a salvo, que habían conseguido extirpar los más minúsculos rastros de esa enfermedad. Estaba curada, o al menos eso le dijeron, aunque el cáncer podía regresar en cualquier momento. Con ganas de celebrar esa buena noticia (que era, a la vez, un alivio y una amenaza latente), Martín, su hermano, dos años menor que ella (y mi amigo más íntimo y querido), la invitó a Río para tratar de olvidar el calvario por el que ella había pasado tan digna y estoicamente.&lt;br /&gt;Viajaron a mediados de diciembre, un mal momento para viajar, y tuvieron que soportar los previsibles maltratos, incomodidades y retrasos de una aerolínea brasilera de bajo costo. A pesar de ello, pasaron una semana razonablemente feliz.&lt;br /&gt;Se bañaron en el mar de Buzios, se hicieron fotos en la playa (Cristina sólo podía usar trajes de baño de una pieza, por las cicatrices de tantas operaciones), recorrieron los centros comerciales, no les robaron nada y (esto fue lo mejor del viaje, según me contó Martín) pudieron hablar de sus vidas, de su familia, de cuando eran chicos y se adoraban, no sin que Cristina se emocionase, llorase y lamentase que ciertas cosas no hubiesen salido todo lo bien que ella esperaba cuando era niña y no sabía lo que ahora ya conocía de sobra, que la vida era una sucesión de emboscadas, trampas y caídas de las que nadie se recuperaba del todo. Los primeros días de enero, Cristina volvió a su trabajo como administradora de una boutique de ropa en San Isidro. Le costaba estar en pie, atender a las clientas, sonreír en cualquier caso, pero quería sentir que, de nuevo, podía llevar una vida normal.&lt;br /&gt;Martín viajó a Miami. La directora de una revista de modas le había ofrecido un puesto en esa publicación. Después de pasar por varias pruebas y entrevistas, y tras una larga espera que supo sobrellevar con paciencia, Martín recibió la noticia de que le habían dado el trabajo con el que había soñado tanto tiempo: editor de aquella lujosa revista que, desde muy joven, él leía con devoción, y cuyas ediciones en distintos idiomas guardaba en la sala de su departamento en Buenos Aires, como si fueran un tesoro de incalculable valor. Eran días felices. Cristina se sentía mejor, podía jugar con su hija, llevarla a la piscina del club, atender los asuntos de la boutique.&lt;br /&gt;Martín salía de casa muy temprano, impecablemente vestido, de buen ánimo, y gozaba ejerciendo su nuevo trabajo como pequeño dictador de esa revista de papel satinado, la biblia de la moda y el buen vivir (aunque a veces discutíamos, porque todo lo que pregonaba aquella revista no me parecía un buen modo de vivir). Una tarde, sin que nada hiciera presagiar que aquella precaria alegría de verano sería tan corta, Cristina sufrió unos dolores tremendos, se desmayó y fue llevada de urgencia al hospital. La operaron sin demora y descubrieron que el cáncer había regresado, se había multiplicado y comprometía gravemente su vida. María, su madre, llamó a Martín a Miami y le dijo, llorando, que los médicos le daban cuarenta y ocho horas de vida a Cristina. Martín quiso viajar esa misma noche, pero no encontró cupo, el vuelo de Lan estaba lleno y los de American también. Cuando pidió permiso en la revista, le dijeron que eran días de cierre, que sólo lo autorizaban a viajar tres días, no más. Sorprendido y decepcionado, Martín dijo que se iría a Buenos Aires indefinidamente para acompañar a su hermana todo lo que hiciera falta. La directora le dijo: “La única diva de esta revista soy yo, y no puedo tolerar otras divas”. Martín renunció y estuvo a punto de arrojar a la directora por la ventana. Como tenía que esperar un día para viajar y lo devoraban la rabia y la impotencia, Martín fue a un centro comercial y compró ropa para Carolina, la hija de Cristina, de quien era padrino. Llenó una maleta de vestidos, camisetas, zapatillas, zapatos, calzones, trajes de baño y toda clase de combinaciones de verano y de invierno para su rolliza ahijada. Lo hizo por amor a ella, claro está, pero también porque presentía que, si llegaba a tiempo y la encontraba viva, Cristina se pondría muy contenta al ver toda esa ropa tan linda para su hija. Al llegar a Buenos Aires, aturdido por los somníferos que le abreviaron el vuelo, Martín corrió a la clínica en Belgrano y encontró a su hermana todavía respirando, consciente, luchando por sobrevivir. Los médicos se negaban a operarla una vez más, resignados a que la batalla se había perdido ya. Entonces Martín abrió la maleta y fue enseñándole cada prenda, cada conjunto, cada delicado vestido que había comprado para Carolina, su ahijada. Cristina se llenó de vida imaginando a su hija luciendo ropa tan espléndida. Luego Martín le contó que se quedaría en Buenos Aires con ella, que nunca más se iría, que volverían a ser íntimos, inseparables, como cuando eran chicos. Al día siguiente, inexplicablemente, las heridas internas que estaban envenenándola empezaron a sanar. Ante la perplejidad de los médicos, Cristina salvó la vida, se recuperó lentamente, volvió a comer y pudo dejar la clínica una semana después. Algunos creen que se trata de un discreto milagro que obró el padre sanador que, llevado por María en un momento de desesperación, visitó a Cristina en el hospital, en vísperas de que llegase Martín. Otros, más descreídos sobre los poderes benéficos de los curas sanadores (y entre ellos debe contárseme), sospechan que el milagro se produjo cuando Cristina, desde su cama, entubada y agonizante, vio a su bella hija haciéndole un desfile de modas en el cuarto, exhibiendo, una y otra vez, felizmente indiferente a la muerte y sus sombras, la ropa suave, luminosa, prometedora, que le llevó su padrino Martín.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-3146671333788258249?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/3146671333788258249/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=3146671333788258249' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/3146671333788258249'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/3146671333788258249'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2007/03/el-milagro-de-los-vestidos.html' title=':: El milagro de los vestidos'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-7800372665276670506</id><published>2007-03-07T07:07:00.000-05:00</published><updated>2007-03-07T07:08:51.333-05:00</updated><title type='text'>:: Morir maquillado (26/02)</title><content type='html'>Al llegar al estudio, el guardia de seguridad, un colombiano de baja estatura, con voz de locutor de radio, me cuenta un chiste malo, como todas las noches, y yo me río falsamente, sin ganas, como todas las noches, y le digo que se abrigue porque un frente frío se ha abatido insidiosamente sobre esta ciudad.&lt;br /&gt;Me gustaría entrevistar al guardia colombiano, que ha sido guardia o portero casi toda su vida en Nueva York, donde conoció celebridades y se retrató con ellas (y por eso ciertas noches, además de contarme el chiste malo de rigor, me enseña aquellas fotos con Sinatra, con Eastwood, con Aznavour, con la Streisand, en las que él aparece idéntico, tieso, muy serio, escondiendo su vocación de comediante frustrado), y así se lo he dicho en varias ocasiones, pero sus jefes le han prohibido que me dé la entrevista, alegando que pondría en riesgo la seguridad del estudio.&lt;br /&gt;En el cuarto de maquillaje me espera La Mora, una mujer cubana, negra, de pelo rizado, que no sé cómo se llama, porque todos le dicen La Mora, y que está feliz porque acaba de conseguir el permiso oficial para abrir una escuela de maquillaje y porque se ha salvado de la última ola de despidos en el canal, que le costó el puesto a Ethian, el joven cubano que me maquillaba como si estuviera acariciándome o seduciéndome, mientras contaba arrobado cómo maquilló cierta vez a David Beckham en Alemania, donde él vivía (aunque, a diferencia del guardia colombiano, Ethian no puede exhibir fotos que confirmen la veracidad de esa historia). De pronto entra al cuarto de maquillaje un hombre mayor, delgado, canoso, de anteojos, vestido con traje oscuro y corbata. Tras saludarnos secamente, se sienta a mi lado, frente al espejo excesivamente iluminado por decenas de bombillos amarillentos que dan un aire a camerino de diva marchita, y espera su turno para ser maquillado por La Mora.&lt;br /&gt;El hombre ha sido invitado a un programa político que está por comenzar en quince o veinte minutos y que será emitido en directo, antes de mi programa. Al reconocerme, me dice que debería cortarme el pelo, que llevarlo tan largo me resta credibilidad como periodista. Le agradezco la sugerencia y le digo que no aspiro a ser periodista ni a tener credibilidad, pero él me mira muy serio y me dice en tono grave que esa noche va a soltar una bomba, y luego se aferra a un sobre amarillo, extrae con manos temblorosas unas fotos en blanco y negro, mal impresas, y me dice que esas son las pruebas de que Fidel está muerto.&lt;br /&gt;Miro las fotos (si a esas manchas podemos llamarlas fotos), sin que el caballero me permita tomar con mis manos aquellos papeles que, en su opinión, constituyen prueba irrebatible de la primicia que se dispone a lanzar al mundo, que el longevo dictador ha muerto, y veo desilusionado lo que ya me habían pasado por internet, unas fotos mortuorias de Fidel con los ojos cerrados dentro de un ataúd, y le pregunto cuándo, si acaso, murió el dictador, y él responde, sin ápice de duda, que el 8 de diciembre, y que desde entonces se ha contratado a un “doble” para que cada tanto aparezca haciendo precarios ejercicios en un buzo Adidas o arengando a Chávez con el propósito de simular que Fidel vive aún. Le digo en tono risueño que su teoría me parece inverosímil, que esas fotos no prueban nada, que yo creo que Fidel sigue vivo, por desgracia. El hombre se enfurece, se exalta, agita sus papeles, me llama ignorante, levanta la voz, dice a gritos que el dictador está muerto.&lt;br /&gt;-¡Fidel murió el 8 de diciembre, coño! -grita. -Si usted tiene razón, que Dios lo bendiga o, como dicen en La Habana, que le dé un hijo macho -le digo, sólo por decir una travesura tonta, sin reparar en la idiotez que acabo de decir, porque el hombre debe tener setenta y tantos años y no parece estar en condiciones de seguir teniendo hijos, si alguna vez los tuvo.&lt;br /&gt;-¡Fidel está muerto, coño, y yo lo voy a demostrar! -grita el hombre, furioso porque no le creo y porque La Mora, a juzgar por su mirada maliciosa (que es su mirada de siempre), tampoco. Entonces el hombre deja sus papeles, mira el reloj y pide un café, pero La Mora le dice que en el canal no hay cafetería, que tendrá que contentarse con agua.&lt;br /&gt;Como el hombre está impaciente y lleva apuro, le sugiero a La Mora que deje de maquillarme y lo atienda enseguida. Ella se desplaza con rapidez, mueve sus utensilios y empieza a pasar una esponja impregnada de base por el rostro ajado del panelista.&lt;br /&gt;De pronto, el hombre hace unos ruidos muy raros, guturales, cavernosos, como si fuera a toser o a escupir, y cierra los ojos y se desmaya hacia un costado, de un modo tan violento que cae de la silla y se da de bruces contra el suelo de baldosas blancas por el que tantas veces hemos visto pasar roedores sigilosos. La Mora lanza un alarido sin soltar su esponja y yo me quedo sentado sin atinar a hacer nada. El hombre yace en el suelo, inmóvil, la boca abierta, los ojos cerrados, la cara a medio maquillar, las fotos de Fidel muerto desperdigadas a su alrededor. En ese momento entra el microfonista y pregunta quién es el invitado para ponerle el micrófono y La Mora señala el cuerpo del panelista colapsado y dice: -¡Llama al Rescue! -¡Mejor llámalo tú, porque no tengo crédito en el celular! -responde el microfonista. -¡Ve a llamar a Ligia Elena! -le ordena La Mora. El microfonista sale corriendo, aterrado. La Mora se hinca de rodillas y, agitando las fotos de Fidel, le echa aire al panelista, tratando de reanimarlo, pero, como no da señales de vida, deja los papeles, saca su esponja y sigue maquillándolo.&lt;br /&gt;-¿Pero qué haces, Morita? -le pregunto, perplejo. -Mejor lo termino de maquillar -dice ella, toda una profesional-. Si revive, ya está ready para el show de Ligia Elena. Y si sigue muerto, ya lo dejo preparadito para el velorio.&lt;br /&gt;En medio de un barullo de voces, y rodeada de un séquito de productores y aspirantes a productores, aparece en el cuarto de maquillaje, agitada pero impecable, la famosa periodista Ligia Elena, cuyo programa está por comenzar. Al ver a su invitado tendido en el piso, ordena:&lt;br /&gt;-¡Que venga el Rescue! ¡Y traigan una cámara y filmen todo esto! Luego dice, como hablando consigo misma: -Qué pena que esto no pasó en el programa. Tremendo rating hubiéramos hecho.&lt;br /&gt;-¡Tres minutos para salir al aire, Ligia Elena! -grita alguien. La periodista se marcha presurosa, rumbo al estudio.&lt;br /&gt;Mientras comienza su programa, en el que no se hace alusión alguna al incidente del panelista colapsado, llegan los paramédicos e intentan reanimar al pobre hombre, pero todos los esfuerzos son en vano. Ha muerto.&lt;br /&gt;Ha muerto minutos antes de anunciar la muerte del hombre al que más ha odiado en su vida, al que ha odiado medio siglo. Y ahora La Mora se inclina reverente, le pone colorete en los labios y un poco de polvo en las mejillas y cubre el rostro del finado con los papeles de Fidel muerto.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-7800372665276670506?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/7800372665276670506/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=7800372665276670506' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/7800372665276670506'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/7800372665276670506'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2007/03/morir-maquillado-2602.html' title=':: Morir maquillado (26/02)'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-1759667055243940295</id><published>2007-03-07T07:05:00.000-05:00</published><updated>2007-03-07T07:07:07.705-05:00</updated><title type='text'>:: La vecina española (19/02)</title><content type='html'>No debí dar mi correo electrónico en el programa. Lo hice porque quería que el público pudiese ir al estudio a verlo en directo. La española leyó el correo, me escribió y me dijo que vivíamos en la misma calle, que había leído mis libros, que me veía caminar en las tardes rumbo al gimnasio y quería conocerme. Me dijo el número de la casa en que vivía, 728, y me invitó a tomar el té.&lt;br /&gt;No respondí. Pero esa tarde, caminando al gimnasio, pasé frente a su casa, apenas a media cuadra de la mía, y eché una mirada. Era de dos pisos, de aire decadente, y combinaba con cierta temeridad los rojos y azules opacos. Las ventanas estaban abiertas y la brisa invernal mecía las cortinas transparentes. Me sorprendió que hubiese tantos autos en la cochera, cinco, todos deportivos, convertibles y de colores llamativos. Había algo raro en ese lugar.&lt;br /&gt;A primera vista algo chirriaba entre la descuidada vejez de la casa y la modernidad de los autos. Cada noche, al llegar a casa, ya tarde, me sentaba a leer los correos y encontraba sin falta uno de la española, diciéndome qué cosas le habían gustado o disgustado del programa, qué invitados le habían parecido encantadores, aburridos o repugnantes. Eran textos cortos, bien escritos, salpicados de ironía, en el tono virulento y despiadado que uno puede permitirse cuando es crítico anónimo. Por lo general, estaba de acuerdo con ella. Los personajes que la española encontraba odiosos, embusteros o cobardes también me lo parecían a mí, aunque, claro, yo no podía decirlo en la televisión. Todas las mujeres que venían al programa le caían mal.&lt;br /&gt;Me exigía que fuese implacable con ellas. Era tremenda. “Tengo mucha mala leche”, me dijo en uno de sus correos. “Por eso me caes bien, porque estás lleno de mala leche como yo”, añadió. Yo solía contestar esos correos breve y afectuosamente, en dos o tres líneas, por ejemplo “gracias, me hiciste reír, eres un amor”, o “estás loca, eres genial, no dejes de escribirme”, o “no podría estar más de acuerdo contigo, adoro tu mala leche”, cosas así, que escribía sólo para halagarla.&lt;br /&gt;Una noche me mandó una foto y me pidió que le dijera si la encontraba atractiva. “Sé que tienes novio”, me decía. “Pero también sé que te han gustado algunas mujeres y quiero saber si yo podría llegar a gustarte”. Abrí la foto. Era muy bella, joven, sorprendentemente joven, de unos treinta años y cierta belleza gitana, el pelo negro y largo, los ojos melancólicos, almendrados, el rostro traspasado por una melancolía extraña, que no se adivinaba en sus correos, tan rotundos.&lt;br /&gt;Le escribí enseguida: “Eres muy guapa. Pensé que eras mucho mayor. No se te nota la mala leche. Sabes posar”. Ella escribió: “Estoy casada y amo a mi esposo, y sé que tienes un novio, te he visto con él, pero algún día me gustaría saltarme las reglas y jugar contigo”.&lt;br /&gt;Escribí sin demora: “Siempre me ha gustado saltarme las reglas”. Extrañamente, ella dejó de escribirme varios días. Pensé que se había asustado, que sólo quería flirtear y que, ante la inminencia de un encuentro, se había replegado, temerosa: después de todo, era una mujer casada y tenía que ser prudente. De pronto, la española regresó bruscamente a mi vida. Encontré de madrugada un correo suyo:&lt;br /&gt; “Debo confesarte que hice trampa. La foto que te mandé me la tomaron hace veinte años.&lt;br /&gt;¿Me perdonas? ¿Todavía quieres conocerme?”. No le contesté. No me gustó que me hubiese mentido. Pensé que no debía escribirle más, que era una loca peligrosa. Enojada porque no le escribía, ella siguió enviándome todas las noches sus correos llenos de mala leche. Ya no me hacían tanta gracia. Era evidente que estaba despechada y que odiaba a cualquier mujer que fuese más joven o guapa que ella. La española era una señora rica, loca, casada e infeliz, llena de tiempo libre y frustraciones, como muchas de mis vecinas. Debí cambiar de ruta al gimnasio.&lt;br /&gt;Fui un tonto, me dejé emboscar. Una tarde pasé frente a su casa y ella salió corriendo, cruzó la calle, se plantó frente a mí y me dijo que estaba pasando unos días terribles por mi culpa. Le pregunté por qué me culpaba de su infelicidad. Me dijo: “Porque no me has escrito desde que te dije que esa foto tenía veinte años”. Mientras decía eso, yo pensaba que la foto podía tener no veinte sino treinta años de antigüedad, porque la española lucía el rostro estropeado por tantas cirugías inútiles, que lo habían convertido en una mueca tensa, en el remedo triste de lo que fue, en la caricatura desfigurada de aquella foto en la que todavía tenía una cara verdadera y no esta máscara de ahora. “Lo siento, no he tenido tiempo de escribirte”, dije.&lt;br /&gt;“Me estás haciendo sufrir mucho”, me reprochó. “Eres un mal tío”, dijo. “Esto no se la hace a una dama”.&lt;br /&gt;Pensé: Es que no eres una dama. Pero no se lo dije. Me puse serio y dije con voz cortante: “No tengo tiempo para estas cosas. Estoy apurado”. Y seguí caminando hacia el gimnasio. Al final de la tarde, me eché a dormir la siesta. Desperté asustado, poco después. Alguien golpeaba la puerta de calle. Me puse de pie y acerqué a la escalera. No podía verla, pero escuché su voz llamando mi nombre. Era la vecina española. Volví a la cama y pensé que se cansaría de tocar la puerta.&lt;br /&gt;Me equivoqué. De pronto, la puerta se abrió y sentí su voz dentro de la casa, llamándome. No entendí cómo podía haber entrado, por lo visto había dejado la puerta abierta. La española estaba gritando en mi casa y yo me escondía entre las sombras del segundo piso. “No te escondas, sé que estás arriba, no me obligues a subir”, gritó. Un ramalazo de miedo me recorrió de la cabeza a los pies. Pensé que había venido a matarme o, peor aún, a violarme. Entonces la mala leche se apoderó de mí y me hizo encender la luz de la escalera y gritarle: “¿Qué haces en mi casa, vieja de mierda? Vete ahora mismo, que ya llamé a la policía”. Ella se asomó a la escalera y, para mi sorpresa, mostró unos libros que traía en las manos y me dijo, llorosa: “Sólo quería que me firmaras tus libros”. No me inspiró lástima. “No me da la gana de firmarte nada porque no tienes derecho de meterte así en mi casa”. Ella se quedó allí, mirándome con cara de víctima. “¿No te gusto?”, me preguntó, con la voz quebrada, aguantando el llanto.&lt;br /&gt;“No, nada”, le dije. De pronto ella recuperó el aire regio, me miró con mala cara y sentenció: “¿Sabes por qué no te gusto? Porque no te gustan las mujeres. Tú eres mariquita. Yo no te creo ese cuento de que eres bisexual. Tú eres mariquita y te gusta que te den por el culo”. Ahora la española estaba gritando y me miraba con una mala leche de siglos. Luego tiró mis libros al suelo y gritó: “Y estos libros son una mierda”. Y se marchó haciendo sonar los tacos, dejando la puerta abierta, sabiendo que la policía no llegaría nunca ni yo iría a denunciarla.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-1759667055243940295?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/1759667055243940295/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=1759667055243940295' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/1759667055243940295'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/1759667055243940295'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2007/03/la-vecina-espaola-1902.html' title=':: La vecina española (19/02)'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-1899125872570807470</id><published>2007-03-07T07:04:00.000-05:00</published><updated>2007-03-07T07:05:52.402-05:00</updated><title type='text'>:: Contemplación de las niñas (12/02)</title><content type='html'>Antes de salir de compras, Camila lo organiza todo con una minuciosidad admirable, que no sé de quién ha heredado, seguro que no de mí. Se sienta en la computadora, entra en Internet, imprime el mapa interior del centro comercial al que iremos (una hoja por cada piso, por las dudas), selecciona las tiendas que más le interesan, traza el recorrido exacto que haremos bajo su suave mando y elige el restaurante en el que comeremos.&lt;br /&gt;A veces, si tiene tiempo (y ella siempre encuentra tiempo para planear cada pequeño evento familiar), imprime también unas hojas con las fotos o los dibujos de los artículos que desea comprar y calcula cuánto habrá (habremos) de gastar. En alguna ocasión, al llegar al centro comercial, Camila se ha dado cuenta, fastidiada, de que olvidó sus papeles, sus mapas, su detallado plan de compras y actividades, pero, recuperada del mal rato (porque nada le irrita más que perder algo), ha retomado el control y nos ha guiado confiando sólo en su memoria, lo que no deja de asombrarme. Paola, su hermana menor, dos años menor que ella, revela poco o ningún interés en comprar ropa, todo lo contrario de Camila, que sigue con fascinación el mundo de la moda y está siempre buscando combinaciones atrevidas y originales que resalten su belleza adolescente. Paola entra en las tiendas de ropa, echa una mirada displicente, aburrida, curiosea sólo para cumplir conmigo (que le pido que busque bien, a ver si por fin encuentra algo que le guste) y sentencia sin ninguna tristeza, se diría que aliviada, que nada le gusta y que además nada le queda, que no hay ropa de su talla en esa tienda ni en ninguna tienda de toda la ciudad.&lt;br /&gt;En realidad, a Paola, como a mí, la ropa le aburre, y le da igual ponerse cualquier cosa, aunque no le da igual que su hermana se ponga cualquier cosa suya, eso la enfurece y la hace llorar, porque Camila a veces se pone ropa suya sin pedirle permiso y Paola dice que no es justo porque ella tiene mucha menos ropa que su hermana y, a pesar de eso, le quitan la poca ropa que tiene.&lt;br /&gt;Yo naturalmente la defiendo y le sugiero que se compre más ropa, pero ella no quiere comprarse ropa, se aburre, prefiere sentarse en un café conmigo a comer un croissant, mientras su hermana sigue probándose cosas lindas frente al espejo. Paola lo que de verdad quiere es comprar ropa para sus animales en una tienda que se llama Petco y que la hace más feliz que cualquier otra tienda de esta ciudad. Allí sí, ella se entusiasma, despierta, revive, salta y baila de alegría, mientras elige, empujando el carro metálico, ropas, camitas, cochecitos, juegos, comidas, vitaminas y toda clase de sorprendentes chucherías para sus gatos, sus perros, su hurón, sus conejos, su tortuga y sus cotorras amaestradas, a las que está tratando de enseñar que digan nuevas obscenidades. En la casa, Camila disfruta enormemente ordenando y probándose la ropa, ordenando toda la ropa, la suya y la nuestra, lavándola, secándola y desplegándola con sumo cuidado y delicadeza en los cajones de los vestidores. También parece gozar tendiendo las camas, limpiando la cocina, poniendo cada cosa en el lugar exacto en el que, según ella, debe ir.&lt;br /&gt;Yo admiro su amor por el orden y la limpieza, su esmero por hacerlo todo con tanta prolijidad, y me digo en silencio que de mí no ha heredado esas formidables habilidades domésticas (porque no limpio la casa nunca) y que es una maravilla tenerla en la casa, en mi vida. Paola, mientras tanto, se dedica a una de sus más persistentes y curiosas inquietudes: medir la temperatura. Sintoniza el canal del tiempo (mi padre solía hacer eso, le gustaba saber el clima de las principales ciudades del mundo), saca los termómetros que ha comprado, los coloca en lugares estratégicos y, tras unos minutos de impaciente estudio, determina qué temperatura hace en la casa, en la terraza, en el jardín, al sol, a la sombra y en la piscina.&lt;br /&gt;Luego concluye (porque siempre llega a esta conclusión, sin importar si hace más frío o más calor) que debemos meternos a la piscina cuanto antes. Pero la piscina, cuando deslizo los pies en ella, está helada, y entonces Paola multiplica sus esfuerzos para convencerme de que nos metamos juntos, porque sola no le hace ninguna ilusión, y al final consigue empujarme y meterme al agua. Y es allí, en el agua, donde ella parece más feliz. Camila, entretanto, mira películas o lee un libro en inglés o planea el día siguiente. A Paola no le interesa nada de eso, ni el futuro ni los estudios ni el servicio comunitario que, con admirable generosidad, su hermana desea cumplir, para ayudar a que nuestro barrio esté más limpio y ordenado. Paola lo que quiere es zambullirse, bucear, nadar, saltar al agua, sacar de las profundidades de la piscina cosas que me obliga a tirar. Paola encuentra en el agua (de la piscina, del mar, de las duchas a las que se mete varias veces al día) unas formas de felicidad, de euforia, que me dejan maravillado, y que sin duda tampoco ha aprendido de mí. Muy rara vez se pelean (y, cuando eso ocurre, el origen del conflicto suele estar en que una ha usado sin permiso algo que pertenece a la otra, generalmente ropa).&lt;br /&gt;Cuando las encuentro discutiendo, pellizcándose o tirándose cosas, trato de separarlas y distraerlas con una película, cada una en su cuarto, y no preguntar quién tiene la razón ni tomar partido por ninguna, aunque, cuando es inevitable, suelo defender a Paola, no importa que al parecer no tenga la razón, sólo porque es la menor y porque es y será más baja que Camila y porque se saca notas no tan buenas como su hermana y porque es más vulnerable y cuando la humillan se encoge y llora en silencio de un modo que me conmueve, como lloró anoche en el restaurante mexicano, quejándose porque no encuentra en la ciudad una tienda que tenga ropa que le guste y que sea de su talla. No sé si mis hijas son amigas o si lo serán en el futuro, cuando sean adultas, cuando yo no esté. A veces me parece que se quieren y se necesitan, a pesar de que son tan distintas.&lt;br /&gt;En las noches, Camila se pasa siempre a la cama de su hermana y duermen casi abrazadas, Paola hablando dormida cosas que intento descifrar, haciendo rechinar los dientes, quejándose de algo, poniendo cara de sufrimiento, y Camila despertándose una y otra vez, prendiendo luces, viendo arañas en las sombras, viniendo a mi cuarto para preguntarme si no he escuchado unos ruidos extraños, si no será que se acerca una gran tormenta que arrancará el techo de la casa y nos llevará volando. En la mañana, al despertar, las beso largamente, todo lo que me dejan, aspiro el olor de su cuello, de sus mejillas, de su pelo tantas veces lavado, y luego me dicen, siempre preocupadas por mi salud, que vaya a dormir un poco más, porque nos espera un largo día de compras. Y vuelvo a la cama pensando que un día sin ellas no puede ser ya un día feliz.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-1899125872570807470?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/1899125872570807470/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=1899125872570807470' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/1899125872570807470'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/1899125872570807470'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2007/03/contemplacin-de-las-nias-1202.html' title=':: Contemplación de las niñas (12/02)'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-1806728462284518740</id><published>2007-03-07T07:00:00.000-05:00</published><updated>2007-03-07T07:04:50.597-05:00</updated><title type='text'>:: Mi madre en el mar (05/02)</title><content type='html'>Camino a la casa de su hermano, que la espera para salir a navegar, mi madre se detiene un momento a visitarnos en la playa. Cuando regreso de correr la encuentro, sentada en la terraza, conversando con Sandra y mis hijas. Se ve estupenda, guapa, delgada. Ya no viste de negro por la muerte de mi padre. No quiere tomar nada porque se siente un poco mareada por los cien kilómetros que ha recorrido en compañía de un chofer y un custodio que la esperan en la sombra con las flores que llevan para su hermano, el tío legendario.&lt;br /&gt;Está serena y feliz, sorprendentemente serena y feliz. Dice que mi padre está ahora en un lugar mejor y que algún día ella se reunirá con él en ese lugar mejor y podrán abrazarse como nunca pudieron abrazarse cuando estuvieron de paso por acá.&lt;br /&gt;“Ojalá”, le digo. “Ojalá, no: así será”, me corrige ella, con su sonrisa infinitamente bondadosa. Luego me cuenta que el año pasado hizo muy provechosas inversiones en la Bolsa de Valores, en ciertas compañías mineras cuyas acciones multiplicaron su valor. Quedo asombrado con la solvencia y naturalidad con que mamá habla de sus astutas movidas bursátiles. Ha ganado dinero, aunque pudo ganar mucho más de no haber vendido a destiempo en un par de ocasiones, mal asesorada por ciertos financistas asustadizos (menciona a uno de apellido Solano), que pensaron que Humala ganaría las elecciones. La escucho en silencio, admirado. Es una mujer distinguida, de modales suaves y apariencia delicada, incluso frágil, pero hay en ella una voluntad de hierro, una fuerza escondida, cierta inquebrantable perseverancia que nace, supongo, del ejercicio diario de la fe.&lt;br /&gt;Mi madre me anima a invertir en la Bolsa con ella. Ya no me anima a ir a misa con ella. Es una manera ingeniosa y conmovedora de buscar alguna forma de complicidad conmigo. Le prometo que seguiré sus consejos financieros, que compraré y venderé lo que ella me diga, que nos haremos muy ricos y me retiraré, por fin, de la televisión. Me dice riéndose que ella no tiene tanta suerte en la Bolsa porque en realidad, bien miradas las cosas, no es suerte, es que cuenta con la asistencia y el auxilio de Dios Todopoderoso, que la ilumina en la lenta, pero segura, expansión de su portafolio.&lt;br /&gt;Luego nos deja varios regalos (manás, chocolates, sobres con billetes para las niñas, un saco que era de mi padre para mí) y prosigue su viaje por la autopista al sur, donde, doscientos kilómetros más allá, en la bahía de Paracas, la espera su hermano, el navegante solitario, legendario por el poder de su inteligencia y la fineza de su humor, que la ha invitado a pasar el fin de semana en su espléndida casa que yo todavía no conozco. Quince minutos después, mientras estoy probándome con algún temor el saco marrón que fue de mi padre, escucho sorprendido que mamá ha regresado.&lt;br /&gt;Nos cuenta, riéndose, que ha ocurrido un percance curioso que no vamos a creer: el chofer y el custodio han cerrado la maletera del auto, dejando las llaves adentro, y ahora no pueden abrir la maletera ni encender el auto. Le pregunto cómo pueden haber dejado las llaves en la maletera y luego cerrarla. Me dice que al acomodar de vuelta en la maletera las flores que ella le lleva a su hermano y que habían sacado de allí para que no se estropeasen con el calor, uno de ellos, el chofer, dejó las llaves en la maletera sin darse cuenta, y luego cerró la puerta, dejando las llaves adentro. No tienen copia de la llave, han forzado la cerradura pero no encuentran manera de abrirla, así que caminarán al pueblo con la esperanza de encontrar a algún cerrajero que les permita recuperar la llave extraviada y seguir viaje hasta la bahía de Paracas.&lt;br /&gt;Mamá está encantada: Dios ha querido que se pierda la llave para que pueda pasar más tiempo con nosotros. Es una señal o un mensaje que ella acata con admirable resignación y alegría. Llama a su hermano por el celular, le comunica las malas noticias (que para ella más parecen buenas) y le dice con envidiable serenidad que si no encuentran un cerrajero en el pueblo, es probable que tenga que quedarse a dormir con nosotros. Apenas corta la llamada, la llevo a un cuarto de huéspedes y le pregunto si le provoca descansar. Me dice que ya se siente bien, que ya le pasó el mareo, que lo que de verdad le provoca es darse un baño de mar. Poco después, sale en un traje de baño negro de una pieza, muy conservador como corresponde, con sombrero de paja y bañada en protector. Mis hijas, encantadas, le echan protector en la espalda.&lt;br /&gt;Antes de bajar a la playa, mamá ve en el jardín las pequeñas tablas de goma o espuma de las niñas (que ellas llaman “morey” o “piti-tablas”) y me pregunta si puede usar una “para correr olitas”. Sorprendido, me río y le cargo la tabla a mamá hasta llegar al mar. “No te olvides que yo, de joven, corría olas a colchoneta en La Herradura”, me dice ella, sonriendo, acomodándose el sombrero. “Y me metía más adentro que todos los hombres y corría las olas más grandes que ellos no se atrevían a correr”. Yo había escuchado esos cuentos de mi madre desde que era chico y pensaba que eran fantasías o exageraciones, pero cierta vez, hace ya veinte años o poco más, conocí a un periodista sabio, bueno y encantador, que fue mi maestro, el gran Manuel D’Ornellas, y él me contó una tarde, almorzando en un restaurante japonés de la calle Miguel Dasso, que, cuando era joven, corría olas en colchoneta con mi madre en La Herradura y que ella bajaba esas olas con una destreza, un arrojo y una inexplicable habilidad que dejaba pasmados a todos los otros muchachos que corrían con ellos y que no se aventuraban a bajar ciertas olas portentosas que mamá conquistaba sonriendo en una colchoneta azul.&lt;br /&gt;Ahora mi madre se echa sobre la tabla amarilla y se aleja de mí, haciéndome adiós, siempre sonriendo, y sobrepasa con suave y antigua pericia unas olas medianas y luego espera y espera y espera, mientras mis hijas y yo la observamos remojándonos las piernas desde la orilla, y de pronto mi hija menor grita “¡olón!“, y algo revive y se agita en la mirada de mi madre, y entonces ella bracea, patalea, se acomoda y, ante nuestros ojos asombrados, se instala en la cumbre de la ola, la posee sin mediar duda alguna y, una vez que la ha conquistado y hecho suya, la baja, recorre, zigzaguea y disfruta como si fuera una de las viejas olas de La Herradura que corría cincuenta años atrás en su colchoneta azul.&lt;br /&gt;Mis hijas la aplauden, maravilladas de tener una abuela que todavía corre olas y que las corre mejor que ellas y sus amiguitas, y yo le pregunto a mi madre si está bien, si no tiene miedo de meterse tan adentro, y ella me mira con sus ojitos santísimos, llenos de bondad, y me dice “no tengo miedo porque Dios es mi tabla, amor, y yo bajo todas las olas con El”. Y yo beso a mi madre en sus mejillas saladas y la quiero más que nunca.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-1806728462284518740?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/1806728462284518740/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=1806728462284518740' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/1806728462284518740'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/1806728462284518740'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2007/03/mi-madre-en-el-mar-0502.html' title=':: Mi madre en el mar (05/02)'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-7541373095020214181</id><published>2007-02-09T13:28:00.000-05:00</published><updated>2007-02-09T13:28:29.453-05:00</updated><title type='text'>:: El borracho feliz (29/01)</title><content type='html'>Llegando a Lima al amanecer, manejo cien kilómetros por la autopista al sur.&lt;br /&gt;No he dormido nada en el avión. Estoy exhausto. Enciendo la radio y bajo la ventana para mantenerme despierto y no acabar rodando por un acantilado. Voy a toda prisa, todo lo que me permite la camioneta, 140 kilómetros por hora. Si paso de esa velocidad, tiembla el timón y siento que la camioneta se va a romper. No tengo dinero peruano al pasar el primer peaje.&lt;br /&gt;Por suerte aceptan dólares. Tengo que dejar dos dólares, uno por el peaje y otro de donativo o comisión para el controlador que me saluda con cariño y me hace notar que he engordado.&lt;br /&gt;Más allá me detiene la policía. Es una camioneta moderna que aparece de la nada y enciende la sirena. El oficial me pide mi licencia de conducir. Le entrego la licencia de Miami. Me pide amablemente la licencia peruana. Le digo que no la tengo conmigo. Me pregunta dónde está, por qué no la llevo conmigo. Le digo la verdad, que no tengo licencia de conducir peruana porque nunca la obtuve en primer lugar, nunca apliqué siquiera a ella. Me mira con extrañeza, pero también con picardía. Me pregunta mi edad. Le digo que pronto cumpliré 42 años y que manejo desde los 18. Me pregunta asombrado por qué nunca he sacado una licencia peruana en el casi cuarto de siglo que llevo manejando ilegalmente. Le digo la verdad: Debido a mi carácter pusilánime, oficial. Lo bueno de usar palabras raras es que no te entienden y te dan un cierto prestigio.&lt;br /&gt;El policía me devuelve mi licencia de Miami y me pide un autógrafo. Firmo: “Para mi querido amigo Henry García, con todo mi afecto y gratitud, por estos 24 años manejando sin brevete”. El oficial lee, sonríe y me corrige. Es Jenry, con jota. Le pregunto por qué escribe así su nombre.&lt;br /&gt;Me dice que así lo inscribieron en el registro cuando nació y así nomás quedó su nombre. Tacho Henry y escribo Jenry. Luego me sugiere que saque una licencia peruana para no tener problemas más adelante. Le digo que no se preocupe, que ya tengo una licencia de conducir. Me mira, sorprendido. Le digo que soy conductor de televisión, que es una manera más complicada de conducir, y además en público. Me mira sin entenderme. Le digo que siendo ya un conductor de televisión, parece innecesario y hasta redundante sacar una licencia de conducir, porque basta con mirar mi programa para saber que sé conducir.&lt;br /&gt;Me gusta tu estilo de conducir, Jaimito, me dice el oficial, y me deja ir sin pedirme una retribución económica. Cuando llego a la casa, Sandra y las niñas ya están despiertas.&lt;br /&gt;Les doy sus regalos, desayunamos juntos y me voy a dormir. Despierto bruscamente tres horas después. Alguien ha tirado un huevo a la ventana de mi cuarto. Salgo a la terraza, pero ya no hay nadie a la vista. Los chicos malos de la playa se divierten tirándome huevos y llamando al teléfono de la casa a decir que me llama “mi enamorado”.&lt;br /&gt;No llamo a la caseta de seguridad a quejarme porque me divierte que los chicos malos piensen tanto en mí. Gisela me sirve un jugo de naranja recién exprimido y me echa protector en la espalda. Como Gisela estudia fisioterapia y rehabilitación, le pido que me haga un rápido masaje en la espalda. Lo hace encantada, con una reciedumbre y una obstinación que me hacen sospechar que quizá me odia en secreto.&lt;br /&gt;Le digo que sus clases de fisioterapia no son en vano porque nadie me masajea la espalda mejor que ella. Se ríe tímidamente porque ella, que es un encanto, hace todo tímidamente, salvo los masajes en la espalda. Bajo a la playa.&lt;br /&gt;Las niñas me esperan en el mar. Es lunes. La playa está desierta. A lo lejos un salvavidas con camiseta amarilla y bañador rojo vigila a mis hijas. Me zambullo en el agua. Salgo con la cara llena de arena porque el mar de esa playa es muy arenoso. Cuando me retiro del mar, veo que se acerca un hombre en pantalón y camisa, descalzo, a paso vacilante, zigzagueando casi, como si estuviera borracho o muy cansado.&lt;br /&gt;El tipo no vive en la playa y parece haber venido de lejos. Mira el mar con una mezcla de júbilo y asombro. Al pasar a mi lado, me pregunta con la lengua pastosa y los ojos alunados si soy la persona a cargo de alquilar las carpas, las sombrillas y las tumbonas. Le digo que no, pero que, como no hay nadie en la playa, puede buscar la sombra y la comodidad que mejor le convengan sin pagar nada.&lt;br /&gt;Me reconoce enseguida. Me saluda con gran ceremonia. Mis repetos, don Jaimito, me dice, y me da un abrazo despanzurrado que es casi una manera de echarse a dormir en mis brazos. Le siento el aliento áspero a alcohol, a una o muchas noches desmesuradas, escapando de algo o de alguien.&lt;br /&gt;Es un hombre pobre, mal vestido, sin zapatos, y no se entiende de dónde ha venido ni cómo ha llegado a esa playa, pero parece extrañamente feliz de estar allí, un lunes a mediodía, hablando a solas con el mar, contemplándolo con reverencia y excitación, como si fuera el cuerpo de la mujer más bella que hayan visto nunca sus ojos fatigados que navegan en aguardiente.&lt;br /&gt;El borracho feliz no tarda en meterse al mar sin sacarse la ropa, con el pantalón que se le cae y la camisa raída, y grita de frío o de felicidad o de ambas cosas, y luego ejecuta una danza alucinante, los brazos al cielo, lanzando gritos incomprensibles, celebrando con euforia su improbable presencia allí, en el mar del kilómetro cien, mientras yo lo miro con curiosidad y envidia, porque nunca había visto a nadie más extrañamente feliz en esa playa ni en ninguna playa. Sin entender por qué lo asalta tanta alegría, por qué da esos brincos y alaridos, quién es este extraño visitante alcoholizado que ahora se emborracha con cada pequeña ola que le baja los pantalones y le descubre el culo, me acerco a él con cierta fascinación, pensando que algún día debería beber las cosas que este señor ha bebido y bañarme en el mar con aquella pueril algarabía, y le pregunto si se siente bien, si no necesita nada, si no querrá ponerse protector de sol en la cara.&lt;br /&gt;El tipo me mira sin entender nada y me dice: Mis respetos, don Jaimito. Luego se echa en la orillita y sigue chapoteando como un niño. No puedo más y le pregunto:&lt;br /&gt;-¿Por qué está tan feliz, caballero? El tipo se sube el pantalón que se le cae de todos modos y responde:&lt;br /&gt;-Porque recién lo conozco al mar. Luego salta y se echa más agua.&lt;br /&gt;Le pregunto de dónde viene. Me dice que de la sierra, de muy lejos, y que su sueño fue siempre conocer el mar.&lt;br /&gt;-¿Y qué te parece el mar? -le pregunto.&lt;br /&gt;Se queda pensativo un momento y responde:&lt;br /&gt;-Es algo de la parinpamputa.&lt;br /&gt;Enseguida se baja el pantalón y comienza a mear con toda naturalidad.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-7541373095020214181?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/7541373095020214181/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=7541373095020214181' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/7541373095020214181'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/7541373095020214181'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2007/02/el-borracho-feliz-2901.html' title=':: El borracho feliz (29/01)'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-3077446341613948734</id><published>2007-02-09T13:26:00.000-05:00</published><updated>2007-01-21T17:29:42.346-05:00</updated><title type='text'>:: Paquita sólo come bolitas (22/01)</title><content type='html'>Camino a la casa de su hermano, que la espera para salir a navegar, mi madre se detiene un momento a visitarnos en la playa.&lt;br /&gt;Cuando regreso de correr la encuentro, sentada en la terraza, conversando con Sandra y mis hijas. Se ve estupenda, guapa, delgada. Ya no viste de negro por la muerte de mi padre. No quiere tomar nada porque se siente un poco mareada por los cien kilómetros que ha recorrido en compañía de un chofer y un custodio que la esperan en la sombra con las flores que llevan para su hermano, el tío legendario.&lt;br /&gt;Está serena y feliz, sorprendentemente serena y feliz. Dice que mi padre está ahora en un lugar mejor y que algún día ella se reunirá con él en ese lugar mejor y podrán abrazarse como nunca pudieron abrazarse cuando estuvieron de paso por acá. “Ojalá”, le digo. “Ojalá, no: así será”, me corrige ella, con su sonrisa infinitamente bondadosa.&lt;br /&gt;Luego me cuenta que el año pasado hizo muy provechosas inversiones en la Bolsa de Valores, en ciertas compañías mineras cuyas acciones multiplicaron su valor. Quedo asombrado con la solvencia y naturalidad con que mamá habla de sus astutas movidas bursátiles. Ha ganado dinero, aunque pudo ganar mucho más de no haber vendido a destiempo en un par de ocasiones, mal asesorada por ciertos financistas asustadizos (menciona a uno de apellido Solano), que pensaron que Humala ganaría las elecciones.&lt;br /&gt;La escucho en silencio, admirado. Es una mujer distinguida, de modales suaves y apariencia delicada, incluso frágil, pero hay en ella una voluntad de hierro, una fuerza escondida, cierta inquebrantable perseverancia que nace, supongo, del ejercicio diario de la fe. Mi madre me anima a invertir en la Bolsa con ella. Ya no me anima a ir a misa con ella. Es una manera ingeniosa y conmovedora de buscar alguna forma de complicidad conmigo. Le prometo que seguiré sus consejos financieros, que compraré y venderé lo que ella me diga, que nos haremos muy ricos y me retiraré, por fin, de la televisión. Me dice riéndose que ella no tiene tanta suerte en la Bolsa porque en realidad, bien miradas las cosas, no es suerte, es que cuenta con la asistencia y el auxilio de Dios Todopoderoso, que la ilumina en la lenta, pero segura, expansión de su portafolio. Luego nos deja varios regalos (manás, chocolates, sobres con billetes para las niñas, un saco que era de mi padre para mí) y prosigue su viaje por la autopista al sur, donde, doscientos kilómetros más allá, en la bahía de Paracas, la espera su hermano, el navegante solitario, legendario por el poder de su inteligencia y la fineza de su humor, que la ha invitado a pasar el fin de semana en su espléndida casa que yo todavía no conozco.&lt;br /&gt;Quince minutos después, mientras estoy probándome con algún temor el saco marrón que fue de mi padre, escucho sorprendido que mamá ha regresado. Nos cuenta, riéndose, que ha ocurrido un percance curioso que no vamos a creer: el chofer y el custodio han cerrado la maletera del auto, dejando las llaves adentro, y ahora no pueden abrir la maletera ni encender el auto. Le pregunto cómo pueden haber dejado las llaves en la maletera y luego cerrarla.&lt;br /&gt;Me dice que al acomodar de vuelta en la maletera las flores que ella le lleva a su hermano y que habían sacado de allí para que no se estropeasen con el calor, uno de ellos, el chofer, dejó las llaves en la maletera sin darse cuenta, y luego cerró la puerta, dejando las llaves adentro. No tienen copia de la llave, han forzado la cerradura pero no encuentran manera de abrirla, así que caminarán al pueblo con la esperanza de encontrar a algún cerrajero que les permita recuperar la llave extraviada y seguir viaje hasta la bahía de Paracas.&lt;br /&gt;Mamá está encantada: Dios ha querido que se pierda la llave para que pueda pasar más tiempo con nosotros. Es una señal o un mensaje que ella acata con admirable resignación y alegría. Llama a su hermano por el celular, le comunica las malas noticias (que para ella más parecen buenas) y le dice con envidiable serenidad que si no encuentran un cerrajero en el pueblo, es probable que tenga que quedarse a dormir con nosotros. Apenas corta la llamada, la llevo a un cuarto de huéspedes y le pregunto si le provoca descansar.&lt;br /&gt;Me dice que ya se siente bien, que ya le pasó el mareo, que lo que de verdad le provoca es darse un baño de mar. Poco después, sale en un traje de baño negro de una pieza, muy conservador como corresponde, con sombrero de paja y bañada en protector. Mis hijas, encantadas, le echan protector en la espalda. Antes de bajar a la playa, mamá ve en el jardín las pequeñas tablas de goma o espuma de las niñas (que ellas llaman “morey” o “piti-tablas”) y me pregunta si puede usar una “para correr olitas”. Sorprendido, me río y le cargo la tabla a mamá hasta llegar al mar. “No te olvides que yo, de joven, corría olas a colchoneta en La Herradura”, me dice ella, sonriendo, acomodándose el sombrero. “Y me metía más adentro que todos los hombres y corría las olas más grandes que ellos no se atrevían a correr”. Yo había escuchado esos cuentos de mi madre desde que era chico y pensaba que eran fantasías o exageraciones, pero cierta vez, hace ya veinte años o poco más, conocí a un periodista sabio, bueno y encantador, que fue mi maestro, el gran Manuel D’Ornellas, y él me contó una tarde, almorzando en un restaurante japonés de la calle Miguel Dasso, que, cuando era joven, corría olas en colchoneta con mi madre en La Herradura y que ella bajaba esas olas con una destreza, un arrojo y una inexplicable habilidad que dejaba pasmados a todos los otros muchachos que corrían con ellos y que no se aventuraban a bajar ciertas olas portentosas que mamá conquistaba sonriendo en una colchoneta azul.&lt;br /&gt;Ahora mi madre se echa sobre la tabla amarilla y se aleja de mí, haciéndome adiós, siempre sonriendo, y sobrepasa con suave y antigua pericia unas olas medianas y luego espera y espera y espera, mientras mis hijas y yo la observamos remojándonos las piernas desde la orilla, y de pronto mi hija menor grita “¡olón!“, y algo revive y se agita en la mirada de mi madre, y entonces ella bracea, patalea, se acomoda y, ante nuestros ojos asombrados, se instala en la cumbre de la ola, la posee sin mediar duda alguna y, una vez que la ha conquistado y hecho suya, la baja, recorre, zigzaguea y disfruta como si fuera una de las viejas olas de La Herradura que corría cincuenta años atrás en su colchoneta azul. Mis hijas la aplauden, maravilladas de tener una abuela que todavía corre olas y que las corre mejor que ellas y sus amiguitas, y yo le pregunto a mi madre si está bien, si no tiene miedo de meterse tan adentro, y ella me mira con sus ojitos santísimos, llenos de bondad, y me dice “no tengo miedo porque Dios es mi tabla, amor, y yo bajo todas las olas con El”. Y yo beso a mi madre en sus mejillas saladas y la quiero más que nunca.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-3077446341613948734?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/3077446341613948734/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=3077446341613948734' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/3077446341613948734'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/3077446341613948734'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2007/02/paquita-slo-come-bolitas-2201.html' title=':: Paquita sólo come bolitas (22/01)'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-8593072779781229890</id><published>2007-01-21T17:28:00.000-05:00</published><updated>2007-01-21T17:29:42.408-05:00</updated><title type='text'>:: Soy tu fan</title><content type='html'>Todo comenzó con un correo electrónico. Al llegar a casa después del programa, me senté a leer mis correos, como todas las noches, y encontré uno cuyo encabezado o título era inquietante: “Soy tu fan”.&lt;br /&gt;Alarmado, abrí el correo. Lo había escrito Karina. Era venezolana, vivía en Miami. Decía que le gustaba mucho mi programa, que no se lo perdía, que había leído varias novelas mías y que tenía mucha ilusión de venir una noche al estudio para ver mi programa en vivo como parte de la audiencia. Contesté enseguida. No debí hacerlo. Le pedí que me dijera qué noche quería venir para anotarla en la lista de invitados y que me mandase una foto para reconocerla.&lt;br /&gt;A los pocos minutos, Karina volvió a escribirme diciéndome que quería venir al día siguiente y que vendría sola porque vivía cerca del estudio, en Aventura. No me mandó la foto. Le escribí diciendo que la esperaba en el estudio a las nueve y media de la noche, le di la dirección y la anoté en la lista. La noche siguiente conocí a Karina. Era bastante gorda, de unos treinta y tantos años, tenía el pelo pintado de rubio y estaba cargada de regalos para mí. Después de abrazarme con emoción, mirándome con ojos ardientes, me entregó un libro de poemas que había escrito (titulado “La vida es bella y yo también”), una camiseta Ralph Lauren talla extra large (bastaba con que fuera large), un perfume Lacoste, una caja de chocolates Godiva y un disco de Ricardo Arjona.&lt;br /&gt;A pesar de que faltaban pocos minutos para comenzar el programa, me tomó del brazo, me clavó una mirada intensa, perturbadora, dijo que ese era el momento más feliz de su vida y reveló algo que me dejó perplejo: -Somos almas gemelas, papito.&lt;br /&gt;No pude hacer bien el programa porque sentía su mirada sofocante, sus aplausos excesivos, su respiración agitada, su desmesurada felicidad instalada en esa silla precaria de metal. Al terminar, saltó sobre mí, haciendo crujir el tabladillo de madera, y me obligó a firmarle tres novelas. Como no quería repetirme, escribí “Para Karina, con todo mi cariño”, “Para Karina, gracias por leerme” y (aquí me equivoqué gravemente) “Para Karina, con la ilusión de verte otra vez”.&lt;br /&gt;Luego ella le pidió a un camarógrafo que nos hiciera fotos, me abrazó con virulencia y, mientras nos retrataban, me susurró al oído: -Por fin he encontrado al hombre de mis sueños. Todo esto naturalmente perturbó mis sueños. Como no podía dormir, bajé a leer mis correos y encontré varios de Karina, preguntándome si había leído sus poemas, si me quedaba bien la camiseta, si estaban ricos los chocolates.&lt;br /&gt;Fui a la cocina, abrí la caja de Godiva y descubrí que faltaba una trufa. Al parecer, ella la había robado, víctima de un antojo comprensible. Me reí, comí un par de trufas y le escribí: “Gracias por tantos regalos, eres un amor”.&lt;br /&gt;Ella contestó enseguida diciéndome que estaba dichosa, que vendría al día siguiente con más regalos, que no me preocupase porque nunca más estaría solo, pues ella me cuidaría con devoción. Antes de despedirse, decía: “Te he buscado toda mi vida. Por fin te encontré.&lt;br /&gt;Te amo”. Solté una carcajada y no le contesté. A la mañana siguiente encontré un correo de Karina que decía: “Hicimos el amor toda la noche. Eres todo un hombre, papito.&lt;br /&gt;Me has hecho gozar demasiado. Estoy loca por ti”. Asustado, le escribí diciéndole que no podría verla esa noche en el estudio porque ya no había cupo, que lo sentía, que nos veríamos en otra ocasión. No se dio por aludida. Escribió sin demora: “Tengo más regalos para ti. Nos vemos esta noche, papichulo”. Llegando al estudio, entregué la lista de invitados al portero y le rogué que no dejara pasar a nadie más. Por suerte, Karina no apareció en el estudio. Hice el programa tranquilo. Pero, al salir, estaba esperándome detrás de las rejas, en su auto, acompañada del guardia de seguridad. Al verla, no pude escapar. Bajé de la camioneta, se abalanzó sobre mí y me abrazó de un modo abusivo y brutal, que dejó sorprendido al portero. Me disculpé por no dejarla entrar, alegando que ya no había sitio para ella. Sin embargo, no parecía ofendida: me dio más regalos (alfajores, chocolates, un libro de Coelho, una corbata de flores), me dejó su tarjeta (era agente inmobiliaria, debajo de su foto había escrito su lema: “Nada es imposible para mí”) y me invitó a comer:&lt;br /&gt;-Te voy a llevar a comer chuchi, papito. Dijo “chuchi”, no “sushi”, lo que me dejó aterrado, y por eso me disculpé, diciéndole que no tenía hambre, que prefería regresar a casa.&lt;br /&gt;-Bueno, vamos a tu casa y nos tomamos un vinito -dijo ella, encantada.&lt;br /&gt;-No, no puedo, lo siento -dije-. Tengo que escribir.&lt;br /&gt;Se le torció la sonrisa, dio un paso atrás y dijo: -Me había olvidado de que eres un literato. Anda nomás, papito. Entré a la camioneta, suspiré aliviado y la dejé atrás. Ya en la autopista, me pareció que un auto me seguía.&lt;br /&gt;Aceleré y confirmé mis sospechas. Era ella, Karina, al timón de un auto japonés, persiguiéndome a una velocidad imprudente, a riesgo de su vida y de la mía.&lt;br /&gt;Recién entonces me asusté y me di cuenta de que estaba en apuros. Empecé a correr como un lunático, salí por un desvío cualquiera, pasé varios semáforos en rojo y terminé en un barrio que no conocía, pero al menos conseguí perderla de vista sin perder la vida.&lt;br /&gt;Al llegar a casa, me había escrito desde su blackberry varios correos. En orden cronológico, decían: “No huyas de nuestro amor”, “No tengas miedo, no muerdo, sólo chupo rico”, “Yo te voy a sacar el hombre que siempre has sido” y “Cuando me pruebes, vas a saber lo que es el amor”. Irritado como estaba, escribí: “Cachalote malparida, horca asesina, déjame en paz. Si vuelves a seguirme, llamaré a la policía”.&lt;br /&gt;No volvió a escribirme ni se apareció por el estudio.&lt;br /&gt;Una semana después o poco más, mi madre me llamó por teléfono y me felicitó por mi nueva novia. Sorprendido, le pregunté de qué estaba hablando. Me dijo que se había hecho muy amiga de Karina, mi novia venezolana, que la llamaba todos los días a Lima a contarle lo felices que éramos en Miami. Me quedé helado.&lt;br /&gt;Le pregunté cómo Karina había conseguido su teléfono en Lima. Me dijo que pensó que se lo había dado yo, que un día llamó Karina y se presentó como mi novia y que le pareció una chica encantadora, buenísima, un amor, y que se notaba que me quería mucho porque llamaba todas las tardes a contarle cosas lindas de mí. -Ojalá puedas traerla a Lima para presentarme a tu Karinita que tanto te quiere, mi Jaimín -dijo mi madre, con ilusión. Le dije indignado que no estaba con Karina, que era una loca peligrosa, que me seguía y me acosaba, que no le contestase más el teléfono, pero mi madre dijo: -Tú siempre tan misterioso, amor. Pero yo soy tu mami y te conozco mejor que nadie y sé que te desvives por tu Karina. Apenas corté el teléfono, busqué la tarjeta de Karina y le escribí un correo. No pude evitar ser vulgar: -Gorda de mierda, si vuelves a llamar a mi madre, te voy a romper el culo. En cuestión de minutos, ella contestó: -Papichulo, rómpemelo cuando quieras, mi culo es tuyo. Te amo. Karina ha conseguido lo que se propuso. No puedo dejar de pensar en ella.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-8593072779781229890?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/8593072779781229890/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=8593072779781229890' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/8593072779781229890'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/8593072779781229890'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2007/01/soy-tu-fan.html' title=':: Soy tu fan'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-3342035367686178468</id><published>2007-01-17T10:19:00.000-05:00</published><updated>2007-01-17T10:20:05.229-05:00</updated><title type='text'>:: Ella tiene mala cara</title><content type='html'>Saliendo del cine de Lincoln road, ella quiere ir al baño. Me detengo a esperarla. Ella entra al baño, pero sale enseguida con mala cara y dice que hay mucha gente, unas colas horribles, y que mejor irá al baño del Starbucks de Alton road, que está a una cuadra, mientras yo saco la camioneta del estacionamiento. Poco después, detengo la camioneta en la puerta del Starbucks y ella sube con su café y un jugo para mí. Tiene mejor cara. Pudo ir al baño. Está más tranquila. No mucho más allá, paso por dos huecos en Alton road.&lt;br /&gt;La camioneta tiembla un poco. Ella derrama el café en sus manos y sus piernas. No le había puesto la tapa de plástico. Se quema las manos. Grita. Me detengo. Ella tira el café a la calle, se seca las manos con la falda manchada, me dice que sigamos, que es su culpa por no poner la tapa.&lt;br /&gt;Tiene mala cara. Antes de entrar a la autopista, ella me dice que le hubiera gustado quedarse paseando por Lincoln road, que no entiende por qué debemos regresar a la casa tan pronto, siendo un sábado en la noche. Le digo que no me provoca pasear por esa calle un sábado en la noche porque suele estar muy congestionada, pero que, si quiere, la dejo un par de horas, me voy al gimnasio y luego regreso a buscarla. Me dice que no, que no le provoca quedarse sola. Le pregunto si está segura.&lt;br /&gt;Me dice que sí. Pero tiene mala cara. Tiene cara de estar harta de mí. Ya en la autopista, saco el celular y llamo a la madre de mis hijas, que está en Lima, en la playa. No la encuentro. Dejo un mensaje cariñoso. Le digo que la extraño, que en dos semanas estaré con ella y las niñas para pasar una semana en la playa y que luego vendremos de vacaciones a Miami. Guardo el celular. Ella me mira con mala cara y me dice que no entiende por qué soy tan cariñoso con la madre de mis hijas. Porque es la madre de mis hijas, le respondo. Pero me odia, responde ella. Y no deberías querer tanto a una persona que me odia, añade. No te odia, le digo. Quizá te tiene celos. Quizá te ve como una rival. Pero no te odia. Sí me odia, se enfurece ella, y me mira con mala cara. Me odia. No lo niegues. Y tú la sigues tratando como si fuera una reina.&lt;br /&gt;No te importa que la gente me odie, tú igual te llevas bien con ellos. Como con tu amiguito José Manuel o con tu novia Andrea, que me detestan, hablan mal de mí y tú como si nada, son tus grandes amigos, te da igual, no me defiendes. Exageras, le digo. Nadie te odia. Estás viendo fantasmas. Se hace un silencio. Ella tiene mala cara. No me regalaste nada por Navidad, dice. Me quedo sorprendido por el reproche. Pero fue un acuerdo, tú misma me dijiste que mejor no nos regalaríamos nada, le digo. Sí, pero después me arrepentí y te regalé un maletín de cuero que me costó un montón de plata, me recuerda, furiosa. Y tú no me regalaste nada, te dio igual, añade.&lt;br /&gt;Pero a ella, a tu ex, que me odia, le diste no sé cuántos regalos, ¿o no? Bueno, sí, pero eso no tiene nada que ver contigo, pasé las fiestas en Lima con ella y mis hijas y era natural que les diese regalos a las tres, ¿o querías que llevase regalos a mis hijas y no a la mujer que me dio a mis hijas? Ella me mira con mala cara y dice: ¿Y yo qué? ¿No podías darme aunque sea un regalito? Lo siento, le digo. Pensé que no tenía tanta importancia. Fue un error. Mañana mismo te daré tu regalo de Navidad. Ella me mira con mala cara. ¡Ya no quiero un regalo!, se enfurece. ¡Ya no es Navidad!, me recuerda. Todos los días son Navidad, le digo, a ver si se ríe, pero no se ríe.&lt;br /&gt;Luego me equivoco gravemente. Además, tú me dijiste que tu regalo de Navidad podía ser el pasaje para que vinieras a Miami, le digo. Ella me mira con mala cara. ¿Ese fue tu regalo? ¿Un vulgar pasaje en económica de Nueva York a Miami?, me pregunta. ¿Por qué yo, tu amante secreta, tengo que volar en económica, y a tu ex la haces volar en ejecutiva? ¿Hasta cuándo me vas a mandar atrás, como si no estuviera a la altura de tu ex? ¿Por qué a ella no la mandas atrás también? ¿No ves que a ella la tratas como a una reina y a mí me tratas como a una puta barata? ¿Crees que me hace gracia viajar en económica, cuando tú y ella viajan siempre en ejecutiva? Me quedo callado. No tengo defensa. Lo siento, le digo. Fue un error no darte un regalo por Navidad y mandarte el boleto en económica. No volverá a ocurrir.&lt;br /&gt;Digo “no volverá a ocurrir” y pienso “porque es mejor que te quedes en Nueva York y no vengas a verme”. Pero eso no se lo digo. Llegando a la casa, ella se encierra a hablar por teléfono. No sé con quién está hablando porque habla en voz muy baja, para que no pueda oírla. Para no sufrir (o para sufrir de otra manera), me voy al gimnasio. Trotando en la faja, pienso que es mejor que ella regrese a Nueva York y se quede allá y no venga a verme de vez en cuando. Luego paso por la farmacia y le compro el perfume que más le gusta y pido que lo envuelvan con papel de regalo de Navidad.&lt;br /&gt;Cuando llego a casa, le doy el perfume pero ella tiene mala cara, me agradece secamente, no me da un beso y sigue escribiendo en la computadora y me mira como diciéndome que la estoy interrumpiendo, así que me retiro en silencio. Tarde en la noche, cuando ella duerme, bajo a la computadora y descubro que ha estado chateando con Jorge Javier, un amante que tuvo o tiene en Madrid. Es fácil descubrirlo porque ella ha dejado el chat abierto, quizá por descuido, o más probablemente para que yo lo lea y sufra. Ella le dice a Jorge Javier que está harta de mí, que la trato mal, que es como si todavía estuviera casado con la mujer que me dio dos hijas, que nunca me voy a casar con ella, que la trato como si fuera una amante de paso. Y ella ya no aguanta más mi frialdad, mis caprichos, mis desplantes. Luego descubro que ha estado viendo pornografía en internet. Es fácil descubrirlo porque ella ha dejado varias ventanas abiertas, seguramente con la intención de que yo las encuentre cuando baje a escribir.&lt;br /&gt; A la mañana siguiente, ella regresa a Nueva York en clase económica, pasillo, fila 25. Cuando vuelvo a la casa, encuentro en mi cama el perfume que le compré, con una nota que dice: “No todos los días son Navidad”.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-3342035367686178468?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/3342035367686178468/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=3342035367686178468' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/3342035367686178468'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/3342035367686178468'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2007/01/ella-tiene-mala-cara.html' title=':: Ella tiene mala cara'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-1146475165799430383</id><published>2007-01-05T10:01:00.000-05:00</published><updated>2007-01-05T10:03:40.502-05:00</updated><title type='text'>:: La ropa del otro</title><content type='html'>Llegando a Buenos Aires, voy a cenar con María. Esa tarde, agotado por el viaje, he dormido una siesta y soñado con ella. Aunque ha pasado bastante tiempo sin que me acueste con una mujer, soñé que hacíamos el amor. En realidad, nunca he tenido esa clase de intimidad con ella y me temo que nunca la tendré.&lt;br /&gt;María estuvo casada con un hombre muy rico, del que se divorció (sin pedirle dinero, un detalle que la enaltece) porque se aburría con él.&lt;br /&gt;No tiene hijos, es rubia y delgada, de risa fácil, y acaba de cumplir treinta años.&lt;br /&gt;Yo no sé si la deseo o si deseo ser ella o si ambas cosas son posibles a la vez. No hace mucho le regalé una novela con una dedicatoria cursi: “Para María, la mujer que no pude ser”. Aunque lo disimula bien, María está triste porque su novio la ha dejado cuando ya habían comprado un departamento (en realidad lo compró ella) y tenían planes de casarse. Hace dos meses, el novio, Lucas, un joven encantador, desapareció de su vida sin decir palabra, al parecer porque ella le pidió que se comprometiera a casarse, y desde entonces no ha llamado, no ha escrito, no ha contestado los correos de María y ni siquiera ha pasado por el departamento para llevarse su ropa.&lt;br /&gt;María ha decidido irse a vivir a Madrid. Se irá después de las fiestas. Ya alquiló un piso en Malasaña.&lt;br /&gt;Dice que necesita vivir la aventura española y olvidarse de Lucas. Pero hay un problema: no sabe qué hacer con toda la ropa que él dejó, que no es poca, porque el muchacho era un dandy.&lt;br /&gt;Con una serenidad que tal vez proviene de su sangre austríaca o (más probablemente) del vino que hemos bebido, María me dice que la ropa de Lucas quedará pulcramente ordenada y colgada en su casa, y que si él reaparece y reclama dicha ropa, ella le contestará desde Madrid que tendrá que esperar a que vuelva a Buenos Aires para recuperarla. Le digo que, en cualquier caso, debemos evitar un desenlace tropical que consista en arrojar la ropa por la ventana, quemarla, rasgarla o enviársela en valijas con una nota despechada. Ella, que es tan elegante, no podría estar más de acuerdo. Al salir del restaurante, le cuento que esa tarde soñé con ella y se ríe halagada y me abraza y dice que le encanta ser parte de mis sueños. Pero cuando llegamos a la puerta del edificio y le digo si quiere subir a tomar una copa, ella, muy sabia, muy previsora, me dice que ya es tarde, que mejor se va a su casa, y yo me quedo sin María y sin la ropa de Lucas (que en algún momento pensé que ella podría regalarme). La noche siguiente, Nico viene al departamento a fumarse un porro. Nico es un muchacho estupendo. Me gusta que fume porros y me cuente su vida. Yo no lo acompaño porque la marihuana me da dolor de cabeza al día siguiente, aunque, en realidad, todo me da dolor de cabeza al día siguiente, incluso si no hago nada.&lt;br /&gt;Nico ha renunciado a su trabajo y se va a vivir a Bariloche. Está dolido y furioso con Tamara, su novia, porque descubrió que se acostaba con otro. Al principio, ella lo negó, pero, ante las evidencias, terminó admitiéndolo. Dice que no pudo evitarlo, que tuvo una “conexión mística” con ese hombre.&lt;br /&gt; “Conexión mística, las pelotas”, dice Nico, y luego me cuenta que fue a encarar al tipo que se acostó con Tamara, porque lo conoce, trabaja en un quiosco. Nico llevó todas las monedas de diez centavos que tenía, que eran como treinta, y se las dio a su enemigo y le pidió caramelos, unos caramelos chiquitos de tres por diez centavos, y se quedó mirándolo fijamente. “Si me decía algo, le partía la cara”, me cuenta, los ojos chinos, los brazos todavía tatuados con el nombre de la mujer que lo traicionó.&lt;br /&gt;Pero el tipo del quiosco contó las monedas, contó los caramelos, le dio como noventa caramelos y no dijo una palabra. “Lo cagué”, dice Nico. Lo peor vino entonces.&lt;br /&gt;Antes de irse con los caramelos, Nico advirtió que su enemigo tenía puesta una camiseta que se le había perdido.&lt;br /&gt;“Estoy seguro que era mi remera. Tamara me la robó y se la regaló”, dice, derrotado. Le digo que podía ser una camiseta igual, que quizá era una desafortunada coincidencia.&lt;br /&gt;“Imposible. Era mi remera. Nunca la voy a perdonar a Tamara”, se enfurece.&lt;br /&gt;Extrañamente, Nico está furioso con Tamara y dice que no la perdonará, pero, una vez por semana, la lleva a esos hoteles de decoración rococó donde las parejas se aman furtivamente y, quizá para vengarse, quizá para humillarla, se entrega a unas sesiones de sexo con ella en las que se entremezclan la rabia, el deseo, el despecho y lo que quedó del amor.&lt;br /&gt;Después se quedan en silencio y comen los caramelos de tres por diez centavos que le vendió el tipo del quiosco que llevaba puesta su camiseta. Unos días después, en vísperas de Navidad, voy caminando por la calle y un hombre me saluda y me ofrece unas camisetas que ha desplegado sobre una mesa, allí en la calle, en plena 25 de mayo, en el corazón de San Isidro.&lt;br /&gt;“Las mejores son las Lacoste”, me informa. Cuestan treinta pesos. “Son Lacoste truchas”, me advierte, pero de la más alta calidad. Sin dudarlo, le compro cuatro, dos azules, dos verdes.&lt;br /&gt;El tipo me da la mano y me dice “siempre te veo en la tele”, lo que a todas luces es mentira, una dulce mentira navideña. Llego al departamento y le digo a Lucrecia que he comprado cuatro camisetas muy lindas, Lacoste imitación, para que se las regale a su padre, sus dos hermanos y su cuñado, el jugador de rugby. Lucrecia mira las camisetas y me dice, indignada: “¿Sos boludo? ¿Vos pensás que le voy a regalar estas remeras pedorras a mi familia? ¿Vos pensás que somos inferiores a tu familia? ¿Vos le regalarías estas remeras truchas a tus hermanos?”. Le pido disculpas, le digo que no tengo ojo para la ropa, que si bien hago o hacía entrevistas en “Tendencia”, nunca sé qué ropa comprar, cuáles son las tendencias que debo seguir, y siempre tiendo a comprar ropa barata, usada, con tara, fallada, de imitación o en liquidación.&lt;br /&gt;Abatido, descorazonado, pensando que la ropa sólo trae problemas, voy a mi cuarto, me pruebo una camiseta Lacoste con el cocodrilo ilegítimo y me siento a escribir.&lt;br /&gt;Luego pienso (si eso califica como pensar) que quizá un escritor no debería usar nunca prendas de vestir que cuesten más de lo que cuesta un libro suyo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-1146475165799430383?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/1146475165799430383/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=1146475165799430383' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/1146475165799430383'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/1146475165799430383'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2007/01/la-ropa-del-otro.html' title=':: La ropa del otro'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-108668681265822480</id><published>2007-01-03T13:55:00.000-05:00</published><updated>2007-01-03T13:56:48.316-05:00</updated><title type='text'>:: Casi famoso</title><content type='html'>El avión del magnate mexicano nos espera en un aeropuerto privado. Llego puntualmente, cargado de caramelos.&lt;br /&gt;Los pilotos y el mecánico, todos mexicanos, me saludan con cierta frialdad porque no me conocen, verifican que estoy en la lista de invitados y siguen tomando café como si fueran extras de un culebrón de Televisa. Estoy preocupado porque en mi maletín de mano llevo champú, pasta de dientes, colonia y desodorante, cosas que con seguridad me quitarían en el aeropuerto regular de vuelos comerciales, pero que, como es la primera vez que vuelo en avión privado, no sé si me dejarán llevar conmigo o confiscarán al pasar algún control de seguridad. No comparto esa inquietud con los pilotos mexicanos porque no quiero delatar mi condición de advenedizo, intruso y debutante en las grandes ligas aéreas.&lt;br /&gt;Los otros invitados, en total ocho, van llegando sin atropellarse, distraídamente, como quien llega a la casa de un amigo, y llevan consigo equipajes minúsculos, ultralivianos, porque siempre hay alguien que les carga la ropa en un vuelo regular. Todos se entretienen manipulando un aparato pequeño, negro, en el que reciben y envían correos electrónicos, al mismo tiempo que escuchan canciones en sus ipods, no sé si canciones de ellos porque algunos son cantantes famosos.&lt;br /&gt;Yo no tengo ipod ni blackberry ni laptop ni equipaje ultraliviano, yo viajo a la antigua, con dos maletas impresentables de cuarenta dólares compradas en liquidación en la avenida Collins, los periódicos del día, un libro aburrido y, para matizar, un ejemplar de la revista Hola! Pero ninguno de ellos tiene caramelos de limón o fresa o manzana verde y yo sí, y eso me hace extremadamente popular, eso y el hecho curioso, celebrado por todos, de que llevo puestos cinco pares de calcetines y cinco suéters de la misma talla y color, como si estuviésemos viajando a Alaska cuando en realidad nos dirigimos a Panamá, donde el concepto del sauna resulta una redundancia, porque uno suda a cántaros en cualquier esquina, y donde los zancudos son tan grandes que parecen cucarachas voladoras capaces de hincar sus aguijones traspasando las cinco capas de ropa que me protegen de un frío completamente imaginario, pero que siento sin la menor duda.&lt;br /&gt;En el avión, todos van ensimismados en sus asuntos, preparando discursos, revisando agendas, firmando afiches, camisetas y gorros, leyendo libros con un audífono (es decir, oyendo la voz de un relator que lee el libro por ellos) y recurriendo a mí cuando quieren otro caramelo de manzana verde, los favoritos.&lt;br /&gt;Sólo hay dos brevísimos momentos de tensión: cuando uno de los famosos quiere encender un cigarrillo y el piloto lo amonesta y le dice que está prohibido fumar y entonces el famoso lo ignora con una gracia de veras poética y se va a fumar al baño; y cuando el peluquero de una de las famosas, un italiano canoso y delgado, insiste en cantar a gritos las canciones que escucha en su ipod, lo que provoca que su clienta y protectora, que intenta dormir arropada bajo una manta, le pida suavemente, con los mejores modales, que nos dé tregua y deje de canturrear, que es algo –la sola idea del silencio– que al parecer provoca cierto grado de sufrimiento en el alma bullanguera del peluquero italiano.&lt;br /&gt;Pero, fuera de esos dos momentos de tensión en verdad muy menores, el vuelo es un agrado, a pesar de que voy en un asiento de espaldas a los pilotos, como nunca antes había viajado en un avión, es decir mirando la cola (del avión, y ocasionalmente también de los famosos) y gracias a que nadie decomisó mis artículos de higiene personal.&lt;br /&gt;De pronto, el avión es sacudido por una turbulencia inoportuna y todas las luces se apagan y esa joya voladora que vale no sé cuántos millones se desliza por los aires como si estuviese planeando con los motores muertos y por unos pocos segundos que parecen eternos todos nos miramos aterrados en medio de la oscuridad y pensamos que ha llegado el momento final, que nos espera una muerte horriblemente brusca y glamorosa, que varias leyendas de la música acabarán despanzurradas en algún paraje agreste de la selva panameña y que (si esto sirve de consuelo) saldremos todos juntos (yo también, aunque sin foto) en el próximo número de Hola! Yo espero la muerte con gallarda resignación y hasta con modesta gratitud, porque no podría imaginar una manera más bella, cinematográfica y perfecta de morir, rodeado de celebridades, en el avión de un magnate, tarde en la noche, hojeando Hola!, en algún punto incierto del Caribe y en medio de un viaje benéfico para ayudar a los niños. Por suerte, las luces y los motores se encienden y todos recobramos el aliento y nos miramos aliviados y algunos interrumpen sus rezos y, para hacerlos reír, digo, al tiempo que reparto más caramelos, que hubiera sido una ironía espléndida que se cayera el avión de la fundación “Alas”.&lt;br /&gt;Luego les recuerdo una escena de Almost famous, cuando el avión de los rockeros está a punto de caer y todos gritan sus últimas confesiones (uno revela que es gay), pero luego el avión no se cae y más de uno se arrepiente de haber contado sus secretos más bochornosos.&lt;br /&gt;Y entonces jugamos a que cada uno cuente algún secreto y yo me resisto a contar el mío, que debajo de los suéters tengo una camiseta con el bello rostro de una de las criaturas famosas que vuelan en ese avión, y termino contando algo desatinado que no debí decir: que no me sé la letra de ninguna de las canciones de ninguno de los artistas famosos que viajan esa noche conmigo, porque nunca pude aprenderme una canción completa.&lt;br /&gt;Y entonces se instala un silencio ominoso y alguien dice que está bien, que no pasa nada, que nadie en ese avión (ni siquiera el peluquero italiano) ha leído mis libros, con lo cual estamos a mano.&lt;br /&gt;Y en ese instante quiero que se caiga el avión, pero ya es tarde. Y enseguida comprendo que nunca más me subiré a un avión tan lindo, invitado por mis amigos famosos. Y dos días después, en un vuelo de Copa, sentado al lado de una señora que viaja con una tapa de plástico de un inodoro sobre sus piernas, lloro porque no hay justicia en esta vida y porque en lugar de ser escritor debí ser cantante o al menos escritora.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-108668681265822480?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/108668681265822480/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=108668681265822480' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/108668681265822480'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/108668681265822480'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2007/01/casi-famoso.html' title=':: Casi famoso'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-116657185461908148</id><published>2006-12-19T18:43:00.000-05:00</published><updated>2006-12-19T18:44:14.630-05:00</updated><title type='text'>:: El último helado</title><content type='html'>En mayo del año pasado, en vísperas de cumplir setenta, mi padre me escribió un correo electrónico invitándome a su cumpleaños en un balneario al sur de Lima. Llevábamos años sin vernos ni hablarnos (y una vida o dos jugando una encarnizada partida de ajedrez en la que ambos habíamos perdido la reina y sabíamos que era imposible ganar, pero sin querer resignarnos a sellar las tablas). No tuve la nobleza de contestarle aquel correo breve pero afectuoso a su manera. Sería su último cumpleaños en buena forma. No estuve a su lado aquellos días en Paracas. En mayo de este año tampoco lo acompañé ni lo saludé a la distancia. Ya entonces estaba minado por la quimioterapia. Hace un mes o poco más, informado por mi madre de que su salud se hallaba gravemente deteriorada, fui a visitarlo a la clínica. Me costó trabajo golpear la puerta y entrar en su cuarto después de tanto tiempo sin vernos. Sentí, sin embargo, que era mi deber, que en la hora final lo que correspondía era tener un gesto de afecto con él y deponer las hostilidades del pasado. No por culpa de nadie, o por culpa mía en todo caso, la nuestra había sido, desde mis primeros recuerdos, una relación trabada por desencuentros, malentendidos y orgullos excesivos, y viciada por la expectativa de que el otro debía ser uno distinto del que era naturalmente. Aquel encuentro fue cordial (le di un beso en la frente al entrar y otro antes de irme) y mi padre fue amable y generoso conmigo, pero en algún momento, cuando mi madre habló de la televisión, él expresó ciertos reparos, muy a su manera, sobre mi programa, y dijo que no lo veía o que prefería no verlo (aunque mi madre lo desmintió enseguida), y yo escribí luego una crónica recreando esa visita cargada de emoción, en la que no pude omitir el momento en que él tomó distancia de ciertas cosas que yo había hecho en televisión. Aunque la crónica era sentida y afectuosa y terminaba rememorando un viaje que hicimos juntos cantando rancheras en su auto cuando era niño, supe luego que le había disgustado o contrariado aquella columna que publiqué en el periódico, lo que me entristeció. Hace unos días, mi madre me llamó por teléfono y, con admirable tranquilidad -la paz de los que tienen fe, una paz que siempre me fue esquiva-, me dijo que mi padre quería verme, que estaba preguntando por mí, que debía darme prisa porque la situación era grave y le quedaban pocos días de vida. Abrumado por los recuerdos, fui a la clínica al día siguiente. Mi padre tenía la muerte dibujada en el rostro. A duras penas podía hablar. Hizo un gran esfuerzo para sostener una breve conversación conmigo. Se interesó por mis asuntos con una generosidad que me impresionó. Al parecer, estaba orgulloso porque Shakira me había saludado en su concierto en Lima y había dicho que somos amigos. También veía con simpatía que hubiese apoyado a un amigo suyo en las elecciones a la alcaldía de San Isidro. Cuando le conté que tenía un pequeño problema de salud, se interesó vivamente, me hizo preguntas (ignorando a la enfermera que le pedía que no hablase tanto) y me recomendó que me atendiese con un médico amigo suyo. Me impresionó el esfuerzo que hizo para describir tan detalladamente el tratamiento que debía seguir para aliviarme de esa molestia. Por eso le dije: -Qué bueno ver que estás tan bien de la cabeza. Mi padre me guiñó el ojo, sonriendo, y dijo: -El lunes estaré en la casa. Fue sorprendente que me guiñase el ojo con tanto afecto y picardía, como nunca antes lo había hecho. Fue un momento entrañable, que me dejó conmovido y en silencio. A pesar de que su cuerpo estaba casi paralizado por la enfermedad, con sólo mover levemente una pestaña me había dicho que todo estaba bien entre nosotros, que no estaba molesto, que tal vez, al final, después de tantos desencuentros y extravíos, se sentía orgulloso de mí, o al menos en paz conmigo, y que esa secreta complicidad que existía entre nosotros cuando me llevaba al colegio y me daba un dinero diciéndome que era “un fondo de emergencia” por si me pasaba algo malo (sabiendo que gastaría ese dinero en un helado a la salida, una emergencia que se repetía cada tarde) y ese pozo de amor que había en su mirada cuando me decía “sólo gástate la plata si tienes una emergencia” (sabiendo que a la mañana siguiente me diría lo mismo) todavía nos unían, a pesar de todo. Poco después, la enfermera le pidió que comiese algo y él dijo que no tenía hambre, pero, como ella insistió, él pidió un helado de chocolate y una coca cola. La enfermera recomendó que comprásemos una coca light, pero mi padre me hizo saber con la mirada que prefería la cocacola de verdad. Bajé a la cafetería con Javier, mi hermano, y compramos un helado de fresa, porque no había de chocolate, y dos coca colas, una regular y otra light. Mi padre, por supuesto, bebió la coca cola más fuerte. Cuando mi madre le dio el helado en la boca, no pude evitar pensar cuántos helados le debía a papá, cuán tardío e insuficiente era este último helado. Un día antes de que muriese, nos quedamos un momento a solas y le pedí perdón por no haber podido ser el hijo que él merecía. Mi padre ya no podía hablar. El lunes, como él me dijo, volvió a su casa, pero ya estaba muerto. Al día siguiente, en el funeral, me incliné, besé el ataúd y le pedí perdón en silencio, por última vez. Ahora, cuando lo recuerdo, lo veo sonriendo, guiñándome el ojo. Así lo recordaré siempre.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-116657185461908148?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/116657185461908148/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=116657185461908148' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/116657185461908148'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/116657185461908148'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2006/12/el-ltimo-helado.html' title=':: El último helado'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-116584527056264914</id><published>2006-12-11T08:53:00.000-05:00</published><updated>2006-12-11T08:54:30.570-05:00</updated><title type='text'>:: La reputación en llamas</title><content type='html'>Corrían los turbulentos años ochenta. Yo estudiaba leyes en una universidad de Lima que se jactaba de ser católica. Ignoraba, en mi infinita candidez, que las leyes en mi país eran una ficción –una ficción pomposa, enrevesada e inútil– y que años más tarde, expulsado de aquella universidad, terminaría dedicado a otras formas más nobles de ficción, como la de escribir mentiras o decirlas en televisión. Ignoraba asimismo, entre muchas otras cosas, que debía desconfiar de cualquier institución o persona que se jactase de ser católica, y que sólo tenía sentido, si acaso, estudiar en una universidad laica y agnóstica que se atreviese a cuestionar los dogmas, prejuicios, supercherías y antiguallas de esa religión o de cualquier otra, que eran, por cierto, unas formas más innobles e insidiosas de urdir ficciones. Lo que habría de salvarme de aquel extravío o malentendido en el que me hallaba era el mundo grotesco, desmesurado y carnavalesco de la televisión, que me permitió un conocimiento más exacto de las dimensiones bochornosas de mi inteligencia y mi hombría. Por circunstancias azarosas, había terminado trabajando en las noches, después de asistir a clases en la universidad de los curas, en un canal de televisión de Lima, como presentador de un programa en directo en el que entrevistaba a políticos, politicastros, pilluelos, pillarajos y otra gente encantadora, gente con la que me entendía naturalmente bien y a la que no era difícil cazar mintiendo o poner en aprietos.&lt;br /&gt;Una noche, esperando un taxi para ir a la televisión, vestido de traje y corbata, cargando un maletín lleno de papeles, soñando con que algún día diría mentiras de hermosa sonoridad en alguna plaza pública, ensayando mis discursos grandilocuentes como congresista o candidato presidencial, no advertí, distraído por asuntos tan graves, que un tío distinguido y encantador pasó en su auto guinda y verificó sin querer mi seca condición de peatón, promesa política y naciente estrella de televisión.&lt;br /&gt;Al día siguiente, tan noble tío llamó a la casa de mis abuelos maternos, en la que yo vivía refugiado, y me dijo que quería hablar conmigo, que fuese a visitarlo a su oficina. Por supuesto, acudí sin demora. Fumando un habano, vestido con impecable corrección británica, saltando con gracia entre el español y el inglés, exhalando un perfume embriagador, mi tío hizo tres cosas igualmente inverosímiles: me regaló un pañuelo de seda Burberrys, me comunicó que me había suscrito a la revista The Economist (“si quieres ser presidente, tienes que ir a la escuela de gobierno de Harvard y leer The Economist”) y me ofreció un préstamo de diez mil dólares, a pagar sin intereses y en un plazo laxo e impreciso, para comprarme un carro nuevo o usado, lo que quedaba a mi elección (“una estrella de televisión como tú no puede andar en taxi, Jimmyboy”).&lt;br /&gt;Con el dinero que tan generosa e imprudentemente me prestó mi tío, compré a los pocos días un auto Fiat, modelo Brava, color gris plata, fabricado el año 1980, con treinta mil kilómetros recorridos, cinco velocidades, asientos de cuero y aire acondicionado. A mi querido tío le prometí que en diez meses, como mucho, le pagaría la deuda, pues a finales de cada mes iría sin falta a su oficina a dejarle un sobre con mil dólares en efectivo. Ni él ni yo sabíamos que el dinero que se ganaba en la televisión peruana era también una ficción, una quimera, una cosa inasible, de perfiles gaseosos, y que el legendario dueño del canal que me había contratado solía decir entre risas, con sabiduría: “Las deudas nuevas hay que dejarlas envejecer. Y las deudas viejas nunca se pagan”.&lt;br /&gt;Como fueron pasando los meses y yo no cobraba mi sueldo y tampoco visitaba a mi tío en su oficina a pagar las cuotas mensuales ni tenía siquiera la cortesía de llamarlo a pedirle disculpas, él, comprensiblemente irritado, se dirigió a la casa de mis abuelos, tocó el timbre y pidió hablar conmigo. Desde mi cuarto en el segundo piso, le rogué a mi abuelo, un hombre bondadoso, que le dijera al tío ofuscado que yo no estaba. Mi abuelo, un amor, mintió para protegerme. Mi tío dejó una nota que decía: “Me has decepcionado. Un caballero siempre paga sus deudas”.&lt;br /&gt;Cuánta razón tenía mi querido tío. Pero ya entonces yo no me sentía un caballero, por mucho que tratase. Me inquietaba ya la oscura certeza de que el destino no había reservado para mí el papel de caballero británico que mi tío cumplía con tan admirable precisión. Confundido en el circo lujurioso de la televisión peruana, trabajando –es un decir– entre enanos aventajados, gordas de risa apocalíptica, cómicos borrachos, boquitas pintadas y mujeres con voz ronca y testículos, maravillado por todas esas suaves formas del pecado que mi madre y los curas del Opus me habían ocultado, yo no podía sentirme un caballero. Nunca le pagué un centavo a mi querido tío.&lt;br /&gt;No lo llamé por teléfono a disculparme ni le di explicaciones ciertas o mentirosas ni le mandé saludos por televisión (una forma de pago que se conoce como “canje” y que he usado con dentistas, aerolíneas y vendedores de autos). Al día de hoy, le debo diez mil dólares sin intereses. Le pido disculpas públicas, si de algo valen. Tengo el firme propósito de ponerme al día y saldar esa deuda oprobiosa, pero una crisis de liquidez o “caja chica” me impide cumplir con mi conciencia.&lt;br /&gt;Dos años después de comprarlo, en un viaje que hice con un amigo a los desiertos del sur peruano, el Fiat Brava de cinco velocidades, que había alojado en sus confortables asientos de cuero unas formas de amar que yo ignoraba cuando lo hice mío, ardió inesperadamente en llamas y quedó reducido a un amasijo de fierros humosos y negruzcos, mientras mi amigo y yo, las narices llenas de cierto polvillo blanco, contemplábamos extasiados ese espectáculo, el de un auto que se quemaba en medio del desierto (y con él, mi reputación o lo que quedaba de ella).&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-116584527056264914?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/116584527056264914/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=116584527056264914' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/116584527056264914'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/116584527056264914'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2006/12/la-reputacin-en-llamas.html' title=':: La reputación en llamas'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-116524365005575781</id><published>2006-12-04T09:45:00.000-05:00</published><updated>2006-12-04T09:47:30.436-05:00</updated><title type='text'>:: El lago del celular perdido</title><content type='html'>Solía jactarme de no llevar conmigo un teléfono celular, hasta que las mediocres circunstancias que rodean mi vida me obligaron a traicionarme una vez más y comprar un celular en Miami para atender los asuntos siempre urgentes –y casi siempre irrelevantes– del programa de televisión que presento en esa ciudad.&lt;br /&gt;Compré un aparato caro y sofisticado, ultraliviano, de color negro, con un número de funciones que nunca sería capaz de comprender, y, a pesar de la insistencia de la vendedora venezolana, me negué a firmar un contrato con la compañía. Preferí adquirir el teléfono, cargarlo con una tarjeta de cien dólares y continuar usando esa modalidad, la de comprar tarjetas cuando el crédito estuviese por expirar, pues ese sistema, conocido como “prepago”, me concedió el dudoso placer, en medio de la vergüenza y el fastidio que me asaltaron al convertirme en un rehén más de la cultura celular, de sentirme algo menos prisionero.&lt;br /&gt;Me resultó enormemente difícil elegir el tono musical que debía sonar cuando me llamasen, la imagen que serviría como telón de fondo en la pantalla, el idioma en que aparecerían las palabras (estuve tentado de usar el mandarín) y el nombre del usuario (siempre me ha parecido que Jaime es un nombre chato, seco, desangelado, pusilánime, lo que por otra parte me hace justicia y revela cuán perspicaces fueron mis padres en adivinar mi carácter).&lt;br /&gt;Semanas después, llegué con mis dos hijas a Buenos Aires un martes de primavera. El viaje consistió en dos tramos que duraron casi lo mismo: Lima-Buenos Aires, en avión, y Ezeiza-San Isidro, en taxi, por la avenida general Paz, a las siete y media de la mañana. Esa tarde, tras descansar unas horas, fuimos caminando a una tienda de telefonía móvil y compramos un “chip” que nos permitiese usar mi celular también en Buenos Aires, con un número local y cargándolo con tarjetas. Al salir de la tienda con mi celular activado, me sentí socio de Microsoft o de Google o de Youtube.&lt;br /&gt;Me maravilló que mi vida hubiese dado ese salto tecnológico alucinante. Luego llamé a mi productor en Miami, me contó apesadumbrado que una entrevista que dejé grabada había salido sin audio, provocando la comprensible indignación del público, y recordé las minúsculas, bochornosas dimensiones de mi existencia. Del mismo modo que en Miami, sólo usaba el celular en Buenos Aires cuando era estrictamente inevitable, pulsando la tecla de altavoz y alejándolo todo lo que fuese posible de mi cabeza, pues estaba convencido de que las ondas que irradiaba ese adminículo impertinente me provocaban dolores de cabeza, a menos que usara el altavoz y lo mantuviese a cierta distancia de mis orejas.&lt;br /&gt;El jueves, día de acción de gracias, mis hijas y yo fuimos a los bosques de Palermo, caminamos por el rosedal y decidimos dar un paseo en bote por el lago de aguas verdosas. Tras pagar quince pesos y embutirnos en unos chalecos rojos salvavidas, subimos al botecito de madera y empezamos a remar con tanta torpeza como alegría. Fue un momento de intensa felicidad, quizá el mejor recuerdo que guardo ahora de aquel viaje. Nos hicimos fotos cegados por el sol de la tarde, alimentamos con dos alfajores Jorgito a un pato feo y encantador, remamos chapuceramente a ninguna parte, las niñas dijeron vulgaridades espléndidas que me hicieron reír y, cuando nos cansamos de remar, dejamos que las aguas mansas se ocupasen de mecer el precario botecito, mientras mi hija mayor me pedía que viniésemos a vivir un tiempo a Buenos Aires.&lt;br /&gt;Luego volvimos al muelle con ganas de tomar un helado. Mis hijas bajaron con agilidad, tomadas de la mano por el administrador del negocio. Cuando llegó mi turno, me puse de pie, el bote se encabritó un poco, hamacándose peligrosamente, y conseguí dar un salto al muelle. Al hacerlo, algo se deslizó del bolsillo de mi pantalón, rebotó en el filo mismo del muelle y, caprichosamente, pudiendo haber quedado de nuestro lado, sobre los tablones de madera, cayó al agua ante la mirada atónita de mis hijas.&lt;br /&gt;-¡Tu celular, papi! –gritaron.&lt;br /&gt;Pero ya era tarde. El aparato negro se hundió de inmediato en esas aguas densas, misteriosas, y desapareció para siempre.&lt;br /&gt;-Un celular más que se cae al lago –dijo el administrador–.&lt;br /&gt;No sabés cuántos he visto hundirse. Debe haber como mil allá abajo. Mis hijas lamentaron el incidente, me llenaron de mimos y prometieron que me regalarían un celular nuevo, pero yo me sentía extrañamente aliviado y feliz, como si el destino o el azar o algún designio superior hubiese obrado un pequeño y oportuno milagro, el de arrebatarme suavemente ese aparato innecesario, recordándome las ventajas del silencio y, de paso, restaurando una cierta armonía que el celular, con sus constantes interrupciones, había quebrado.&lt;br /&gt;-No volveré a comprar un celular –dije, mientras comíamos helados a la sombra–. He comprendido el mensaje del lago.&lt;br /&gt;-Eres un tonto –me dijo mi hija mayor–.&lt;br /&gt;No hay ningún mensaje. Se te cayó porque no lo guardaste bien.&lt;br /&gt;No le eches la culpa al lago. Al final de la tarde, fuimos a los cines de la esquina de las calles Bulnes y Beruti, vimos una película alemana sobre una joven que enfrentó a los nazis y murió en la guillotina y luego, para celebrar el día de acción de gracias, cenamos pavo con puré en un hotel muy elegante, rodeados de comensales que hablaban en inglés y cuidaban con celo sus carteras y reían escandalosamente.&lt;br /&gt;Como era el día de dar gracias, pensé que debía agradecer a quien correspondiese por haberme privado de seguir padeciendo la minuciosa tortura del celular.&lt;br /&gt;Al llegar a casa, pasada la medianoche, había un mensaje de la madre de mis hijas en el contestador. Decía que la salud de mi padre había empeorado, que a duras penas podía hablar, que estaba allí en la clínica con él llamándome para que hablásemos un ratito, que me había llamado varias veces al celular pero nadie contestaba, que por favor llamase de vuelta porque mi padre quería hablar conmigo y no quedaba mucho tiempo.&lt;br /&gt;El lago de Palermo se tragó esa conversación, que pudo ser la última.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-116524365005575781?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/116524365005575781/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=116524365005575781' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/116524365005575781'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/116524365005575781'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2006/12/el-lago-del-celular-perdido.html' title=':: El lago del celular perdido'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-116463823895684197</id><published>2006-11-27T09:34:00.000-05:00</published><updated>2006-11-27T09:37:21.440-05:00</updated><title type='text'>:: El mejor (y peor) negocio de mi vida</title><content type='html'>Hace seis años o poco más, una compañía española de internet, que entonces florecía y se expandía por el mundo como heredera cibernética de los conquistadores que vinieron por el oro, propuso comprarme los derechos de una novela que estaba por publicar y subirla por entregas en sus portales de Latinoamérica.&lt;br /&gt;No hubo nada que negociar porque la oferta económica resultaba irresistible y sólo me obligaba a enviarles el texto de la novela, que ya estaba escrita, y a participar semanalmente en “chats” con sus suscriptores latinoamericanos. Mi legendaria agente literaria aprobó enseguida la operación. Firmamos en Miami, en un rascacielos espléndido, frente a la bahía. Me dieron el cheque sin demora y con fondos. Sentí que los conquistadores españoles, por una vez, habían sido timados por un indiecito peruano con apellido inglés.&lt;br /&gt;La novela se publicó por entregas diarias, a lo largo de tres meses, en los portales de esa compañía de internet, y fue leída principalmente por secretarias y recepcionistas en horas de oficina, quienes, burlando sus tediosos quehaceres laborales y tal vez mintiéndoles a sus jefes y supervisores, se entregaban furtivamente a consumir esas cartas despechadas o no tanto que yo había escrito a una ex novia, un ex amante clandestino y tres amigos memorables, que había perdido para siempre. (De esas cinco personas que inspiraron las cartas, sólo una de ellas, un periodista de talento tan prominente como su nariz, me dijo que había leído el libro y le había gustado, con lo cual se negó generosamente a perderme como amigo. Los otros cuatro, debo presumir, se sintieron aliviados de que los exonerase de seguir considerándolos mis amigos).&lt;br /&gt;En los “chats” semanales que la compañía española me organizaba en sus distintos portales americanos fracasé escandalosamente, pues apenas entraban ocho o diez personas con sobrenombres lujuriosos que deseaban ligar entre ellas o conmigo, lo que, en cierta ocasión, me produjo un bochorno considerable, pues mi madre, enterada de aquel provechoso negocio cibernético, decidió darme una sorpresa y se descolgó sin previo aviso en el “chat” peruano con el apelativo de “tumamita”, y de pronto se vio envuelta en un tráfico de declaraciones calenturientas, de piropos encendidos, de impaciencias hormonales que a ella, una digna señora del Opus, le provocaron natural espanto, lo que la obligó a escribirme en dicho “chat”:&lt;br /&gt;-“tu mami”: jaimín, quería saludarte, pero mejor me retiro, porque esto está peor que sodoma y gomorra.&lt;br /&gt;Con el dinero que gané en la publicación cibernética de aquella novela y mi participación en esas reuniones de sexópatas camuflados, decidí comprarme un departamento en Lima.&lt;br /&gt;Todos me decían que la mejor inversión –la más segura, la más rendidora– era en el negocio de los bienes raíces, y yo, que nunca tuve raíces de ningún tipo en la ciudad en que nací, decidí echar raíces en los bienes raíces, y compré un departamento, zanjando el problema de raíz.&lt;br /&gt;Era un departamento espléndido, de tres pisos, frente al campo de golf del club Los Incas, muy cerca de la casa de mis hijas, y se lo compré a un viejo amigo de la familia, un hombre encantador. Este caballero italiano, avecindado en el Perú, amigo de mis padres desde que era niño, me llevó al edificio que él mismo había construido sobre el terreno de la que había sido su casa de toda la vida, y me hizo subir quince pisos por escaleras –porque no habían instalado aún los ascensores– hasta el “penthouse triplex” que me ofrecía con entusiasmo, y me enseñó los cuartos y las vistas y las terrazas de lo que sería mi refugio limeño. El edificio estaba desnudo, en concreto, sin puertas ni ventanas ni acabados de ningún tipo, sólo la torre maciza de cemento frente al campo de golf, y el caballero italiano me aseguró que estaría terminado en tres meses como mucho. Aunque me asaltaron dudas de último minuto, cuándo no, firmé el contrato y le entregué el cheque. Todo el dinero que me habían pagado los españoles del pulpo cibernético fue a parar a las manos de este caballero ítalo-peruano.&lt;br /&gt;Nadie sabe para quién trabaja. Han pasado seis años o quizá siete y todavía no he podido mudarme ni pasar siquiera una noche en mi departamento, pues el edificio sigue exactamente como estaba cuando lo visité: sin ventanas ni puertas, sin ascensores ni cocheras, sin personas que lo habiten, sin nada de nada, desolado y polvoriento, un gran pedazo de concreto abandonado a su suerte, un sueño fallido en el cual creyeron doce o quince incautos como yo, que nos quedamos como avergonzados o rencorosos propietarios de un edificio fantasmal, dueños de un fracaso más de los tantos fracasos de los que está hecha la historia de mi país.&lt;br /&gt;De vez en cuando, paso por el edificio desnudo, le doy una mirada, procuro sonreír a pesar de todo, me reafirmo en mi propósito de no enjuiciar a nadie ni enredarme en peleas inútiles, recuerdo por si hiciera falta que ésa es la prueba más alta y pesada de que soy un tonto redomado –si no lo fuera, habría investigado bien antes de pagar, y me hubiese enterado de que la obra estaba paralizada porque el banco que la financiaba había quebrado– y vuelvo a casa y le escribo un correo electrónico a mi buen amigo el italiano, preguntándole cómo van las cosas, cuándo, si acaso, se terminará el edificio y me entregarán mi lindo departamento. Y unos días después él me responde gentilmente y me explica el laberinto judicial en que se halla sumido y me promete que “ahora sí, Jaimito, créeme, hermanito, en medio año máximo tendrás tu lindo departamentito con vista al golf”. Pero ya no soy tan incauto para creerle y estoy resignado a que cuando me muera ese edificio seguirá tal como estaba cuando pagué por su último piso: a medio hacer, a medio terminar, a medio camino entre el sueño y la frustración, como suelen ser las cosas en el país en que nací. Sólo pido que, cuando muera, velen mis despojos allá arriba, y que todos los supernumerarios del Opus estén presentes, orando por mi salvación, tragando polvo, exhaustos por escalar quince pisos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-116463823895684197?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/116463823895684197/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=116463823895684197' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/116463823895684197'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/116463823895684197'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2006/11/el-mejor-y-peor-negocio-de-mi-vida.html' title=':: El mejor (y peor) negocio de mi vida'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-116437300130576065</id><published>2006-11-24T07:50:00.000-05:00</published><updated>2006-11-24T07:56:41.316-05:00</updated><title type='text'>:: Los secretos de la tía Inés</title><content type='html'>Mi tía Inés enviudó hace dos años o poco más. A su esposo Juvenal le dio un infarto mientras fornicaba en un hotel con una prostituta de lujo. La noticia salió en los periódicos, en las páginas policiales. El chisme era demasiado bueno y se esparció deprisa, era inevitable.&lt;br /&gt;Mi pobre tía quedó desolada. Ya era una mujer mayor, de casi sesenta y tantos años. Había dedicado toda su vida a servir y cuidar a su marido, y de pronto se le murió así, con escándalo policial, sobre el cuerpo cálido de una mujer alquilada.&lt;br /&gt;La tía Inés guardó luto riguroso. No salió de su casa durante un mes. Tenía miedo de que sus amigas del club, de la parroquia, de los naipes, se burlasen de ella porque toda la ciudad supo que el tío Juvenal, un empresario respetado, colapsó jadeando sobre una prostituta jovencita en el hotel Sheraton del centro de Lima. Ella, mi tía, había sido muy religiosa toda la vida, de misa los domingos sin falta y rezarle al Señor de los Milagros en octubre y hasta vestir el hábito morado en casa, pero cuando su marido murió en tan bochornosas circunstancias, sufrió una crisis de fe y dejó de rezar.&lt;br /&gt;Un domingo, sin embargo, regresó a la iglesia de Miraflores. Como siempre, se encargó de pasar la canasta de la limosna. Al terminar de recoger las donaciones de los fieles, sufrió un impulso ciego, repentino. Entró al despacho del cura con la canastita, vació todos los billetes y monedas en sus bolsillos y se retiró encantada, eufórica, invadida por una felicidad plena y rotunda que no había sentido en años, quizá en décadas.&lt;br /&gt;En ese momento, la tía Inés descubrió –nunca es tarde para saber la verdad– que era atea y cleptómana. Desde entonces, se dedicó a robar con astucia y sigilo, por puro placer, siguiendo los oscuros dictados de su voz interior. Era una mujer rica, acomodada, que no necesitaba dinero. Robaba porque la hacía feliz, porque era una manera de sentirse libre, de emanciparse de todas las servidumbres estúpidas a las que se había condenado toda su vida para ser una mujer decente, honorable, respetada. Robaba porque ya no le interesaba ser una mujer decente. Quería ser feliz. Y nada la hacía más feliz que robar.&lt;br /&gt;Dentro de las variadas y minuciosas modalidades de hurto que practicaba –en el supermercado, en ciertas tiendas exclusivas, en las bodegas de su barrio, en casas de algunos de sus familiares, a los que secretamente empezaba a aborrecer–, la que más le excitaba era robarle a sus amigas de toda la vida, con quienes jugaba cartas una vez por semana. Las reunía en su casa, les daba de comer, de beber, y, fingiendo que iba al baño, entraba al cuarto donde ellas habían dejado sus bolsos, sus carteras, sus abrigos y sobretodos, y se extasiaba robándoles un billete o dos con suma delicadeza y discreción, no fuesen a darse cuenta.&lt;br /&gt;Un día cualquiera, sin explicación alguna, la tía Inés se compró una moto colorada. Siempre, desde muy joven, había escondido esa fantasía, la de montar una moto bien roja y veloz, y ahora había llegado el momento de concederse esa dicha largamente postergada. Como estaba en buena forma física, pues nadaba todas las mañanas en la piscina de su casa y tomaba polen y uña de gato y nunca había fumado ni bebido mucho alcohol, aprendió sin dificultades a montar moto.&lt;br /&gt;Era feliz surcando el malecón, acelerando, haciendo rugir su moto, sintiendo cómo el viento le despeinaba las canas. Porque la tía Inés no usaba casco, le parecía una mariconada, y había dejado de pintarse el pelo.&lt;br /&gt;Andando en moto cerca del mar, un muchacho tuvo la osadía de ofrecerle marihuana, y la tía Inés decidió, por qué no, fumarse un porrito. Esa tarde, sentada sobre su moto, detenida en una curva del malecón, mirando el mar oscuro allá abajo, algo cambió radicalmente en su vida.&lt;br /&gt;La tía descubrió que, como robar, fumar marihuana le procuraba unos placeres secretos, inesperados. Y empezó a fumarla con la misma devoción con la que antes cuidaba abnegadamente a su marido. Como se había vuelto tan independiente y ahora gozaba de estar sola y entregarse a sus vicios privados, ya no le interesaba participar de las reuniones familiares, visitar a sus hermanas, asistir a los bautizos, primeras comuniones y cumpleaños, llevarles regalos a sus nietos.&lt;br /&gt;Descubrió –y no lo ocultaba– que los niños la irritaban de un modo inexplicable. No tenía vergüenza de decir a gritos: “Qué niño tan odioso, ¿alguien puede callarlo, por favor?”, incluso si no conocía al niño ni a su familia. Y cuando sus amigas celebraban el nacimiento de un bebé y decían que era precioso, que tenía la nariz del padre o los ojos de la madre, esas cosas que suelen decir las mujeres contemplando a un bebé, ella se impacientaba y decía:&lt;br /&gt;“Todos los bebés son iguales, tienen la cara chancada, y además no sé por qué las mujeres siguen pariendo, si el mundo es una mierda”.&lt;br /&gt;Como mi tía Inés decía esas cosas y la gente se escandalizaba y ella ya no toleraba a los niños engreídos y chillones, dejó de ir a los eventos familiares y se encerró en su mundo, aunque ocasionalmente participaba de alguna actividad social (principalmente bodas) con el escondido propósito de desvalijar a los anfitriones y llevarse algún cenicero de plata, algún billete arrugado, alguna chuchería fina que le entrase discretamente en los bolsillos.&lt;br /&gt;Esos años, sus años de atea, cleptómana, motociclista, fumadora de hierba y enemiga de los niños, fueron los más felices de su vida, y sólo fueron ensombrecidos, si acaso, por la culpa de haber descubierto tan tarde su verdadera identidad, después de tantos años de sumisión y sometimiento a las reglas no escritas del honor social.&lt;br /&gt;Una mañana de verano, serpenteando por el malecón de Miraflores, presumiblemente bajo los efectos sedantes de un porro de marihuana, la tía Inés perdió el control de la moto y rodó por los acantilados.&lt;br /&gt;La Policía cubrió su cadáver con las hojas del mismo periódico que, un par de años atrás, hizo un festín desalmado a raíz de la muerte del tío Juvenal. En sus bolsillos encontraron dos joyas (que luego se descubrió que pertenecían a sus amigas de los naipes), chocolates y chicles (que había robado esa tarde de una bodega), una bolsa de marihuana y un papel con el teléfono de un muchacho llamado Rommel, que prestaba servicios sexuales a domicilio.&lt;br /&gt;Te echaremos de menos, tía querida.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-116437300130576065?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/116437300130576065/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=116437300130576065' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/116437300130576065'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/116437300130576065'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2006/11/los-secretos-de-la-ta-ins.html' title=':: Los secretos de la tía Inés'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-116428216080961390</id><published>2006-11-23T06:40:00.000-05:00</published><updated>2006-11-23T06:42:42.196-05:00</updated><title type='text'>:: Recuerdos de Halloween</title><content type='html'>Cuando era niño, esperaba con impaciencia el día de Halloween por dos razones: porque se suspendían las clases en el colegio y porque mi madre me dejaba disfrazarme de la Pantera Rosa.&lt;br /&gt; El disfraz era bastante chapucero y poco creíble, pero yo me sentía lánguida, elegante y despistada como la Pantera Rosa, y eso bastaba para que fuese el mejor día del año, o el más esperado en todo caso.&lt;br /&gt;Mi madre, que me quería tanto, y que soñaba que cuando fuese adulto me ordenase como sacerdote para llegar con la gracia de Dios hasta el mismísimo Vaticano, no me dejaba salir a pedir caramelos por el barrio, pues le parecía peligroso e inapropiado, a pesar de que vivíamos en una colina muy bonita de casas espléndidas, a una hora de Lima, un cerro soleado todo el año llamado Los Cóndores, pero al menos me concedía la dicha de ser una tarde –y parte de la noche– la suave y sigilosa Pantera Rosa, y además me dejaba recibir a los otros niños del barrio, que llegaban disfrazados a tocar el timbre en busca de golosinas.&lt;br /&gt;Había que enjaular a los perros para que no espantasen a tan encantadores y sorprendentes visitantes, a piratas tuertos, brujas pérfidas, supermanes, batmans y robins inseparables, hombre arañas, popeyes marinos, calaveras andantes, gitanas cantarinas, peter panes y toda clase de personajes fantásticos que, cuando caía la tarde, llegaban a la casa con sus bolsitas cargadas de dulces y sus sonrisas ávidas de una recompensa.&lt;br /&gt;Pero mi madre era única, maravillosa, impredecible, y siempre hacía cosas que no hacían las otras mamás de mis amiguitos, cosas que me dejaban pasmado y a veces un poco abochornado, sin perjuicio de la adoración que sentía por ella. Por ejemplo, hacía pasar a los niños a la sala, les preguntaba por sus papás, por sus familias, por el colegio al que iban, si ya habían hecho la primera comunión, si iban a misa los domingos, cosas así, que el hombre araña o batman y robin no esperaban tener que contestar por Halloween.&lt;br /&gt;Y dependiendo del aplomo y la hondura religiosa de sus respuestas, mi madre y yo les dábamos más o menos caramelitos, chocolates, galletas de vainilla y chupetines con chicle relleno. Pero mamá, antes de darles el premio mayor, los dulces tan ansiados, los hacía tomar lonche: un vaso de leche chocolatada y un plátano bien maduro. Y las calaveras, los corsarios, los muertos resucitados y las brujas desdentadas no esperaban verse en ese trance, comiendo un plátano y recibiendo de manos de mi madre una estampita amarillenta con la oración al fundador del Opus Dei, monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, que entonces, me parece, todavía vivía, porque había llegado hacía poco a Lima, esparciendo su palabra inflamada y dicharachera, y mi madre había corrido a verlo con el mismo ardor adolescente que yo sentía por los Menudo o por Miguel Bosé en sus pantalones rojísimos ajustados y tan prometedores.&lt;br /&gt;Y entonces los niños guardaban sus estampitas sin entender nada, mientras mi madre, un amor, una santa incomprendida, les decía:&lt;br /&gt;-La estampita del Padre hace milagros, chicos. Les va a endulzar la vida mucho más que cualquier caramelito. Es un dulce para el alma. Y yo me sentía un poco raro de tener una mamá así, que repartía estampitas de un santito ceñudo y con anteojos por Halloween, pero no por eso dejaba de quererla, pues me parecía la mujer más buena del mundo, siempre preocupada por salvar a todas las almas y llevarlas con ella al cielo, y por eso estaba siempre atareadísima, bautizando y casando y confirmando y educando en la fe a sus empleadas domésticas, que eran muchas, y a los maridos de sus empleadas domésticas, que a veces eran más, y a los hijos de ambos y de los otros, que eran infinitos.&lt;br /&gt;Hasta que un día vino a la casa a pedir caramelos un niño disfrazado de religioso, con una sotana negra como la noche de ese cerro arenoso de Lima y un crucifijo enorme colgándole del pecho, y mamá le preguntó haciéndose la inocente de qué se había disfrazado, y el niño le dijo “de cura”, y mamá muy suavemente lo riñó, le dijo “no se dice cura, se dice padre o sacerdote, cura es una palabra muy fea que ofende a Dios”, y el niño se quedó pasmado, con un caramelo en la boca a medio chupar atragantándosele, y mamá le dijo “no está bien disfrazarse de sacerdote, no es correcto burlarse así de los padres, que son representantes y ministros del Señor acá en la tierra”, y el niño no supo qué decir, cómo defenderse, y yo le pedí a mamá que le diese caramelitos para endulzar ese momento tan amargo, pero ella le dio su plátano, su vaso de leche y su estampita de monseñor Escrivá, y no le dio ni un solo caramelito o chocolate Sublime o turrón de doña Pepa o chupete bombombún, y lo mandó de vuelta a su casa a cambiarse el disfraz.&lt;br /&gt;Y luego pasaron los años y dejé de usar mi disfraz de la Pantera Rosa porque ya no me quedaba y porque prefería ponerme el uniforme del Barcelona F.C. con el apellido en la espalda del Cholo Sotil, y los niños dejaron de venir a la casa porque estaban hartos del plátano, la leche y la estampita por Halloween, y entonces, como ya habían crecido y eran más rebeldes y al parecer nos guardaban algún (comprensible) rencor, nos tiraban huevos en las paredes y la puerta de calle de la casa, y pintaban cosas feas, por ejemplo “tacaños” o “locos” o “aplatanados”, y después el jardinero, el chino Mario, que era tan bueno, mi mejor amigo, se pasaba horas limpiando esas pinturas tan injustas, que hicieron que perdiese toda ilusión por esperar el día de Halloween. Pero mamá siempre tenía las estampitas listas por si alguien venía a tocar el timbre, aunque ya nadie venía.&lt;br /&gt;Y ahora, un martes por la tarde, día de Halloween, tantos años después, estaba solo, en la puerta de casa, en una isla apacible de Miami, esperando a los niños disfrazados, con mis bolsas llenas de chocolates, galletas, chupetes y caramelos, extrañando a mis hijas, que estaban lejos, y honrando inexplicablemente algunas de las locuras de mi madre, pues, junto con las ansiadas golosinas, le entregaba a cada niño un plátano de regalo y me reía por dentro viendo la cara de sorpresa que ponía. Y era como volver a la infancia y ser mi madre un ratito y quererla así a la distancia y en silencio, a pesar de todo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-116428216080961390?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/116428216080961390/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=116428216080961390' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/116428216080961390'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/116428216080961390'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2006/11/recuerdos-de-halloween.html' title=':: Recuerdos de Halloween'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-116420665510051247</id><published>2006-11-22T09:28:00.000-05:00</published><updated>2006-11-22T09:44:15.110-05:00</updated><title type='text'>:: El albergue transitorio</title><content type='html'>Andrea me envía un correo electrónico que dice: “sos malo”. Me lo dice porque hace días que no le escribo. Le contesto: “soy malo para que me quieras, si fuera bueno te aburrirías de mí”. Se lo digo para que no deje de escribirme.&lt;br /&gt;Andrea me escribe: “¿cuándo vienes? ¿cuándo voy a verte?”.&lt;br /&gt;Le respondo: “puedes verme los sábados a la noche en Canal 9”.&lt;br /&gt;Se molesta: “sos malo y además cruel, sabés que no soporto verte en la tele, odio tus entrevistas, parecés un nabo atómico, entrevistás a gente que no te interesa realmente, no quiero que salgas en la tele, te hace mal como escritor, no te conviene”.&lt;br /&gt;Le escribo: “te amo cuando me dices esas cosas, estás loca pero tienes razón, yo tampoco soporto verme en la tele”.&lt;br /&gt;Me escribe: “entonces deja la tele y escribe, sólo escribe”.&lt;br /&gt;Le escribo: “no puedo, la tele paga bien, los libros dejan poca plata, tú sabes que a mí me gusta vivir bien”.&lt;br /&gt;Me reprocha: “un verdadero escritor no tiene miedo a ser pobre”.&lt;br /&gt;Me defiendo: “entonces no soy un verdadero escritor, nunca he podido ser nada completamente verdadero, ni siquiera un hombre verdadero”.&lt;br /&gt;Me escribe: “sí lo sos, sólo que no creés suficientemente en vos”.&lt;br /&gt;Le respondo: “al menos creo suficientemente en ti”.&lt;br /&gt;Me amonesta: “tampoco creés en mí, porque no querés verme, siempre encontrás una excusa para no verme, voy a borrarme el tatuaje que me hice con tu nombre”.&lt;br /&gt;Le digo la verdad: “sabes que te amo, pero no sé si quiero verte, porque la última vez que nos vimos terminamos discutiendo de política, me dijiste que el vicepresidente de Bolivia, el tal Alvaro no sé cuantitos, es tu amigo, un tipo culto, encantador, que viene a comprar libros a Buenos Aires, y yo te dije que a mí me parece un lunático que incita a la violencia y que apoya a un charlatán impresentable como Chávez”.&lt;br /&gt;Me escribe: “entonces no hablemos de política, pero veámonos, no seas malo”.&lt;br /&gt;Le escribo: “estoy en tu ciudad, llegué ayer, esta tarde tengo que grabar dos programas, termino a las siete con suerte, ¿puedes verme a las siete y media en Palermo?”.&lt;br /&gt;No tarda en responder: “sí, decime dónde”.&lt;br /&gt;Le escribo: “en el albergue transitorio de Juan B. Justo, pasando Santa Fe, ¿te parece?”.&lt;br /&gt;Me escribe: “nos vemos allí a las siete y media, esperame en el cuarto si llegás antes que yo”.&lt;br /&gt;Le escribo: “dale, te espero en el cuarto”.&lt;br /&gt;Podríamos habernos dicho esto por teléfono y no por correo electrónico, pero Andrea no usa celular y yo tampoco, y nunca la llamo a la librería donde trabaja y ella no me llama a casa porque nuestros muy esporádicos encuentros tienen siempre esa naturaleza furtiva, clandestina.&lt;br /&gt; Esa tarde, apenas termino de grabar, tomo un taxi, me bajo en Juan B. Justo, entro al albergue transitorio (que anuncia su condición con un cartel impúdico en letras rojas fosforescentes), le pago cuarenta pesos por dos horas a un joven en la recepción que escucha “La extraña dama” de Valeria Lynch en la versión estupenda de Miranda!, subo a la habitación, me despojo del saco, la corbata y los zapatos, me tiendo en la cama y espero a Andrea.&lt;br /&gt;Estoy dormido cuando suena el teléfono. El chico de la recepción me dice que ha llegado Andrea. Le digo que puede subir. Andrea me abraza y me regala un libro de Coetzee, Desgracia. -&lt;br /&gt;Estás más flaco -me miente. Vuelvo a la cama, me meto debajo de las sábanas. Andrea no se desviste, se mete a la cama conmigo. Enciendo la tele y voy cambiando de canales hasta que encuentro un partido de fútbol que no puedo perderme.&lt;br /&gt;-¿Vas a ver la tele? -se molesta ella.&lt;br /&gt;-Sólo faltan quince minutos para el entretiempo -le digo-. Apenas termine el primer tiempo, podemos jugar nosotros.&lt;br /&gt;-Odio la tele -dice ella, y me da la espalda-.&lt;br /&gt;Siempre preferís la tele y me dejás esperándote. No digo nada porque no quiero discutir y tampoco quiero perderme el fútbol. Cuando termina el primer tiempo, apago la tele, me acerco a Andrea y veo que se ha dormido.&lt;br /&gt;-Mejor -pienso-. Así puedo ver tranquilo el segundo tiempo. Llamo al joven de la recepción y le digo que voy a quedarme dos horas más. Andrea duerme o finge dormir mientras veo el segundo tiempo. Parece estar dormida de verdad, porque ronca un poco y a veces hace unos movimientos raros con su pie derecho, unos temblores suaves y repentinos, como si estuviera relajándose profundamente. Veo el fútbol sin volumen. No bien termina, apago la tele. Estoy cansado. No sé si quiero tener un revolcón con ella. No tengo un condón a la mano. No quiero despertarla. Cierro los ojos. Respiro al mismo ritmo que Andrea. Cuando despierto, miro el reloj. Es la una de la mañana. Andrea sigue dormida. Llamo al joven de la recepción y le digo:&lt;br /&gt;-Creo que me voy a quedar toda la noche.&lt;br /&gt;-Pero son veinte pesos la hora, te va a salir una fortuna -me dice amablemente-. La gente no viene acá a dormir.&lt;br /&gt;-Comprendo -le digo-. Pero mi chica se ha quedado dormida, así que pasaremos la noche acá.&lt;br /&gt;-Bueno, te dejo la noche en doscientos pesos -me dice.&lt;br /&gt;-Gracias, estupendo -le digo.&lt;br /&gt;A la mañana siguiente nos vamos sin desayunar del albergue transitorio. Estamos contentos, a pesar de que no hemos hecho el amor o debido a eso. Estamos contentos porque hemos dormido mucho. Lo que revela cuánto me gusta dormir y cuán vago soy para los trajines del amor.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-116420665510051247?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/116420665510051247/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=116420665510051247' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/116420665510051247'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/116420665510051247'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2006/11/el-albergue-transitorio.html' title=':: El albergue transitorio'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-116412253363180076</id><published>2006-11-21T10:07:00.000-05:00</published><updated>2006-11-21T10:22:14.020-05:00</updated><title type='text'>:: La noche que peleaste conmigo</title><content type='html'>Cuando leímos en un periódico que los Pet Shop Boys darían un concierto en Miami, él dijo con ilusión:&lt;br /&gt;-No me lo puedo perder. Al día siguiente fuimos al teatro a comprar las entradas.&lt;br /&gt; En la camioneta -yo, con el aire encendido en 80 grados; él, bajando el aire de su lado hasta 70-, discutimos. Él me dijo: -Si no quieres venir, no vengas. Yo voy solo. -Me provoca acompañarte –respondí–.&lt;br /&gt;Me gustan los Pet Shop Boys. Cuando era joven, escuchaba sus canciones en Lima. Él me miró inexplicablemente irritado y dijo:&lt;br /&gt;-Contigo nunca se sabe. Nunca sé cuándo me dices la verdad y cuándo estás mintiendo.&lt;br /&gt;Yo me quedé en silencio, sin argumentos para rebatir la acusación.&lt;br /&gt;Pensé: yo tampoco sé cuándo miento, son tantas mentiras que ya se me confunde todo. El día del concierto amanecí fatal. Me dolía la cabeza. A duras penas podía estar en pie. Tuve que quedarme en cama. Él se enojó inexplicablemente:&lt;br /&gt;-Siempre que tenemos un plan, te enfermas. Seguro que no vas a venir al recital. Salí a comprar la comida. Discutí con una odiosa señora venezolana que criticó, impertinente, mi programa. No debí contestarle. Pero estaba enfermo y fatigado y caí en la trampa de decirle:&lt;br /&gt;-No me diga que es “una crítica constructiva”, señora. Si no le gusta mi programa, no lo vea. Pero déjeme en paz. No me interesa su “crítica constructiva”. Y no sé qué es lo que construye su “crítica constructiva”. Al volver a casa, me dio un ataque de tos. Él me miró disgustado y dijo:&lt;br /&gt;-Otro enfermo más en la familia. Dijo eso porque su hermana, con sólo veintinueve años y una hija pequeña, tiene cáncer. Yo me quedé callado y volví a la cama.&lt;br /&gt;Al final de la tarde, me di una ducha y me vestí para el concierto. No podía estropear la noche. Me tomé dos coca colas y pensé, como los toreros, que Dios reparta suerte. Llegamos puntualmente. No fue complicado encontrar parqueo. Tampoco tuvimos que hacer muchas filas para llegar a nuestros asientos en la mezanine. Enseguida fuimos al bar. Pedí dos copas de vino blanco californiano.&lt;br /&gt;-¿Vas a tomar? -se sorprendió él. -Sí -dije-.&lt;br /&gt;Creo que voy a emborracharme.&lt;br /&gt;Hacía mucho que no tomaba. Pero estaba tenso, exhausto, maltrecho, y necesitaba escapar un poco de mi cuerpo y volver al pasado, a aquellas noches infinitas en que me agité felizmente, en compañía de unos amigos que ahora están lejos o que ya no están o que ya no son mis amigos, al ritmo de los Pet Shop Boys. Fue un concierto memorable. Perdí la cuenta de las veces que regresé al bar por una copa más.&lt;br /&gt;No nos pusimos de pie, no bailamos, pero cantamos esas canciones eternas y nos miramos sonriendo y nos burlamos de algunos vecinos exaltados y sentí que todo estaba bien, que, gracias al vino californiano y a la magia de la música, había sido una noche feliz, a pesar de todo.&lt;br /&gt;Entonces cometí un error: la banda se despidió, el público pidió aplaudiendo que volviera al escenario, regresaron como era previsible y, seguro de que, ahora sí, era la última canción de la noche, le dije:&lt;br /&gt;-Yo voy saliendo. Te espero en la camioneta.&lt;br /&gt;Él me miró irritado y dijo:&lt;br /&gt;-¿No puedes quedarte hasta el final?&lt;br /&gt;-No me gusta salir con todo el gentío. Prefiero salir ahora. Pero tranquilo, no te apures, yo te espero en la camioneta. Me puse de pie y, para mi sorpresa, él salió conmigo. Bajando por las escaleras mecánicas, dijo:&lt;br /&gt;-¿Quién te crees que eres, Susana Giménez? ¿No podías salir al final, como todo el mundo? -Pero yo no te dije que salieras conmigo -me defendí-.&lt;br /&gt;Quédate, yo te espero afuera, no hay apuro. Ya era tarde. Él estaba furioso:&lt;br /&gt;-Tenías que malograrlo todo con tus caprichos de diva. Siempre hay algo que te molesta: el aire acondicionado, la gente, el ruido. Tenías que malograrlo todo. Caminaba bruscamente.&lt;br /&gt;Yo tenía que apurarme para no perderle el paso. Le pregunté si quería comer. Dijo que no tenía hambre. Subimos a la camioneta. Seguíamos molestos. Él dijo:&lt;br /&gt;-No te aguanto más. Me voy mañana a Buenos Aires. Hacía tiempo lo venía pensando.&lt;br /&gt;-Nadie te obliga a quedarte. Eres libre. Haz lo que quieras.&lt;br /&gt;-No puedo vivir con un tipo que está todo el día enfermo, en la cama.&lt;br /&gt;-Lo siento. Pero yo no puedo fingir que no me siento mal sólo para hacerte feliz.&lt;br /&gt;Me sentía mal y aun así vine al concierto.&lt;br /&gt;-No hubieras venido. Mejor hubiese venido solo.&lt;br /&gt;-Es la última vez que voy a un concierto contigo. Siempre termino arrepentido.&lt;br /&gt;-No vengas. Quédate en la cama. Pero por tus hijas sí haces cualquier cosa. Yo no quiero vivir con un hombre que tenga hijas.&lt;br /&gt;-No te compares con mis hijas. Es un error. Son amores distintos. -No te soporto más. Estás todo el día hablando de política. Te vistes todos los días con la misma ropa. No tienes amigos. No sales a ningún lado. ¿Crees que es divertido vivir contigo en ese aburrimiento mortal que es Key Biscayne?&lt;br /&gt;Me quedé en silencio. Necesitaba una copa más. Llegando a casa, cada uno se encerró en su cuarto. Pasé la noche desvelado, recordando cada momento de la pelea, cada palabra hiriente.&lt;br /&gt;Al día siguiente hubo gestos amables que atenuaron el daño, pero él hizo sus maletas, llamó un taxi y partió a Buenos Aires. Antes de irse, me abrazó y dijo:&lt;br /&gt;-Si quieres, vuelvo en un tiempo. Pero yo sentí que estaba mintiendo porque le daba pena verme llorar.&lt;br /&gt;Cuando el auto negro se alejó, salí a comprar una botella de vino.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-116412253363180076?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/116412253363180076/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=116412253363180076' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/116412253363180076'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/116412253363180076'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2006/11/la-noche-que-peleaste-conmigo.html' title=':: La noche que peleaste conmigo'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-116388821090344934</id><published>2006-11-18T17:14:00.000-05:00</published><updated>2006-11-18T17:16:50.906-05:00</updated><title type='text'>:: La diva y la rata</title><content type='html'>Llego al estudio de televisión, en un barrio desangelado al norte de Miami, y saludo al guardia colombiano, embutido en su uniforme color café y su sombrero de ala ancha, que antes me quería y por eso me contaba chistes malos y ahora me odia y se limita a gruñir una exclamación que es como el aborto de un saludo.&lt;br /&gt;Bajo de la camioneta, saludo a los guardias afro-americanos, uniformados como la policía montada canadiense, que también me odian y siempre me odiaron sin razón aparente, y paso por el salón vip, donde suelen esperar los invitados al programa.&lt;br /&gt;Todavía no ha llegado nadie. Saco una banana y una barra de granola. De pronto, escucho unos ruidos extraños, como los de un animal rasguñando una pared o caminando en el techo.&lt;br /&gt;Pienso: deben ser gatos techeros o pequeños roedores que vienen por la comida. Voy al cuarto de maquillaje. Etián, un cubano guapo y musculoso que vivió en Alemania y alguna vez maquilló a Robbie Williams en Colonia, me maquilla con esmero, muy suavemente. Es lo mejor de salir en televisión: que alguien te acaricie el rostro con tan exquisita delicadeza, como ya nadie te lo acaricia en la vida misma, mientras te cuenta chismes envenenados sobre los famosos que conoció o dice haber conocido.&lt;br /&gt;Poco después llega la invitada. Es una mujer bella y famosa. Es cantante y actriz. La acompaña un séquito de asistentes, peluqueros, publicistas y socorristas de asuntos ínfimos.&lt;br /&gt;Uno de ellos lleva varios vestidos como si llevara un tesoro incalculable. La diva elegirá, llegado el momento, cuál se pondrá esa noche en el programa. Esa incertidumbre crea una tensión que se puede respirar en el aire. Uno podría preguntarse por qué la bella dama no eligió el vestido en su casa o en la suite del hotel.&lt;br /&gt;La respuesta parece obvia: si alguien no le cargase los vestidos con tan conmovedora devoción, quizá no sería una diva o no lo parecería, que es tan importante como serlo. Saludo a la bella dama.&lt;br /&gt;Le digo que la admiro mucho. Puede que esté exagerando. Ella me dice lo mismo. Sospecho que exagera también.&lt;br /&gt;Es la televisión. Todo es mentira. La naturaleza misma del encuentro es de una falsedad innegable. Ella y yo simularemos un considerable interés por la vida del otro, pero el propósito verdadero que anima el encuentro es uno bien distinto del afecto o la curiosidad periodística: el de ella, promocionarse, que la vean muchas personas, que compren su disco, y el mío, cobrar. Si no estuviéramos frente a las cámaras, si no me pagasen, ¿nos haría tanta ilusión conversar las mismas cosas en un café, a solas? ¿Nos diríamos tantas lisonjas y zalamerías? ¿Nos juraríamos un próximo encuentro a sabiendas de que nunca ocurrirá? Me temo que no.&lt;br /&gt;De cualquier modo, la invitada es un encanto y por eso no necesito recurrir a mis fatigadas dotes histriónicas para hacerle saber que me cae bien. Quizá podría tomar un café con ella a solas y reírme sin fingir una sola risa.&lt;br /&gt;Ahora estamos en el salón vip. Comemos cosas grasosas que engordan, a pesar de que también han servido abundante comida japonesa, a pedido de la diva o de sus representantes, quienes parecen más ávidos por comer y beber que su patrocinada. La diva y yo, masticando doritos, nos decimos mentiras dulces, convenientes.&lt;br /&gt;Persiste, inquietante, el ruido de algo que sólo podría ser un animal inquieto y casi tan hambriento como las señoras publicistas de la diva. Poco después, ella, la bella dama en cuestión, la estrella de la noche, se enfrenta a la decisión crucial de la noche, lo único que de verdad parece preocuparle: qué vestido ponerse, con qué aretes acompañarlo, cuál sería entonces el matiz apropiado del colorete en sus labios.&lt;br /&gt;Sus áulicos y turiferarios esperan el momento con un comprensible estremecimiento.&lt;br /&gt;Algo, sin embargo, se interpone en el camino entre la diva y sus vestidos relucientes (y sin asomo de arruga alguna). Es una rata, que ha salido de su madriguera, debajo del sillón de cuero gastado, y mira fijamente a la diva sin el afecto o la devoción que nosotros le prodigamos.&lt;br /&gt;Es una rata grande, gorda, insolente, desafiante. Puede incluso que no sea una rata, que sea pariente de una rata, alguna criatura bastarda y aviesa de la familia de las ratas. La diva, como era de esperarse, da un alarido de espanto y deja caer un rollo de comida japonesa (palta, queso cremoso, langostino), aterrada por la aparición del voluminoso roedor.&lt;br /&gt;La rata chilla, pero no huye. Al parecer hambrienta, se acerca al enrollado y lo olfatea. Los asistentes gritan, llenos de pavor, y salen corriendo con los vestidos agitándose y acaso arrugándose.&lt;br /&gt;En un momento de rabia, pierdo el control y le arrojo una lata de coca-cola a la intrusa. Para mi mala suerte, no le acierto. La rata, al verse agredida, nos mira como nunca me había mirado una rata, es decir, con un aire de superioridad física o moral, y decide atacarnos.&lt;br /&gt;Naturalmente, como es una rata, y como odia la belleza, ataca a la diva, mordiéndola en el tobillo descalzo. La diva no puede tolerar esa imagen escalofriante, la de una rata gorda y peluda hincando sus dientes bucaneros en la piel suavísima de sus pies, que ella ha cuidado con tanta minuciosidad.&lt;br /&gt;Luego la rata huye y la diva se desmaya en el sillón de cuero gastado y alguien llama a la emergencia médica.&lt;br /&gt;Poco después, cuando la diva recobra el conocimiento y es confortada por los socorristas médicos y abanicada por su delicado séquito de eunucos, pronuncia unas palabras secas y memorables:&lt;br /&gt;-¡Una rata de mierda no va a joder mi carrera! ¡Tráiganme los vestidos!&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-116388821090344934?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/116388821090344934/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=116388821090344934' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/116388821090344934'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/116388821090344934'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2006/11/la-diva-y-la-rata.html' title=':: La diva y la rata'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-116378015990910942</id><published>2006-11-17T11:02:00.000-05:00</published><updated>2006-11-17T11:16:22.933-05:00</updated><title type='text'>:: La novia fugitiva</title><content type='html'>Es sábado. Camila, mi hija mayor, quiere ir a una fiesta.&lt;br /&gt;-Puedes ir, pero sólo hasta las diez de la noche -le dice Sandra, su madre.&lt;br /&gt;-Entonces no voy -se molesta Camila-. O me dan permiso hasta las doce o no voy.&lt;br /&gt;Luego camina a su cuarto y cierra la puerta.&lt;br /&gt;Más tarde, abro el celular de Camila, llamo a Valeria y Michelle, sus amigas, y les pido que vengan a buscar a mi hija. Aceptan encantadas. Media hora después, llegan a la casa, entran al cuarto de Camila y la encuentran viendo televisión. Camila se sorprende. Valeria y Michelle la abrazan y la convencen para ir a la fiesta. Sin perder tiempo, las llevo en la camioneta. Camila está feliz. Me mira como sólo ella sabe mirarme. Antes de bajarse, me da un beso y me dice:&lt;br /&gt;-Yo sé que tú las llamaste. Gracias.&lt;br /&gt;Vuelvo a la casa. Ya ha oscurecido.&lt;br /&gt;A las diez, llama Camila. Quiere que vaya a buscarla. Está aburrida. Quiere irse a otra fiesta.&lt;br /&gt;Salgo sin demora. Manejo a toda prisa por una avenida recién remozada. De pronto, un auto frena bruscamente porque el semáforo pasa a rojo sin que aparezca la luz amarilla. Hundo el pie en el pedal del freno. Es tarde. La camioneta chilla, patina un poco y se estrella contra la parte trasera del auto. Bajo, ofuscado. Es un auto viejo, de colección. Es un auto matrimonial. Hay una novia en el auto.&lt;br /&gt;-No puede ser -me digo-. Qué mala suerte. He chocado el auto de una novia. El chofer baja, malhumorado, me grita un par de cosas, me reconoce, se calma un poco, le pido disculpas, le digo que pagaré los daños.&lt;br /&gt;-Cómo le hace esto a la novia, oiga -me dice él.&lt;br /&gt;La novia golpea la ventanilla. Hace señas al chofer. Quiere bajar.&lt;br /&gt;El chofer le abre la puerta. La novia está sola. Me mira, sorprendida. Está llorando. Las lágrimas se deslizan como pescaditos por el maquillaje.&lt;br /&gt;-Te pido mil disculpas -le digo-.&lt;br /&gt;Soy un imbécil. Ella saca un pañuelo y se alivia delicadamente la nariz. Es joven, de pelo negro y ojos almendrados, muy delgada, con un aire ausente, como si fuera a desmayarse.&lt;br /&gt;-No te preocupes, Jaimito -me dice-. Todo pasa por algo. Me sorprende (y alivia) que me llame así, en diminutivo. Luego vuelve a llorar, cubriéndose el rostro con las manos.&lt;br /&gt;-No llores -la consuelo, y me inclino hacia ella y le tomo levemente la mano-. Por favor, no llores. Todo va a estar bien.&lt;br /&gt;-Qué barbaridad, cómo le malogra su noche a la novia, oiga -dice el chofer.&lt;br /&gt;-Fíjate si arranca el auto -le digo. La novia sigue llorando, desconsolada. No entiendo por qué llora tanto. Es sólo un choque menor. El chofer trata de encender el auto, pero no lo consigue. Maldice su suerte.&lt;br /&gt;-Bueno, entonces llévame tú -me dice la novia.&lt;br /&gt;Luego baja del auto, la ayudo con los pliegues interminables del vestido, y sube a la camioneta, pero no al asiento trasero, como le ofrezco, sino adelante, a mi lado. Le doy mi tarjeta al chofer, tomo nota de sus datos y le prometo que lo llamaré. Subo a la camioneta y me alejo del lugar.&lt;br /&gt;-¿Adónde vamos? -le pregunto a la novia.&lt;br /&gt;-No sé -dice ella, con la mirada perdida.&lt;br /&gt;-¿No sabes dónde te casas? -le pregunto.&lt;br /&gt;-Sí sé -dice ella-. Pero no sé si quiero ir. Se hace un silencio. Ella baja la cabeza y vuelve a llorar.&lt;br /&gt;-Si no quieres ir, no vayas -le digo.&lt;br /&gt;-Es que no sé -dice ella-. Tengo miedo. No sé si realmente debo casarme. Y de repente chocamos. Es una señal de que no debo casarme. Por algo me chocaste.&lt;br /&gt;No sé qué decirle. Me quedo callado.&lt;br /&gt;Ella sigue hablando como consigo misma:&lt;br /&gt;-El es bueno, pero me ha presionado mucho para casarnos, y yo soy muy joven, no me siento preparada. El quiere que nos casemos porque le han ofrecido trabajo afuera, en Venezuela, y quiere que nos vayamos casados, pero yo no sé si quiero irme a vivir a Venezuela.&lt;br /&gt;-Yo a Venezuela no iría ni loco -digo.&lt;br /&gt;-Yo le digo que vaya él primero, que pruebe, que vea si le gusta, y después puedo ir a visitarlo, pero él no quiere, me ha presionado mucho, quiere que nos casemos y nos vayamos juntos, y para mí es mucha presión -se queja la novia accidentada, y su maquillaje sigue diluyéndose entre riachuelos de lágrimas.&lt;br /&gt;Se hace un silencio. Luego le digo:&lt;br /&gt;-Yo te llevo adonde tú quieras.&lt;br /&gt;Ella me mira como si ya lo hubiera decidido:&lt;br /&gt;-A la iglesia por favor no me lleves.&lt;br /&gt;Me río. Ella sonríe, por fin.&lt;br /&gt;-Me alegro de que el choque sirva de algo -le digo-. Perdóname por el mal momento.&lt;br /&gt;-No me pidas perdón, Jaimito -me dice ella-.&lt;br /&gt;Me has hecho un favor. La novia sonríe y respira más tranquila. En los semáforos detenidos, los vendedores ambulantes me saludan y me hacen señas de aliento, suponiendo que es mi novia y que nos aguarda una noche de placeres desmesurados.&lt;br /&gt;-¿Sabes adónde vamos? -le pregunto.&lt;br /&gt;-No -dice ella-. Ni idea. Es problema tuyo. Nos reímos.&lt;br /&gt;-¿Te molesta si pasamos a buscar a mi hija y luego decidimos? -pregunto.&lt;br /&gt;-No, para nada, Jaimito.&lt;br /&gt;Yo, feliz. Poco después, me detengo en una calle tranquila y llamo a Camila por el celular.&lt;br /&gt;-Ya salgo -me dice ella. Camila entra a la camioneta, saluda y mira a la novia sin entender nada.&lt;br /&gt;-Hola -le digo-.&lt;br /&gt;¿Qué tal tu fiesta?&lt;br /&gt;-Malaza -dice ella, con su adorable acento limeño.&lt;br /&gt;-Te presento a mi novia. Nos vamos a casar. ¿Vienes con nosotros? La novia, cuyo nombre ignoro, suelta una carcajada. Camila me mira asombrada, pero luego sonríe porque se da cuenta de que estoy bromeando.&lt;br /&gt;-Bueno, ¿adónde vamos? -pregunto.&lt;br /&gt;-Yo no sé -dice la novia.&lt;br /&gt;-Yo, a mi otra fiesta -dice Camila-. Ustedes si quieren van, se casan y luego vienen a buscarme a las doce. La novia se ríe, encantada.&lt;br /&gt;-Bueno -digo-. Vamos a casarnos. Y la novia se ríe de nuevo, aliviada, sabiendo que no perderá su libertad y que nadie la llevará a vivir a Venezuela.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-116378015990910942?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/116378015990910942/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=116378015990910942' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/116378015990910942'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/116378015990910942'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2006/11/la-novia-fugitiva.html' title=':: La novia fugitiva'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-116369787161057286</id><published>2006-11-16T12:16:00.000-05:00</published><updated>2006-11-16T12:24:31.620-05:00</updated><title type='text'>:: Toda llave abre una puerta</title><content type='html'>El vuelo de Lima a Buenos Aires llega a las siete de la mañana. Un viajero desprevenido podría pensar que la parte más odiosa del viaje son las casi cuatro horas en el avión o los trámites burocráticos que debe sortear para salir de Ezeiza. Pero recién allí comienza el tramo más lento y contrariado de la travesía: por muy presuroso que sea el conductor de taxi, quedará empantanado en una ciénaga interminable de autos, en esa gran miasma metálica que es la avenida general Paz. Y es allí, bajo el sol impiadoso de la mañana, cuando el viajero, estragado por la mala noche, tratando de bloquear los rayos de sol con una bufanda que cuelga de la ventana, soportando la cháchara de un chofer lenguaraz, es allí cuando se prometerá una vez más que pasará un año entero sin subirse a un avión. Una hora y media después, llegará a casa desesperado por dormir todo lo que no ha dormido en muchas noches breves.&lt;br /&gt;Que es exactamente como llegué el lunes al departamento en San Isidro, en la calle Sáenz Peña, con vista al campo de rugby, al barrio laberíntico de casas antiguas y al río marrón que invita a la melancolía.&lt;br /&gt;Fue entonces cuando ocurrió la primera emboscada del azar, porque los contratiempos precedentes estaban todos más o menos calculados, dado que un lunes de cada mes llego a Buenos Aires a morir un poco en ese cementerio móvil y humoso que es la general Paz: después de despedirme del taxista, traté de abrir la puerta de calle del edificio, pero todos mis esfuerzos, un tanto crispados por la fatiga del viaje, resultaron inútiles, pues al cabo de diez minutos de forcejear la cerradura acabé pateando la puerta y timbrando al portero, que al parecer había salido o estaba dormido.&lt;br /&gt;Evidentemente, habían cambiado la cerradura.&lt;br /&gt;Extenuado como me hallaba, hice rodar mi maleta por las seis cuadras empedradas que separaban aquel edificio impenetrable de un antiguo y señorial hotel de San Isidro, el hotel del Casco, frente a la catedral. A pesar del cansancio y la irritación, me asaltó un ramalazo de alegría al caminar por esas calles y reconocer las caras inconfundibles del barrio: la pareja de lesbianas de la bodega, el gordo parlanchín del lavadero, los remiseros en corbata, el viejo cegatón del quiosco, las chicas en mandil que fuman en la puerta de la farmacia, la camarera que me ve en la tele y sabe todos los ratings. Es aquí, me dije, donde quiero venir a morir. Y seguí haciendo rodar la maleta, en busca de una cama.&lt;br /&gt; Tuve suerte: el recepcionista del hotel me dijo que tenía libre la habitación que más me gustaba, la del segundo piso, con una vista esquinada a la catedral. El joven no hizo preguntas (lo que siempre se agradece), me ayudó con la maleta y me recordó que en media hora retirarían el desayuno.&lt;br /&gt;Traté de dormir, pero el recuerdo del espléndido desayuno que servían en ese hotel conspiró contra tan noble propósito, así que tomé dos analgésicos para mitigar el dolor de cabeza y bajé al patio a darme un atracón de medialunas, quesos, jamones, frutas y yogures, uno de esos desayunos que te dejan sin hambre el día entero y con la sospecha de que nunca nadie volverá a desearte. Pocos son los placeres ciertos, indudables, y comer bien sigue siendo uno de ellos, y devorar el desayuno de un hotel que viene incluido en el precio de la habitación puede que sea uno de los placeres más subestimados en los tiempos modernos. En ese trance desmesurado me hallaba, comiendo mucho y sin hambre, sacando un provecho vicioso del desayuno gratuito, cuando alguien me saludó:&lt;br /&gt;-Jaimito, dónde venimos a encontrarnos.&lt;br /&gt;Era Carlos García, Carlitos, el mejor amigo que tuve en los años alucinados de la universidad, argentino, hijo de argentinos, residente en Lima en los ochentas hasta que sus padres se fueron a vivir a los Estados Unidos y él se fue con ellos y dejé de verlo desde entonces, desde que se mudó a Denver, Colorado. Hombre noble y bueno si los hay, cultor del ocio creativo o del ocio a secas, cuarentón como yo, el gran Carlitos fue quien me inició en el amor por la marihuana, el rock argentino y la vida argentina. Protegido por unas gafas oscuras, Carlitos me dijo que estaba en Buenos Aires porque su madre había muerto. Lo dijo con naturalidad, sin hacer ningún drama: -Se murió mi mamá. Tenía cáncer. Sufrió mucho. Vinimos a enterrarla acá, como ella quería. Este fue su barrio de niña.&lt;br /&gt; ¿Te acuerdas cuando vinimos y nos quedamos en la casa de mis abuelos? Aquel fue, con apenas veinte años, es decir veinte años atrás, uno de los mejores viajes de mi vida, un mes en Buenos Aires con Carlitos, instalados en una gran casa de sus abuelos maternos cerca del río, comiendo excesivamente, fumando marihuana con fervor religioso, durmiendo juntos en una vieja cama que chirriaba y nos hacía reír, mientras sus abuelos, maravillosos anfitriones, dormían recatadamente en un cuarto lleno de imágenes religiosas y retratos familiares entre los que sobresalía, bella, radiante, angelical, la señora Milagros, madre de Carlitos.&lt;br /&gt;Al terminar el desayuno, fuimos a su habitación y encendió un porro. Hacía algún tiempo que yo no fumaba; parecía la ocasión propicia para corregir ese descuido. Fumamos juntos, como en los viejos tiempos, en una cama vieja de una casona vieja de un barrio viejo al norte de Buenos Aires. Luego me sorprendió:&lt;br /&gt; -¿Vamos a la catedral a rezar por mi madre?&lt;br /&gt; Naturalmente, lo acompañé. No me pareció prudente decirle que soy agnóstico: si Dios no habita las catedrales, alguien tiene que habitarlas por Él. Solos los dos en una severa banca de la catedral, vi a Carlitos arrodillarse, persignarse, cerrar los ojos y orar en silencio. Confortado por los auxilios de aquella hierba matinal, y aunque sospechaba que mis plegarias merecían ser desatendidas, recé por la madre de Carlitos, por sus abuelos también fallecidos, por mi padre enfermo, por mi madre, por el doble milagro de mis hijas, por el bello Luisito, por su hermana.&lt;br /&gt;Después me distraje, decayó algo mi fe y recé para que Kevin Johansen y Calamaro siguieran cantando, para que la llave fallida abriese otras puertas impensadas y para que Carlitos no volviera a irse a Colorado.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-116369787161057286?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/116369787161057286/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=116369787161057286' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/116369787161057286'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/116369787161057286'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2006/11/toda-llave-abre-una-puerta.html' title=':: Toda llave abre una puerta'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-116360056906944322</id><published>2006-11-15T09:20:00.000-05:00</published><updated>2006-11-15T09:22:49.080-05:00</updated><title type='text'>:: La vida no es bella</title><content type='html'>Es muy caro salir a comer todos los días en algún lugar de la isla policial, católica y heterosexual de Key Biscayne, donde inexplicablemente vivo.&lt;br /&gt;El problema es que no sé cocinar, ni siquiera un arroz con huevo frito, porque el arroz me sale mojado, y no tengo quién me cocine en casa, ni siquiera una cocinera que me visite una vez por semana, porque cobran fortunas y soy un tacaño y creo que me van a robar algo o me van a envenenar siguiendo órdenes de Chávez o de Humala. Ya es hora, me temo, de aprender a cocinar cuatro cosas.&lt;br /&gt; Compro, por eso, unas pechugas de pollo congeladas, veinte pechuguitas por cinco dólares, las meto todas en el horno, algo apiñadas en la bandeja, aprieto unos botones al azar y veo, maravillado, que el horno se enciende. Fantástico.&lt;br /&gt;Pienso (si eso califica como pensar): Desde hoy comeré en casa una pechuguita con plátano rebanado y mermelada de fresa. Me siento Martha Stewart (después de ir a la cárcel). Pienso: No en vano soy primo del gran Rafael Osterling, artista de la cocina. Luego me voy al gimnasio, al banco, al correo, y me olvido de las pechugas en el horno. Vuelvo a casa una hora después o poco más. Hay un camión de bomberos en la puerta. Suena una alarma aguda e intermitente. Un bombero con casco colorado, como los de las películas, me pregunta si es mi casa. Le digo que sí. Me dice que abra la puerta enseguida, que hay un incendio.&lt;br /&gt;Pienso: que se queme todo, menos las fotos de mis hijas y mi pasaporte norteamericano, mis papeles más preciados.&lt;br /&gt; Abro la puerta torpemente, porque la llave siempre se atraca, y entro a toda prisa con los bomberos.&lt;br /&gt;La casa está llena de humo. Hay una pestilencia a carne quemada. La alarma no deja de sonar.&lt;br /&gt;Del techo caen ordenadas e inútiles ráfagas de agua. Pero por suerte no hay fuego, sólo una densa humareda. -Es el pollo en el horno -le digo al bombero en un inglés deleznable, y pongo cara de Martha Stewart (camino a la prisión o enterada de los ratings de su programa). Abro el horno respirando a duras penas, saco la bandeja, me quemo la mano, doy un grito de dolor, las pechugas negras, carbonizadas, caen al piso, apago el horno, empiezo a toser y salgo corriendo al jardín porque allí adentro no se puede respirar.&lt;br /&gt;Los bomberos verifican que nada se ha quemado, salvo las pechuguitas que ahora yacen en el suelo de la cocina como si hubiese practicado un oscuro ritual de santería para que muera Fidel, abren las ventanas y las puertas para que el humo se disipe, me amonestan cordialmente y se retiran a seguir vigilando la isla para que no arda entera por culpa de algún tonto insigne como yo. Dado que no puedo entrar en la casa, pues la humareda me lo impide, me quito la ropa y me meto en calzoncillos en la piscina y rescato a un sapito que estaba ahogándose y entonces me siento mejor.&lt;br /&gt;Curiosamente, no puedo ser compasivo con mis padres, pero sí con los sapitos, arañas, escarabajos y lagartijas que caen en la piscina. Como el humo se resiste a dejar la casa, tengo que entrar corriendo, subir a mi habitación, sacar mi ropa de televisión y salir corriendo al jardín para no morir asfixiado. Me pongo el traje azul, que apesta a humo o que apesta a secas porque tiene mil horas de televisión encima. Al llegar al estudio, mis productores me dicen que huelo raro, a humo, a quemado.&lt;br /&gt;-Estuve fumando una hierba colombiana todo el día -les digo, y no saben si reírse o si estoy un poco loco. A las diez en punto comienza el programa. Poco después entrevisto (que es una manera de fingir interés a cambio de dinero) a una bellísima actriz cubana que está de moda por una telenovela y por un enredo sentimental, o sea por tomarse muy a pecho las telenovelas.&lt;br /&gt;De pronto nos interrumpe bruscamente una risa frenética, chillona, delirante, contagiosa, que brota de un micrófono colgado del techo, sobre nuestras cabezas. No podemos seguir hablando. Nos reímos de aquella risa impertinente, pero yo estoy irritado. Mando comerciales. Nunca en mis veintitantos años de televisión en directo me había pasado algo tan extraño y cómico: que un muñeco anónimo, activado por unas manos anónimas e insidiosas, se largue a reír escandalosamente de mi programa, sin que nadie pueda (o quiera) detenerlo. Pienso: el muñeco tiene toda la razón. Yo también me reiría como él. Mi programa es risible. Mi pelo es risible. Mis pechugas carbonizadas son risibles. Mi vida toda es risible. Es natural que un esperpento agazapado detrás de las cortinas no pueda dejar de reírse.&lt;br /&gt; Después del programa, apestando a humo, humillado por las risas del nuevo muñeco Elmo, manejando con la mano izquierda porque la derecha la tengo lastimada por las quemaduras, pongo en el auto el disco en homenaje a Calamaro y busco la voz maravillosa del gran Kevin Johansen y acelero porque me aburre manejar tan despacio como ordena la ley.&lt;br /&gt;Y entonces, para completar un día signado por el infortunio, veo relampaguear las luces del auto de la policía y me detengo, resignado.&lt;br /&gt;Y cuando la mujer uniformada me ilumina en la cara excesivamente maquillada con una linterna de alta potencia y me pregunta si sé por qué me ha detenido, la respondo:&lt;br /&gt;-Sí, claro. Porque hoy es mi día de mala suerte.&lt;br /&gt;Y ella me ilumina con saña y me pide mis papeles para ver si soy ilegal y puede deportarme.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-116360056906944322?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/116360056906944322/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=116360056906944322' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/116360056906944322'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/116360056906944322'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2006/11/la-vida-no-es-bella.html' title=':: La vida no es bella'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37584768.post-116351895487600687</id><published>2006-11-14T10:39:00.000-05:00</published><updated>2006-11-14T10:42:34.886-05:00</updated><title type='text'>:: Cómo ser un escritor de prestigio</title><content type='html'>Columna de Jaime Bayley&lt;br /&gt;18 de septiembre de 2006&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cosas que un escritor en busca de prestigio entre sus torturados colegas y los críticos más o menos insidiosos nunca debería hacer, para evitar que lo tachen de frívolo, liviano, vendido al mercado y oportunista:&lt;br /&gt;Vivir en Miami o, peor aún, decir que le gusta vivir en Miami o que no desprecia a quienes viven en esa ciudad.&lt;br /&gt;Viajar en clase ejecutiva o, peor aún, tener amigos ejecutivos o, esto ya es catastrófico, decir que no acepta invitaciones en clase económica para vuelos largos y quizá ni siquiera para vuelos cortos: un verdadero intelectual debe viajar siempre atrás, en económica, en asientos bien angostos, para que le duelan las miserias del mundo.&lt;br /&gt;Ir al gimnasio o, peor aún, decir que es capaz de ir al gimnasio y, sin embargo, o gracias a eso, escribir todos los días.&lt;br /&gt;Blanquearse los dientes o, peor aún, sonreír a menudo enseñando esos dientes pulquérrimos en los que ha invertido las regalías literarias de varios meses: algunos de sus colegas le dirán, con el ceño fruncido y los ojos atacados de melancolía (que es como posan para los sombríos retratos que aparecen en sus libros no menos sombríos, aunque luego se emborrachen y rían a gritos, escandalosamente), que un verdadero intelectual nunca debe sonreír, pues sólo los tontos son felices.&lt;br /&gt;Ir a los programas de televisión o, peor aún, hacer bromas en esos programas o, esto ya es indefendible, un atentado al recato y el recogimiento moral que se espera de un escritor, ese apóstol laico cuya vocación ha de estar reñida con toda forma de humor, dar algún beso escandaloso en televisión.&lt;br /&gt;Leer (sería más exacto decir: hojear) la revista española Hola! o, peor aún, decir que lee Hola! o, esto ya es devastador, salir retratado en esa revista de princesas desdichadas y millonarios aburridos, diciendo que, a pesar de todo (es decir, a pesar de sus padres), es razonablemente feliz.&lt;br /&gt;Pronunciarse políticamente de un modo claro y enfático o, peor aún, pronunciarse contra los héroes morales de la progresía latinoamericana, es decir Castro y Chávez, ese par de matones, o, esto ya es un abuso, un brote siniestro de racismo, pronunciarse contra Evo Morales, el procónsul asustadizo del megalómano Chávez.&lt;br /&gt;Decir que no conoce Bolivia porque, en honor a la verdad, basta de hipocresías, no arde en deseos de conocerla, o, peor aún, decir que Bolivia no puede reclamar como suyos unos territorios que perdió en una guerra hace más de un siglo, porque casi todos los mapas se han trazado luego de guerras injustas y porque el mundo sería un caos si tuviésemos que volver a las fronteras que existían antes de cada guerra.&lt;br /&gt;Votar en su país de origen, aunque viva la mayor parte del tiempo en otros países, y decir sin ambigüedades por quién votó.&lt;br /&gt;Decir que quienes votaron en el Perú por un ex capitán que secuestró, torturó y mató, actuando como sicario del ejército corrupto de un dictador felón, son unos tontos que desprecian o ignoran el valor de la libertad y la democracia, y que tamaña estupidez, la de confiar en un matón enmascarado que admira a otros matones como Castro y Chávez, quizá no sea culpa de ellos sino del aturdimiento o la confusión que a veces ocurre cuando se respira poco oxígeno en las alturas peruanas, donde ese candidato de ideas trasnochadas recogió la mayor parte de sus votos: algunos escritores o periodistas, que poco o nada hicieron para evitar el triunfo de ese candidato impresentable, rodeado de pillos y oportunistas, saldrán a insultarlo con ferocidad.&lt;br /&gt;Hacerse ciudadano de los Estados Unidos o, peor aún, decir que admira a los Estados Unidos. Ir con sus hijos a Disney o, peor aún, decir que pasó unos días felices con sus hijos en Disney: un verdadero intelectual debe repudiar toda forma masiva de alegría humana (o toda forma de alegría, incluso si no es humana) y llevar a los niños a lugares como El Museo del Holocausto o el Museo de la Santa Inquisición.&lt;br /&gt;Aspirar a un premio literario o, peor aún, ganar un premio literario: todos los premios son un fraude, salvo los que ganan los amigos o conceden los editores amigos.&lt;br /&gt;Publicar en la editorial Planeta o, peor aún, ganar el premio Planeta o, esto ya causa un daño irreparable, integrar el jurado del premio Planeta.&lt;br /&gt;Decir que no bebe alcohol ni fuma tabaco: sus pares desconfiarán inmediatamente de él y lo verán como un enemigo, pues un escritor de raza debe ser un borracho legendario y un fumador impenitente, que odie cualquier forma de vida saludable (y, a ser posible, cualquier forma de vida).&lt;br /&gt;Ir al concierto de Shakira o, peor aún, bailar en ese concierto.&lt;br /&gt;Ir al concierto de Madonna o, peor aún, decir cuánto pagó por asistir a ese concierto odioso.&lt;br /&gt;Decir que duerme al menos ocho horas consecutivas: un escritor con algún mínimo talento tiene que dormir mal o hacer todo lo posible para dormir mal y jactarse de ello.&lt;br /&gt;Odiar las corridas de toros o, peor aún, decir que las odia.&lt;br /&gt;Publicar un libro cada dos años o, peor aún, publicar cada dos años libros que venden bastante bien: un escritor debe sufrir prolongadas sequías creativas y evitar así, con admirable sensibilidad ecológica, la deforestación de los bosques.&lt;br /&gt;Vivir en una casa con piscina (los críticos se ensañarán con el detalle de la piscina y no se lo perdonarán: un escritor está moralmente impedido de bañarse en una piscina, un goce frívolo que lo descalificará para siempre), conducir un auto de lujo (mucho peor si es de transmisión automática) o mandar a sus hijos a un buen colegio: esas son señales inequívocas de que dicho escritor es, en realidad, un impostor, un mercenario, un mamarracho, porque todo artista de genuino talento tiene que reconocer las incomprendidas virtudes de la pobreza y obligar a sus hijos a que las descubran igualmente. Ponerse a dieta o, peor aún, confesarlo en alguna entrevista.&lt;br /&gt;Que son todas cosas que he hecho y, me temo, seguiré haciendo, aunque algunos escritores prestigiosos me critiquen por eso.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37584768-116351895487600687?l=elmundodejaimito.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/feeds/116351895487600687/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37584768&amp;postID=116351895487600687' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/116351895487600687'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37584768/posts/default/116351895487600687'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmundodejaimito.blogspot.com/2006/11/cmo-ser-un-escritor-de-prestigio.html' title=':: Cómo ser un escritor de prestigio'/><author><name>Alditus</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry></feed>
